Acerca de las ciencias de la comunicación: actualidad del campo disciplinar y propuestas para superar la división entre el análisis sociocultural y el semiótico

Los medios se han vuelto un objeto de estudio ineludible y privilegiado de la cultura contemporánea y los estudios de comunicación se han convertido en “absolutamente centrales para la teoría social y la ciencia social” (Giddens, 1989: 65). Sin embargo, desde su aparición, han estado en permanente crisis (Fuentes Navarro, 1998): les ha costado institucionalizarse y legitimarse académica y socialmente, no han armado un corpus teórico-metodológico homogéneo y duradero; las ciencias de la comunicación se han constituido como un campo interdisciplinario, con todos los pros y los contras que ello conlleva. Por un lado, los cambios y cruces de perspectivas teórico-metodológicas son constantes; no hay una ciencia de la comunicación sino múltiples, con diferentes niveles de análisis, enfoques metodológicos, “teorías que ubican a la comunicación en puntos muy diversos del proceso de la investigación (en la distinción más simple, como antecedente o como resultado) y hasta diferencias en las fenómenos que merecen ser llamados comunicación” (Hawkins, Wiemann y Pingree, 1988: 7). De hecho, los objetos más heterogéneos –imágenes, discursos orales y escritos- son englobados bajo el genérico “medios” y la falta de consenso teórico es la que impide sistematizar un abordaje metodológico propio de este campo disciplinar. Por el otro lado, el hecho de que las ciencias de la comunicación se hayan constituido fragmentariamente en tanto “pluridisciplina” –retomando abordajes teóricos y metodológicos de la sociología, la historia, la antropología, la psicología, la filosofía, la lingüística, la semiótica, la crítica literaria, las ciencias políticas[1]– le otorga a la misma una “flexibilidad” que es para ella su principal ventaja en el marco de “un movimiento de reestructuración ‘postdisciplinaria’ que parece sentar las bases del desarrollo futuro de las ciencias sociales y humanas” (Fuentes Navarro, 1998: 80).

Teniendo en cuenta esta situación, el siguiente trabajo constará de dos partes e intentará: 1) Repensar algunos problemas históricos para estudiar los medios de comunicación y, en especial, los productos de la cultura de masas, revisando los enfoques de la sociología de la cultura y la semiótica, y 2) Reforzar la importancia que tiene para las ciencias de la comunicación el estudio de las imágenes en tanto “textualidades” significantes y aportar a las primeras con un enfoque que está teniendo cada vez más repercusión en los estudios en ciencias sociales en América Latina (especialmente en la sociología y la antropología) pero que es poco considerado aún en los estudios sobre medios: la mirada sobre el cuerpo. Si en general en los estudios sobre medios se privilegió el análisis del discurso, aquí propondremos incorporar un nuevo enfoque que toma en consideración al cuerpo como materia igualmente significante pero no completamente reductible al carácter de discurso, un abordaje que podrá enriquecer la mirada disciplinar especialmente para los casos cuyos objetos a analizar sean imágenes –televisivas, cinematográficas, informáticas-.

1.    Analizar la cultura de masas y sus textos. Enfoques y problemáticas.

a) Entre el análisis sociohistórico y la semiótica

Los primeros trabajos sobre medios de comunicación fueron abordados por historiadores y críticos literarios. Muy pronto la sociología demostró su interés por la temática y se ocupó de estudiar los usos sociales de los medios, el lugar que éstos adquirieron en la vida cotidiana y las instancias de recepción. Este desplazamiento de los medios a las mediaciones sociales (Barbero, 1997), este interés por la cultura popular y la cultura de masas (Barbero, 1997; Canclini, 1982 y 1995), dejó el análisis de los productos mediáticos propiamente dichos -los textos- en manos de otro campo disciplinar: la semiótica. Por un lado, entonces, una sociología de la cultura se ocupaba de lo que los medios producían en la sociedad; por el otro, los textos de los medios eran abordados, mediante un análisis absolutamente interno, por una disciplina que podía analizar su estructura, su retórica, sus contenidos, su sistema de enunciación, pero que no establecía correlación alguna entre éstos y el contexto socio-histórico-cultural en el que estaban insertos.

