¿INDIFERENCIA, ESCEPTICISMO, IDENTIDADES? LAS ACTITUDES (O NO ACTITUDES) DE LOS(AS) CIUDADANOS(AS) DE EUROPA LUEGO DE SEIS DÉCADAS DE INTEGRACIÓN*

Introducción

Después de 15 años de investigación cuantitativa (con encuestas) sobre la identidad europea, usando Euro-barómetros, como investigadora me he movido hacia un paradigma más cualitativo. Pude experimentar, en carne propia, cómo es claramente más difícil captar la atención cuando se representan docenas de casos en vez de cientos o miles. Sin embargo, la investigación cualitativa toma su tiempo: las mentes humanas y sus representaciones son siempre complejas, llenas de ambivalencias y ambigüedades. Se necesita tiempo para interpretar y entender lo que realmente importa cuando uno(a) deja a la gente formular sus propias preguntas, en vez de responder las que uno(a) les hizo. Por lo tanto, el trabajo cualitativo está usualmente basado en información antigua.

Éste será el caso de este artículo, dado que la información que mis colegas y yo hemos estado estudiando a lo largo de los últimos años1 fue recolectada en 2006. Esta recolección se llevó a cabo antes de la crisis financiera, antes de la época de la austeridad. Parte de mi desafío será, por lo tanto, convencer a los(as) lectores(as) de que el conocimiento que nosotras obtuvimos de esa información es aún válido, que éste nos ayudaría a entender lo que actualmente está pasando en Europa entre los(as) ciudadanos(as) y sus comunidades políticas.

El desafío es aún más grande, pues lo que nosotras encontramos en este análisis fue la presencia de un desinterés masivo de trabajadores(as) y empleados(as) en relación a la integración europea. Un resultado que parece contradecir el argumento hecho por los(as) investigadores(as) cuantitativos(as) (con encuestas), es decir, que la polarización y el euroescepticismo caracterizan a la opinión pública europea, especialmente entre las clases trabajadoras y con baja educación.

La razón del por qué yo confío en nuestros resultados, a pesar de la discrepancia con la corriente principal de investigación de la Unión Europea (UE), no es solamente porque estoy segura de la manera en que nosotros conducimos la investigación, sino porque nuestros resultados convergen con las deducciones alcanzadas por otros proyectos cualitativos que fueron llevados a cabo en paralelo, independientemente unos de otros, en la última década. Los estudios europeos han experimentado desde el 2000 en adelante un proceso bastante interesante, que yo he llamado el ‘giro cualitativo’, y el cual nos provee hoy en día con resultados sorprendentemente convergentes.

Este artículo está organizado en cuatro partes. Primero, resumiré brevemente los resultados cuantitativos en relación a las actitudes hacia la integración europea en la víspera de la crisis financiera. Segundo, introduciré el giro cualitativo que los estudios europeos han experimentado en la última década y delinearé las discrepancias entre ambos paradigmas (cuantitativo y cualitativo). Luego, sugeriré algunas formas de entender esas discrepancias y, finalmente, trataré de mostrar cómo se relacionan éstos con la situación actual en Europa.

Polarización e identidad:

Resultados desde la investigación cuantitativa sobre actitudes europeas orientadas hacia la integración en la víspera de la crisis financiera.

Veamos primero cómo la corriente principal de investigación a través de encuestas en los estudios europeos analiza las actitudes que los ciudadanos demuestran hacia la integración europea en la víspera de la crisis financiera. Por supuesto, cuando uno(a) resume los resultados alcanzados en este campo, hay un riesgo de simplificación excesiva. Soy consciente de que la elección de publicaciones en las cuales esta síntesis está basada no es representativa del campo entero de la investigación cuantitativa en estudios europeos. Sin embargo, me referiré principalmente a tres autores prominentes: Liesbeth Hooghe y Gary Marks, quienes han sido presidentes de la asociación de estudios americanos de la Unión Europea, y Neil Fligstein, quien publicó en 2008 un libro extensamente comentado, el cual se tituló Euroclash.

Los estudios europeos reconocieron lo que, usualmente, es considerado como el sesgo elitista de la integración europea desde el principio, mucho antes de que continuara la declaración final del Euroclash de Fligstein: “Europa como un proyecto social y cultural es claramente un proyecto de clase social. Los aspectos de clase de la integración económica y social europea explican algunas de las políticas nacionales anti Unión Europea que han emergido” (Fligstein 2008, 251).

