ALUMNOS-MÁRTIRES ILUMINAN EL CAMINO DE LAS NUEVAS GENERACIONES DE PERIODISMO. EL BRUSCO FIN DE UNA QUIMERA

El sol asomaba tímidamente la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, mientras se desarrollaba la clase de Publicidad en una de las salas del pabellón A de la Universidad del Norte (UN), que aún sobrevive a la modernización de la infraestructura que hoy muestra esta casa de estudios.

Como ocurría entonces, y suele pasar todavía, la sala recibía de a gotas a los estudiantes que presurosos se incorporaban en el primer bloque de la mañana. Uno de los últimos en llegar, poco antes de las 8.30 horas, nos dio la noticia de la sublevación de los militares en Santiago. Sabíamos que el golpe rondaba cada vez con mayor certeza, pero sin decirlo abiertamente, confiábamos en que el llamado a plebiscito que haría el Presidente Allende, frenaría cualquier asonada.

Y si esto pasaba, como el 29 de junio, creíamos que las tropas leales  comandadas desde agosto por el general Augusto Pinochet, sofocarían el intento. La clase con la profesora Carmen Gloria Donoso terminó de forma abrupta y pronto escuchábamos Radio Magallanes, que a la postre fue la última en ser acallada por los bombardeos. Una cadena de radioemisoras dominaba el dial, con marchas militares, interrumpidas para emitir comunicados de la junta golpista.

Como si estuviese establecido, todos corrimos hacia el sector sur del casino a mirar qué pasaba con los militares, cuyos cuarteles estaban cercanos a la universidad. Había que tomar la UN. Aparecieron algunos cascos de fibra y palos, los mismos que muchas veces acompañaron a los universitarios en las marchas en dirección al centro, donde desde los últimos meses se enfrentaban las columnas de la Unidad Popular-Mir con la brigada de choque del Partido Nacional (Rolando Matus), grupos de Patria y Libertad y de la Democracia Cristiana. Era parte de la rutina, muestra irrefutable de la profunda crisis de la sociedad chilena, que llegó a dividir inclusive a las familias.

Los centenares de estudiantes, profesores y no académicos, ubicados junto al casino, esperaban órdenes. Nadie sabía de quién y para qué. La primera idea fue defender el recinto, pero era imposible, cualquier acción podría ser sólo simbólica. Crecía la incertidumbre, más aún cuando se observaba cómo vehículos blindados y de transporte de personal del Ejército se dirigían por la costanera hacia el centro de la ciudad a ocupar el edificio de la Intendencia y de servicios claves y estratégicos. En tanto, algunas tropas de infantería tomaban posición detrás de los regimientos y con cara hacia la universidad, cercanos a las cabañas del hogar universitario que cobijaba a estudiantes de la Norte.

Los rumores surgían con hipotéticas situaciones. Uno de éstos decía que el general Carlos Prats había asumido el mando de la división acantonada en Concepción y con ella marcharía sobre Santiago. También que algunos generales leales a Allende no lo abandonarían, como tampoco los carabineros que custodiaban La Moneda.

Escuchamos el último discurso del mandatario por Radio Magallanes, con una mezcla de pena e incertidumbre por lo que vendría. Sin embargo, todavía abrigábamos esperanzas de reacciones en todo el país, especialmente de trabajadores de los cordones industriales de Santiago y de estudiantes que, suponíamos, se habrían tomado todas las universidades.

El Comandante en Jefe de la I División, general Joaquín Lagos Osorio, asumió el mando como delegado de la Junta de Gobierno y la provincia fue declarada Zona en Estado de Sitio. El toque de queda fue fijado para las 15.00 horas.

La realidad fue recibida de manera brutal. Había que abandonar la universidad ante lo que considerábamos inminente ocupación por los militares. Cualquier resistencia hubiese significado un baño de sangre. Para muchos fue la última vez que nos vimos. En la noche, los uniformados revisarían cada rincón de la casa de estudios, sin encontrar armas, elementos que estimaban había en el recinto.

Al agitado regreso a las casas familiares y pensiones universitarias, siguió la quema de libros, revistas, documentos y otros elementos que pudiesen identificarnos como partidarios o simpatizantes de la Unidad Popular u otros grupos de izquierda. No podíamos involucrar a quienes nos cobijaban como pensionistas.