Fuentes Navarro, en su análisis sobre la situación de las ciencias de la comunicación en América Latina, da cuenta de cómo la tradición de los estudios de la comunicación en los ’70, influidos por el predominio de las tesis gramscianas, althusserianas y la Escuela de Frankfurt, bajo marcos sociológicos a los que denomina “de cambio radical”, puso el acento en las tesis del imperialismo cultural, privilegió enfoques “objetivistas y macroestructurales” (Fuentes Navarro, 1998) y, si en algún caso se ocupó del análisis de contenido de los medios, fue para descubrir que podía encontrar ideología en productos de la superestructura que antes habían parecido ingenuos e inofensivos, como el Pato Donald (Dorfman y Mattelart, 1972). La sociología se erigió como marco transdisciplinario para los estudios sobe la comunicación, lo que supuso una cierta dependencia metodológica y epistemológica de estos últimos respecto de la primera (Fuentes Navarro, 1998). Mientras tanto, para la misma época, un campo en pleno desarrollo –la semiótica de los medios masivos- se ocupaba del análisis discursivo de los medios, con una metodología muy distinta a otras (como la encuesta o la etnografía) que las ciencias de la comunicación habían tomado prestadas de otras disciplinas (la sociología, la antropología). Entre ambos tipos de estudios no había ningún tipo de contacto. Los primeros fueron en busca de ideología; los segundos, sólo trataron de evitarla.

Con el paso del tiempo, los análisis de los medios desde la sociología de la cultura abandonaron su obsesión por los enfoques macroestructurales del paradigma de “cambio radical” y dieron lugar al análisis de objetos específicos y prácticas concretas, miradas que no buscaban ya encontrar en el objeto de estudio relaciones de dominación ni retazos de la ideología hegemónica, permitiendo otro tipo de acercamiento a los medios masivos. Mientras tanto, la semiótica fue quien siguió teniendo, por sus peculiares herramientas, un acercamiento privilegiado a la estructura y contenido de los textos mediáticos, pero, a lo largo del tiempo, permaneció ajena a cualquier otro tipo de enfoque, como aquellos que tomaban en cuenta la variable histórica. Sin embargo, a pesar de la insistencia de la semiótica local para recortar su objeto de su contexto histórico-social e independizarlo de otras posibles variables, esto nunca formó parte de los fundamentos teóricos de la disciplina: Bajtin (1990 [1982]), por ejemplo, entendió al signo como multiacentuado, objeto de luchas, cargado de huellas de la cadena histórica de la que forma parte; Barthes (2008 [1957])estudió los significantes con el fin de encontrar en ellos significados ideológicos, como veremos más adelante; el mismo Verón (1987) desde la escena local encontró un “doble anclaje, del sentido en lo social y de lo social en el sentido” y se interesó por la discursividad pues para él sólo en ese nivel “el sentido manifiesta sus determinaciones sociales” (126).

Por otra parte, las ciencias de la comunicación latinoamericanas son deudoras de una corriente de investigación que tuvo mucha repercusión a partir de los ‘60: los estudios culturales. Las primeras heredaron de los segundos su carácter interdisciplinar –pues éstos combinaban la sociología, la teoría social, la teoría de los medios de comunicación, la teoría literaria, la economía política, la antropología cultural, entre otros campos disciplinares- y su concepción amplia de la cultura (que incluye la “alta” cultura y la cultura popular así como también todos los significados y prácticas cotidianas), perspectiva teórica que permitía estudiar cualquier artefacto de la cultura, tomando en cuenta las prácticas culturales y sus relaciones con el poder. Hoy, los estudios culturales pasaron de moda, luego de una intensa proliferación en América Latina de congresos, libros y artículos dedicados a los mismos y, más tarde, de amplias críticas a esos resultados (García Canclini, 1997). El repliegue sobre las disciplinas volvió a evidenciarse muy pronto; sin embargo, en la actualidad, las ciencias sociales cada vez están más de acuerdo en la necesidad de la multidisciplinariedad, la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad[2] (Picardo Joao, 2003; Sepúlveda dos Santos, 2007) como única forma para superar el enfoque unilateral disciplinario y abordar la realidad social desde un pensamiento crítico abarcador que tenga en cuenta la complejidad de los objetos de estudio. Más allá de las críticas al desarrollo de los estudios culturales (que no podemos reponer aquí porque no es el fin de este trabajo, pero con las cuales coincidimos en alguna medida), creemos que el modelo que éstos proveyeron a los estudios locales de los medios debería, en cierta medida, ser revalorado o, al menos, revisado. Afirmar esto significa repensar, desde la actualidad de los estudios sobre medios, una pregunta: ¿Cómo abordar los productos de los medios desde otra perspectiva que no sea el análisis del discurso?