Las tendencias sociales de la integración europea consisten, primero, en los intereses y beneficios desiguales que diferentes grupos sociales obtuvieron (o no) gracias a la integración del mercado, y de las reformas que la acompañaron. Segundo, esto consistió en un apoyo persistentemente desigual que los(as) ciudadanos(as) han asociado al sistema político europeo, dependiendo de su clase social, la cual es medida primeramente por los ingresos, la riqueza, el estado ocupacional o el logro educacional. Sin embargo, ha sido suficientemente interesante el hecho de conocer las conclusiones de Fligstein de su investigación sobre las consecuencias económicas y sociales de la política de la UE, y su fuerte énfasis en la desigualdad de los beneficios para los ciudadanos(as).

Éstas no son tan sencillas como la cita anterior sugiere. Él no quiere decir simplemente que debido a que la integración europea es un proyecto de clase, lógicamente es opuesta a aquéllos(as) a quienes esta integración de mercado común europeo beneficia menos o incluso a aquéllos (as) que sufren debido a ella. La tesis de Euroclash es más sofisticada. Primero confirma, a través de un análisis de extensa información socio-económica, que aquéllos(as) a quienes beneficia la integración son gerentes, ejecutivos(as), algunos empleados(as) de oficina y trabajadores(as) técnicos: los(as) altamente educados(as), los(as) ricos(as), los(as) jóvenes. Esto demuestra que estas personas, debido a su movilidad creciente y capacidad de comunicación ofrecida por la UE, han desarrollado nuevas relaciones con sus pares europeos, a través del trabajo y del ocio. Como una consecuencia, ellos(as) tienden a sentir que son europeos(as) en mucha mayor rapidez que lo hacen otros(as) – la clase trabajadora, los menos educados, los pobres y los viejos. Estos últimos grupos permanecen arraigados en las sociedades nacionales y, según las encuestas, más que nunca se sienten ‘nacionales’ o se identifican con sus países. Estas diferencias en el sentimiento nacionalista o europeo pueden llegar a ser confrontacionales, es decir, que pueden traducirse en voluntades políticas opuestas, y en direcciones contrarias al desarrollo de  acciones políticas relevantes para el futuro de la UE. De acuerdo a Fligstein, los(as) ciudadanos(as), quienes se ubican en las clases medias, y a quienes las nuevas oportunidades ofrecidas por la integración benefician sólo parcialmente, también tienden a desplegar identidades mixtas. Ellos(as) se sienten tanto nacionales como europeos(as). Por lo tanto, pretenden ser los árbitros del Euro-clash.

La idea de que la identidad hoy en día juega un rol central en la opinión pública de la UE ha llegado a ser bastante extendida. Por identidad entendemos la auto-identificación de gente como miembros de una comunidad política, en este caso, como ciudadanos(as) nacionales o europeos(as). El trabajo liderado por Hooghe y Mark apoya esta tesis (2008). Estos autores consideran que la identidad nacional exclusiva es un elemento clave en la política europea, la cual puede, y de hecho es, movilizada por empresarios y partidos políticos en contra de la UE. Sugieren que la opinión pública europea ha llegado a estar polarizada y que esa polarización está restringiendo las decisiones de las elites en relación al futuro de la integración. Estos investigadores sugieren llamar a esta nueva situación ‘el disenso restringido’, en contraste con el largo período del ‘consenso permisivo’ (Lindberg and Scheingold 1970) que caracterizó las actitudes de los(as) ciudadanos(as) hacia la Comunidad Económica Europea y luego la Unión Europea, hasta principio de los 90. Ellos concluyen el artículo de la siguiente manera:

(…) la Unión Europea es parte de un sistema multi-nivel de gobernanza el cual es manejado tanto por la identidad política como por las presiones funcionales y distribucionales. Las concepciones de la comunidad política son lógicamente previas a la decisión acerca de la forma de un régimen. En la Unión Europea, el debate acerca de quiénes somos ‘nosotros(as)’ es una carga política y causalmente influyente (Hooghe and Marks 2009, 23).

