LA UNIVERSIDAD DEL NORTE EN TIEMPOS DE LA REFORMA UNIVERSITARIA

Llegué a la Universidad del Norte, al Departamento de Comunicación Social, el año 1969, mediante un concurso nacional y público convocado por la prensa. La comisión respectiva me seleccionó con lo que se me confirió la calidad de académico de la universidad.

Hacía pocos meses que recién había obtenido mi título profesional de Periodista en la Universidad de Concepción (1969). Los estudiantes del Departamento de Comunicación de la Universidad del Norte estaban paralizados desde hacía dos meses. Protestaban porque la orientación del departamento estaba bajo la tutela del diario El Mercurio de Antofagasta, sus lineamientos pedagógicos eran considerados muy tecnocráticos y poco humanistas y con baja calidad académica.

Con el prestigioso y querido profesor y poeta, Andrés Sabella, que me apoyó desde el primer minuto y con los dirigentes estudiantiles, diseñamos rápidamente una nueva malla de estudios con una fuerte presencia de las ciencias sociales, con profesores de filosofía, de historia, de sociología e inglés. En su mayoría estos docentes ya trabajaban en la propia universidad. La nueva malla la consensuamos con todos los estudiantes del departamento. Una vez aprobados los planes de estudio por las autoridades de la sede y de la rectoría, llegaron algunos profesores de la Universidad de Concepción y reanudamos el proceso formativo. Me correspondió, como director del departamento, entregarle a las dos primeras promociones de egresados su título profesional de periodistas y su licenciatura en comunicación social.

En el momento del golpe de Estado, 11 de septiembre, 1973, yo desempeñaba las funciones de Vicerrector de la Universidad del Norte, sede Antofagasta. Había llegado a este cargo a formar parte de un proceso activo de Reforma Universitaria que se venía gestando desde hacía al menos dos años antes de mi llegada a la Universidad del Norte .

Esta investidura de Vicerrector de la sede Antofagasta, provino de una elección de los universitarios de esta casa de estudios, realizada el año 1971. El mandato duraría hasta el año 1975. En la ocasión, votaron todos los universitarios de la sede Antofagasta, compuesto por los estudiantes, académicos, administrativos y el personal de servicio.

La votación tenía una ponderación de 10% para el estamento del Personal de Servicio, 10% para el estamento del Personal Administrativo, 40% para los académicos y 40% para los estudiantes.

Mirado en perspectiva histórica, esta ponderación de la votación de la comunidad universitaria fue única en Chile y muy cerca de lo que fue la reforma de la Universidad en Córdoba Argentina2, en el año 1918, que inició los procesos latinoamericanos de reformas de las universidades. La diferencia con respecto a la elección de las autoridades es que en Argentina, siendo paritaria la votación de académicos, con la de los estudiantes y egresados, en la U del Norte también fue paritaria entre docentes y estudiantes, pero se incluyeron a los funcionarios administrativos y de servicio y no participaron los egresados.

Las sedes de Arica, Iquique y Coquimbo de la Universidad del Norte, en tanto, estaban preparando sus propias reformas orgánicas destinadas a democratizar la participación de la comunidad en el gobierno de sus respectivas instituciones. El rector Miguel Campos Rodríguez, había aceptado estas reformas y se mantenía a la cabeza de la institución, con oficina en Santiago, en el momento del golpe de Estado.

El proyecto académico que presidí, como Vicerrector de la Sede Antofagasta, consistía en convertir a la Universidad del Norte en un motor del diálogo universidad-sociedad de trabajadores, en dos ejes paralelos: el desarrollo tecnológico y de las ciencias sociales, apuntando a apoyar el proceso productivo y social del norte de Chile, incursionando en la investigación con aplicación directa en los procesos de industrialización, especialmente en el ámbito de la metalurgia, la geología, la minera del cobre, del salitre y de la pesca. Durante este vicerrectorado, se inició un ambicioso plan de capacitación y de perfeccionamiento para los trabajadores del cobre y del salitre en Chuquicamata y en María Elena y se construyeron en este campus dos edificios con los nombre de Salitre y El Cobre.

Teníamos una fuerte y entusiasta colaboración de una docena de académicos españoles y de dos profesores cubanos en el Departamento de Economía. A los profesores españoles tuve la oportunidad de agradecerles su contribución a la formación de jóvenes universitarios chilenos en Antofagasta, con motivo del lanzamiento de mi libro. Periodismo e Ingeniería Social, que se realizó en el Ateneo de Madrid, el año 2008, acto organizado por el ex director de Departamento de Economía de la Universidad del Norte, Diego Raya Peñuelas, en coordinación con la Embajada Chilena. Debo destacar el permanente interés por el proceso chileno de mi excelente amigo Diego Raya y de su esposa, también profesora de esta Universidad, María José.

En el plano de su responsabilidad de formar a los jóvenes profesionales y científicos se privilegiaba en este período, la incorporación  centralmente a los estudiantes del Norte Grande. Participábamos activamente en el Consejo Regional de la Corfo, que tenía un rol muy activo en los planes de desarrollo regional en la época de los 70.

El Presidente Salvador Allende visitó en dos oportunidades la Universidad del Norte, sede Antofagasta, en su calidad de primer mandatario. Se informó ampliamente de los proyectos de desarrollo institucional, de la reforma y dialogó con los estudiantes y los académicos, estaba vivamente interesado por nuestra experiencia comunitaria. Quince días antes del Golpe del 11 de septiembre, nos recibió el Presidente, en el Salón Rojo de La Moneda.

Era una delegación de autoridades y de representantes de los tres estamentos: académicos, administrativos y personal de servicio. La misión era pedirle su apoyo para que se solucionara un crónico déficit en el sistema de previsión social de académicos y funcionarios que se arrastraba desde la fundación de la Universidad. El Presidente Allende prometió ayudarnos y, de paso, nos hizo parte de su angustia o preocupación por la resistencia que encontraba en lograr acuerdos políticos para dar una salida democrática a la agudización de la confrontación social que provocaba el proyecto de la Unidad Popular, frente a las fuerzas de oposición, constituidas, en ese período, por la derecha y por parte mayoritaria de la democracia cristiana.

Después de nuestra entrevista con el Presidente Allende, regresamos a Antofagasta los directivos y dirigentes estamentales y luego vino el golpe de Estado, encabezado por los militares de todas las fuerzas armadas y de orden, que hoy sabemos que contó con el fuerte apoyo del Gobierno de los Estados Unidos y la acción directa de importantes empresarios chilenos, dentro de los cuales destaca Agustín Edwards.

Los militares en el Campus Angamos.

El mismo 11 de septiembre, cerca de las 20.30 hrs, llegó un destacamento de militares, incluidos varios tanques a las puertas de la Universidad en Avenida Angamos. Me presenté ante el teniente a cargo del operativo, quién me señaló que venía a registrar el recinto porque tenían información de la existencia de armas. Le dije que no tenía los medios para impedir esta acción, que la Universidad cumplía una función pública, de manera que le solicitaba que no se realizara daño a las personas, a los edificios, al equipamiento de laboratorio y al mobiliario. Para eso, le pedí a un auxiliar que con las llaves en sus manos nos acompañara a todos los lugares que los militares quisieran visitar.

Mientras recorríamos el campus, vi dos escenas de estudiantes y de funcionarios con las manos en alto y contra el muro y a militares apuntándoles con sus armas y maltratándolos verbalmente. Le señalé al teniente que no había razón de maltratarlos. Al cabo de una hora, los militares no encontraron ningún arma en el allanamiento. Al momento de retirarse los militares del campus, le pedí al teniente que firmara un documento en que certificara conmigo que no se habían encontrado armas en el campus de la Universidad. El oficial aceptó luego de consultar por teléfono con un superior, que imagino era el propio general Joaquín Lagos, Comandante en Jefe de la II División del Ejército. Firmado el documento, lo guardé en mi maletín, que creo me fue de gran utilidad en la Corte Marcial a la que fui sometido en los meses siguientes3.

En la noche del 12 de septiembre, fui detenido en mi departamento de la Gran Vía, en “nombre de mi General Lagos”, por una patrulla militar que venía acompañada de un numeroso contingente de militares en camiones y vehículos ligeros, fuertemente armados con metralletas y con tenida de guerra. En mi departamento estaba mi esposa, Cecilia Rivas embarazada de cinco meses de nuestro segundo hijo. Mi hijo mayor tenía en la época un año y medio. Eran cerca de las 12 de la noche. Más adelante, ya dentro de un vehículo militar, la patrulla pasó a una vivienda preguntando por el presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad del Norte. En la ocasión, no fue encontrado y seguimos hasta la Intendencia de Antofagasta.

Después de pasar ocho horas sin dormir, en una sala de la Intendencia de Antofagasta, fui conducido con otros dos compañeros, uno de ellos el profesor de Filosofía de la Universidad del Norte, Juan Ruz Ruz, subido a un jeep militar, que nos llevó a la base aérea de Cerro Moreno. Llegando al lugar, nos hicieron un simulacro de fusilamiento. En ese recinto estuvimos 18 días un grupo de 10 detenidos políticos y después fuimos trasladados, en un camión militar, a la cárcel pública de calle Prat.