La biblioteca de la Universidad del Norte fue víctima de un ataque de “barbarismo a la cultura”; numerosos volúmenes fueron destruidos y quemados, como si por el simple hecho de hacerlos desaparecer, iban a detener las ideas y los cambios sociales.
El día 12 fue el turno de los jóvenes alumnos albergados en las cabañas (uno de los pensionados universitarios), situadas en la parte sur de la universidad, frente a las ruinas de Huanchaca. Militares y carabineros irrumpieron por varios sectores, detuvieron y golpearon a los universitarios antes de llevarlos al retén Playa Blanca, en la esquina de calle Mauret Caamaño con la costanera. Era el preludio de lo que ocurriría después.

Los días posteriores al golpe los antofagastinos acogieron la recomendación de demostrar su apoyo a la Junta Militar a través del embanderamiento de las casas. El emblema nacional fue izado en la mayoría de ellas, inclusive en aquéllas ocupadas por quienes serían víctimas del régimen que se implantaba. Había temor y para disipar cualquier sospecha, se cumplió con la sugerencia.

Ese día también hubo necesidad de saber el paradero de familiares y amigos, todos estudiantes provenientes de otras ciudades. Con indisimulado nerviosismo fuimos recorriendo las calles céntricas hasta llegar a nuestro destino, Latorre, al norte de Avenida Argentina, evitando aquellas arterias donde habían patrullas militares con vehículos blindados o de infantería. Fue posible observar el allanamiento de barrios completos, aledaños a la citada avenida, mientras camiones repletos de soldados, la mayoría conscriptos, pasaban raudos hacia las poblaciones al oriente de la avenida Miramar, hoy Andrés Sabella.

Días después, a través del diario “El Mercurio”, la autoridad militar informó que en el pasaje Galvarino fue hallada “una gran cantidad de dinamita en cartuchos preparados con fulminantes y guías, enterrados junto a un cierro”. Sin duda, una justificación para los allanamientos y aprehensiones que se sucedían uno tras de otro.

El toque de queda se levantaba a las 6 de la mañana, hora en que debíamos ir a formar la fila en la panadería, ubicada en calle de 14 de febrero, entre Orella y 21 de mayo, hoy desaparecida. Silencio sepulcral. Nadie comentaba los hechos de los últimos días. Esta situación fue rota por el paso de un avión de combate de la Fach, de sur a norte, que disparó, al parecer misiles, que impactaron al interior de la cordillera de la costa, supuestamente sobre fugitivos o pirquenes.

Otro hecho nos llamó la atención a los pocos días del golpe. Por obra de magia aparecieron alimentos y otros artículos que hasta el 11, no se hallaban en los negocios. En realidad hubo carencia de muchos productos, pero también acaparamiento que luego generó el mercado negro. Conocidos comerciantes de la plaza participaron de esta campaña que acrecentó la crisis de los alimentos de primera necesidad.

Un día crítico.

El sábado 15 dejó marcas imborrables en mi memoria. Como a las 10 de la mañana, en la esquina de calles Uribe y Esmeralda, encontré a mi amigo y compañero de curso y de partido, Luis Alaniz Álvarez. Ambos estábamos nerviosos, más aún cuando la autoridad militar advirtió que no podían formarse grupos en ningún lugar. Claro, éramos sólo dos, pero alumnos de la Carrera de Comunicación Social (Periodismo), que días después sería calificada como “guarida de marxistas”.

Luis estaba muy preocupado porque varios compañeros aparecían en las listas publicadas por “El Mercurio” (pronto estaría él en ellas) y que correspondían a las citaciones perentorias del Jefe de Zona en Estado de Sitio para que se presentaran en la Intendencia. Algunos ya estaban detenidos, así como amigos de poblaciones del cordón marginal de Antofagasta.

Corrían rumores de la captura y muerte de dos trabajadores mineros que usaban explosivos en las faenas, al parecer dinamita. Luis dijo que uno de ellos era cercano a él. Nunca supe si el rumor tenía algún grado de verdad. Estaba inquieto porque había delatores que avisaban a carabineros y a los militares sobre la ubicación de algunos trabajadores y estudiantes buscados.

Tenía razón porque uno de los bandos aseguraba que “la ciudadanía entera tiene el deber moral de denunciar a quienes promueven o participan en estos cobardes actos, informando oportunamente al personal militar sobre actitudes sospechosas de personas o grupos de personas. El verdadero chileno debe rechazar a los grupos extremistas que pretenden continuar con el odio que durante tres años han engendrado en nuestra patria y que es necesario desterrar”.