Por lo tanto, el sesgo de elite que ha acompañado a la integración europea desde su era fundacional y que fue antes largamente entendido como una mera reflexión del proceso de decisión política, es hoy en día interpretado tanto como interés e identidad fundamentada, y es considerado de suma importancia para el futuro de Europa. Se espera que la gente de la clase trabajadora esté (potencialmente) en contra de una mayor integración, no sólo porque ellos(as) se sienten amenazados económica y socialmente por los cambios que las decisiones de la UE traen a sus vidas, sino también porque ellos(as) se sienten emocionalmente unidos(as) a sus naciones y no desean que su soberanía se vea limitada. La evidencia para esto, es decir para la distribución de identidad a través de los grupos sociales, es principalmente tomada desde los análisis de las encuestas del Euro-barómetro y basadas en la teoría de la identidad social. Sin embargo, el Euro-barómetro, como cualquier otra encuesta, no es la más adecuada para el análisis de identidad o afecto hacia Europa.

El giro cualitativo.

Veamos ahora cómo una nueva serie de investigaciones se ha desarrollado desde el año 2000, usando un nuevo paradigma científico y dando lugar a resultados contrastantes.

Desde el principio, el sólo hecho de analizar las actitudes europeas en función a la integración, empujó a los(as) investigadores(as) a hacer frente a las dificultades de comparación nacional, levantando numerosos problemas tanto epistemológicos como metodológicos. Las encuestas del Euro-barómetro, fundadas por la Comisión Europea desde 1973 para “monitorear la evolución de la opinión pública en los Estados Miembros, por lo tanto, ayudando a la preparación de textos, toma de decisiones y la evaluación de su trabajo”2 tempranamente vinieron a constituir una fuente invaluable de información para los investigadores de la opinión pública europea, aún más por estar libremente disponibles para los académicos, y a pesar del hecho de que esta información no fue recopilada con propósitos académicos. Consecuentemente, la investigación cuantitativa llegó a ser dominante en el campo.

El primer texto influyente en actitudes hacia la integración europea, basado en un proyecto de investigación cualitativa, es Framing Europe (Enmarcando Europa), publicado por Juan Diez Medrano en 2003. Combinando análisis de publicaciones de prensa, discursos públicos y libros, con un extenso número de entrevistas con ciudadanos y elites locales en España, Alemania y Reino Unido, y con un análisis secundario de información del Euro-barómetro, Diez Medrano ofrece la primera investigación en profundidad ‘dentro de la caja negra’ que mantiene a largo plazo fuerte influencia de la nacionalidad y actitudes de los(as) ciudadanos(as) hacia la integración europea.

Ciertamente, las encuestas europeas también mostraron desde el principio que la nacionalidad fue la variable más influyente en las actitudes de los(as) ciudadanos(as) hacia la integración – esto es que depende de si tú eres francés(a), británico(a) o italiano(a), tú estarías más o menos propenso a apoyar la integración, independientemente de alguna u otra característica política o social. El propio interés de Diez Medrano no fue la identidad como tal, pero sí los procesos cognitivos y políticos que subyacen más allá de las representaciones de Europa y que involucran identidades anteriores como la nacional. Diez Medrano mostró vívidamente, cómo la integración ha sido enmarcada muy diferentemente en los tres países que él investigó, en una relación cercana con su propia historia de post-guerra, de tal manera que cuando la gente de diferentes países europeos respondió las preguntas del Euro-barómetro, se imaginó objetos bastante diferentes al reaccionar a un texto común.

Dos años más tarde, en 2005, Michael Bruter, profesor de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres publicó Citizens of Europe? (¿Ciudadanos de Europa?), otro texto de métodos mixtos3 que se enfoca en la identidad. Cumpliendo con la norma de las definiciones psico-sociales de identidad, el trabajo de Bruter es metodológicamente innovador, con cuestionarios experimentales y focus group. Él concluye que ‘algo’ como una identidad europea está en construcción, más cívica que étnica en comparación con la identidad nacional. Sin embargo, los focus group que él analizó, consistieron en un trabajo principalmente hecho con alumnos(as). Por lo tanto, los dos precursores de la investigación cualitativa en estudios europeos, en relación a las actitudes de los ciudadanos hacia la UE, alcanzaron resultados que fueron muy compatibles con la investigación de encuestas.

Desde 2000 en adelante, los proyectos de investigación cualitativa crecieron en número y sus primeros cuestionamientos fueron levantados en relación a la compatibilidad de la investigación cuantitativa y lo que podría ser observado con métodos como observación participante, entrevistas cara a cara o colectivas. En 2011, dos libros fueron publicados, los cuales claramente concluyeron que los temas europeos no son sobresalientes entre el público general, y además ponen de relieve que las opiniones de los(as) ciudadanos(as) no están polarizadas entre europeístas y euroescépticos.