Tuve un consejo de guerra, en el recinto carcelario, con presencia de oficiales de todas las fuerzas armadas y de carabineros. Ese consejo, realizado en una sala de la cárcel de Antofagasta, me condenó, por cometer “desacato a las nuevas autoridades militares”, a 20 años de presidio. Esta pena fue apelada y  finalmente cambiada por el general Joaquín Lagos, por  el exilio en Bélgica por 10 años. Me defendió con mucha entereza y dedicación, el abogado Bernardo Julio, a quien nunca le cancelé un solo peso por esta valiosa y valiente intervención a mi favor, porque no tenía manera de hacerlo. Estaba preso y había sido despedido de mi cargo y de mis funciones, inmediatamente después de mi detención.

Un oficial de la Fuerza Aérea, cuyo nombre no me acuerdo, me había reemplazado en el cargo de autoridad universitaria, bajo la denominación de Rector. Los golpistas ignoraban la estructura de la Universidad y me atribuían más poder del que efectivamente tenía. Luego del paso como Rector del oficial aéreo, la autoridad militar nombró como Rector a Enrique Conrado Ferrando Núñez, quien había sido el conservador de la Sede Antofagasta antes y durante mi administración.

Previamente, el señor Ferrando, vino a la cárcel a consultarme qué le parecía que asumiera el cargo de Rector que le estaban ofreciendo desde la Intendencia. No dudé en entusiasmarlo a que lo hiciera. En las circunstancias dadas, lo mejor era que un universitario, una persona que quería la Universidad se hiciera cargo y dejara de serlo un militar. A manera de curiosidad, dejó constancia, que al profesor Ferrando lo conocí siendo yo alumno en el Liceo de Cauquenes, cuando él era el Rector.

Las víctimas de la Caravana de la Muerte.

El 19 de octubre de 1973, estando incomunicado en la Cárcel de Antofagasta, fueron sacados de ese lugar, fusilados y masacrados 14 personas4, por un destacamento de oficiales y suboficiales del Ejército, que más tarde se conocería con el nombre de la Caravana de la Muerte.

Esta es la lista de víctimas en Antofagasta de la Caravana de la Muerte liderada por el general Sergio Arellano Stark, quien ha sido declarado por los tribunales como ‘inhabilitado mentalmente’ por lo que no ha sido efectivamente castigado5. En esta lista de 14 personas hay cuatro integrantes de la comunidad de la Universidad del Norte. Todos ellos, ejecutados el 19 de octubre de 1973, a las 1.30 horas, en la Quebrada del Way:

– Luis Alaniz Álvarez, 23 años, estudiante de Periodismo de la Universidad del Norte.

– Mario Armeros Silva, 45 años, ex gobernador.

– Dinator Ávila Rocco, 22 años, empleado de María Elena.

– Guillermo Cuello Álvarez, 30 años, empleado de CORFO.

– Marco De La Vega Rivera, 46 años, ingeniero.

– Segundo Flores Antivilo, 25 años asistente social de María Elena.

– José García Berríos, 66 años, trabajador marítimo.

– Darío Godoy García, 18 años, estudiante de enseñanza media de María Elena.

– Miguel Manriquez Díaz, 24 años, egresado de Ed. Física de la Universidad del Norte. Ex GAP.

– Danilo Moreno Acevedo, 28 años, chofer CORFO

– Washington Muñoz Donoso, 25 años, egresado de Historia y Geografía  de la U. del Norte. Interventor CCU.

– Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, 26 años, ex secretario general de la Universidad del Norte. Ingeniero. Gerente INACESA.

– Hector Silva Iriarte, 38 años, abogado. Sec. regional PS y gerente CORFO Norte.

– Alexis Valenzuela, 29 años, ex regidor Tocopilla.

A esta lista de asesinados, hay que agregar a tres universitarios nuestros: la funcionaria Elizabeth del Carmen Cabrera Balarriz, (23 años) asistente social de la Dirección de Bienestar Estudiantil de la Universidad del Norte. Ella venía, como yo, de la Universidad de Concepción, y fue asesinada –según algunos testimonios, estaba embarazada-  junto a su esposo, el estudiante de esta misma casa de estudios, Nenad Teodorovic Sertic, 24 años, austríaco, estudiante de Periodismo de la Universidad del Norte. Junto con ellos también fue asesinado Luis Muñoz Bravo, 28 años, funcionario de la Universidad del Norte.

Fecha de la detención o muerte: 15 de septiembre de 1973

Lugar de la detención o muerte: camino entre Antofagasta y la Base Aérea de Cerro Moreno.

Organismo responsable de la detención y muerte, ‘por intento de fuga’, soldados del Regimiento Antofagasta.

Del testimonio que yo puedo dar de los mártires de los asesinatos de la Dictadura de Pinochet de la Universidad del Norte, en los primeros meses de su instalación, son siete compañeros:

– Luis Alaniz Álvarez, egresado.

– Miguel Manriquez Díaz, egresado.

– Washington Muñoz Donoso, egresado.

– Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, egresado.

– Elizabeth Cabrera Belarriz, funcionaria administrativa.

– Nenad Teodorivic Sertic, estudiante.

– Luis Muñoz Bravo, funcionario.

Cecilia, mi esposa, me ha relatado, en contadas ocasiones, el calvario de esos días en Antofagasta, buscando reconocer entre los cuerpos despedazados a su esposo, encontrarse con compañeros inexplicablemente muertos, con familiares angustiados, con autoridades insensibles, con dramas sin lógicas conocidas…

En lo personal, mi familia: Cecilia mi esposa, nuestros hijos Héctor Luis (2 años) y Alfonso Joaquín, recién nacido y yo salimos al exilio a Bélgica. Yo partí el 14 de marzo de 1974, luego me siguieron mi esposa e hijos. En 1988 nació en Bruselas, nuestra hija Claudia Cecilia. En el país de Jacques Brel tuve el placer de compartir con el profesor Rubén Gómez y su familia, quien nos distinguió con el apadrinamiento de Alejandro Gómez, actualmente egresado de geólogo de esta misma universidad.

Todos regresamos a Chile en febrero de 1989 y nos instalamos, por razones laborales, en Santiago de Chile. Actualmente y desde hace 15 años, soy profesor titular en la Universidad de Santiago de Chile, que tuvo 62 personas asesinadas por la dictadura, entre ellos al inolvidable Víctor Jara. Actualmente, soy el director del Magíster en Ciencias de la Comunicación de la Escuela de Periodismo de la misma Universidad.

Algunas reflexiones finales.

¿Fue inevitable y necesario del golpe militar en Chile? Decididamente, como toda acción política, el golpe pudo realizarse o no. Es una opción que tomaron las fuerzas contrarias al proyecto socialista y los responsables de sus consecuencias son principalmente los que tomaron esta decisión. Por el contrario, la nacionalización del cobre, obra del gobierno y del parlamento en tiempos del Presidente Allende, la seguimos disfrutando los chilenos.

Sin duda que el proyecto de la Unidad Popular, generó muchos sueños de una parte y muchos temores de otra parte de la población. Había un clima de fricción social. En esta Universidad había un fuerte debate de ideas, pero nunca a nadie se le persiguió por sus posturas o ideas. El golpe, como toda acción política, se puede o no hacer. Era evitable. Y los responsables son lo que lo hicieron. Y fue necesario o tuvo como propósito instalar un modelo económico y político basado en el mercado, que si bien terminó por generar crecimiento, éste se hizo con gran desigualdad y sufrimiento y hoy muchos estamos convencidos y luchando por cambiar la Constitución dejada por la Dictadura para generar más democracia y más justicia social.

La defensa de la democracia y de los derechos humanos es irrenunciable y va más allá de las posturas políticas que nos enfrentaron en el pasado y que siguen vigentes en el presente. Es la base de toda convivencia sana y las bases son la verdad, la autonomía de pensamiento, el respeto y el amor a la diversidad.

Los primeros que quieren evitar referirse a las violaciones a los derechos humanos, por lo doloroso e indigno que resulta presentarse como víctima de atropellos injustificables, son los que experimentamos el dolor y el horror de la represión sistemática, que el Informe Rettig, apropiadamente, denominó ‘terrorismo de Estado’. No obstante, es necesario no perder la memoria de lo ocurrido, buscar explicarse por qué ocurrió. ¿Cómo es posible que una sociedad democrática cobijara fuerzas armadas, sostenidas con presupuesto de todos los chilenos, en agentes tan crueles y cobardes que, con la negación de sus delitos y de la información, aún miles de familiares no pueden llevar una flor a las tumbas de los detenidos-desaparecidos?

Este es el peor dolor que aún nos tiene pegados en un episodio de la historia que quisiéramos superar completamente. ¿Se trata de una ‘locura moral’ de quienes estaban destinados a protegernos y se transformaron en nuestros verdugos, represores, terroristas, transfigurados por la ‘doctrina de la seguridad nacional’ y por las alabanzas de los grandes empresarios, que se transformaron de ‘valientes soldados’ en feroces usurpadores del poder civil?

Las universidades chilenas, especialmente las estatales y las tradicionales privadas, con la dictadura sufrieron pérdidas humanas de enorme valor, vivieron un largo apagón cognitivo en climas de temor, inestabilidad, absolutamente contrarios al aprendizaje y el desarrollo intelectual. Las comunidades universitarias vivieron un clima de convivencia nefasto, un deterioro de la capacidad crítica, consustancial a la universidad y aún con la recuperación democrática no se ha logrado reponer el lugar de avanzada que tenían las universidades chilenas en América Latina, especialmente en el área de las ciencias sociales.

