Marguerite Barankitse: una luz en la oscuridad de Burundi

José María Algueruari

África, continente cuya superficie representa el 20 % de las tierras emergidas y cuya población alcanza la cifra imponente de 1.000.000.000 habitantes, es también el continente que cuenta con el 37 % de los conflictos graves que hay en el mundo. Son étnicos, políticos, sociales o económicos. De los 88.000 cascos azules de la ONU que están en servicio activo, 61.000 están concentrados en África. La población tiene la tasa de crecimiento más elevada del planeta, pero los cinco países con la esperanza de vida más débil son africanos, sobre todo a causa del Sida, que

afecta a 22 millones de personas. El “continente negro” adolece de otros males como la malnutrición, el hambre, la falta de agua potable y las epidemias. Además, varias naciones tienen una deuda muy alta.

En el centro del continente, se ubican los cuatro países que conforman la llamada “África de los Grandes Lagos”. Uno de ellos es Burundi, que junto con Ruanda, Uganda y la República Democrática del Congo, tiene una historia marcada, desde la mitad del siglo XX, por dictaduras y matanzas.

Burundi.

En Burundi, pequeño país de 28.000  Km2 y una población de casi 9.000.000  habitantes, existen tres grupos étnicos: los hutus, los tutsis y los twas o pigmeos. A lo largo del tiempo, la sociedad burundesa se estructuró en dos clases: los hutus y los tutsis, división que se acentúo durante la

colonización, la cual se apoyó en los tutsis en detrimento de los hutus.

Después de la independencia, otorgada en 1962, las tensiones y los asesinatos fueron en aumento. En 1965, hubo millares de víctimas hutus; en 1972, una rebelión hutu fue reprimida violentamente y hubo entre 100.000 y 300.000 muertos; en 1888, se repitieron las matanzas; en 1993, una lucha opuso el ejército tutsi a los milicianos hutus, guerra civil que duró doce año y dejó un saldo que se estima en más de 200.000 víctimas.

En el Burundi actual, hay mucha corrupción, el 20 % de la población tiene Sida, la esperanza de vida llega sólo a los 46 años.

En ese contexto de pobreza, de enfermedades, de violencias y de muerte, aparece una mujer excepcional: Marguerite Barankitse.

El Ángel de Burundi.

Marguerite Barankitse, que prefiere ser llamada simplemente Maggy, nació en 1953, en Ruyigi, una aldea pobre cerca de la frontera tanzaniana, en el seno de una familia aristocrática tutsi. Huérfana de padre a los cinco años, fue educada, junto con su hermano, por una madre que tenía siempre la puerta de su casa abierta “para todos los hijos de Dios”. En la mesa de los Barankitse, comían hutus, tutsis y twas.

Maggy, que era profesora, empezó su obra social acogiendo en su casa a una huerfanita hutu, Chloé. Esta niña, que 12 años después sería médico,

fue la primera de una familia de siete hijos adoptados por Maggy: 4 hutus y 3 tutsis.

Al presenciar las matanzas que siguieron el asesinato del presidente hutu de la República Burundesa, Melchior Ndadaya, Maggy se colocó al alero del obispado, donde trabajaba como asistente, lo que le permitió esconder a muchos hutus perseguidos por los tutsis. Un día de octubre 1993, arriesgando su vida, a pesar de haber sido desnudada y maltratada, rehusó entregar las llaves de la sala donde estaban los refugiados. Los asaltantes, sin embargo, lograron entrar en el local y asesinaron a golpes de machetes y cañas de bambú  a 72 hombres y mujeres, ancianos y

niños. Los siete hijos de Maggy, que se habían escondido en la sacristía, se salvaron junto otros 25 compañeros. Ella misma, con Chloé, enterró a los 72 muertos junto con las carretillas en las cuales habían sido transportados, en una fosa común y reunió a los 32  rescatados en una escuela caída en desuso. El impacto de  la matanza sobre Maggy al mismo tiempo que el “milagro” de la supervivencia de los  niños sellaron su destino: el rechazo absoluto al odio fratricidio y la creación de casas para las pequeñas víctimas.