El primero de ellos, Perceptions of Europe (Percepciones de Europa), fue escrito por un grupo liderado por Daniel Gaxie, un cientista político francés inspirado por la sociología crítica de Pierre Bourdieu. Gaxie y su equipo entrevistaron a numerosos(as) europeos(as) en Francia, Alemania, Italia, Polonia y República Checa. Su proyecto enfatizó la diversidad de las actitudes europeas, y la manera en que esta diversidad es producida por el rango de recursos ciudadanos: recursos generales como habilidades sociales, logro educacional así como también conocimiento específico obtenido desde la experiencia personal en políticas europeas.

Por otra parte, el trabajo concluyó que la principal diferencia entre los(as) entrevistados(as) no es tanto que ellos(as) estén a favor o en contra de Europa, sino que puedan hablar de ello como algo en ‘absoluto’. Como una conclusión general, parece que Europa es, para el (la) ciudadano(a) europeo(a) promedio, una cuestión política como ninguna otra – nada que ver entonces con una comunidad política, con un objeto que generaría reacciones emocionales e identitarias de parte de los(as) entrevistados(as). Los(as) ciudadanos(as) no ponen más atención a lo político de Europa de lo que hacen a cualquier otro tema complicado – no más y, posiblemente, menos cuidado en este aspecto. El equipo de Gaxie sugirió que el grado de sofisticación requerido para discutir Europa es de un orden mayor, debido a la rareza y a lo confuso de las experiencias personales relacionadas con la integración europea.

El segundo libro y, de acuerdo a mi punto de vista, realmente un texto brillante, se publicó en 2011. Usando métodos cualitativos para investigar las actitudes de los(as) ciudadanos(as)hacia la integración, es llamado Political Allegiance after European Integration (Lealtad política después de la integración europea), y fue escrito por el joven académico de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres, Jonathan White. White llegó a una conclusión similar con un diseño de investigación más sofisticado e implementado sistemáticamente. Su libro es el resultado de una estrategia riesgosa: observar las actitudes de los(as) ciudadanos(as) hacia la integración sin preguntarles directamente sobre ello.

Teoréticamente, su interés reposa en la manera en que las representaciones de los(as) ciudadanos(as) deberían construir un vínculo político a nivel europeo. White argumenta que no habría tal vínculo en diferentes países si los(as) ciudadanos(as) se preocuparan de los mismos problemas sin considerar a otros congéneres de la UE como una fuente de esos problemas y, al contrario, si ellos(as) creen que sus pares europeos(as) comparten esas preocupaciones.

Un vínculo político al nivel europeo también necesita que los(as) ciudadanos(as) europeos(as) consideren que algo se puede hacer en relación a sus problemas – un grado de agencia -, que ellos(as) no sólo son una preocupación de responsabilidad individual, que los actores colectivos y las instituciones políticas, incluyendo los de la UE, son potencialmente influyentes en relación a los temas que les importan a ellos(as). Con la finalidad de encontrar si hay algo a lo que se le podría llamar ‘vínculo político’ a lo largo de esas líneas emergentes, White eligió interrogar a taxistas en diferentes ciudades en Reino Unido, Alemania y República Checa, y, entrevistarlos(as) colectivamente. En vez de preguntarles directamente acerca de su opinión en relación al sistema político europeo, él prefirió discutir temas de la vida pública que ellos(as) consideraban como más importantes. Él les preguntó también acerca de las causas de esos problemas, lo que ellos pensaban que podría hacerse y por quiénes.

White contrariamente a Gaxie, pero en concordancia con la tendencia de los estudios europeos, claramente apoya la integración. Él reconoce que sus resultados son engañosos. El diseño de investigación funcionó siempre y cuando sus entrevistados(as) lograron discutir los temas que a ellos(as) les interesaban. Los principales problemas identificados en las diferentes ciudades son bastante similares: principalmente económicos, sociedad y leyes, y relaciones entre las personas. Pero los(as) taxistas no reconocieron a sus pares europeos como ‘gente como uno(a)’, esto es, como personas que experimentaran los mismos problemas que ellos(as). Inclusive su atribución de agencia fue escasa y no incluyó, para nada, al nivel europeo como un potencial actor influyente. Escasamente mencionan la UE durante la discusión, y White tuvo que, al final de las entrevistas, preguntarles a los(as) taxistas directamente acerca de ella en orden a colocarla en la escena del análisis.