Sabíamos que varios jóvenes izquierdistas habían buscado refugio en hogares de amigos o conocidos, en poblaciones alejadas del centro. Como en la Alemania nazi, algunos permanecieron ocultos en entretechos de algunas viviendas; otros cambiando refugios, intentando huir de los perseguidores.

La libertad de expresión fue ahogada definitivamente a través del Bando Nº 29 firmado por el general Joaquín Lagos Osorio. Éste en parte expresaba: “Cualquiera persona o funcionario de cualquier nivel que se le sorprenda haciendo comentarios desfavorable o injuriando a la Junta Militar de Gobierno, deberá ser suspendido de inmediato de sus funciones y entregado a los tribunales militares constituido en tiempo de guerra”.

La despedida con Luis fue emotiva. Sin palabras, un fuerte y prolongado abrazo. Él iría a Calama, me aseguró, mientras yo regresaría a mi tierra, Iquique. En realidad se dirigió a Arica donde fue capturado.

Enseguida, y junto a dos familiares y un amigo de apellido Ovalle (no recuerdo su nombre), nos dirigimos rápidamente a la estación del ferrocarril ubicada en la calle Valdivia porque pronto partiría un convoy con rumbo a la estación Baquedano, donde abordaríamos, supuestamente a las 5 de la tarde, el Longino (el tren Longitudinal Norte) que venía desde La Calera. Sólo queríamos alejarnos lo más pronto de Antofagasta, con la única maleta y un bolso con las escasas pertenencias de un estudiante proveniente de otra provincia.

La espera se hizo eterna ya que el convoy proveniente del sur, repleto de nortinos como nosotros, sólo llegó a la una de la madrugada del día siguiente. Parecían horas eternas, de más de 60 minutos, que se hicieron más duras por el hambre, la sed y el frío que debimos soportar. El trasbordo no fue expedito, lo que aumentó la angustia porque pensábamos que en cualquier momento aparecerían los militares.

No recuerdo bien, pero, al parecer, llegamos a la estación ferroviaria de la calle Esmeralda, en Iquique, a media mañana, sin dormir y amontonados en los pasillos de los vagones. Como viajamos cerca de una de las puertas, bajamos rápidamente y nos dirigimos a pie por la calle Obispo Labbé hacia el sur. Apenas habíamos caminado unos 100 metros cuando llegaron camiones repletos de soldados que cerraron las puertas de la estación y allanaron a los viajeros. Hubo varios detenidos.

La incertidumbre se mantuvo por varios días, porque ignoraba si algún día podría regresar a Antofagasta y retomar los estudios de periodismo. Estaba complicado porque mi padre era militar, quien años después contó que varios de sus compañeros de armas fueron detenidos el día 10 y en fechas posteriores, acusados de ser proclives a la Unidad Popular. Con el tiempo, se ha probado que estas detenciones también ocurrieron en otras guarniciones.

En Iquique me enteré de la muerte de mi amigo, compañero de curso y coterráneo, Nesko Teodorovic. En Antofagasta supe que fue asesinado junto a su esposa Elizabeth Cabrera, asistente social que atendía junto a las demás profesionales en la desaparecida Casa Quinta, en el área que ahora se conoce como Los Pastos.

Fueron muertos el sábado 15 de septiembre, el mismo día de la despedida con Luis Alaniz y del angustioso viaje en tren a mi natal Iquique.
Recuerdo que siete iquiqueños formamos parte de la generación 1971 de la carrera de Comunicación Social (Periodismo): Lucía Bahamondes, Luis Espinoza, José Márquez, Susana González, Nesko Teodorovic, Daniel Torrales y yo.

En octubre supimos que se reabriría la carrera de Comunicación Social y que podía regresar. Así ocurrió. El viaje de retorno también fue accidentado porque el bus de la empresa Fénix Pulman Norte fue detenido en varias ocasiones por los militares y los pasajeros varones tuvimos que bajar. Revisión de documentos y comprobación si nuestros nombres aparecían en largas listas de personas buscadas; razones del viaje, militancia política. Empujones e insultos si las respuestas no parecían satisfactorias. Nadie respondía, sólo silencio ante las agresiones.