Hoy, a 40 años del golpe y a 24 años del término de la Dictadura, comenzamos a reponernos de este trauma global y estamos desafiados por los nuevos retos del conocer y de la sociedad informatizada.

Ustedes, estudiantes, académicos, funcionarios, autoridades de la Universidad Católica del Norte deben evaluar este proceso y ser lúcidos en el diagnóstico y en el conocimiento del pasado para tener un buen entendimiento del presente y leer con una amplia mirada el horizonte del futuro.

Muchas gracias por permitirme relatar mi experiencia y espero que este relato le pueda ser de provecho a más de alguno de ustedes.

Puedes descargar este artículo en formato PDF.

TESTIMONIO EN DIRECTO DESDE EL PALACIO DE LA MONEDA Y EL EPICENTRO DEL CONFLICTO: “A LAS 3 DE LA MADRUGADA DEL 11 ME LLAMA MI JEFE DE LA OIR Y ME DICE: “FITO, EL GOLPE COMENZÓ…”

El 10 de septiembre de 1973, los que trabajábamos en cargos menores en la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República (OIR) -periodistas, operadores, camarógrafos, ordenanzas, otros técnicos y personal de servicio-, todos militantes de una u otra fuerza que adscribía al gobierno de la Unidad Popular (UP) que encabezaba Salvador Allende, sabíamos que las cartas estaban echadas.

De una u otra manera, teníamos certezas, por diferentes fuentes de información o sólo por pálpito, que el golpe de Estado era inminente.

Los militares habían ganado la calle, amparados en una Ley de Control de Armas. Las patrullas recorrían Santiago -y lo mismo ocurría en todas las ciudades del país-, deteniendo y requisando a todo ciudadano, especialmente a los poseedores de aspecto obrero o aquéllos que llevaban puesto el uniforme de la Vía Chilena al Socialismo: bigotes, pelo largo y aspecto ‘beatlemaníaco’.

El Partido Comunista convocaba a reuniones de base, donde sus líderes proclaman “No a la guerra civil”, algo que, honestamente, me parecía absurdo. Me había tocado por suerte ser hijo de un militar, ya fallecido, radical, demócrata y masón, ex campeón intercontinental de equitación, de quien había aprendido algo: las guerras civiles sólo existen en países en los que el Ejército se divide ideológicamente, cosa que no puede ocurrir en Chile porque sus tropas no tienen estado deliberativo, sólo reciben órdenes.

A las 3 de la madrugada del 11 de septiembre, recibí una llamada. Era mi jefe, el Director de la OIR, Juan Ibáñez Elgueta, quien me dijo: “Fito -mi apodo-, el golpe comenzó”. A esas alturas, Chile era un caos. No había nada en el mercado oficial y, clandestinamente, los especuladores hacían su agosto: se desplazaban sigilosamente y ofrecían todo lo que no se hallaba en el comercio formal.

Las calles eran violencia pura. Cuadros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y otros, mantenían continuos enfrentamientos con agentes de la ultraderechista Patria y Libertad (y sus aliados), una organización filo-nazi con un emblema análogo a la esvástica hitleriana, mientras carabineros lanzaban bombas lacrimógenas minuto tras minuto.

Era, realmente, terrible.

La OIR fue mi primer trabajo formal. Y fue, efectivamente, muy positivo puesto que más allá o acá de lo que ocurrió en el país, me entregó una clase de periodismo único, en un momento irrepetible en la historia nacional, donde pude reportear, dialogar, discutir con los más variados personajes de la escena nacional de entonces y -por el hecho de que mi puesto de trabajo estaba en La Moneda-, mantener una estrecha relación con detectives, carabineros, integrantes de la GAP (Grupo de Amigos Personales, la custodia del presidente Allende), lo que me enseñó el pensamiento de segmentos sociales que estaban lejos de mi formación.

A las 6 de la mañana del 11, me presenté en la casa de mi vecino -y por entonces una especie de padrino político-, Sergio Insunza, ministro de Justicia. “Las cosas están mal compañero -le expresé-, pero él, lejos de mostrarse afectado por lo que estaba ocurriendo -las calles de Santiago rechinaban por el paso de las orugas de los tanques y ya se escuchaban tiros-, se satisfacía con un opíparo desayuno sureño de jamón revuelto con huevos fritos y parecía no estar preocupado. “En Chile no pasan estas cosas”, me dijo, y continuó con su banquete. “Cálmate”, agregó.

Media hora después, estábamos rumbo a La Moneda. Ambos llevábamos sendas armas de fuego y pienso que los integrantes de su guardia, que eran jóvenes, serios y formales, también. Ninguno de ellos hacía expresión alguna cuando observábamos el paso de las tropas. Chile, había cambiado definitivamente.

Esas cosan que no pasaban en nuestro suelo, estaban pasando. No sé cómo, pero llegamos frente a la puerta principal de La Moneda.

“Bájate”, me dijo Sergio Insunza. La zona estaba rodeada de militares fuertemente armados. Miré hacia el interior y advertí que hombres portando metralletas y mujeres del staff administrativo, corrían nerviosamente por el Patio de los Naranjos, el corazón social del edificio pergeñado por el arquitecto Toesca. Hacía frío en Santiago y lloviznaba. Miré en todas direcciones y comprendí que estaba en el ojo de una tormenta grado 5.

Sin meditar mucho, caminé hacia el pórtico de La Moneda, pero me salió al encuentro el teniente Varela, un carabinero de mi misma edad, pero 20 centímetros más alto, con quien solíamos conversar animadamente y participar en encuentros de fútbol. Nos miramos brevemente. Yo, sin comprender mucho cómo venía barajado el naipe con él.

Por el contrario, Varela se veía seguro y me enfrentó. Sacó su arma reglamentaria, me la puso en la cabeza pero su voz era distinta a su actitud. “Fito -susurró-, ándate de inmediato. Dentro de un rato, la vida de ninguno de la UP vale un centavo”.

“Ok”, le contesté. Di media vuelta y caminé, a paso rápido, entre medio de centenares de soldados y maquinaria bélica apostada alrededor de la casa de los presidentes, y me dirigí hacia el Ministerio de Justicia, a pocos metros, en una calle paralela, donde estaba Insunza.

Subí las escaleras y llegué al despacho del funcionario de Estado, quien se hallaba rodeado de sus más cercanos colaboradores y del entonces director del Registro Civil, cuyo nombre se me ha hundido en los pliegues de la memoria. “Hola”, dijo Sergio.

“Tenemos que irnos a la mierda”, le repliqué. No esperé jamás que me respondiera lo que escuché: “Tranquilo, tranquilo…estas cosas no pasan en Chile, huevón. Ya hay movimientos militares en defensa de la democracia”. La mañana no había concluido y los disparos de armas automáticas y artillería recrudecían segundo a segundo.

Algo pasó en la calle. Fuimos hacia una ventana con el director del Registro Civil, quien, como buen funcionario, estaba de traje príncipe de Gales, camisa blanca y corbata y observamos que en medio de una humareda, producto de una explosión, un hippie vestido de negro, en una bicicleta blanca, desafiaba a su propia existencia, pedaleando quién sabe hacia dónde.

Por la radio sentimos que los militares anunciaban que bombardearían La Moneda si no había rendición incondicional de Allende.

El ministro de Justicia, por teléfono interno, se comunicó con Briones, el titular de la cartera del Interior, al que todos conocíamos como Condorito, por la prominente nariz que portaba. El diálogo fue corto, pero Insunza lo comentó con voz quebrada. “Me dijo que el presidente le aseguró que sólo saldría de La Moneda con las ‘patas pa’ delante’ “.

Con el elegante funcionario del Registro Civil, subimos a la terraza. Pero al pasar por el cuarto piso y abrir una puerta, nos hallamos con dos militantes del MIR, que estaban  detrás de un par de metralletas con trípode. “Les vamos a enseñar quiénes somos”, dijeron los desconocidos.

Ya en la parte alta, sentimos el ruido de uno de los aviones que bombardearía el palacio. Se sintió una especie de ‘click’ y microsegundos después, observamos cómo uno de los misiles -por entonces llamados rockets-, ingresaba con precisión por una de las ventanas del histórico edificio. Luego otro y otro. La balacera era incesante. Y al infierno desatado por la Fuerza Aérea, se sumaba un concierto de estallidos que provenía desde los cuatro puntos cardinales.

“Sergio -dije al ministro-, tenemos que irnos de aquí en cuanto se dé la oportunidad”. Y agregué, en un rapto de lucidez: “Todos tenemos que afeitarnos y salir peinados. De otra manera, seremos historia”.

Yo era el menor de todos, pero, a nadie le importó y uno a uno fuimos sacándonos las pilosidades “upelientas” con la única máquina de afeitar que apareció desde la nada. Poco después, bajamos hacia el subsuelo del inmueble y destruimos, en la caldera, todo tipo de documento que nos pudiera comprometer.

Horas más tarde, hubo una especie de tregua para que los empleados públicos y privados salieran desde sus lugares de trabajo y regresaran a sus hogares. Nosotros, salimos uno a uno.