La antigua escuela, bautizada Casa Shalom, fue la primera de 400 casas. Con la ayuda de los católicos alemanes y luxemburgueses, las Casas Shalom se estructuraron como ONG. Maggy donó a sus 10.000 hijos los terrenos de sus propios padres en Nyamutoto, donde se construyó una aldea entera. En Ruyigi, edificó un hospital, donde trabajan actualmente ocho médicos, entre ellos Chloé. La pobreza es grande, los estetoscopios son de madera, pero Maggy, católica ferviente, hizo construir una capilla al lado del edificio para que hubiera para los enfermos y los familiares

de los difuntos un lugar de recogimiento, donde realizar funerales dignos.

En un país, donde doce años de guerra civil han provocado la muerte de 350.000 personas y dejado a 650.000 huérfanos, son muchas las necesidades de todo orden. En 2004, en el campo militar de Rugazi, donde estaban recluidas 200 excombatientas de la rebelión, Maggy, llamada a veces “la loca de Ruyigi”, se hizo cargo de los 90 bebés prohibidos en el recinto y se esmeró en devolver algo de dignidad a esas mujeres recientemente desmovilizadas. Además, el Ángel de Burundi, como también la apodaron, lanzó un programa de ayuda a la reinserción de los niños guerreros para que recuperaran el sentido de la paz y el respeto de la vida. En casas de cinco jóvenes, adquieren una nueva denominación,

ya no son hutus, ni tutsis ni twas, sino “hutsiwas”. El último proyecto de Maggy: inaugurar una maternidad en Nyamutoto para 243 bebés hoy repartidos en cinco pueblos.

Los reconocimientos oficiales.

Son muchas las distinciones humanitarias que Maggy ha recibido tanto de Europa como  de los Estados Unidos: Premio de los Derechos Humanos del Gobierno Francés (1998), Premio Norte-Sur del Consejo de Europa (2000), Premio por los Derechos del Niño (2003), Premio Juan María

Bandrés de España (2003), Four Freedom Award de los Estados Unidos (2004), Nansen Refugee Award del Alto Comisionado de las Naciones Unidas  para los Refugiados (ACNUR) (2004), Premio Opus de los Estados Unidos (2008)  y otros reconocimientos de Italia y Galicia.

Recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Lovaina-la-Nueva (2004), el título de Caballero de la Legión de Honor de Francia (2009) y el Patronato de Honor del Bureau Internacional Católico de la Infancia de Ginebra (2009).

Fue invitada a la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos (2009), donde intervino con un mensaje donde denunció a los

asesinos de la guerra civil que empezó en 1993 y duró 12 años, los cuales no tuvieron ninguna vergüenza en matar y siguen yendo a misa “sin mostrar en su rostro vergüenza alguna”.  Hizo un llamado a favor de tantos niños de la calle, niños soldados, niños brujos, etc.: “Tened el valor de abrirles las puertas de vuestros obispados, conventos, casas para ofrecerles la identidad, el afecto de la familia. Imitemos al obispo de Los Miserables de Víctor Hugo que abrió las puertas de su catedral, de noche, para ofrecer hospitalidad a todos los pobres. Sí, debemos tener el valor de hacer de nues

tra África un lugar donde se pueda “vivir” bien” (1).

Una personalidad heroica.

Maggy estima que no debería recibir ningún premio “porque sólo está haciendo un trabajo ordinario”. Cada vez que le anuncian una recompensa, se extraña, pero la recibe por el bien de sus miles de protegidos, niños y adultos.

Ella quiere dar a los niños el sentido de la vida de familia. Trabaja en unión con la UNICEF, llegando a lugares donde nadie llega. Es una auténtica heroína. En un país dominado por el ruido del horror, supo oír la voz de la esperanza. Siempre luchó contra las injusticias sociales. Ahora, ha pasado a ser un ícono de la caridad universal. Es una santa que trabaja, que provoca y vitupera contra las instituciones y los sistemas, consciente de que la misión que Dios le haconfiado la sobrepasa, pero que sabe que dando amor a los  niños, se crea la posibilidad de un futuro mejor: ellos pueden cambiar el mundo. Les enseña que el primer valor es la paz y el respeto de la vida, que es algo sagrado. Los niños son suyos: “El niño que ha matado y violado no es sólo un criminal, es mi hijo, es mi hermano, es mi hermana”.