Lo que aquí proponemos no es regresar a los estudios “externos” de los medios –aquellos que se ocuparon de reconstruir las condiciones de producción de un medio, reponiendo el contexto de aparición del mismo pero dejando de lado las especificidades formales de sus productos- pero tampoco quedar, como lo hace la semiótica, abocados a un mero análisis “interno”, de la discursividad. La separación entre análisis “interno” y “externo” de los medios fue una tradición que ayudó a dividir y simplificar las tareas de investigación, al mismo tiempo que impidió un abordaje global y complejo de los objetos de estudio.  Lo que aquí proponemos, en cambio, es un abordaje que articule ambas miradas a favor de la complejidad del análisis. Proponemos subsumir la mirada del análisis del discurso –la distinción de los rasgos retóricos, temáticos y enunciativos de un texto- en un abordaje más amplio que permita articular a los medios con la sociedad en la que se insertan.

Esta articulación interdisciplinaria –que combina a la sociología de la cultura con el análisis discursivo- implicaría asimismo invertir una de las prácticas de la semiótica de los últimos tiempos: significaría partir de la empiria texutal para elaborar categorías en lugar de aplicar categorías fijadas previamente a la realidad textual (por ejemplo, la categoría de género fue una de las más usadas por la semiótica, en tanto categoría a priori, para abordar sus objetos). Quien propuso un acercamiento semejante fue John Thompson (1993), en su interés por llevar adelante una “hermenéutica profunda”.  En realidad, las ciencias de la comunicación, estructuradas mucho más tarde que la sociología, se desarrollaron, en general y desde el principio, en un marco científico guiado por la hermenéutica: la búsqueda de una mirada/discurso científico crítica/o y no duplicadora de lo real, la necesidad de una interpretación de los datos que jamás podrían “hablar” por sí mismos, el interés por la comprensión más que la explicación propia de las ciencias físico-matemáticas, el acento puesto en la significación que le dan al mundo social sus agentes, el intento por comprender hechos particulares y únicos y no formular leyes generales, y sobre todo el interés por acercarse al mundo social a partir del análisis de sus discursos fueron algunos de sus principios. Según Beatriz Villareal Montoya “la relación entonces entre la hermenéutica y la interdisciplinariedad está en la novedad de los objetos de estudio que les han abierto a las ciencias sociales” (2002: 132) y de hecho las ciencias de la comunicación pueden ser un ejemplo de estudios interdisciplinarios que desde las ciencias sociales han desplegado un nuevo repertorio de objetos.

Pero más allá de que el cruce entre posturas hermenéuticas e interdisciplinarias se encuentre en el origen de la estructuración del campo, lo que Thomposon propone, cuando habla de una “hermenéutica profunda”, es una relación más estructurada y organizada entre el análisis sociohistórico, el análisis formal o discursivo y la interpretación (a la que él denomina reinterpretación, pues la mirada del analista siempre es una interpretación segunda respecto de una primera socialmente determinada–el sentido común-). Para Thompson, la interpretación se constituye sobre los dos primeros análisis –el discursivo y el sociohistórico-, “procede por síntesis” para construir creativamente un sentido nuevo “que trasciende la contextualización de las formas simbólicas tratadas como productos situados socialmente y el cierre de las formas simbólicas tratadas como construcciones que presentan una estructura articulada” (Thompson, 1993: 317-318). Es decir, este tipo de análisis toma en cuenta las condiciones sociales e históricas de producción, circulación y recepción de los discursos, al mismo tiempo que se zambulle en las minucias de los textos en un análisis formal para, por último, reinterpretar los resultados del análisis discursivo del texto a la luz de sus condiciones sociohistóricas de producción.