A través de un proyecto un poco diferente, mis colegas Florence Haegel, Elizabeth Frazer, Virginie Van Ingelgom y yo misma, llegamos a conclusiones similares en relación a la pérdida de prominencia de los asuntos europeos (Duchesne et alii, 2013).

Nosotras llevamos a cabo entrevistas grupales en tres ciudades tales como París, Bruselas y Oxford, reuniendo diferentes categorías de personas –trabajadores(as), empleados(as), gerentes y activistas. Cada grupo fue homogéneo socialmente, pero heterogéneo políticamente en el sentido que fueron invitados(as) participantes pertenecientes a similar medio social, pero teniendo opiniones políticas opuestas, hablando en general en términos de tendencia política de derecha o izquierda y, en particular, en relación a la UE. Por tanto, nos reunimos con cada uno de los(as) participantes del grupo, quienes, en el papel – esto es, de acuerdo a las respuestas que ellos(as) nos daban para reclutar los cuestionarios –se supone que estuvieron en desacuerdo con los asuntos europeos.

Usamos una estrategia de rango medio entre White y Gaxie, entre preguntas directas e indirectas, nosotras les hicimos a nuestros(as) participantes cinco preguntas acerca de Europa, pero la discusión duró casi 3 horas (con un break) y no los(as) forzamos a mantener el tópico. Por el contrario, los(as) dejamos libres para desviarse en los temas, dejamos que las discusiones evolucionaran de acuerdo a lo que más les interesó.

Titulamos el libro Overlooking Europe4 (Con vista a Europa). Ciertamente en los resultados de este análisis, donde a mayor diferencia entre los grupos de trabajadores(as) y empleados(as) por un lado, y gerentes y activistas por otro, radica la prominencia de las cuestiones europeas: la integración claramente es un tema para el primer grupo, mientras que es importante debatir y expresar abiertamente conflicto para el segundo grupo. Activistas y gerentes ven a Europa como esperábamos que hicieran en el sentido de que, durante las tres horas de discusión, ellos(as) dieron una visión general de la integración europea. Discutieron las consecuencias del actual estado de integración y su futuro. Se enfrentaron entre sí cuando las posturas que estaban tomando con respecto a la UE se orientaban a divisiones políticas tales como: liberalismo económico versus la intervención del Estado, o la herencia cultural y religiosa versus la integración cívica y democrática.

Los(as) trabajadores(as) y en una menor medida los(as) empleados(as), por el contrario, pasaron por alto Europa. El (la) francés(a) y el (la) británico(a) claramente no sabe mucho acerca de esto, y esta situación debería explicarse también porque ellos(as) aprovecharon cada oportunidad para desviarse del tema. Los(as) belgas estaban más informados(as). Sin embargo, la UE no es un tema para ninguno(a) de ellos(as), dado que consideran que está todo hecho. La UE está ahí, está en alguna parte, en la otra orilla del canal, en el futuro, alrededor.

La UE no lo hace especialmente bien, ya que todos(as) se quejan de la situación actual y, obviamente, la UE no ha impedido que las cosas mejoren o empeoren. Pero ellos(as) no la identifican tanto como una fuente de poder o molestia comparada con los daños de la sociedad: los cambios constantes (los(as) inmigrantes, el mercado laboral, la educación, la moneda común, etc.), la falla de las elites políticas (en las que nadie confía) y la globalización. Como trabajadores(as) y empleados(as) no les interesa particularmente la UE, se ve difícil argumentar que sus reacciones frente Europa ponen en juego la identidad. Más individualmente, nosotras observamos claramente que, por su parte, la identidad nacional no nutre particularmente el euroescepticismo.

Hay una clara discrepancia, por lo tanto, entre la mentalidad europea (media, clase trabajadora) del ciudadano(a) distante y ausente, entrevistado(a) por los(as) investigadores(as) cualitativos(as), y los(as) limitados(as) euroescépticos(as) y los(as) europeístas, analizados por los Euro-barómetros. ¿Cómo nosotras entendemos esto?

Entendiendo la indiferencia.