El mensaje de esta mujer de familia real, cuyo rostro de rasgos finos está siempre iluminado por una sonrisa y la alegría de vivir, y que lo ha entregado todo es que “el mal nunca tendrá la última palabra, es el amor que triunfa y juntos se puede construir”.

Matteo Ricci y sus compañeros en la China del Siglo XVII

Para los occidentales, China ha sido siempre un país desconocido y misterioso. La inmensidad de los territorios, la  numerosa población y la antiquísima cultura de este gigante llamado China, Imperio del Medio, Imperio Celeste o Cathay han suscitado, en forma constante, interés y  curiosidad.

La constatación, hecha ya por San Francisco Javier, que la cultura china había ejercido y ejercía una influencia extraordinaria sobre países tan avanzados como Japón y Vietnam, hizo ver a los jesuitas que evangelizar el pueblo chino debía ser una de sus metas principales. De hecho, lograron su objetivo a fines del siglo XVI, reanudando así una tradición misionera que remontaba al siglo VII, pero que se había extinguido en el siglo XIV.

El cristianismo en  China.

Misioneros cristianos nestorianos, que afirmaban la existencia de dos personas en Jesucristo en vez de una sola, habían llegado a la China en el siglo VII y habían multiplicado el número de los fieles con bastante éxito. El destacado franciscano Juan de Montecorvino (1247-1328) había tenido mejores resultados aún, pero a la larga las persecuciones y la falta de misioneros acabaron con el cristianismo en el suelo chino. En 1552, San Francisco Javier moría en la isla de Sancián, a diez kilómetros de la costa, sin poder realizar su gran deseo de penetrar en el continente. Otras misiones organizadas desde las Filipinas por los agustinos, los dominicos y los franciscanos habían fracasado. Cuando Matteo Ricci entró a la China, habían pasado más de 200 años después de la extinción de la fe cristiana en el imperio. Esos hechos y las horrendas persecuciones sufridas por los cristianos en Japón hicieron replantear los métodos apostólicos de los misioneros. Los jesuitas, a diferencia de las demás órdenes que evangelizaban los campesinos por miles, pero los dejaban indefensos en caso de  hostigamientos y persecuciones, pensaron que era más conveniente conquistar a las elites y dar a la Iglesia bases más sólidas aunque más lentamente aseguradas y con menos resultados visibles en los primeros tiempos. Así fue como Matteo Ricci, y con él los compañeros que le fueron enviados, siguieron las directivas de adaptación de su cofrade Alejandro Valignano (1539-1606), Visitador de las Indias Orientales, quien proponía una actividad apostólica inculturada. Entendían que no serían aceptados en China sino como letrados y sabios. Las persecuciones tenían como motivo o pretexto el hecho que el cristianismo era una religión extranjera. Era necesario, entonces, mostrar que la nueva religión no se oponía a lo existente, sino que venía a enriquecerlo. Para lograr este objetivo, era indispensable conocer a fondo la cultura china y dominar el idioma, además de demostrar lo valioso que era el aporte de los cristianos a la cultura nacional. A esto ayudaron  las contribuciones científicas de los misioneros hechas con humildad y manifestando siempre un gran respeto por las realidades de la China, aun cuando ellos iban en contra de ciertas tradiciones muy antiguas. Es así como demostraron que el calendario mahometano tradicional usado en el Imperio estaba errado y que los sabios nacionales no eran capaces de predecir los eclipses de sol, acontecimientos muy importantes en la vida del emperador y del pueblo chino. Ayudaron también a construir cañones y a enseñar una manera rápida de implementar un arsenal para defender el territorio contra los ataques de los tártaros.