Si recuperamos la metodología combinada propuesta por Thompson es porque creemos que  a los estudios latinoamericanos que siguen (falsamente) dividiéndose a sí mismos en “internos” y “externos” no pueden aún recuperar la complejidad de su objeto de análisis que son los medios. La hermenéutica profunda es sólo uno de los caminos posibles para encontrar nuevos sentidos/ interpretaciones al articular dos análisis considerados, hasta el momento, antagónicos, irreconciliables. Sin seguir necesariamente a rajatabla la propuesta tan metódicamente estructurada de Thomposon, creemos que es posible –y necesario- realizar análisis discursivos de los objetos mediáticos que permitan reconstruir minuciosamente el objeto –su estructura, sus contenidos, etc.- y a la vez comprender dichos hallazgos no sólo desde el punto de vista “interno” –dentro de la diégesis y en relación a otros objetos de estructura semejante- sino a la luz de su contexto social y, sobre todo, descubriendo qué pueden decirnos ellos del mundo social en el que aparecieron. Creemos, hasta el momento, que ésta es la forma más idónea de abordar una historia o análisis contemporáneo de los medios que no privilegie las particularidades formales de cada objeto por sobre los usos y sentidos histórico-sociales de los mismos ni viceversa.

b) El aporte de la sociología de la cultura al análisis textual

A pesar de lo dicho anteriormente, la sociología de la cultura cuenta  con una importante tradición que no ha desdeñado la discursividad de los objetos de la cultura de masas. Los pocos ejemplos que aquí trabajaremos son sólo algunas propuestas que nos permitirán rescatar un modo de abordaje que no sólo se ocupe de las condiciones contextuales sino de los aspectos formales y de contenido de los objetos que estudia. Aquí nos interesa contrastar dos experiencias metodológicas: las del Eco de “Eugenio Sue: el socialismo y el consuelo” (1995 [1976]) y las del Bourdieu de Las reglas del arte (1997). Los une la característica común de que ambos abordan metodológicamente los textos que elijen –el primero, Los misterios de París de Sue; el segundo, La educación sentimental de Gustave Flaubert- desde el aspecto menos previsto por sus autores y por otros analistas que previamente se habían ocupado de esas novelas. Los separa el hecho de que ambos llevan adelante gestos metodológicos inversos: Eco le impone al folletín una lectura retórica, analiza su estructura, cuando antes el mismo había sido leído privilegiando su contexto de aparición y su carácter ideológico. Sin embargo, Eco parte de la estructura para luego, a partir de ella, encontrar las razones por las cuales el folletín había sido sometido a semejantes críticas ideológicas en tanto “escritura de la consolación”. Esto es así pues Eco cree que la sintaxis produce sentido; se ocupa de la estructura de la obra pues ésta es importante para él en tanto productora de sentido.

Mientras tanto, Bourdieu lleva adelante un gesto metodológico inverso: en lugar de mirar los aspectos formales de La educación sentimental en la que tanto repararon otros analistas de Flaubert, él decide analizar el contenido del texto, para encontrar en La educación… a una “novela sociológica” que le habla de la París de la época de Flaubert y del modo en que se constituyó históricamente el campo literario en tanto campo autónomo, con sus propias reglas, diferentes a la del campo del poder. Para ambos autores, pensar problemas de la cultura contemporánea significa pensar las tensiones entre el arte y la cultura de masas. Pues Bourdieu encuentra la conformación de un campo autónomo del arte en el mismo momento en que en la estructura social aparecen Los misterios de París que analiza Eco y se despliega con fuerza toda una cultura de masas. Ambos análisis son las dos caras de un mismo proceso histórico. Por otra parte, Eco no duda en poner en el mismo nivel de análisis a bienes culturales con distinta valoración –en Obra abierta analiza el directo televisivo y el arte contemporáneo, entre otros objetos-, aplicándoles una metodología semejante, lo cual es fundante para una teoría de la comunicación. Eco descubre que la mirada apocalíptica de los intelectuales sobre los medios es incapaz de comprender el gran suceso de la cultura de masas y sus productos; para él es necesario una mirada estructural y analítica, una lectura amorosa y a la vez crítica de tales objetos.

