José Palma, el cronista de la cultura antofagastina

Por Carlos Rendón.

Puedes verlo en cuanto evento cultural se realice en la ciudad. Siempre desde atrás, callado y pegado a su cuadernillo. Sus ojos cristalizados en el escenario o en la ponencia, sólo bajan cuando debe escribir algo con su lápiz, rápido, embarrando la hoja con el grafito y, entonces, vuelve a levantar la vista. Así, una y otra vez. Cuando el show termina, él se iba como quien tiene una urgencia en un lugar muy lejano. Y no vuelve a aparecer, hasta que un nuevo evento ocurra.

Por tal motivo, estaba seguro que lo encontraría en Filzic. No sabía cómo ni cuando, pero una corazonada me hizo armarme de grabadora y recorrer los pasillos repletos de gente, libros y artesanías. Como un  sabueso siguiendo el rastro de su presa, me escabullía entre los estantes, revisaba cada asiento a medida que se realizaban los shows. Pasé un buen rato sentado en la cafetería, con la esperanza de verlo pasar.

Comenzaba a creer que aquella sería una jornada infructuosa cuando, dirigiéndome a la salida, lo vi. Lo vi pasar rápido, adelantando personas, dirigiéndose en dirección contraria a la mía. Llevaba un traje simple y holgado, la tez morena y unos ojos colorados. Al voltear, su silueta se me escapaba. Me pregunté hacia dónde se dirigía tan rápido, y no dudé en seguirle con cuidado de que no advirtiera mi presencia.

Grande fue mi sorpresa cuando lo vi llegar a su destino: el baño. Por supuesto, eso explicaba su paso raudo. Lo esperé con ansias sentado en las afueras, pensando en cómo presentarme, a dónde llevarlo, qué tipo de preguntas le haría a un hombre tan particular, a quien he visto en al menos en treinta eventos culturales distintos. Cuando salió no perdí el tiempo, lo intercepté presentándome como periodista, que lo había visto tantas veces en diversos lugares y quería hacerle nada más que unas preguntas.

–Sí, claro –Me dijo con una voz rasposa, sin siquiera detenerse.

–¿Le parece si nos vamos a sentar a algún lado? Estaba pensando en el café, para estar más tranquilos.

–No, no, de pie nomás, acá en terreno.

–Como guste –Alcancé a responder, siguiéndole el paso mientras extraía la grabadora del bolsillo y esquivaba a las personas.

Pronto descubriría, a través del diálogo, la importancia que le daba este singular personaje al trabajo en “terreno”. Aceptando que aquella no sería una entrevista común y corriente, lo seguí hasta llegar al Rincón de los Sueños, donde se presentaba un conjunto folclórico. Por fin nos detuvimos, bordeando las sillas donde estaba el público, pero cuando me preparaba a comenzar las preguntas, nuevamente se me adelanta.

–Ya, empecemos altiro nomás, que tengo que anotar qué tipo de cueca están tocando –se detiene un momento para observar a los bailarines, y luego a los músicos que interpretaban la canción–. Esa es una cueca brava. 

–¿Me puede decir su nombre, por favor? –inquirí con sinceridad cayendo en cuenta de que aún no le hacía la pregunta más básica.

–José Antonio Palma Bustamante, señor.

–¿Cómo es su trabajo don José? ¿Habla con los artistas, escribe sobre ellos?

–Claro, yo a veces hablo con ellos, si es que me acuerdo. Así se trabaja po’, en vivo, ahí está la gracia, en el terreno. Si estuviéramos en un living conversando o en una casa, no se muestra nada po’. Acá se muestra altiro como trabaja uno –exclama con pasión, mientras subía y bajaba la cabeza, mirando el show y su cuadernillo, pero sin escribir–. Por ejemplo, yo ya me perdí la película ahora po’ –ríe, refiriéndose a la canción que ya terminaba, una risa potente y contagiosa–. Pero no importa, conversemos nomás.

–¿Usted es de Antofagasta?

–Sí, de aquí de Antofagasta.

–¿Y hace cuánto que está viniendo a este tipo de eventos?

–A la Filzic desde que inició –mentalmente hago el cálculo, siete años–, pero yo empecé a hacer esto desde hace 12 años. He estado en cine por ejemplo, en Antofadocs. Llevo años ahí. Estaré enfermo a veces, pero me da igual, tengo que levantarme de la cama. Aquí no hay licencia, no hay permiso, no hay nada. Tengo que venir, porque si me lo pierdo nadie me lo va a repetir.