“Mi cuñado David Silberman”…

En la calle, ad portas de un hotel, dos peruanos, vestidos de traje y corbata, en ese momento de calma, se dirigieron a un oficial, que miraba agresivamente a los que trataban de escapar del epicentro del conflicto. “Los felicitamos por lo que han hecho”, expresaron.

Sin embargo, tales loas no fueron sino el estímulo para que el uniformado les replicara: “¡Qué se meten ustedes cholos de mierda!”, luego de lo cual sus lugartenientes, los tomaron a patadas.

No había caminado más de cuatro cuadras y frente a mí y otros, mientras un mayor vestido con el uniforme habitual y no de combate gritaba “¡apúrense, salgan del centro!”, se advertía el cadáver destrozado de una mujer alcanzada por un proyectil de una ametralladora Punto 30. No sé cómo, llegué a mi casa.

Dos meses después, un militar amigo de mi familia, se comunicó escuetamente conmigo. “Te doy una semana para que te vayas”. Al otro día, estaba, con mi mujer, embarazada de ocho meses y mi hijo Martín, de dos años, en Buenos Aires. Mi cuñado, David Silberman, gerente general de Chuquicamata, fue detenido, y no apareció más.

Comenzó para nosotros, y como a muchas otras familias chilenas, una nueva vida. No la que deseábamos en esos momentos. La tristeza no se ha ido jamás de nuestros corazones.

Puedes descargar este artículo en formato PDF.

LOS SUEÑOS ROTOS HACE 40 AÑOS: A VÍSPERAS DEL GOLPE DE ESTADO EN PERIODISMO DE LA NORTE

Era lunes 10 de septiembre de 1973 y un amigo me sugería que comprara El Mercurio de Antofagasta, ya que salía en portada recibiendo mi título profesional de Periodista. Efectivamente, si la memoria no me falla, el viernes anterior, el día 7 de septiembre se hizo la ceremonia de entrega de títulos y recuerdo entre otros, a Ricardo Downew, a Víctor Hugo Pérez, a Michael Müller, Silvia Caamaño, y Hermán Cortés quienes recibíamos nuestro diploma con orgullo, pero silenciosos.

Fuimos exactamente 53 nuevos egresados para servir desde el norte a la región y al país, y la mayoría proveníamos de las carreras de las ciencias sociales y educación. Los nuevos profesionales éramos de castellano, de comunicación social, es decir, periodismo, de construcción civil, contadores públicos, de educación general básica, de educación física, de electrónica, de francés, de inglés, orientadores escolares y de historia y geografía, pero a los fotógrafos del diario les interesaba la foto de los futuros colegas periodistas para el recuerdo. Y como los recuerdos son frágiles pido perdón de antemano por aquellos nombres que sin querer puedo omitir y que merecían, sin duda, estar en este esfuerzo de memoria de cuatro décadas. Otros nombres no son explícitos, porque no he pedido permiso, pero los hechos son ciertos y fidedignos como todo relato periodístico.

Fue una ceremonia extraña, en un auditorio actualmente desaparecido frente a lo que hoy son parte de los talleres de arquitectura y donde se emplaza astronomía y el observatorio y telescopio físico de la Universidad Católica del Norte, UCN. Yo percibía mucho nerviosismo en el ambiente. El aire se podía cortar con una navaja. Al menos, así lo sentía yo esa tarde noche.

Recuerdo que nuestro vicerrector de sede, el joven periodista Héctor Vera Vera me entregó el título y recuerdo también que los flamantes periodistas nos fuimos después en citroneta a una frugal cena al sector costero sur, cerca del actual balneario El  Huáscar, zona donde había raramente un restaurante y una y que otra cabaña de madera apolillada y todo eran roqueríos salvajes, pozas con miles de pececillos, olor a mariscos, inmensidad de mar y de sal por doquier. El camino desde la universidad hacia allá era pésimo.

Fui el primer profesional de mi larga familia pampina y pese a que quería mucho a todos los míos, no invité a nadie de mis cercanos a la ceremonia. Ni tíos, ni primos, ni hermanos, ni mis padres. Sólo estaba Gladys, mi novia en esos tiempos y mi compañera inseparable por más de cuarenta años. Los jóvenes de izquierda y progresistas, los hijos de obreros del salitre teníamos temor a lo que pudiera pasar. Se olía un viento a tragedia y muerte subiendo con la brisa de la bahía de San Jorge. Se venían días muy duros y terribles…

Después de ojear el diario y recortar la foto de portada,  tomé el título profesional y la foto y los puse delicadamente en una bolsa de plástico. Mis tíos, que en verdad eran como abuelos tíos, en la población El Olivar me guardaron el tesoro y otro tesoro más; el certificado de práctica profesional de periodista que atestiguaba que yo había trabajado en el palacio de La Moneda en Santiago entre enero y abril de 1972. Yo había hecho la promesa a mis padres de que sacaría mi título a como diera lugar y cumplí lo prometido. Regresé desde La Moneda pese a tener un contrato en las manos y volví a terminar mis estudios a la Norte. La universidad me confirió el título en agosto del 73 y la ceremonia fue el día que relata el diario.

En ese tiempo, yo ya era miembro del Colegio de Periodistas de Chile con el registro nacional 3.164 y que debería datar desde el año 72. Después del 11 se septiembre todo fue el caos, la persecución, todo fue clandestinidad, traslados, y domicilios furtivos y al final, dos largos exilios que duraron interminables años.

Otros compañeros de curso, como Juan Antonio Abarzúa Rojo con quien hicimos la práctica en la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República, OIR del Gobierno de Salvador Allende, no tuvo la misma suerte, no alcanzó a sacar el título, el golpe lo sorprendió en el palacio de gobierno… La OIR en el 72 era dirigida por Juan Ibáñez Elgueta, un señor periodista. La sección prensa estaba al mando del periodista Rafael Urrejola Dittborn y en radio brillaba el folklorista y gestor cultural, René Largo Farías; todos ellos con quienes compartí muchas horas de trabajo. A La Moneda yo llegué por contactos personales de mi amigo Carlos Aguirre Leiva, quien en esos días hacía su práctica de Ingeniero Comercial en el Banco Central de Chile.

Con ‘Fito’ Abarzúa, el destino nos siguió uniendo y nos encontramos en el noreste argentino, en Salta, a inicios del 74 donde comenzamos nuestras carreras de periodistas fuera de Chile. Ya nos esperaba en esos días allí Herman Cortés. Ambos estaban ya en el diario El Tribuno y Hermán me alojó gentilmente en una casona patronal cerca de Rosario de Lerma. Yo me fui semanas después al diario más antiguo del noroeste argentino, El Intransigente donde ingresé gracias a  los contactos salteños de Jorge ‘Coke’ Iturra, también compañero de curso de la Generación del 69. Regresada la democracia en Chile, Jorge trabajó como gestor cultural, jefe de prensa en Telenorte, en el diario El Tarapacá y como relacionador público de la cámara de Diputados y falleció en su natal Iquique en el 2000. Su hijo mayor se recibió de periodista en la Universidad Católica de Salta.

En El Intransigente, mis jefes y colegas salteños y luego amigos entrañables, Rodolfo Plaza y Néstor Quintana y los compañeros del taller me acogieron con los brazos abiertos. Me dieron trabajo, estabilidad y cariño y la oportunidad de hacer una brillante carrera por varios años. Allí nacieron también mis tres hijos y allí fuimos felices junto a mi esposa y pasamos también momentos muy duros cuando los febriles primeros estertores de la dictadura militar argentina y las resacas gélidas del Canal Beagle nos llevaron a un segundo exilio, esta vez al reino de Bélgica, en el corazón europeo, luego de ser liberado tras ser detenido desaparecido en el 78.

Esa noche de miércoles del 73 en la estación de trenes de la calle Valdivia de Antofagasta frente a un tren atiborrado de viajeros ansiosos me despedía emocionado José Astudillo Gómez, colega y gran amigo y también estudiante de periodismo de la Norte, militante comunista quien nunca pudo terminar su carrera por razones políticas, después económicas y finalmente por el cáncer.

El hogar del padre Hurtado.

Para el golpe de estado yo vivía todavía en el Hogar Padre Hurtado de la Universidad del Norte en la calle Prat. El edificio hoy no existe. Es parte de un gimnasio del colegio San Luis. En ese hogar universitario compartí mis últimos días antes del 11 de septiembre con muchos estudiantes y compañeros de sueños como Washington Muñoz, quien era en ese momento interventor de la Compañía Cervecerías Unidas, donde hoy está el Líder antofagastino. Washington estaba por terminar su carrera de profesor de historia; compartía también con el ‘Chico’ Alberto Loyola, quien pasó muchos años de exilio en Suecia y vino a morir a Chile hace algunos años; a uno de sus hijos, Wladimir, le alcancé a hacer clases en la Católica del Norte. Del ‘Chico’ Loyola y de Anita Cuadra una periodista nuestra y poetisa taltalina, fui testigo de bodas en Antofagasta en tiempos inciertos.

Claudio, un amigo arquitecto me daba en estos días una explicación luminosa sobre lo que significa una ciudad con alma y hecha para disfrutarla y no para la especulación financiera de los burócratas y los poderosos. Por ello hago un pequeño atajo para recordar el hogar universitario del padre Hurtado de la Norte en calle Prat.