Regresamos a clases. Cambios en la planta de profesores. El director de El Mercurio de Antofagasta, Mario Cortés Flores (quien años después se convirtió en el primer decano de la Facultad de Humanidades); el subdirector, Alfonso Castagneto Rodríguez, y el jefe de Deportes, Homero Ávila Silva, se integraron al staff. Debido a nuevas exoneraciones, asumieron Sergio Prenafeta Jenkins (director del Departamento) y Juan Pablo Cárdenas (jefe de Carrera); este último luego un acérrimo opositor a la dictadura a través de su condición de director de la revista “Análisis”. De la treintena de alumnos del curso, sólo regresamos 10. Quizás fue la generación de periodismo más golpeada por la asonada militar. Fusilados, exiliados, relegados, encarcelados, la mayoría torturados. Un triste récord.
La red de emisoras de la Junta de Gobierno sólo informaba a través de bandos o comunicados sobre acciones de la cúpula golpista, al tiempo que armaba una estrategia comunicacional orientada a convencer a la comunidad nacional sobre las razones de la asonada, bautizada pronto con el eufemismo “pronunciamiento militar”. El mensaje estaba centrado en establecer la condición de buenos o malos chilenos, según apoyaban o no al nuevo régimen. Para romper la comunicación unidireccional, en las noches escuchábamos Radio Moscú, que a través del espacio “Escucha Chile”, nos informaba de lo que ocurría en nuestro país. En ocasiones también sintonizábamos emisoras argentinas.

La muerte de Luis.

La historia de la muerte de Luis Alaniz es conocida. Fue brutalmente torturado y acribillado en la quebraba del Way a primera hora del 19 de octubre de 1973, a manos de integrantes de la Caravana de la Muerte. También es conocido el obsequio de su chaqueta al sacerdote jesuita José Donoso, quien lo asistió espiritualmente antes de su muerte.

Aquí aparece en el recuerdo un personaje de triste memoria, el entonces coronel Adrián Ortiz Gutmann, comandante de la Escuela de Unidades Mecanizadas (Escuela de Blindados), quien facilitó dos vehículos (patentes están en el libro de registros de Gendarmería) para secuestrar desde la cárcel pública a los 14 detenidos, amarrados y con la vista vendada y llevarlos a la quebrada del Way, donde fueron acribillados y, según testimonios posteriores del entonces subteniente y hoy general (R) Gonzalo Santelices Cuevas, algunos atacados con corvos.
El jefe de Zona en Estado de Sitio, general Joaquín Lagos, declaró años después que las víctimas fueron llevadas en los mismos camiones hasta la morgue del hospital regional, donde quedaron a la vista de cualquier persona. El padre Donoso fue el encargado de dar la triste noticia a los familiares. Ortiz Gutmann fue designado comandante en jefe de la I División del Ejército, con asiento en Antofagasta y, por tanto, Jefe de Zona en Estado de Sitio. Murió el 21 de febrero de 2012 mientras era procesado por violaciones a los derechos humanos.

Mientras transcurrían los días, supimos por la prensa y por informaciones de otras fuentes de la muerte de otros amigos, también estudiantes de la Universidad del Norte, con quienes compartíamos ideales políticos y la necesidad de una sociedad más justa. No había dudas que el golpe de estado fue preparado con mucha antelación, ya que el trabajo de inteligencia fue muy prolijo.
Las organizaciones obreras, vecinales y estudiantiles estaban infiltradas. Esto quedó de manifiesto cuando en una ocasión aparecieron en la universidad dos alumnos vestidos de militar.

Detenidos en la cárcel.

El 28 de septiembre, la autoridad militar entregó una lista de 47 personas detenidas en la cárcel pública de calle Prat. Entre éstas habían académicos y estudiantes de la Universidad del Norte, especialmente de la carrera de Comunicación Social: Estefan Larenas Riobó, Héctor Cooper Tamayo, Tomás Müller Salomón, Eugenio Ruiz Tagle Orrego, Héctor Vera Vera, Juan Ruz, Daniel Trigo Villalobos, Gilberto Choque Basau y Miguel Manríquez Díaz.

Cambios en la universidad.

Nada fue igual en la universidad. Mientras el gremialismo se organizaba en torno a la federación de estudiantes, los demás guardaban silencio. Lejos quedaba el intento de co-gobierno, de participación inédita para académicos y alumnos, teniendo el honor de ser uno de los seis consejeros estudiantiles de la carrera.

El lunes 18 de marzo de 1974, el Vicerrector de sede, Enrique Ferrando Núñez, quien había sucedido al periodista y profesor de nuestra escuela, Héctor Vera Vera, inauguró el año académico. Se intentaba normalizar el trabajo universitario.