La investigación de encuestas está basada en números. En teoría, ésta es más legítima que el paradigma cualitativo porque analiza miles de respuestas; mientras que las entrevistas cualitativas y observaciones pueden solamente trabajar con un bajo número de casos. Pero las técnicas cualitativas no estructuran las respuestas con anterioridad, ellas no consideran homogéneamente las respuestas como la encuesta lo hace, sin diferenciar entre gente que le interesa un tema y tiene fuertes opiniones sobre él, y personas quienes no saben y puede también recoger sus respuestas sólo por casualidad de la lista sugerida por la encuesta. El hecho de entrevistar en profundidad es, por lo tanto, más apropiado para inspeccionar el sentido de las cosas, es más indicado para examinar las cuestiones de prominencia y de identidad.

Sin embargo, incluso si nosotras confiamos en los resultados obtenidos por las entrevistas cualitativas, ¿cómo podemos entender que los(as) ciudadanos(as) europeos(as) no se interesan por la integración europea cuando sabemos que las políticas europeas tienen un impacto fuerte y directo en sus vidas? De acuerdo a nuestras entrevistas, dos procesos ‘manchan’ la integración europea en la mente de los(as) ciudadanos(as) de la clase trabajadora: la globalización por un lado, y los fuertes sentimientos de dominación por el otro. Con nuestro proyecto, estos procesos aparecen aún más claramente cuando comparamos a los grupos de trabajadores(as) y empleados(as), a quienes ciertamente no les interesa la UE, con grupos de gerentes y activistas, a quienes sí les interesa. Estos últimos grupos ciertamente se parecen mucho a los limitados europeístas y euroescépticos, representados por la investigación mediante encuestas. Vamos a darle una mirada a esto último.

Una vez más, en nuestro proyecto, lo que caracteriza a los(as) trabajadores(as) y empleados(as) cuando hablan sobre Europa, en comparación con los gerentes y activistas, es su pérdida de interés en el tópico. Ellos(as) expresan opiniones negativas en relación a la UE, pero esas opiniones no son comentarios fuertes, no son las posturas adoptadas contra las actitudes pro-Europa defendidas por otros(as), son meras reacciones que pobremente se relacionan con declaraciones hechas en el cuestionario de reclutamiento que deberían cambiar dependiendo de las actitudes en temas subjetivamente más importantes. He dicho con anterioridad que seleccionamos a los(as) participantes en función de las respuestas que dieron a los cuestionarios de reclutamiento, cuyas preguntas fueron tomadas de las encuestas del Euro-barómetro, en orden a invitar a discutir a participantes con visiones opuestas en relación, particularmente, a la integración europea.

Lo que sorprende en las discusiones, es que es imposible identificar la opinión de los(as) participantes en estos temas, y armoniza con las respuestas que ellos(as) dieron en el cuestionario. Mientras que en otros temas – como el estado de bienestar o las actitudes autoritarias – la conexión fue clara (Haegel y García 2011).

Por otra parte, las opiniones negativas que son intercambiadas en las discusiones entre trabajadores(as) y empleados(as) no son, contrariamente a las expectativas del Euroclash, alimentadas por el nacionalismo, inclusive por la identificación nacional. Primero, la identidad colectiva – el ‘nosotros’ y el ‘nosotras’ presentada en aquéllos(as) que no se benefician de Europa no son nacionales: se refieren a los ‘tipos promedio’, el (la) pequeño(a), el (la) pobre, los ‘números’ – como un(a) participante trabajador(a) británico(a) – describen lo que ellos(as) son a los ojos de los(as) políticos. En este sentido, nuestros(as) participantes están claramente conscientes del hecho de que Europa es un proyecto de clases.

Además, la idea de que la soberanía nacional es limitada por Europa aparece difícilmente en escena, dado que la UE no es percibida como un nivel/actor político autónomo. Los (as) trabajadores(as) y los (as) empleados(as) claramente diferencian entre líderes nacionales e europeos. Esto no debería ser sorprendente. En 1998, Christopher Anderson sugirió: “Si como se puede esperar en el futuro inmediato, las actitudes hacia las políticas domésticas continúan jugando un rol clave en la formación de las actitudes de los(as) ciudadanos(as) hacia la integración europea, un sentido de comunidad o identidad supranacional como lo han conceptualizado autores como Deutsch e Ingelhart no debería necesariamente generar un alto nivel de apoyo a la integración entre los públicos de los estados miembros – siempre y cuando no haya un apoyo importante a los actores políticos nacionales y las instituciones clave” (Anderson 1998, 594).

