Análisis Semiótico de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. Reflexiones sobre los efectos en las relaciones de Poder y Género

Introducción

Ningún comportamiento social, ningún discurso es comprensible fuera del orden simbólico que lo genera y del universo imaginario que él mismo engendra dentro de un campo determinado de relaciones sociales. El análisis discursivo permite identificar los mecanismos significantes que estructuran el comportamiento social; hace posible comprender lo que los actores hacen así como el modo en que éstos configuran su subjetividad. Y es que la propia acción social no es determinable fuera de la estructura simbólica e imaginaria que la define como tal (Verón, 1998). No existe una subjetividad que pueda encontrarse aislada de la cultura y del ámbito social, al mismo tiempo que no existe una cultura que pueda aislarse de la subjetividad que la sostiene. La investigación de la subjetividad consistiría entonces en el cuestionamiento de los sentidos, las significaciones y los valores, éticos y morales que una cultura determinada produce, de su forma de apropiación por los individuos y de la orientación que efectúan éstos sobre sus acciones prácticas (Galende, 1997).

En la década de los 60’ y los 70’, los estudios sobre género pusieron en el escenario académico muchos estudios e investigaciones que revelaban los diferentes modos de construcción de la subjetividad femenina, a raíz de la ubicación social de las mujeres en la cultura patriarcal (Burin, 1987).

A lo largo de la historia, las mujeres han sido objeto de la victimización misógina, inmersas en una situación donde corrían con desventajas y en donde debían desplegar un papel de sumisión frente al hombre. Un discurso que emerge de esta situación es el de Juana Inés de la Cruz, quien toma conciencia de su opresión como mujer y trata de influir de algún modo para trasformar esa realidad. Utiliza para este propósito el discurso literario. En producciones como “Hombres Necios”, su “Respuesta a Sor Filotea” o los “Villancicos a Santa Catarina”, Sor Juana expresa su lucha por una moral única para hombres y mujeres rompiendo con ciertos silencios en torno a las diferencias sociales con respecto a lo permitido y lo vedado, lo prescripto y lo omitido para cada género en torno a la sexualidad, la moralidad y el uso de los placeres, etc.

En el presente artículo estudiamos las relaciones entre género, poder y orden simbólico dentro de la obra de Sor Juana Inés de la Cruz. A través de una aproximación semiótica, analizamos de qué modo las condiciones sociohistóricas de producción que han estado asociadas con ciertos discursos hegemónicos sobre la feminidad y el género, determinaron la emergencia de algunas de las producciones más significativas de la autora.

Relaciones de poder y Discursos de resistencia

De acuerdo con Foucault (1979; 1982) cuando se habla de poder, se habla siempre de una cuestión relacional. Es decir, las relaciones de poder implican también la posibilidad de plantear una resistencia.

Las autorizaciones y prohibiciones sobre lo que puede y no decirse es muy variada, dependiendo de cada sociedad y su momento histórico. Dentro de las prohibiciones, aquellas que se dan en forma implícita son las más poderosas; constituyen aquello que por sabido se calla, lo que se obedece automáticamente sin reflexionar.

El mecanismo del poder, según Foucault (1979), está presente dentro de los individuos, en sus gestos, en sus cuerpos, en sus discursos y en sus actitudes. El poder actúa y cobra efecto, entonces, desde el interior de los individuos mismos, a través de la incorporación de un orden simbólico (Bourdieu, 1990).

Los discursos participan en el campo de las relaciones de fuerza como elementos tácticos, pudiendo ser tanto instrumentos como obstáculos del poder.

A lo largo de la historia han florecido diversos discursos de resistencia de mujeres excepcionales tanto por sus méritos como por la coyuntura en la que les tocó vivir, que han confrontado con el modelo hegemónico patriarcal. Uno de los más significativos es el de Juana Inés de la Cruz.

Discursos de género y estereotipos de subjetividad femenina

El término “género” (Scott, 1993) designa las relaciones sociales entre los sexos, rechazando explícitamente las explicaciones de orden biológico, como aquellas que tratan de explicar las distintas maneras de subordinación de la mujer a partir del hecho de que las mujeres tienen la capacidad de dar a luz y los hombres tienen más fuerza muscular. El género es en esta definición, una categoría social que se impone sobre un cuerpo sexuado, transformándose en una palabra de gran utilidad ofreciendo una manera de distinguir a las prácticas sexuales de los roles que la sociedad asigna a las mujeres y a los hombres. El uso del término “género” enfatiza aquí un sistema entero de relaciones que puede incluir el sexo pero que no esta determinado directamente por él o por la sexualidad. (Scott, 1993)