Un último ejemplo –por supuesto hay más, que quedan fuera de los alcances de nuestro trabajo- de cómo llevar adelante una metodología de las ciencias de la comunicación que permita estudiar los aspectos formales de los textos en relación con la sociedad en que aparecen, lo conforma Barthes (2008 [1957], 2008 [1967]) y sus trabajos sobre mitologías mediáticas y los sistemas de la moda. Su modelo de trabajo es el siguiente: primero desarticular toda la cultura de masas, observándola hasta el detalle y utilizando para ello herramientas de la semiótica. Y en un segundo momento y a partir del gesto anterior, construir un andamiaje teórico acerca de cómo funciona esa cultura de masas. Barthes puede constituir un buen ejemplo de cómo la semiología puede estar al servicio de un análisis más profundo que, por ejemplo, se ocupe de encontrar ideología en los productos de la cultura masiva (Barthes intentó formalizar cuál es la retórica de la cultura de masas y encontró múltiples significantes para un único significado: la ideología burguesa). Porque si Barthes se ocupa semiológicamente de un objeto hasta el detalle no es sólo porque se regodea en los hallazgos de las recurrencias en las formas y estructuras sino, sobre todo, porque las minucias formales le sirven para luego desplegar una mirada crítica –y original para su época- de los objetos que estudia. Aún así, a pesar de la ejemplar experiencia de Barthes, buena parte de la semiología que lo sucedió se olvidó de leer críticamente la empiria y prefirió partir de una teoría ya estructurada, cerrada, para ir en busca de sus objetos.

2.    El análisis de la imagen y el cuerpo representado

Si hay algo que el Barthes de Mitologías no había comprendido aún es el carácter significativo e irreductible de la imagen: él se empeñó en reducir todo análisis a un habla, a un discurso. Mismo en la estructuración de su “sistema de la moda” se ocupó de analizar “el lenguaje de la moda” (los textos que acompañan a las fotografías) en lugar de los cuerpos y vestidos. Claro que un Barthes más tardío se daría cuenta de esta negligencia, de que había algo que no era reductible al lenguaje, mientras que una gran cantidad de teóricos se lanzaron en defensa  de las imágenes en tanto fuentes u objetos de estudio. La Modernidad había producido un rechazo de las imágenes (Huyssen, 2002; Rancière, 2003); la posmodernidad las reivindicaría: nuevos campos de investigación aparecerían en el ámbito de las ciencias sociales –identidades sociales, sentimientos, emociones, sexualidad y el cuerpo fueron algunos de los nuevos objetos de estudio- y para ellos se pusieron en práctica nuevos enfoques metodológicos, procedimientos que antes no habrían sido calificados de científicos -entre ellos el estudio de imágenes- (Williams y May, 1996).

Baudrillard (1991) puso el acento en el carácter fundamental de las imágenes mediáticas en el mundo contemporáneo y en la incapacidad de diferenciar entre este último y sus representaciones, fenómeno al que llamó hiperrealidad. Un mundo cuyos signos icónicos carecen de profundidad, pues ya no tienen un referente en lo real, ya no ocultan nada –a diferencia de las imágenes que Barthes analizaba en los ‘50, que eran el modo de presentarse del capitalismo en el consumo- sino que son pura superficialidad, puro exceso (Rancière, 2003.; Baudrillard, 1993). En la línea que proponíamos antes, que vincula la aproximación semiótica con otra que tenga en cuenta el contexto de aparición de los textos/imágenes, Peter Burke (2001) propuso reivindicar el uso de las imágenes como “fuentes visuales”, sin considerarlas espejos de la realidad social aunque tampoco objetos independientes de ella, sino más bien como “testimonio de las formas estereotipadas y cambiantes en que un individuo o grupo de individuos ven el mundo social”, como sistema de signos, convenciones, “que filtran cierta información acerca del mundo exterior”, a partir de las cuales se pueden estudiar las “actitudes mentales, prejuicios y valores” de una época (p. 234-235).

Más allá de las diferencias de las aproximaciones, en el marco de la sociedad contemporánea es indiscutible que tener en cuenta a las imágenes como “textualidades” privilegiadas para estudiar los medios masivos de comunicación y sus productos es una necesidad evidente. Pero qué mirar de esas imágenes no lo ha sido tanto. En una aproximación a las imágenes televisivas, por ejemplo, además de su estructura, sus recurrencias genéricas y la relación de su contenido con “lo real”, hay otros abordajes posibles que llevarían a nuevos resultados. Williams (1992) definió a la pantalla chica en tanto “flujo” de imágenes y esta noción trae consecuencias metodológicas a la hora de abordar sus productos: si mirar TV es más parecido a “abrir una canilla” que a ir al cine, entonces sus productos deberían ser abordados desde una perspectiva metodológica diferente a la utilizada en los estudios sobre films. En lugar de encasillar los productos televisivos por géneros, otro abordaje posible puede ser analizar ese flujo de imágenes transgenéricamente. Una mirada sobre los cuerpos que pueblan la pantalla es una posibilidad para acercarse al inmenso flujo televisivo de una manera original que posibilite abandonar los acercamientos parciales por géneros y obtener conclusiones respecto de la programación en general –sobre los cuerpos televisivos, sobre los modelos de hombres y mujer que construye la TV- en un momento histórico y en un contexto social dado. El cuerpo en los medios se impone en oposición a lo escritural; estudiarlo implica tener en cuenta que el mismo organiza un corte respecto del modo en que la escritura se relacionaba con el lector e impone nuevas formas de relación de los medios con su público (una relación cuerpo a cuerpo, a pesar de que los cuerpos mediáticos sean meros conjuntos de puntos en una pantalla). Estudiarlo, implica, también, tener en cuenta que los cuerpos no son sólo discursos, que hay algo de ellos que no es reductible a la discursividad, y que para abordarlos no sólo es suficiente la perspectiva del análisis discursivo.