Era un edificio muy antiguo de grandes ventanas, madera y de adobes; tenía dos alas y dos puertas de ingreso. En la entrada principal hacia el cerro, a un costado estaba el comedor y más abajo al lado del largo patio con árboles y plantas estaba la cocina, donde comíamos casi siempre lechugas con jurel en los 70’ y los domingos doña Gloria nos agregaba a esa delicia unas papas asadas. Un manjar, pobre pero digno. En la planta principal el Padre Hurtado tenía dos pisos y en el superior, una varanda larga donde se podía adivinar el mar y se escuchaban como en anfiteatro los sones de las marchas multitudinarias de varios años por calle Prat, Matta y Ossa. En cada uno de los dos pisos estaban las habitaciones de los estudiantes. Al fondo, los baños y las duchas… Por la puerta de abajo, hacia el mar, había otro grupo de piezas estudiantiles. Frente al primer piso estaba el largo patio central.

Allí vivíamos los estudiantes, pero también alojaban a veces algunas visitas y se hacían reuniones políticas. Más de algún ministro de Estado compartió con nosotros la mesa, también Andrés Sabella y otros personajes mantenían conversaciones copiosas en el patio donde habían unos árboles y una manguera disfrazada como ducha entre las ramas, lo que nos hacía pensar que el hogar era un pequeño paraíso encantando.

Durante muchos años, pero en particular en los 70’, ese espacio de nuestra universidad era un punto clave de las reuniones intelectuales y políticas antofagastinas, de preparativos de marchas y manifestaciones, de discursos incendiarios, de cobijo de soñadores y políticos, en su enorme mayoría leales a la Unidad Popular. En ese hogar recuerdo haber compartido por mucho tiempo con Miguel Manríquez Díaz y Freddy Araya Figueroa. El primero estudiaba Educación Física y el segundo, Electrónica en la Norte; ambos junto a un tercero, Juan Carlos Cortés Bode, también del Físico, se irían en los 70’ al Grupo de Amigos Personales de Allende, el Gap. Araya y Manríquez fueron torturados y fusilados, uno el 15 de septiembre en Tocopilla y el otro el 19 de octubre del 73, en Antofagasta. Juan Carlos pasó mucho tiempo en la cárcel y al final viajó al exilio en Inglaterra.

Washington y Miguel fueron torturados y fusilados en octubre del 73  tras ser secuestrados desde la cárcel pública antofagastina por la caravana de la muerte. Patricia Manríquez, hermana de Miguel era compañera de curso mío en periodismo y vivió numerosos años de exilio en Alemania. Regresó a Chile en 2008 aproximadamente y según me enteré hace muy poco vivió muy sola y enferma sus últimos años en Santiago sin haber encontrado jamás consuelo.

Numerosos estudiantes del padre Hurtado sufrieron la cárcel, torturas, el exilio, o se sumergieron en las sombras en días en que ser socialista, progresista, de izquierda, o un soñador social era una sentencia de muerte casi segura. Hoy muchos de ellos son destacados profesionales en la ciudad, la región y el país y seguramente guardan lindos recuerdos de ese hogar tan particular y cristiano donde había militancia, pero por sobre todo tolerancia y aceptación de las diferencias.

Una placa y una reparación histórica.

Hoy que nuestra Universidad Católica del Norte recuerda a las víctimas del golpe de Estado, y efectúa un inédito acto público de reparación moral me inunda una sensación de paz indescriptible que ojalá sirva también de mínimo consuelo para los que más han sufrido tanto dolor y desencuentro, los familiares de los detenidos desparecidos, los fusilados, exiliados y adoloridos.

Nuestra Escuela de Periodismo de la UCN develó el 18 de octubre de 2013 una placa en recuerdo a Nesko Teodorovic y Luis Alaniz Álvarez, estudiantes de segundo y tercer año de la escuela quieres fueron  torturados y fusilados por la dictadura en el 73. A ambos mártires se sumó el recuerdo prístino de Elizabeth Cabrera, la ‘Lula’, asistente social de la Universidad de Concepción y funcionaria de la Norte, esposa de Nesko quien fue ultimada por los militares junto a él, camino a Cerro Moreno. Les acompañaba también entre las víctimas en ese último viaje Luis Muñoz Bravo, también trabajador de la Norte, representante de los no académicos y adscrito al Departamento de Química. La placa por Nesko y Luis fue un gesto humano y cariñoso ofrecido por la Generación que ingresó a estudiar periodismo en 1973.

A muchos de esos compañeros de estudio no tuve la suerte de conocerlos y a otros los comencé a conocer después de regresar a Chile tras el exilio a fines del 87. Costó trabajo construir lazos y tender nuevamente redes. Todavía era tiempo de dictadura y era el año previo al plebiscito. Era un país para mi desconocido. De mis compañeros de Generación de la Escuela de Periodismo de 1969 guardo todavía recuerdos algo imprecisos, que tienden a irse con la brisa helada antofagastina. Antes que eso suceda quiero plasmar esas reminiscencias en este relato.

Mi Generación del 69.

Tres vertientes muy diversas construyeron la esencia de nuestra escuela. Entre los profesores por la parte de la empresa El Mercurio recuerdo a Alfonso Castagñetto, Rodolfo Gambetti, Nicolás Velasco del Campo, al ‘conejo’ Luis Berenguela.

De los jesuitas de esos días me acuerdo del padre José Donoso quien asistió a los moribundos y torturados de la cárcel; se me viene a la memoria la impronta intelectual de curas como Guillermo Marshall y Gerardo Claps, entre otros y el aporte de profesores jóvenes pero brillantes como Héctor Vera Vera, Jaime ‘Copo’ Quezada, Manuel Ortíz Veas, María Beatriz Beltrán, Sofía Cáceres, Carlos Rojas Martorell y Germán Gavilán. La mayoría había llegado de Concepción.

De la casa de la Norte, habían profesores extraordinarios como Gustavo Rodríguez, quien nos enseñó a sacarle lustre a las palabras y también a los zapatos, signo de distinción, explicaba con una sonrisa picarona. Años después cambió su Antofagasta por el verde y la lluvia de Valdivia. Es preciso recordar también la inteligencia de René Muñoz de la Fuente, padre de Viviana una periodista de la Norte que trabaja todavía en diarios de Miami. De sociología recuerdo la estampa y la oratoria del ‘Trosko’ Fuentes, víctima todavía desaparecida de la operación ‘Cóndor’, quien fue detenido y secuestrado en tierra guaraníes.

De mis compañeros de universidad había revolucionarios, conservadores y gremialistas que venían del sur, de Concepción, alumnos luchadores del norte, de las salitreras, de Calama y Chuqui, de Perú, Bolivia, de España, Cuba, Brasil y de muchas otras partes. La extensión era muy potente, y me recuerdo que en nuestra escuela nos hacían clases de dicción y manejo escénico actores de la talla de Leonardo Perucci y la hermosísima Peggy Cordero. Andrés Sabella era un personaje mítico ya en esos días…

En mi curso, la Generación del 69, éramos variopintos en lo ideológico y en lo geográfico, pero nos respetábamos y apoyábamos mutuamente. Gabriela Minaya, provenía de Bolivia y hoy es médico en La Paz. La Norte era un imán inmenso. Había feroces detractores a la Unidad Popular así como comprometidos hasta los tuétanos con la revolución por la vía democrática. Había democratacristianos, socialistas, comunistas, miembros de Patria y Libertad, del Mir, del Fer, poetas, borrachines, parlanchines, soñadores y militantes serios y adustos.

En esos días recuerdo la sonrisa enigmática del ‘sapito’ Álvarez, la risa contagiosa del ‘Chureja’ Reyes; la elegancia proverbial de Roberto, al fumador incansable de Ricardo y al ‘Che’  Cornejo. Las pichangas de baby fútbol y la personalidad arrolladora de ‘Fito’ Abarzúa, la gracia de Catalina y María Rosa, la simpatía de la Pilar Rodríguez, y Bárbara del Valle, hija esta última de Iris del Valle, ‘La Pelá’, conocidísima actriz de la bohemia del Santiago de los 50’. Recuerdo la seriedad impenetrable de Guillermo Cepeda Guisti y las travesuras permanentes de Eric ‘Roto’ Carmona; la inteligencia de Michael Müller y la prisa permanente de Víctor Hugo; la sonrisa nerviosa del chuquicamatino Manuel y el aire contemplativo de Carlos Solar.

En fin, ya no me acuerdo nítidamente de todos; pero un recoveco memorial me retrotrae al porte no exento de dulzura de Silvia Caamaño, los ojos azules de Daniel quien venía del Bío Bío, la humanidad de Juan Vargas; la voz melodiosa de nuestra reina mechona Margarita Pastene y la gracia y belleza de Patricia Manríquez y Gloria Reyes, estas últimas ya fallecidas. Recuerdo nítido a grandes periodistas y eximios folkloristas que eran compañeros de curso como Jorge Iturra y Julio Valderrama, ambos ya no están en este mundo. El primero iquiqueño, el segundo, vallenarino.