A comienzos del mes se anticipaba el fin de un área relevante de la casa de estudios. La universidad ofrecía mil vacantes, pero advertía que algunas carreras de la Facultad de Arte, Educación y Ciencias Humanas, no recibirían alumnos. Entre ellas, Periodismo, Antropología y Arqueología. Enrique Ferrando afirmaba en la prensa que “el no recibir estudiantes en algunas carreras, en ningún caso significa el cierre total de ellas. Sólo se trata de racionalizar la entrada y entrega de profesionales altamente capacitados y en número acorde a las reales necesidades de la región”.

En otro ámbito, el jueves 21, a las 18.00 horas, la autoridad universitaria entregó la ex Sala Ercilla al presidente del Centro Español, Julio Marín Pérez, concluyendo un ciclo de cinco años de valoración cultural de la región. Una minoría de socios de la entidad hispana determinó la no renovación del arriendo del local situado en el Paseo Prat al llegar a San Martín. La excusa: el funcionamiento de un café al estilo madrileño, lo que nunca ocurrió.

El cierre de la Sala Ercilla coincidió con el comienzo de un período oscuro para la cultura regional y nacional. Artistas y académicos sufrieron los rigores de la dictadura, como ocurrió con el maestro Waldo Valenzuela, los actores de la Compañía de Teatro de la Universidad de Chile, sede Antofagasta, cuyo local de calle Condell fue allanado en busca de armas. El caso más singular ocurrió con el vate y periodista, Andrés Sabella Gálvez, quien luego de recibir la distinción Doctor Honoris Causa de la Universidad del Norte, fue exonerado al año siguiente.

Desde 1974 hacia delante la provincia fue declarada en Estado de Emergencia; esta medida de excepción, en sus distintos grados, fue ratificada una y otra vez hasta que años después fue derogada. Las universidades fueron intervenidas y asumieron en calidad de rectores delegados Rubén Bustos Lynch en la sede de la Universidad de Chile, Alejandro Martinetti en la sede de la Universidad Técnica del Estado y Hernán Danyau Quintana en la Universidad del Norte. Como se esperaba, en esta última casa de estudios, fueron cerradas paulatinamente algunas carreras del área humanista y ciencias sociales, donde se concentraba la mayor parte de estudiantes militantes y simpatizantes de la Unidad Popular y del MIR. Pero hubo más, la Universidad del Norte perdió sus sedes de Arica e Iquique, que se convirtieron en las Universidades de Tarapacá y Arturo Prat.

Ya no se confrontaban ideas al interior de la universidad, pero los jóvenes participaban de la Fiesta de la Primavera, como las demás organizaciones educacionales y sociales de la ciudad. Asimismo, se participaba en los desfiles obligatorios cada vez que visitaba la ciudad el general Pinochet. Si hasta hubo una banda de guerra.
Frente al mar.

El 1 de noviembre pasado visité la tumba de mi amigo y compañero Luis Alaniz Álvarez, en el cementerio general, situada frente al mar, mirando al antiguo puerto antofagastino. Yace junto a otras víctimas: Guillermo Nelson Cuello Álvarez, Dinator Segundo Ávila Rocco, Mario del Carmen Arqueros Silva, José Boeslindo García Berríos y Miguel Hernán Manríquez Díaz. En la tumba de este último, joven socialista, egresado de la carrera de pedagogía en Educación Física de la Universidad del Norte, hay una pequeña placa con una breve frase, que resume el sentir de millones de chilenos, a 40 años del golpe militar: “Tiempo ni muerte borran ideas”.

Las víctimas de la Universidad del Norte.

Estudiantes fusilados en Antofagasta:

1) Luis Alaniz Álvarez; alumno de Periodismo.

2) Nenad Teodorovic Sertic, alumno de Periodismo.

3) Miguel Manríquez Díaz, alumno de Educación Física.

4) Washington Muñoz Donoso, alumno de Historia y Geografía.

Fusilado en Tocopilla:

5) Freddy Araya Figueroa, alumno de Electrónica.

Detenidos Desaparecidos:

6) Juan Carlos Andrónico Antequera, alumno de Sociología.

7) Carlos Alberto Aracena Toro, alumno de Construcción Civil.

Funcionarios Fusilados:

8 ) Elizabeth del Carmen Cabrera Balarriz, asistente social.

9) Luis Muñoz Bravo, representante de los no académicos, adscrito al Departamento de Química.

10) Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, ingeniero, ex secretario General de la Universidad del Norte.

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