Los estudios sobre cuerpo han estado en crecimiento durante las últimas dos décadas en América Latina, adquiriendo más fuerza durante los últimos años. Han recuperado los modos en que teóricos del pasado, desde otros campos de estudio, se ocuparon de la corporalidad, aunque fuera implícitamente, y han puesto el acento en estos antiguos enfoques y en otros posteriores: los trabajos sobre Simmel acerca de la sensorialidad, la mirada y el rostro; la fenomenología de Merleau Ponty; las técnicas corporales catalogadas por Mauss; los estudios de Robert Hertz acerca de la preeminencia de la mano derecha en la sociedad occidental; los estudios sobre la ficcional noción de raza de David Efron; las unidades mínimas de la gestualidad -kinemas y kinomorfemas- de Birdwhistel; las investigaciones de Hall sobre la proxemia; el estudio de la conducta y los modales de las sociedades occidentales europeas de Norbert Elías; los múltiples estudios antropológicos sobre las percepciones sensoriales, la expresión de los sentimientos y las inscripciones corporales en distintas sociedades; o los estudios sobre los imaginarios corporales, son algunos ejemplos de las teorías e investigaciones que han sido revisitadas. Al igual que algunos descubrimientos desde la sociología: el control político de la corporalidad descubierto por Foucault; los habitus corporales y la consideración del cuerpo en tanto “objetivación indiscutible del gusto de clase” estudiada por Bourdieu (1979: 219); el narcisismo de la sociedad contemporánea dictaminado por Baudrillard. O el éxito, desde la filosofía, de una teoría que entiende al cuerpo como una construcción discursiva tal como lo consideró Judith Butler. Desde hace dos décadas, el cuerpo se reveló para las ciencias sociales como puramente significante, como fenómeno social y cultural moldeado en función de las normas y valores de una sociedad específica (Scribano, 2004), objeto de representaciones y de imaginarios (Le Breton, 2008) y la antropología y la sociología desde entonces se están abocando a esta nueva inmensa tarea: construir una antropología y una sociología del cuerpo y de las emociones.

Si bien existe una tradición en los estudios de la cultura de masas que ha sabido leer los cuerpos y la moda (en especial los trabajos de Barthes), en los estudios acerca de las representaciones de la corporalidad, las ciencias de la comunicación y la historia de los medios masivos todavía tienen una gran tarea por realizar. Las representaciones de los cuerpos sociales en la pantalla “hablan” al mismo tiempo de dos cosas diferentes: por un lado, de la sociedad en que esas imágenes se producen y circulan, y de las significaciones atribuidas a los cuerpos sociales que allí habitan; por el otro, de los mismos medios masivos de comunicación, con sus modos de producción, sus tácticas para capturar público y, entre otras cosas, las nuevas formas del espectáculo y los modelos corporales que ofrecen a la sociedad. Los estudios cuyos objetos de análisis son las imágenes –los cuerpos de esas imágenes- son el complemento indispensable para todo análisis de la discursividad oral o escrita de la sociedad contemporánea. En este sentido, proponemos el análisis de la corporalidad representada como un posible abordaje de la imagen visual/audiovisual que permita no sólo describir formalmente dichas imágenes/representaciones sino también comprender las significaciones sociales de esos cuerpos y las modalidades en que, a partir de ellos, opera la “sociedad del espectáculo” (Debord, 1967). En suma, el estudio de las representaciones de la corporalidad podría ser para los estudios de medios un punto de avance hacia nuevas perspectivas interdisciplinarias que le permitan, al mismo tiempo, dedicarse al minucioso análisis formal de sus objetos de estudio – las imágenes corporales- y entender dichos resultados a la luz de las relaciones que esas imágenes entablan con la sociedad que las produjo.