Claramente nuestros focus group muestran que el apoyo a los líderes políticos locales se pierde. Esto se diluye en particular porque los(as) líderes políticos nacionales no son abiertamente considerados(as) capaces de proteger a los(as) ciudadanos(as) del fenómeno de la globalización. Ciertamente, la integración europea aparece en estos focus group como parte y parcela de la globalización. Ambos se benefician por completo, los(as) políticos y la economía. Los(as) políticos europeos(as) no son distinguidos de los(as) nacionales, y las empresas que más se benefician no son europeas ni tampoco nacionales, son de todo el mundo.

Nuestros resultados sugieren que, tratando de contabilizar el sesgo elitista permanente de las actitudes europeas con la identidad, es ir en la pista equivocada. Puede haber un Euroclash pero, de acuerdo con nuestros focus group, los sentimientos de dominación por parte de sus propias élites nacionales y líderes políticos, y que resuenan en las discusiones de los(as) trabajadores (as) (y en menor medida los(as) empleados(as)), son probablemente responsables de la misma soberanía por la cual se lamentan.

Tanto los ‘gobiernos’ nacionales como europeos no son percibidos como niveles/actores autónomos, las identidades o identificaciones nacionales y europeas no pueden ser consideradas separadamente. Aquí, estos grupos de discusión confirman tanto los hallazgos cuantitativos y cualitativos: las personas se sienten europeos(as) porque ellos(as) se sienten franceses(as), belgas o británicos(as), no al contrario. Tomó tiempo a los estudios europeos reconocer que la identificación nacional no previene a los ciudadanos(as) de sentirse europeos(as): por el contrario, el sentimiento de ‘nosotros(as)’ construido por la pertenencia nacional, en una era del crecimiento de la individualización, es la matriz para la identificación europea (Duchesne & Frognier 2008; Duchesne 2008).

Sin embargo, las encuestas del Euro-barómetro se mantienen preguntándoles a los(as) ciudadanos(as) si ellos se sienten más europeos(as) que nacionales, y los(as) investigadores(as) europeos(as) se mantienen haciendo uso de este cuestionamiento con la finalidad de explicar las actitudes hacia la integración europea, mientras que esta pregunta crea, para la mayoría de los(as) encuestados(as), una información artificial.

Estas discusiones entre trabajadores y empleados, pero también entre gerentes y activistas, confirman los resultados acumulados por una década de investigación cualitativa: la identidad europea, cuando los(as) ciudadanos(as) están preocupados por otros asuntos, es un concepto erróneo. Lo que actualmente se encuentra en juego es un largo proceso de europeización de las identidades nacionales que varía de manera significativa dependiendo de la pertenencia social. Si este proceso finalizará en una identidad similar a lo que las identidades nacionales actualmente son, no es algo que podamos discutir ahora. Aunque el contexto difiere tanto de lo que era cuando se construyeron las identidades nacionales, y la UE es y probablemente se han convertido en algo, en unas pocas generaciones, tan diferente de los estados-nación, que esto no es probable.

El hecho es que nuestra información de 2006 confirmó una observación hecha en 1998: la idea de que no significa que nada ha cambiado ‘en y entre’ la UE. La sugerencia de Hooghe y Mark que un ‘disenso restringido’ se ha desarrollado en las últimas décadas, no es compatible con nuestras observaciones. Si los(as) trabajadores(as) y empleados(as) no están interesados(as) en la UE, éste no es el caso de los(as) activistas menos, (o en menor medida), de los(as) gerentes. De acuerdo a las discusiones que hemos ejecutado y analizado, el disenso que restringe a los líderes políticos no podría ser tanto la consecuencia de un crecimiento del conflicto de identidad entre clases bajas y altas, podría ser más bien el reflejo del crecimiento del propio disenso de las élites sobre la integración europea.

Conclusión

En conclusión, yo deseo primero subrayar que no deberíamos interpretar estos resultados en términos de déficit. No deberíamos simplemente considerar que si a los(as) ciudadanos comunes no les importa la UE, esto es debido a la pérdida de conocimiento y entendimiento. Cuando se preguntó en las encuestas, ellos(as) ciertamente siempre respondieron que adolecían de información, pero esto no es el punto. Primero, porque esto también ocurre con las políticas nacionales: la información ciudadana sobre los temas de políticas domésticas y, en particular, sobre las instituciones políticas siempre está sobrevalorado. Pero el hecho que pierdan información y conocimiento preciso, no significa que no estén interesados(as), o que a ellos(as) no les importe.