A partir de los estudios de género se ha enfatizado la construcción de la subjetividad femenina como un proceso multideterminado (donde confluyen variedad de determinaciones, como la raza, la clase social, la religión, etc.), que fue transformándose a lo largo del tiempo y de los distintos grupos de mujeres. De esta manera se sugiere que el género jamás aparece en su forma pura, sino entrecruzado con otros aspectos determinantes de la vida de las personas. Sin embargo, resulta necesario mantener la categoría de género como instrumento de análisis de algunas problemáticas específicas de las mujeres. Desde las teorías del género se enfatizan los rasgos con que nuestra cultura patriarcal deja sus marcas en la constitución de la subjetividad femenina (Burin, 1987).

En nuestra cultura se ha identificado a las mujeres, en tanto sujetos, con la maternidad. Con esto se las ha colocado en el papel social de garantes de la salud mental de los hijos. Nuestra cultura patriarcal ha utilizado distintos recursos tanto materiales como simbólicos para mantener dicha identificación, entre éstos los conceptos y prácticas del rol maternal, la función materna, el ejercicio de la maternidad, el deseo maternal, el ideal maternal, etcétera (Burin, 1987).

En el caso de las mujeres, la centración en el poder de afectos les representó un recurso y un espacio de poder específico, dentro del ámbito doméstico y mediante la regulación y el control de las emociones que circulaban dentro de la familia. Su subjetividad quedó centrada en los roles familiares y domésticos, que pasaron a ser paradigmáticos del género femenino. (Bernad, 1971; Burin y Bonder, 1982).

Se fueron configurando así ciertos roles de género específicamente femeninos: el maternal, el de esposa, el de ama de casa. Estos roles suponían condiciones afectivas a su vez específicas para poder desempeñarlos con eficacia: para el rol de esposa, la docilidad, la comprensión, la generosidad; para el rol maternal, la amorosidad, el altruismo, la capacidad de contención emocional; para el rol de ama de casa, la disposición sumisa para servir (servilismo), la receptividad, y ciertos modos inhibidos, controlables y aceptables de agresividad y de dominación para el manejo de la vida doméstica.

Sexualidad y subjetividad femenina

Otra estrategia o modo de significar las relaciones de poder lo hallamos en los estudios sobre la “sexualidad” que, siguiendo la línea de Foucault, la analizan como un tipo de construcción cultural. El sexo ha sido desde siempre una fuente de transmisión para ansiedades sociales más amplias, así como un foco de luchas con respecto al poder y uno de los más destacados lugares de verdad en el que se define y expresa la dominación y la subordinación. De acuerdo con esta perspectiva, la sexualidad sería el resultado de un proceso complejo de construcción social de algo que es comúnmente visto como “realidad natural”. Un estudio histórico profundo nos muestra que la sexualidad se moldea mediante relaciones de poder de gran complejidad histórica. Esta tiene tanto que ver con el cuerpo como con las palabras, las imágenes, los rituales y las fantasías. Y es por esto que no viene dada naturalmente

Nueva España: Contexto sociohistórico, político y cultural

Es un hecho conocido que el siglo XVI fue, de algún modo, la centuria en que los españoles afianzaron su conquista territorial a partir de la fundación de ciudades y de su establecimiento en América. El siglo XVII fué ya el período de cabal colonización, no tanto a nivel territorial como organizativo. Tres virreinatos establecen durante esta época y hasta el proceso signado por los movimientos de independencia entre 1810 y 1830, los lineamientos del control de las colonias. Ellos fueron, salvando las precisiones de su fundación y decadencia, los virreinatos de Méjico, Perú y del Río de la Plata. Puede entonces decirse que en el lapso del siglo XVII y el siglo XVIII Hispanoamérica experimentó una vida social en donde criollos, españoles y mestizos intentaron una suerte de integración de costumbres y de reglas de convivencia que unas veces implicó discriminación y sometimiento, y otras, intercambio y simbiosis de idiosincrasias

( Veiravé, 1975).