En estos días, la amenaza del default norteamericano me trajo el recuerdo de Daniel Trigo Villalobos. Danny trabaja todavía en la municipalidad de Washington DC. Daniel era dirigente de nuestra federación de estudiantes en esos años… En mi curso del 69 y en esa escuela compartíamos clases y experiencias y aprendimos a ser tolerantes, pese a la diversidad ideológica. Por ello es que nos dolieron tanto los asesinatos de Nesko Teodorovic y Luis Alaniz. Por ello nos dolió tanto el maltrato, el exilio y la tortura. Por ello nos dolió tanto la cacería de brujas desatada el 11 de septiembre del 73 y el resentimiento bestial contra los críticos, los modestos, los soñadores y los que habían osado pensar y construir un mundo más humano.

El 11 en la pampa salitrera.

Durante 1973 realizaba labores periodísticas en radio Antofagasta y en muchos otros programas, y trabajaba en propaganda en la juventud socialista en esos años. Militaba en Antofagasta y María Elena, y de mi salitrera recuerdo como si fuera ayer los partidos de ajedrez con Dinator Ávila Roco, (22) hijo de un peluquero del galpón, y hermano de un carabinero en servicio y hermano de la ‘Pelusa’, un campeón del deporte ciencia; la ternura y consecuencia de un muchacho extraordinario como lo era Darío Godoy Mancilla, a quien conocí en la escuela Consolidada América y el liceo de María Elena.

Darío no tenía todavía los 18 años; recuerdo como si fuera ayer la alegría contagiosa de mi amigo y compañero Norton Segundo Flores Antivilo (25) con su inseparable barba fina y su boina al estilo del ‘Che’ Guevara. Norton había ganado en 1971 el primer festival de la canción del salitre y compuso un tema que llamó ‘Calma Pampino’. Era su carácter, nunca fue un violentista. De hecho se había titulado de asistente social en la Universidad de Chile, sede Antofagasta, hoy Universidad de Antofagasta por lo que le movía sólo el deseo de ayudar al prójimo.

Dinator, Darío y Norton fueron secuestrados desde la cárcel pública de Antofagasta y asesinados junto a otros 11 compañeros por la caravana de la muerte en la quebrada el Way hace 40 años, y entre ellos iban también al sacrificio estudiantes de periodismo y estudiantes de la Norte…

Nuestra generación del 69 nunca más volvió a reencontrarse. Con algunos la vida nos dio ocasiones de cruzarnos en algún recodo del mundo. Actualmente, estamos planeando un encuentro para el próximo año y pensamos hacerlo abierto a todos los que alguna vez estudiaron en nuestra escuela. Para que nunca más en Chile. Para que nunca más nos desencontremos. Para cosechar entre todos, la tolerancia y la generosidad infinita que nos insuflaron nuestros mártires y antofagastinos como Sabella, Bahamonde, Rendic y Hallet entre otros, personajes que sólo dieron cosas lindas a nuestro norte.

Cuando regresé a Chile a fines de 1987, luego de dos largos exilios por Argentina y Bélgica, regresé a la casa de mis tíos en El Olivar y ellos estaban ya muy enfermos. Todavía tenían guardados mis tesoros en bolsas de plástico, en el fondo del patio junto a un gallinero donde había gallinas y patos. Allí estaba mi título de Periodista de la Norte, el recorte de la foto de El Mercurio y el certificado de práctica de La Moneda. Todo celosamente protegido y con ocho dobleces en dobles bolsas… Todo guardado como estos recuerdos que se van esfumando con los años…

Puedes descargar este artículo en formato PDF.


ALUMNOS-MÁRTIRES ILUMINAN EL CAMINO DE LAS NUEVAS GENERACIONES DE PERIODISMO. EL BRUSCO FIN DE UNA QUIMERA

El sol asomaba tímidamente la mañana del martes 11 de septiembre de 1973, mientras se desarrollaba la clase de Publicidad en una de las salas del pabellón A de la Universidad del Norte (UN), que aún sobrevive a la modernización de la infraestructura que hoy muestra esta casa de estudios.

Como ocurría entonces, y suele pasar todavía, la sala recibía de a gotas a los estudiantes que presurosos se incorporaban en el primer bloque de la mañana. Uno de los últimos en llegar, poco antes de las 8.30 horas, nos dio la noticia de la sublevación de los militares en Santiago. Sabíamos que el golpe rondaba cada vez con mayor certeza, pero sin decirlo abiertamente, confiábamos en que el llamado a plebiscito que haría el Presidente Allende, frenaría cualquier asonada.

Y si esto pasaba, como el 29 de junio, creíamos que las tropas leales  comandadas desde agosto por el general Augusto Pinochet, sofocarían el intento. La clase con la profesora Carmen Gloria Donoso terminó de forma abrupta y pronto escuchábamos Radio Magallanes, que a la postre fue la última en ser acallada por los bombardeos. Una cadena de radioemisoras dominaba el dial, con marchas militares, interrumpidas para emitir comunicados de la junta golpista.

Como si estuviese establecido, todos corrimos hacia el sector sur del casino a mirar qué pasaba con los militares, cuyos cuarteles estaban cercanos a la universidad. Había que tomar la UN. Aparecieron algunos cascos de fibra y palos, los mismos que muchas veces acompañaron a los universitarios en las marchas en dirección al centro, donde desde los últimos meses se enfrentaban las columnas de la Unidad Popular-Mir con la brigada de choque del Partido Nacional (Rolando Matus), grupos de Patria y Libertad y de la Democracia Cristiana. Era parte de la rutina, muestra irrefutable de la profunda crisis de la sociedad chilena, que llegó a dividir inclusive a las familias.

Los centenares de estudiantes, profesores y no académicos, ubicados junto al casino, esperaban órdenes. Nadie sabía de quién y para qué. La primera idea fue defender el recinto, pero era imposible, cualquier acción podría ser sólo simbólica. Crecía la incertidumbre, más aún cuando se observaba cómo vehículos blindados y de transporte de personal del Ejército se dirigían por la costanera hacia el centro de la ciudad a ocupar el edificio de la Intendencia y de servicios claves y estratégicos. En tanto, algunas tropas de infantería tomaban posición detrás de los regimientos y con cara hacia la universidad, cercanos a las cabañas del hogar universitario que cobijaba a estudiantes de la Norte.

Los rumores surgían con hipotéticas situaciones. Uno de éstos decía que el general Carlos Prats había asumido el mando de la división acantonada en Concepción y con ella marcharía sobre Santiago. También que algunos generales leales a Allende no lo abandonarían, como tampoco los carabineros que custodiaban La Moneda.

Escuchamos el último discurso del mandatario por Radio Magallanes, con una mezcla de pena e incertidumbre por lo que vendría. Sin embargo, todavía abrigábamos esperanzas de reacciones en todo el país, especialmente de trabajadores de los cordones industriales de Santiago y de estudiantes que, suponíamos, se habrían tomado todas las universidades.

El Comandante en Jefe de la I División, general Joaquín Lagos Osorio, asumió el mando como delegado de la Junta de Gobierno y la provincia fue declarada Zona en Estado de Sitio. El toque de queda fue fijado para las 15.00 horas.

La realidad fue recibida de manera brutal. Había que abandonar la universidad ante lo que considerábamos inminente ocupación por los militares. Cualquier resistencia hubiese significado un baño de sangre. Para muchos fue la última vez que nos vimos. En la noche, los uniformados revisarían cada rincón de la casa de estudios, sin encontrar armas, elementos que estimaban había en el recinto.

Al agitado regreso a las casas familiares y pensiones universitarias, siguió la quema de libros, revistas, documentos y otros elementos que pudiesen identificarnos como partidarios o simpatizantes de la Unidad Popular u otros grupos de izquierda. No podíamos involucrar a quienes nos cobijaban como pensionistas.

La biblioteca de la Universidad del Norte fue víctima de un ataque de “barbarismo a la cultura”; numerosos volúmenes fueron destruidos y quemados, como si por el simple hecho de hacerlos desaparecer, iban a detener las ideas y los cambios sociales.
El día 12 fue el turno de los jóvenes alumnos albergados en las cabañas (uno de los pensionados universitarios), situadas en la parte sur de la universidad, frente a las ruinas de Huanchaca. Militares y carabineros irrumpieron por varios sectores, detuvieron y golpearon a los universitarios antes de llevarlos al retén Playa Blanca, en la esquina de calle Mauret Caamaño con la costanera. Era el preludio de lo que ocurriría después.

Los días posteriores al golpe los antofagastinos acogieron la recomendación de demostrar su apoyo a la Junta Militar a través del embanderamiento de las casas. El emblema nacional fue izado en la mayoría de ellas, inclusive en aquéllas ocupadas por quienes serían víctimas del régimen que se implantaba. Había temor y para disipar cualquier sospecha, se cumplió con la sugerencia.

Ese día también hubo necesidad de saber el paradero de familiares y amigos, todos estudiantes provenientes de otras ciudades. Con indisimulado nerviosismo fuimos recorriendo las calles céntricas hasta llegar a nuestro destino, Latorre, al norte de Avenida Argentina, evitando aquellas arterias donde habían patrullas militares con vehículos blindados o de infantería. Fue posible observar el allanamiento de barrios completos, aledaños a la citada avenida, mientras camiones repletos de soldados, la mayoría conscriptos, pasaban raudos hacia las poblaciones al oriente de la avenida Miramar, hoy Andrés Sabella.

Días después, a través del diario “El Mercurio”, la autoridad militar informó que en el pasaje Galvarino fue hallada “una gran cantidad de dinamita en cartuchos preparados con fulminantes y guías, enterrados junto a un cierro”. Sin duda, una justificación para los allanamientos y aprehensiones que se sucedían uno tras de otro.