El pionero: Matteo Ricci

Imagen de Matteo RicciMatteo Ricci nace el 6 de octubre de 1552 en Macerata, ciudad de la región de Las Marcas (Italia). Muchacho, es alumno de los jesuitas de la escuela local. Después viaja a Roma donde empieza los estudios de Derecho y, en 1571, entra al  noviciado de la Compañía de Jesús. Durante sus años de formación estudia matemáticas y astronomía en el Colegio Romano con el célebre profesor también jesuita Cristóbal Clavio. En 1577, prosigue sus estudios en la universidad de Coimbra y se ofrece como voluntario para las misiones del Asia. En el año 1578, se embarca en Lisboa  rumbo a la colonia  portuguesa de Goa, en la costa occidental de la India, donde reside durante dos años.  Es ordenado sacerdote en Cochín, en el Estado de Kerala, el 25 de julio de 1580. El 7 de agosto de 1582, llega a Macao, otro pequeño territorio portugués ubicado en la costa sur de China, donde se dedica al estudio del idioma chino. En 1583,  con un compañero jesuita, particularmente dotado para los idiomas, el Padre Michele Ruggieri (1543-1607), fundador de la misión en China,  logra acercarse a la gran urbe de Cantón, capital de la provincia de Guandsong, donde reciben el permiso de residir. En Zhaoqing, fundan la primera residencia jesuita de China. Los expulsan y se trasladan a Shaozhou, donde se instalan en 1589. Allí Matteo enseña las matemáticas europeas. En 1595, los dos jesuitas, vestidos como letrados chinos, llegan hasta Nankín, gran centro cultural e intelectual, pero los obligan a irse y se quedan en Nanchang, otra ciudad importante del sudeste de China. En agosto de 1597, Ricci es nombrado superior de la misión de China. Su deseo es llegar a la ciudad donde reside el emperador: Pekín. Emprende el viaje en 1598, pero se quedará en Nankín de 1599 a 1600. En esta ciudad, es muy apreciado; lo miran como un sabio y un santo. Wan Li, el decimotercer emperador de la dinastía Ming, lo convoca y Matteo llega a Pekín en 1601. Con Ruggieri, pueden tener su casa y construir una capilla. Matteo multiplica los contactos con los letrados y prepara los regalos que exige el imperador. Desde su llegada a China, no ha cesado de trabajar: confección, en Zhaoqing, de un mapamundi gracias al cual los chinos supieron algo de la existencia de tres continentes: Europa, África y América;  traducción al chino de los Elementos de Euclides con el matemático Xu Guangki; una obra titulada “El verdadero sentido de la doctrina del Señor del Cielo”, en la cual desarrolla la idea de un Dios único, personal  y creador; otro libro sobre “La amistad” publicado en Nankín en 1595; un “Arte de la memoria” en el cual propone construcciones mnemotécnicas; catecismo y libros de religión; textos científicos. También tradujo al latín los “Cuatro Libros”, el condensado clásico de la doctrina de Confucio. Empezó un diccionario chino-latín, precursor del actual  “Le Grand Ricci”, el mayor diccionario del chino mandarín en un idioma occidental. Hizo un nuevo calendario. Inventó un sistema de traslado de los ideogramas chinos al alfabeto latino. Su compañero Diego de Pantoja (1571-1618) fabricaba clavicordios, desconocidos en China.

En 1603, Matteo había  bautizado al primer letrado, su amigo el ministro Xu Guangqi, que recibió el nombre de Pablo. Con gran respeto y amor, Matteo Ricci había empezado con éxito la evangelización de la China a través de la ciencia y de la cultura, pero muere el 11 de mayo de 1610, a la edad de 58 años. Por orden del emperador, es enterrado con honores oficiales, fuera de la capital, en un mausoleo otorgado por el soberano en signo de reconocimiento oficial de la presencia de los jesuitas en China.

A su muerte, ocho sacerdotes jesuitas y ocho hermanos coadjutores de la Compañía de Jesús estaban viviendo en China, repartidos en cuatro residencias y un puesto de avanzada en territorios por misionar. Atendían las iglesias construidas por Matteo. Había 2.500 cristianos en el continente, 150 en la capital.