Dentro de este contexto el ámbito social conoció la influencia de las órdenes religiosas, en especial los jesuitas, y del poder de los funcionarios de la corona que, en su pugna por ocupar el espacio vacío de los conquistadores, enfrentaron diversas rivalidades sectoriales. Era una sociedad desarrollada en torno a la vida urbana y a la cual no le fue indiferente la sobrevaloración del lujo y del entretenimiento ampuloso. En el área de la cultura, esto fue propicio para que la estética barroca encontrara su esplendor y, aunando este esplendor, las clases más doctas (la minoría dirigente) comenzaran a cultivar sus dotes desde los tres organismos de poder: la Corte virreinal, la Iglesia y la Universidad. Se trataba de una América virreynal sujeta a las costumbres coloniales venidas de España, dispuesta a crecer con grandilocuencia, pero sin reparar en la gravitación de todo progreso puesto en las manos exclusivas de una elite

(Veiravé, 1975).

Durante el siglo XVII, la cultura novohispana reflejaba un carácter acentuadamente masculino, siendo un momento histórico dominado por el modelo patriarcal tanto en las relaciones personales como en las sociales y políticas. A la mujer le estaban reservados sólo aquellos ámbitos relacionados con lo doméstico y lo familiar. Era el de los hombres, entonces, el grupo que detentaba el poder en aquella sociedad, ya sea ejerciéndolo a través de sí mismos o de instituciones tales como la familia, la Iglesia, la Universidad y la Corte.

Sor Juana Inés de la Cruz y los Centros de Poder

Nacida en Neplanta en 1651, constituyo una de las figuras más representativas del Barroco latinoamericano; cuya producción literaria tiene fundamentalmente dos ámbitos: el teológico, generalmente en prosa y el profano (cortesano o popular), en verso. La coexistencia de éstas dos vertientes genera en sus textos una tensión de opuestos que impulsa la polémica tanto en la forma como en los temas que trata (Serrano Redonet,1992).

Su vida transcurrió en un mundo que le restringía los incentivos culturales, los espacios de participación pública y las oportunidades de realización personal. Sor Juana dio testimonio de su experiencia frente a una sociedad que premiaba con su aprobación la docilidad a sus principios, pero que no era demasiado rigurosa con las transgresoras (siempre que no amenazaran la estabilidad y el orden). Es dentro de estos intersticios por donde se filtraban discursos transgresores “de resistencia” que la sociedad “toleraba”. Al no poder acceder a escuelas y universidades de su tiempo, la poetisa recibe el conocimiento directo de los libros, lo que le permite en cierto modo no “ser tan controlada” en su saber, como ocurría en el caso de quienes recibían educación en su tiempo (con quienes prevalecía la verdad impuesta por el grupo de poder). Así, además de la locura que despiertan en ella las artes, y en especial, las letras, Sor Juana ingresa, despreciando tabúes, rituales y privilegios, en uno de los más puros asuntos para varones: la teología.

Sor Juana no es cualquier monja; mucho antes de serlo, era ya una mujer famosa en la Corte y luego lo sería también en el convento. Su voluntad de verdad, sus amplios conocimientos y la aprobación de las conversaciones que mantenía con los intelectuales de la época la califican como sujeto que puede hablar. Es desde aquí desde donde la autora supo encontrar  un lugar desde donde poder decir y un espacio para poder ser escuchada y supo “hacer” de su posición, en un principio adversa, un arma a favor desde donde expresar libremente sus opiniones y sus críticas[1].

Análisis de la producción discursiva de Sor Juana Inés de la Cruz.

La redondilla “Hombres Necios” junto con otras producciones de la décima musa marcaron una ruptura histórica y un comienzo: por primera vez en la historia de nuestra literatura una mujer habla y firma sus obras en nombre propio, defiende a su sexo y, usando las mismas armas que sus detractores: gracia e inteligencia, acusa a los hombres por los vicios que ellos achacaban a las mujeres. En esto Sor Juana se adelanta a su tiempo; no hay nada parecido en la literatura femenina de su época: Por ello es más notable aun que esta redondilla haya sido escrita en Nueva España, una sociedad cerrada, periférica y bajo la doble dominación de dos poderes celosos: el de la Iglesia Católica y el de la monarquía española. Ahora bien, también es innegable que fueron precisamente ciertas particularidades propias de esta sociedad las que permitieran la emergencia de una producción discursiva como “Hombres Necios”. Era ésta una cultura de mezcla, donde convivían las más diversas voces y donde el modelo social, legitimado por la tradición y refrenado por la doctrina de la Iglesia no tenía, sin embargo, un valor absoluto. Los hombres y mujeres de la Nueva España decidían, en última instancia, cuáles de los preceptos morales y de los prejuicios culturales eran efectivamente meritorios y respetables y cuáles podían pasarse por alto.