El toque de queda se levantaba a las 6 de la mañana, hora en que debíamos ir a formar la fila en la panadería, ubicada en calle de 14 de febrero, entre Orella y 21 de mayo, hoy desaparecida. Silencio sepulcral. Nadie comentaba los hechos de los últimos días. Esta situación fue rota por el paso de un avión de combate de la Fach, de sur a norte, que disparó, al parecer misiles, que impactaron al interior de la cordillera de la costa, supuestamente sobre fugitivos o pirquenes.

Otro hecho nos llamó la atención a los pocos días del golpe. Por obra de magia aparecieron alimentos y otros artículos que hasta el 11, no se hallaban en los negocios. En realidad hubo carencia de muchos productos, pero también acaparamiento que luego generó el mercado negro. Conocidos comerciantes de la plaza participaron de esta campaña que acrecentó la crisis de los alimentos de primera necesidad.

Un día crítico.

El sábado 15 dejó marcas imborrables en mi memoria. Como a las 10 de la mañana, en la esquina de calles Uribe y Esmeralda, encontré a mi amigo y compañero de curso y de partido, Luis Alaniz Álvarez. Ambos estábamos nerviosos, más aún cuando la autoridad militar advirtió que no podían formarse grupos en ningún lugar. Claro, éramos sólo dos, pero alumnos de la Carrera de Comunicación Social (Periodismo), que días después sería calificada como “guarida de marxistas”.

Luis estaba muy preocupado porque varios compañeros aparecían en las listas publicadas por “El Mercurio” (pronto estaría él en ellas) y que correspondían a las citaciones perentorias del Jefe de Zona en Estado de Sitio para que se presentaran en la Intendencia. Algunos ya estaban detenidos, así como amigos de poblaciones del cordón marginal de Antofagasta.

Corrían rumores de la captura y muerte de dos trabajadores mineros que usaban explosivos en las faenas, al parecer dinamita. Luis dijo que uno de ellos era cercano a él. Nunca supe si el rumor tenía algún grado de verdad. Estaba inquieto porque había delatores que avisaban a carabineros y a los militares sobre la ubicación de algunos trabajadores y estudiantes buscados.

Tenía razón porque uno de los bandos aseguraba que “la ciudadanía entera tiene el deber moral de denunciar a quienes promueven o participan en estos cobardes actos, informando oportunamente al personal militar sobre actitudes sospechosas de personas o grupos de personas. El verdadero chileno debe rechazar a los grupos extremistas que pretenden continuar con el odio que durante tres años han engendrado en nuestra patria y que es necesario desterrar”.

Sabíamos que varios jóvenes izquierdistas habían buscado refugio en hogares de amigos o conocidos, en poblaciones alejadas del centro. Como en la Alemania nazi, algunos permanecieron ocultos en entretechos de algunas viviendas; otros cambiando refugios, intentando huir de los perseguidores.

La libertad de expresión fue ahogada definitivamente a través del Bando Nº 29 firmado por el general Joaquín Lagos Osorio. Éste en parte expresaba: “Cualquiera persona o funcionario de cualquier nivel que se le sorprenda haciendo comentarios desfavorable o injuriando a la Junta Militar de Gobierno, deberá ser suspendido de inmediato de sus funciones y entregado a los tribunales militares constituido en tiempo de guerra”.

La despedida con Luis fue emotiva. Sin palabras, un fuerte y prolongado abrazo. Él iría a Calama, me aseguró, mientras yo regresaría a mi tierra, Iquique. En realidad se dirigió a Arica donde fue capturado.

Enseguida, y junto a dos familiares y un amigo de apellido Ovalle (no recuerdo su nombre), nos dirigimos rápidamente a la estación del ferrocarril ubicada en la calle Valdivia porque pronto partiría un convoy con rumbo a la estación Baquedano, donde abordaríamos, supuestamente a las 5 de la tarde, el Longino (el tren Longitudinal Norte) que venía desde La Calera. Sólo queríamos alejarnos lo más pronto de Antofagasta, con la única maleta y un bolso con las escasas pertenencias de un estudiante proveniente de otra provincia.

La espera se hizo eterna ya que el convoy proveniente del sur, repleto de nortinos como nosotros, sólo llegó a la una de la madrugada del día siguiente. Parecían horas eternas, de más de 60 minutos, que se hicieron más duras por el hambre, la sed y el frío que debimos soportar. El trasbordo no fue expedito, lo que aumentó la angustia porque pensábamos que en cualquier momento aparecerían los militares.

No recuerdo bien, pero, al parecer, llegamos a la estación ferroviaria de la calle Esmeralda, en Iquique, a media mañana, sin dormir y amontonados en los pasillos de los vagones. Como viajamos cerca de una de las puertas, bajamos rápidamente y nos dirigimos a pie por la calle Obispo Labbé hacia el sur. Apenas habíamos caminado unos 100 metros cuando llegaron camiones repletos de soldados que cerraron las puertas de la estación y allanaron a los viajeros. Hubo varios detenidos.

La incertidumbre se mantuvo por varios días, porque ignoraba si algún día podría regresar a Antofagasta y retomar los estudios de periodismo. Estaba complicado porque mi padre era militar, quien años después contó que varios de sus compañeros de armas fueron detenidos el día 10 y en fechas posteriores, acusados de ser proclives a la Unidad Popular. Con el tiempo, se ha probado que estas detenciones también ocurrieron en otras guarniciones.

En Iquique me enteré de la muerte de mi amigo, compañero de curso y coterráneo, Nesko Teodorovic. En Antofagasta supe que fue asesinado junto a su esposa Elizabeth Cabrera, asistente social que atendía junto a las demás profesionales en la desaparecida Casa Quinta, en el área que ahora se conoce como Los Pastos.

Fueron muertos el sábado 15 de septiembre, el mismo día de la despedida con Luis Alaniz y del angustioso viaje en tren a mi natal Iquique.
Recuerdo que siete iquiqueños formamos parte de la generación 1971 de la carrera de Comunicación Social (Periodismo): Lucía Bahamondes, Luis Espinoza, José Márquez, Susana González, Nesko Teodorovic, Daniel Torrales y yo.

En octubre supimos que se reabriría la carrera de Comunicación Social y que podía regresar. Así ocurrió. El viaje de retorno también fue accidentado porque el bus de la empresa Fénix Pulman Norte fue detenido en varias ocasiones por los militares y los pasajeros varones tuvimos que bajar. Revisión de documentos y comprobación si nuestros nombres aparecían en largas listas de personas buscadas; razones del viaje, militancia política. Empujones e insultos si las respuestas no parecían satisfactorias. Nadie respondía, sólo silencio ante las agresiones.

Regresamos a clases. Cambios en la planta de profesores. El director de El Mercurio de Antofagasta, Mario Cortés Flores (quien años después se convirtió en el primer decano de la Facultad de Humanidades); el subdirector, Alfonso Castagneto Rodríguez, y el jefe de Deportes, Homero Ávila Silva, se integraron al staff. Debido a nuevas exoneraciones, asumieron Sergio Prenafeta Jenkins (director del Departamento) y Juan Pablo Cárdenas (jefe de Carrera); este último luego un acérrimo opositor a la dictadura a través de su condición de director de la revista “Análisis”. De la treintena de alumnos del curso, sólo regresamos 10. Quizás fue la generación de periodismo más golpeada por la asonada militar. Fusilados, exiliados, relegados, encarcelados, la mayoría torturados. Un triste récord.
La red de emisoras de la Junta de Gobierno sólo informaba a través de bandos o comunicados sobre acciones de la cúpula golpista, al tiempo que armaba una estrategia comunicacional orientada a convencer a la comunidad nacional sobre las razones de la asonada, bautizada pronto con el eufemismo “pronunciamiento militar”. El mensaje estaba centrado en establecer la condición de buenos o malos chilenos, según apoyaban o no al nuevo régimen. Para romper la comunicación unidireccional, en las noches escuchábamos Radio Moscú, que a través del espacio “Escucha Chile”, nos informaba de lo que ocurría en nuestro país. En ocasiones también sintonizábamos emisoras argentinas.

La muerte de Luis.

La historia de la muerte de Luis Alaniz es conocida. Fue brutalmente torturado y acribillado en la quebraba del Way a primera hora del 19 de octubre de 1973, a manos de integrantes de la Caravana de la Muerte. También es conocido el obsequio de su chaqueta al sacerdote jesuita José Donoso, quien lo asistió espiritualmente antes de su muerte.

Aquí aparece en el recuerdo un personaje de triste memoria, el entonces coronel Adrián Ortiz Gutmann, comandante de la Escuela de Unidades Mecanizadas (Escuela de Blindados), quien facilitó dos vehículos (patentes están en el libro de registros de Gendarmería) para secuestrar desde la cárcel pública a los 14 detenidos, amarrados y con la vista vendada y llevarlos a la quebrada del Way, donde fueron acribillados y, según testimonios posteriores del entonces subteniente y hoy general (R) Gonzalo Santelices Cuevas, algunos atacados con corvos.
El jefe de Zona en Estado de Sitio, general Joaquín Lagos, declaró años después que las víctimas fueron llevadas en los mismos camiones hasta la morgue del hospital regional, donde quedaron a la vista de cualquier persona. El padre Donoso fue el encargado de dar la triste noticia a los familiares. Ortiz Gutmann fue designado comandante en jefe de la I División del Ejército, con asiento en Antofagasta y, por tanto, Jefe de Zona en Estado de Sitio. Murió el 21 de febrero de 2012 mientras era procesado por violaciones a los derechos humanos.