El nombre chino de Matteo era Li Ma Dou. El pueblo le había dado el título de Doctor Li. El cementerio donde está inhumado y donde fueron enterrados otros jesuitas científicos  -como Adam Schall y Ferdinand Verbiest-  y después otros muchos misioneros de diversas congregaciones y nacionalidades, es un  monumento histórico venerado y actualmente muy visitado. El reconocimiento de la  China hacia Matteo Ricci se tradujo por la emisión, en 1983,  de un sello postal que recuerda su llegada al continente. El sabio y santo jesuita es también la referencia usada por los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI para tratar de superar los diferendos existentes entre el Vaticano y los gobiernos chinos.

Su personalidad.

Matteo fue un hombre de mucha fe  y muy dotado tanto para el estudio de los idiomas como para la música, las matemáticas, la astronomía y las ciencias en general. Era también intrépido: recorrió miles de kilómetros en un país desconocido, sometido a todos los peligros de una naturaleza indómita. Tenía una gran simpatía por los chinos, su cultura, su historia y sus costumbres, lo que le permitió establecer profundos lazos de sincera amistad con varios sabios. Con casi treinta años de experiencia, constataba  que la civilización china se caracterizaba por ser ni agresiva ni expansiva. Según el papa Benedicto XIV, que recalca su genio cultural y científico extraordinario, Matteo “hizo de la amistad el estilo de su apostolado”. Multiplicó incesantemente los contactos con los letrados, a los cuales comunicaba sus predicciones de los eclipses. Fue el fundador de las primeras comunidades católicas de China. Gran trabajador, fabricó relojes que daban la hora, cuadrantes solares, esferas terrestres y celestes, creó instrumentos de música, escribió, tradujo y publicó mucho, dando a conocer el cristianismo y la cultura europea a los chinos y las riquezas de la civilización  china a los europeos. La ciencia y la amistad fueron sus principales medios de evangelización. Logró así fundar por primera vez una Iglesia china permanente.

Otras  figuras señeras.

Recogiendo las experiencias y los métodos de San Francisco Javier, Alessandro Valignano (Quiete, en los Abruzos, 1539-Macao, 20 de enero de 1606) impuso a los jesuitas del Asia una “política” misionera nueva. Era provincial de la Compañía de Jesús para la India, China y Japón. Fundó la primera escuela de lenguas para misioneros, porque veía  la necesidad de un aprendizaje completo de los idiomas locales. Quería también que los europeos dominaran su carácter para evitar  los accesos de ira y llegar a un grado de ecuanimidad que pudieran apreciar los orientales. Impulso la participación en las fiestas y ceremonias. Dio normas respecto de la comida, el vestido, el aspecto corporal, la limpieza: todo debía estar conforme a los usos y costumbres de los nativos. Insistía en la afabilidad. La predicación de la fe debía ser dirigida con prioridad a los dirigentes para poder, con su apoyo, acceder más fácilmente al pueblo y evitar las persecuciones.

Había escrito un “Catecismo para el Japón” y un “Sumario de los Cosas de Japón”.

El alemán Johann Adam Schall von Bell había nacido en Colonia el 1 de mayo 1592 de padres nobles. Después de sus estudios humanísticos en un gymnasium jesuita, siguió sus estudios en el Colegio Romano de Roma, donde fue admitido en la Compañía de Jesús el 20 de octubre de 1611. En 1618, fue enviado a la China.  Llegó a Macao en 1619, pero a causa de las persecuciones no pudo penetrar al Imperio del Medio sino en 1622. Logró entrar a Pekín en 1630. Fue designado para suceder a Ricci. Su nombre chino era Tang Ruowang. Distinguido astrónomo, fue nombrado por Tiangi director del gabinete imperial de astronomía y recibió de él el encargo de reformar el calendario. Escribió en chino importantes obras de matemáticas y astronomía. Fue el asesor de confianza del emperador Shunzhi (1638-1661). Su asesoría en materia bélica fue decisiva para vencer a los tártaros que habían traspasado la Gran Muralla.

Durante sus 20 años de trabajo en el palacio imperial, el sabio jesuita no solamente participó en la reforma general del calendario, sino que solucionó los problemas del mes intercalar así como el del año bisiesto del calendario lunar, supo prever con exactitud los eclipses de la luna, dibujó mapas del cielo y construyó instrumentos de astronomía.