Me sorprendió rápidamente la forma en que hablaba de su trabajo, una mezcla de orgullo y pesar, como quien debe cargar con un peso tremendo sobre sus hombros, pero lo disfruta al mismo tiempo.

–“Un Piquero” –dice de pronto, cortando la conversación, yo lo miro extrañado–. Así se llamaba esa cueca po’.

–¡Usted se las sabe todas! –alcanzo a responder, mientras José anotaba presuroso el nombre de la canción junto a su intérprete.

–Si po’, así se trabaja. Así se aprende. Aquí se lleva toda la cultura –exclama señalando su cuadernillo.

–¿Entonces básicamente lo que hace es traspasar a cuadernos todo lo que se hace culturalmente en la ciudad?

–Claro, yo no soy periodista, no tengo ningún título, pero igual me preparo –le consulto al voleo si hace algo con todos esos cuadernos–. No, los tengo guardados nomás. Son para mí, no trabajo para ningún diario o algo así. Tengo unos… Quince cuadernos, todos llenos.

–Llevar un registro de la vida cultural de la ciudad es un trabajo muy importante, y que nadie hace –comento sorprendido, mientras hojeo el cuaderno que José previamente me da permiso para revisar. Cientos, quizás miles de nombres están allí, escritos con buena caligrafía y ordenados como si se tratara de un registro oficial.

–Exactamente, nadie lo hace. Qué van a estar viniendo a estas cosas si están trabajando. Ni periodistas van a venir a hacer esto, porque por esto nadie les paga. La cultura no da. Yo no puedo decir que por hacer esto usted va a ser millonario. El otro día vino un periodista y me dice que quiere ser como yo. Yo le digo “sabe qué más, usted es de allá” –señala hacia el sur, intuyo que habla de la universidad–. Quédese con lo que es de allá. Aquí no va a ser millonario. Yo no tengo un buen pasar con esto. Esto yo lo hago porque a mí me gusta, nada más. Aquí se pasa pobreza, se pasan un montón de necesidades. ¿Qué cree usted que yo la paso muy bien? No po’, esto lo hago porque a mi me gusta nomas.

–Y usted don José, ¿cómo vive? ¿Cómo se mantiene? –pregunto con real interés.

–Tengo que arrendar la mitad de mi casa, y con eso vivo. Si esto no genera renta… Mira, si esto fuera rentable, montón de gente vendría pa’ acá. Aquí yo paso necesidades, a veces me faltan zapatos, y bueno, esas son cosas que yo tengo que solucionar. Por eso nadie puede hacer lo que yo, ni nadie podrá hacerlo –me sorprende lo lapidario de su comentario, pero al mismo tiempo, argumentos no le faltan.

–¿De qué forma se entera de los eventos que hay? –pregunto mientras un sujeto de traje pasa y le saluda.

–Tenis que ver todos los días el diario. Yo lo leo en la biblioteca, si no fuera por eso no podría ver nada po’, si uno no se puede comprar nada.

–¿Cómo empezó con este trabajo?

–Bueno, a ver, mi primer evento fue cuando dejé de trabajar y me dediqué a esto. Allá en las playas, había una radio, la canal 95, cuando empezó a transmitir en las playas, y ahí empecé a anotar conjuntos, todo lo que hay aquí –señala su cuadernillo–. Y empecé a ir al cine, a todo, incluso marchas y desfiles, tenía que ir viendo todo tipo de marchas. Por ejemplo la gente va a ver un desfile y no tiene idea que están tocando Radesky cuando salen los carabineros.

–Dijo que trabajaba antes de hacer esto. ¿Qué hacía?

–Uf, trabajaba en contabilidad, era contador general. Después fui vigilante, y después terminé haciendo esto.

–¿Y como se siente más feliz? ¿Ahora o antes, cuando trabajaba? –pregunto, sabiendo de antemano la respuesta.

–No, yo me siento mejor acá. Quizás algún día me cabree y tenga que dejarlo. Pero llevo tantos años que ya ni dan ganas de hacerlo. Esto es lo mismo que fumar po’. Te dicen deja el cigarro, pero no se puede dejarlo. Esto es lo mismo. Algún día tendré que dejarlo, pero será por alguna enfermedad grave, donde ya no pueda hacer nada.

–¿Y no le parece fome que no haya nadie después de usted, que siga haciendo lo que usted hace?

–Tendría que ser un… Periodista muy aplicado  la verdad, pero yo no he visto a nadie con ese interés. Yo te digo, algún día cua