El ámbito de lo sexual es, según Foucault (1976) lugar de luchas con respecto al poder y uno de los más destacados espacios de verdad en que se define y expresa la dominación y la subordinación.

No es casualidad entonces que Sor Juana eligiera esta temática como uno de los lugares de verdad desde donde denunciar. Lugar que no correspondía a cualquier verdad, sino a aquella que fue víctima de silenciamiento en lo discursivo a través de diferentes épocas. En esto, dicha escritora es doblemente vanguardista: lucha contra la subordinación de la mujer y lo hace desde el rompimiento con aquel silencio que recae sobre lo sexual.

La sociedad novohispana del siglo XVII impuso un imperativo “natural” de la sexualidad en nombre de la reproducción. Todo lo que estuviera fuera de éste propósito, era pecado o placer perverso.

A un mismo tiempo, esta sociedad es contradictoria con respecto a las formas de sexualidad consideradas como legítimas o no legítimas para la mujer, reflejo de una cultura de características barrocas. El contraste violento entre severidad y disolución aparece en las manifestaciones de la edad barroca y es común a todos los países y a todas las clases; pero el caso de la sociedad barroca del siglo XVII no es único: rigorismo y libertinaje, pesimismo radical y sensualidad exaltada, ascetismo y erotismo, son actitudes que generalmente se dan juntas (Paz, 1982). Las condiciones sociales y físicas de Nueva España favorecían la manifestación de todos estos contrastes. América representaba la ilusión, casi siempre falaz, del rápido enriquecimiento; los espacios abiertos daban la sensación, a unos, de la reconquista de la libertad corporal y, a otros de un nuevo reino espiritual. Las comidas extrañas, los colores, los paisajes, las mujeres de piel y ojos distintos (indias, mestizas, mulatas), la complicidad del sol y la vegetación, la temperatura; todo exaltaba la imaginación y ésta a los sentidos.  Sin embargo aún dentro del “libertinaje” que se llegaba a tolerar, había diferencias para cada sexo y para cada clase social.

El modo en que comienza su más virtuosa redondilla y la forma en que se dirige a quienes denuncia y a quienes a un mismo tiempo presenta como virtuales interlocutores es ya significativo de aquello a lo que nos referimos:

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis:

si con ansia sin igual

solicitáis su desdén,

¿Porque, queréis, que obren bien

si las incitáis al mal?

Repudia, descalificando y denunciando, la actitud ambigua del hombre que a su vez “provoca” y “ansía” lo mismo que emplea luego como instrumento para “inculpar” y “desdeñar”. Nos viene aquí a la memoria el concepto de stultitia, término que usaran los griegos y analizara Foucault (2006) para caracterizar el estado de irresolución irresponsable de quien no se complace con nada, quien permite y acepta todas las representaciones, por contradictorias que sean, sin examinarlas y sin saber qué representan; de quien desea esto y también lo contrario. Pues bien, en este estado parece encontrarse este hombre que quiere el pecado, pero también la castidad.

Parecer quiere el denuedo

de vuestro parecer loco

al niño que pone al coco

y luego le tiene miedo.

Además de la “estupidez”, de la contradicción, de ese “parecer loco” del hombre que provoca lo que teme, Sor Juana hace en estos primeros versos, una clara alusión a la doble moral que atravesaba la ideología de la época, que consentía pero a la vez coartaba la sexualidad en la mujer.

Combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue liviandad

lo que hizo la diligencia.

Cada vez menos protegidas de las consecuencias de la seducción y el concubinato, las mujeres eran también desfavorablemente discriminadas en el persistente doble patrón del adulterio (Duby y Perrot, 1993). Reprocha la autora:

Si no os admite, es ingrata,

y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis

que con desigual nivel

a una culpáis por cruel

y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada

la que vuestro amor pretende,

si la que es ingrata, ofende

y la que es fácil, enfada?

En los versos que copiamos a continuación, Sor Juana compara el lugar de la mujer y el hombre en el pecado y a la doble moral antes comentada. En estos versos, sin embargo, el pecado no es sólo el acto carnal, sino la relación sexual resultado del meretricio, fenómeno social que se sabía y apañaba, por lo menos, para ciertos sectores sociales.

¿O cuál es mas de culpar,

aunque cualquiera mal haga:

la que peca por la paga,

o el que paga por pecar?