Resta estudiar, entonces, los modos en que dicha tarea podría ser llevada a cabo y qué elementos -teóricos y metodológicos- deberán rescatar y apropiarse las ciencias de la comunicación de las otras disciplinas que ya vienen dedicándose al cuerpo. Tales decisiones dependerán de los modos en que los investigadores consideren a los medios: quienes los entiendan en tanto instrumentos de disciplinamiento social se enfrentarán a cuerpos atravesados por una microfísica del poder (Foucault, 1994 [1975]), cuerpos que son objeto de modalidades difusas pero eficaces del poder, órdenes corporales estructurados a partir de determinados órdenes político-sociales. Quienes entiendan a los medios en tanto formas de la cultura popular, encontrarán en ellos cuerpos populares propios de determinados momentos socio-histórico-culturales (Bajtin, 1974; Barbero, 1997; Ford, Rivera y Romano, 1985). Y quienes vean en los medios a discursos que permitieron la mediatización de la sociedad, analizarán dichos cuerpos en tanto discursividades, representaciones discursivas del mundo social (Verón, 2001). Aquí consideramos que mientras la primer perspectiva –los medios en tanto formas de disciplinamiento social- sirve para pensar lo que los medios obturan y su papel dentro de la sociedad disciplinaria pero impide hacer una lectura minuciosa de los textos mediáticos, las otras dos perspectivas, articuladas, permitirían un acercamiento a estos últimos que tenga en cuenta el análisis textual pero que no considere a los cuerpos de las imágenes únicamente como discursos: la mirada sociológica como complemento de la mirada discursiva evitaría correr estos riesgos.

Consideraciones finales

A partir del siglo XX y especialmente en este siglo XXI para las ciencias de la comunicación el estudio de los medios ha significado ocuparse de la imagen inmóvil o en movimiento. La fotografía, el cine, la televisión y las nuevas tecnologías informáticas pusieron de relieve la primacía de la imagen en la sociedad contemporánea y, por ende, la necesidad de brindarle un espacio semejante al estudio de las representaciones visuales. La semiótica de los medios masivos, en el ámbito local, se dedicó a ella con intensidad pero desligando sus hallazgos del contexto social en que éstas se emplazaron, mientras que otros abordajes sociológicos o socio-político-económicos más estructurales analizaron los rasgos generales de esta nueva sociedad de la imagen y el espectáculo visual. A modo de consideraciones finales podemos afirmar nuestra voluntad de hacer de las ciencias de la comunicación un campo activa y efectivamente interdisciplinario, en el cual las diferentes disciplinas se integren para lograr abordajes más complejos y completos, en lugar de fragmentar el campo en múltiples vertientes de estudio y tendencias independientes y ajenas unas de otras.

Pero no sólo se trata de combinar rasgos retóricos y contexto socio-histórico-cultural. Más bien se trata de abordar los objetos de la cultura de masas con la intención de descubrir qué pueden decirnos ellos del mundo social en el que aparecieron. Es decir, el análisis discursivo de un texto de la cultura de masas –entendiendo a la discursividad y a la textualidad en un sentido amplio, de modo tal que pueda presentarse en forma escrita, oral o en imágenes- es el que debería propiciarnos información sobre el contexto significante en que se emplaza el objeto, develarnos los sentidos de ese mundo social, “hablarnos” de los sujetos que crearon esos textos y de aquellos que los consumieron. Creemos intensamente que la colaboración de la semiótica con la sociología de la cultura podrá complejizar los resultados del campo de la comunicación social, así como también que este último se verá profundamente enriquecido con la incorporación de una mirada sobre la corporalidad en las representaciones mediáticas que no se limite a un mero análisis formal sino que tenga en cuenta los aportes de los estudios sobre cuerpo en los que ya han avanzado otras disciplinas. Quienes están incursionado en este sentido desde la investigación de los medios masivos y sus productos[3], han descubierto en la corporalidad a un objeto de estudio privilegiado, un vértice analítico en el que se cruzan elementos de distinta índole –estéticos, de la cultura de masas, representaciones de lo social/lo cotidiano/lo nacional, etcétera.-, que permite articular por primera vez puntos de vista que hasta el momento parecían asilados, ajenos entre sí, irreconciliables.