Mientras transcurrían los días, supimos por la prensa y por informaciones de otras fuentes de la muerte de otros amigos, también estudiantes de la Universidad del Norte, con quienes compartíamos ideales políticos y la necesidad de una sociedad más justa. No había dudas que el golpe de estado fue preparado con mucha antelación, ya que el trabajo de inteligencia fue muy prolijo.
Las organizaciones obreras, vecinales y estudiantiles estaban infiltradas. Esto quedó de manifiesto cuando en una ocasión aparecieron en la universidad dos alumnos vestidos de militar.

Detenidos en la cárcel.

El 28 de septiembre, la autoridad militar entregó una lista de 47 personas detenidas en la cárcel pública de calle Prat. Entre éstas habían académicos y estudiantes de la Universidad del Norte, especialmente de la carrera de Comunicación Social: Estefan Larenas Riobó, Héctor Cooper Tamayo, Tomás Müller Salomón, Eugenio Ruiz Tagle Orrego, Héctor Vera Vera, Juan Ruz, Daniel Trigo Villalobos, Gilberto Choque Basau y Miguel Manríquez Díaz.

Cambios en la universidad.

Nada fue igual en la universidad. Mientras el gremialismo se organizaba en torno a la federación de estudiantes, los demás guardaban silencio. Lejos quedaba el intento de co-gobierno, de participación inédita para académicos y alumnos, teniendo el honor de ser uno de los seis consejeros estudiantiles de la carrera.

El lunes 18 de marzo de 1974, el Vicerrector de sede, Enrique Ferrando Núñez, quien había sucedido al periodista y profesor de nuestra escuela, Héctor Vera Vera, inauguró el año académico. Se intentaba normalizar el trabajo universitario.

A comienzos del mes se anticipaba el fin de un área relevante de la casa de estudios. La universidad ofrecía mil vacantes, pero advertía que algunas carreras de la Facultad de Arte, Educación y Ciencias Humanas, no recibirían alumnos. Entre ellas, Periodismo, Antropología y Arqueología. Enrique Ferrando afirmaba en la prensa que “el no recibir estudiantes en algunas carreras, en ningún caso significa el cierre total de ellas. Sólo se trata de racionalizar la entrada y entrega de profesionales altamente capacitados y en número acorde a las reales necesidades de la región”.

En otro ámbito, el jueves 21, a las 18.00 horas, la autoridad universitaria entregó la ex Sala Ercilla al presidente del Centro Español, Julio Marín Pérez, concluyendo un ciclo de cinco años de valoración cultural de la región. Una minoría de socios de la entidad hispana determinó la no renovación del arriendo del local situado en el Paseo Prat al llegar a San Martín. La excusa: el funcionamiento de un café al estilo madrileño, lo que nunca ocurrió.

El cierre de la Sala Ercilla coincidió con el comienzo de un período oscuro para la cultura regional y nacional. Artistas y académicos sufrieron los rigores de la dictadura, como ocurrió con el maestro Waldo Valenzuela, los actores de la Compañía de Teatro de la Universidad de Chile, sede Antofagasta, cuyo local de calle Condell fue allanado en busca de armas. El caso más singular ocurrió con el vate y periodista, Andrés Sabella Gálvez, quien luego de recibir la distinción Doctor Honoris Causa de la Universidad del Norte, fue exonerado al año siguiente.

Desde 1974 hacia delante la provincia fue declarada en Estado de Emergencia; esta medida de excepción, en sus distintos grados, fue ratificada una y otra vez hasta que años después fue derogada. Las universidades fueron intervenidas y asumieron en calidad de rectores delegados Rubén Bustos Lynch en la sede de la Universidad de Chile, Alejandro Martinetti en la sede de la Universidad Técnica del Estado y Hernán Danyau Quintana en la Universidad del Norte. Como se esperaba, en esta última casa de estudios, fueron cerradas paulatinamente algunas carreras del área humanista y ciencias sociales, donde se concentraba la mayor parte de estudiantes militantes y simpatizantes de la Unidad Popular y del MIR. Pero hubo más, la Universidad del Norte perdió sus sedes de Arica e Iquique, que se convirtieron en las Universidades de Tarapacá y Arturo Prat.

Ya no se confrontaban ideas al interior de la universidad, pero los jóvenes participaban de la Fiesta de la Primavera, como las demás organizaciones educacionales y sociales de la ciudad. Asimismo, se participaba en los desfiles obligatorios cada vez que visitaba la ciudad el general Pinochet. Si hasta hubo una banda de guerra.
Frente al mar.

El 1 de noviembre pasado visité la tumba de mi amigo y compañero Luis Alaniz Álvarez, en el cementerio general, situada frente al mar, mirando al antiguo puerto antofagastino. Yace junto a otras víctimas: Guillermo Nelson Cuello Álvarez, Dinator Segundo Ávila Rocco, Mario del Carmen Arqueros Silva, José Boeslindo García Berríos y Miguel Hernán Manríquez Díaz. En la tumba de este último, joven socialista, egresado de la carrera de pedagogía en Educación Física de la Universidad del Norte, hay una pequeña placa con una breve frase, que resume el sentir de millones de chilenos, a 40 años del golpe militar: “Tiempo ni muerte borran ideas”.

Las víctimas de la Universidad del Norte.

Estudiantes fusilados en Antofagasta:

1) Luis Alaniz Álvarez; alumno de Periodismo.

2) Nenad Teodorovic Sertic, alumno de Periodismo.

3) Miguel Manríquez Díaz, alumno de Educación Física.

4) Washington Muñoz Donoso, alumno de Historia y Geografía.

Fusilado en Tocopilla:

5) Freddy Araya Figueroa, alumno de Electrónica.

Detenidos Desaparecidos:

6) Juan Carlos Andrónico Antequera, alumno de Sociología.

7) Carlos Alberto Aracena Toro, alumno de Construcción Civil.

Funcionarios Fusilados:

8 ) Elizabeth del Carmen Cabrera Balarriz, asistente social.

9) Luis Muñoz Bravo, representante de los no académicos, adscrito al Departamento de Química.

10) Eugenio Ruiz-Tagle Orrego, ingeniero, ex secretario General de la Universidad del Norte.

Descargue este artículo en formato PDF.

EN CLAVE DE CORREO Y EN CLAVE DE ALMA: A 40 AÑOS DEL GOLPE DE ESTADO EN CHILE

Hoy 11 de septiembre de 2013, está gris afuera, llovizna… y al recibir unos e-mails de amigos(as) que han visto en TV y otros medios y testimonios que no conocían y hasta no creían y manifiestan su dolor-horror por lo ocurrido, hasta desvelándose anoche, y me señalan que Dios quiera nunca más vuelva a ocurrir me hizo lacrimear un poco. En verdad, siento pudor. Esto último no es posible compararlo con lo que nos ha ocurrido hace cuatro décadas. Y si lo comparo con lo que habrán sufrido y siguen sufriendo los familiares de Nenad -Nesko- Teodorovic, Elizabeth -Lula-Cabrera, Luis Alaniz y todos los que fueron torturados, exiliados, relegados, cesantes, perseguidos y que tienen detenidos desaparecidos… no tiene ningún significado ni sentido.

Por ello, temo que al escribirte mi testimonio caiga solamente en un ‘yoísmo egocentrista’ porque lo que me ocurrió y lo que viví en nuestra – mi Universidad del Norte y Católica del Norte:

Que echaran de inmediato del golpe a la mamá de mi hija, Dora Vergara, no me consideraran 14 documentos para el encasillamiento de 1974, perdiendo varios grados; me exoneraran el 8 de abril de 1980 y sólo devolviéndome los fondos del FIUN; y que no me reintegraran los gastos equivalentes a un sueldo mensual cuando dejé la Universidad en mayo de 1995 (volví a trabajar en marzo del 90 y fui el profesor 17 del área de Educación, Ciencias Sociales y Humanidades donde hubo más de 200 académicos…

¡No es comparable con lo que otros(as) han sufrido!

En verdad me fui de mi -ahora- UCN, de Antofagasta, de Chillán y de Chile (al exilio) muy apesadumbrado, con mucho dolor y diciéndome que no volvería nunca…

Pero volví y si hubo pesar ya no lo hay… sólo que el dolor por la muerte de mis familiares más amados, seres humanos, sueños y utopías… aún persiste… y sé que debo ir transformándolo en pena.

Pena que mitiga el afecto que siento cuando visito nuestra Escuela y Alma mater que se levanta poco a poco de su jibarización, buscando re-encontrar su esencia (que nada tiene que ver con técnicas y tecnologías); el reencuentro con los actuales colegas y ex-alumnos de la generación de 1973,  después de 35 años; los abrazos de amigos(as) y colegas que tanta ayuda me brindaron; y los besos de mi hija, nietos y familia toda…

Felicitaciones a la Pastoral por el acto de reparación moral de la UCN que realizaron en diciembre. Un abrazo y sinceros saludo solidarios desde Temuco.

Puedes descargar este artículo en formato PDF.