La aspiración de la última parte del poema citado, implícita claro, es denunciar el comercio sexual pago como una forma de pecado en el que coparticipan hombre y mujer. Más también es denunciar que es el hombre el mayor culpable pues no sólo acepta activamente participar en el intercambio, sino que lo promueve, así como también promueve el pecado en la mujer prostituida. En la redondilla, Sor Juana denuncia que las mujeres son aquello que los hombres causan con su molde. El “pecado” de la mujer aparece, a lo más, como forma de aceptación, de connivencia, del cual la contraparte masculina -sugiere mediante una pregunta retórica- lleva la mayor responsabilidad. Ciertamente era la crítica a una sociedad en la que el hombre prescribía las normas, sosteniendo y alimentando la doble moral de la cual hablamos antes.

En la cultura novohispana del siglo XVII la superioridad del hombre sobre la mujer y su gobierno sobre la familia eran indiscutidos. La ideología predominante y la Iglesia consideraban al sexo femenino como débil, carente del ánimo emprendedor del hombre. Se esperaba de ellas castidad, belleza, obediencia, decoro, sumisión, honestidad, devoción y recogimiento. El honor femenino consistía en la reputación de virgen, siendo soltera; o de fiel y honrada, una vez casada. La presencia de la mujer estaba relacionada con sus responsabilidades, obligaciones y derechos dentro del hogar y no se esperaba de ella intelectualidad alguna.

Juana Inés de la Cruz rompe con el estereotipo de subjetividad femenina que su cultura produce, en consonancia a las significaciones y los valores éticos y morales que circulaban en ella. Oponiéndose a los designios de la época Sor Juana escribe en su “Respuesta a Sor Filotea”[2]:

“…entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnantes a mi genio, con todo, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación; a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola; de no querer tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros.” (Respuesta a Sor FiIotea).

El momento histórico, donde todavía no era permitido a las mujeres educarse intelectualmente a menos que formasen parte de la Corte, se dedicasen a la vida religiosa o fueran patrocinadas por algún aristócrata de la Corte (como fue el caso de Sor Juana), se sostuvo con el consentimiento implícito de los diferentes grupos. Las mujeres que participaron del sostenimiento de este sistema que imponía una violencia simbólica que sólo podía ser ejercida sobre un grupo predispuesto a sentir o pensar así aunque más no sea mediante un asentimiento desde la ignorancia (Bourdieu, 2001 citado en Krais, 2006).

En varios de sus trabajos de Sor Juana se refleja una alabanza a la belleza femenina reformulada en la capacidad intelectual de las mujeres o su virtuosismo, ejemplo de esto son sus Villancicos a Santa Catarina[3], donde escribe:

De una mujer se convencen todos los sabios de Egipto, para prueba de que el sexo no es esencia en lo entendido” (…)

Nunca de varón ilustre triunfo igual hemos visto” y agrega que Dios quiso a través de ella (Santa Catarina) honrar al sexo femenino.”

O cuando en su “Respuesta a Sor Filotea”, respaldando su postura con declaraciones autobiográficas, dice:

Le he pedido (a Dios) que apague la luz de mi entendimiento dejando sólo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra, según algunos, en una mujer; y hay quien diga que daña…”

En este ámbito en su Respuesta a Sor Filotea, recurriendo a la ironía, solapa agudas críticas sociales, cuando dice:

No sólo las mujeres, que por tan ineptas están tenidas, sino a los hombres, que con sólo serlo piensan que son sabios, se había de prohibir la interpretación de las Sagradas Letras (…) porque hay muchos que estudian para ignorar, especialmente los que son de ánimos arrogantes, inquietos y soberbios…”.

Los textos poéticos y la prosa de Sor Juana constituyen un entramado semántico que ubica lo femenino en el centro del discurso y que utiliza elementos satíricos para cuestionar y subvertir la estructura de un discurso patriarcal que deja poco espacio a la expresión o representación de lo femenino. Logra así construir un saber parcial y localizado que cuestiona la legitimidad absoluta del saber oficial metropolitano que tenía como base concreta una sociedad machista, que respaldaba el lugar de dominio de los hombres, donde todos los caminos llevaban, también, a él; donde su razón se tornaba incuestionable, ilimitada y absoluta, todavía más cuando la otra razón se encontraba del lado frágil y sensible, débil por “naturaleza”: lo femenino.