Los(as) ciudadanos(as) no son cientistas políticos, pero esto no significa que sean estúpidos(as). Jonathan White demostró cómo los(as) taxistas que él entrevistó fueron claramente capaces de discutir los temas que consideraron importantes, incluso con poca información precisa, aun cuando esas discusiones no establecieron el vínculo político con Europa que él estaba esperando. A nosotras nos ocurrió lo mismo: en las discusiones que organizamos, los(as) participantes fueran trabajadores(as), empleados(as) o gerentes o activistas, también discutieron con pasión lo que a ellos(as) les importaba. Y esto sucedió en lo que se refiere a nuestros(as) trabajadores(as) y empleados(as) franceses(as), británicos(as) y belgas, en relación más o menos a los mismos temas que los(as) taxistas británicos(as), alemanes(as) y checos(as) seleccionados por White consideraron como los temas más importantes – como yo dije anteriormente, la economía, las relaciones entre las personas, y las leyes y el orden en la sociedad.

Lo que es incluso más llamativo es que de alguna manera, en 2006, nuestros(as) participantes predijeron la crisis: ellos(as) la vieron venir. Sus discusiones estuvieron mucho más enfocadas en la manera en que las finanzas y economía globalizada amenazaban sus vidas, y la incapacidad – o pérdida de conciencia- de los políticos para tomar el control y solucionar los problemas.

La indiferencia hacia la UE ciertamente caracteriza la era de la austeridad hoy en día en Europa. Si los(as) ciudadanos(as) hubiesen estado tan polarizados(as) e identificados(as) con o en contra de Europa como las encuestas pensaban que estaban, la UE ya habría colapsado. Yo podría ser impugnada por esto, pero considero que no ha habido un mayor movimiento de protesta en contra de la UE ocurrido desde 2008, al menos considerando la profundidad de la crisis y la cantidad de sacrificios que los(as) ciudadanos(as) se espera que hagan, especialmente en los países del sur. Son protestas contra la austeridad, pero que se dirigen principalmente contra los gobiernos nacionales y el Fondo Monetario Internacional (FMI) – y más recientemente en contra de Alemania.

Los partidos populistas se movilizan en contra de la UE, pero ésta obtiene votos – al menos esto es lo que pasó hace poco en Francia – debido a sus programas anti-migración y sus denuncias de los(as) políticos que gobiernan, mucho más que a causa de un discurso euroescéptico.

Por otro lado, cuando indago en la información reciente del Euro-barómetro, incluso desde la crisis, las respuestas indiferentes continúan creciendo. En 2011, un tercio de los europeos consideró que la UE no es una cosa buena ni mala. Virgie Van Ingelgom (forthcoming) también se sorprende de la discrepancia entre nuestros resultados y la tendencia de la investigación por encuestas (el Euro-barómetro revisado), y muestran cómo la polarización que fue considerada el resultado de la evolución de las actitudes de los(as) ciudadanos(as) desde 1990, podría muy bien reflejar los intereses académicos más que los datos objetivos propiamente tal (Van Ingelgom, forthcoming).

Por lo tanto, pienso que las actitudes – o no actitudes – actuales de los(as) ciudadanos(as) europeos(as) son mejor explicadas por los resultados alcanzados por la investigación cualitativa en la última década más que por la investigación a través de encuestas. Por décadas, los estudios europeos han indagado en la información del Euro-barómetro como vía para resolver el tan llamado ‘déficit democrático’ en la UE. La investigación sobre la identidad europea fue más motivada por una cuestión de legitimación más que la verdadera – o científica – voluntad para entender la relación que los(as) ciudadanos(as) fueron desarrollando – o no – con su nueva comunidad política. Como esto ocurrió, la indiferencia fue el elemento principal y nosotras deberíamos haber mostrado esto más cercanamente. No es que el desprecio por el desarrollo institucional sea un problema como tal: pero en este caso, estuvo cercanamente relacionado al crecimiento de los sentimientos de dominación, de resentimiento y escepticismo en contra de las elites políticas. Por lo cual, el déficit democrático no es ya el problema de la UE, éste es problema de Europa, una problemática de los países europeos.

Ciertamente, en la era de la austeridad, la pérdida de confianza entre ciudadanos y sus elites debería ser considerada un desastre. Así como los economistas se están preguntando por qué no vieron la crisis venir, nosotras, sociólogas de Europa, deberíamos preocuparnos cómo no la vimos o no la deseamos ver. En definitiva, la desconfianza y el escepticismo invaden las mentes de los(as) ciudadanos(as).

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