Conclusiones

Sor Juana Inés de la Cruz es, sin duda, una de las voces líricas más importantes de la literatura hispanoamericana colonial. Es, además, quien mejor representa la vena femenina de una época en que la mujer desplegó un papel sumiso frente al hombre, pero ella supo hacerse oír al punto de sorprender a hombres y mujeres por igual. Se presenta como una personalidad clave para entender, a través de su obra, la dualidad de un espíritu colonial que siente la tierra mejicana como su patria y se reparte entre el conocimiento racional y el conocimiento teológico, entre la erudición y la espontaneidad popular, entre el amor mundano y el divino. Es esta personalidad llena de contrastes que presenta dicha autora la que se ve claramente reflejada en su producción discursiva objeto de análisis en el presente artículo, donde pese a su condición de mujer y religiosa, pero al mismo tiempo haciendo uso de la misma, sintetiza su pensamiento respecto de la sociedad de su tiempo que, sin escrúpulos, colocaba a la mujer en una situación de inferioridad.

En la cultura patriarcal de Nueva España del siglo XVII, existieron rasgos a través de los cuales la ideología dejó sus marcas en la constitución de las subjetividades femeninas. Dentro de éstas, Sor Juana representa un caso especial ya que, aunque también producto de su cultura, su forma de apropiación de esta subjetividad constituye una excepción para la época.

Del mismo modo que afirmamos que no se puede pensar la construcción de la sexualidad y subjetividad sin considerar los aspectos sociales que en ella están implicados, tampoco podemos dejar de lado la apropiación específica que hace cada individuo de esos aspectos sociales. La subjetividad estaría entonces dentro de este complejo entramado.

Siendo las producciones discursivas extraordinarios indicadores de los procesos, relaciones y cambios socioculturales, los análisis sociales y culturales pueden ser enriquecidos por esta evidencia textual, ya que los textos son espacios sociales en los cuales se dan simultáneamente dos procesos fundamentales: cognición y representación del mundo, e interacción social. Creemos además que las investigaciones psicológicas también pueden ser enriquecidas por el análisis discursivo. Basamos esta opinión en que las producciones discursivas, en su funcionamiento ideacional, constituyen sistemas de conocimientos y creencias; y en su funcionamiento interpersonal constituyen sujetos y relaciones sociales.

Sucede que las producciones discursivas negocian las contradicciones socioculturales y, más libremente, las diferencias que van surgiendo en las situaciones sociales y constituyen finalmente la forma en que se realizan las luchas sociales y las subjetividades producto de las mismas.

Una de estas luchas sociales, reflejada desde la literatura femenina, es la de las mujeres en su búsqueda de mayor protagonismo social, igualdad de oportunidades y derechos. Ésta constituye una literatura desde donde se denuncia la hegemonía masculina y sus injusticias, donde Sor Juana fue una de las precursoras, pero no la única ni la última.

Sor Juana desafía a la hegemonía masculina desde el poder de su mismo discurso. Utiliza la razón y la estética. Aprovecha el discurso poético como herramienta de resistencia, ya que, como plantea Van Dijk (2001), a éste no se le exigen pruebas de realidad, no se espera de él más que estética, por lo cual, filtra a través de este discurso su crítica.

Por otro lado hemos remarcado el carácter relacional de las definiciones sobre la feminidad; para lo cual las producciones discursivas seleccionadas han sido un elemento que nos permitió dilucidar en primera instancia la hegemonía masculina y los discursos de poder y la feminidad típica producida por la época; en segundo lugar  y por último la subjetividad específica que surge de los mismos y a pesar de ellos (un discurso de resistencia).

En el contexto novohispano, de lucha por una sociedad más justa y libre, sin discriminaciones de cualquier índole, encontramos a Sor Juana, la Fénix de Méjico, que mucho contribuyó para ese fin, siendo inclusive capaz de desafiar a la Santa Madre Iglesia. Su espíritu de vida fue el primero en clamar por la libertad de las mujeres en la América Hispánica, abriendo el camino para muchos otros.

En el proyecto de comprender a esta autora a través de sus producciones discursivas, la sociedad en que vivió Sor Juana (su cultura, sus jerarquías sociales, sus instituciones, su ética y moral, etc.) por un lado nos ayuda a comprenderla y por el otro, nos dificulta la tarea. Sus producciones discursivas y sus elecciones de vida fueron respuesta, muchas veces, al sistema de usos y prohibiciones de la sociedad católica novohispana. Sus tendencias más personales e íntimas están estrecha e indiscutiblemente entrelazadas a los preceptos de su época.

Hay una zona en que lo social es indisociable de lo individual: la formación de la subjetividad. Sor Juana, como cada individuo social es negación y expresión de su tiempo, su vencedor y vencido; por lo cual, constituye una enigmática figura sobre la que hemos tratado de aportar algo de luz con el presente artículo.

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