Convirtió a la emperatriz Hsiao Chuang y recibió de Shunzi, en 1650, la autorización de edificar una catedral en el mismo lugar donde Ricci había construido una capilla.

Ocupó diversos cargos como director del Buró Astronómico y jefe del protocolo del Estado, pero fue víctima de una cruel persecución durante los años 1664-1665. Condenado a muerte en 1665, murió el 15 de agosto de 1666 antes de ser torturado.

Ferdinand Verbiest había nacido el 29 de octubre de 1623 en Pittem, pueblo de Flandes (Bélgica). Cursó las humanidades en Brujas y Courtrai y un año de filosofía en Lovaina antes de ser recibido en la Compañía de Jesús en 1643. Completados sus estudios de filosofía en Lovaina, estudió la teología en Sevilla en vista a ser enviado a América del Sur. Fue ordenado sacerdote en 1655. Al  no recibir la autorización de las autoridades españolas para trasladarse al continente americano, obtuvo el permiso del general de la Compañía para dirigirse hacia la China. Llamado a Pekín  por el Padre Adam Schall, trabajó en la reforma del calendario. Descubrió graves errores de cálculos astronómicos, lo que le suscitó varios enemigos. Estuvo en la cárcel, pero un terremoto lo salvó. Poco después, como resultado de un debate sobre astronomía, fue  nombrado presidente del Tribunal de las Matemáticas. Enseñó la geometría al emperador, tradujo Euclides  al manchú y equipó el observatorio de Pekín con instrumentos actualizados. Se cree que construyó el primer vehículo propulsado a vapor, del cual se conoce un dibujo. Redactó muchos libros científicos y dibujó mapas geográficos. Su obra “Explicación ordenada de los rudimentos de la fe” tuvo gran éxito: todavía se imprimió en 1935. Convirtió miembros de la familia imperial, letrados y científicos. Es uno de los 108 héroes nacionales de China. Murió en Pekín el 28 de enero de 1688.

Nacido en Namur (Bélgica) en 1644, Antoine Thomas se hizo jesuita en 1660. Se especializó en matemáticas y astronomía y pidió ser enviado a la China. Llegó a Macao en 1682, a tiempo para observar el eclipse de sol del año 1683. Fue llamado a Pekín por el Padre Verbiest. Pronto fue nombrado vicepresidente del Tribunal de Matemáticas. Al fallecer el padre Ferdinand, Antoine lo remplazó como matemático y astrónomo oficial de la Corte. Durante veinte años, fue el consejero del emperador Kangxi en materias tanto científicas como morales y religiosas.

En 1692, el emperador promulgó un “edicto de tolerancia” que permitía a los misioneros predicar y anunciar la fe cristiana con gran libertad.

Como superior de los jesuitas en China, el Padre Thomas pidió la postergación de la aplicación del decreto del legado pontificio Charles-Thomas Maillard de Tournon que prohibía a los cristianos chinos ciertos ritos antiguos como la veneración de los ancestros y de Confucio. La confirmación de ese decreto por el papa Clemente XI en 1704 tuvo como consecuencia la expulsión de los misioneros en   1721. Pero, el Padre Antoine había fallecido en 1709, en Pekín, donde fue enterrado al lado de su amigo y predecesor, su compatriota Ferdinand Verbiest.

Nacido en Valderomo, al sur de Madrid, en 1571, Diego de Pantoja entró en la Compañía de Jesús en 1583. Se embarcó para la China en Lisboa en 1596 con otros 17 jesuitas. Pasó por Goa y junto con Alessandro Valignano y Niccolò Longobardi (Sicilia, 1559-Pekín, 1654) llegó a Macao, donde estuvo dos años dedicado  al estudio de la teología. Entró a China de manera furtiva en 1599 y se reunió con Ricci  en Nanjing en marzo del año 1600. Ambos llegaron a Pekín el 24 de enero de 1601. Fueron recibidos en la corte imperial con sus regalos, entre ellos un clavicordio cuyo uso fue enseñado por Diego a cuatro eunucos a petición del mismo emperador. Al morir Matteo, Diego consiguió del emperador el privilegio de poder enterrarlo en tierra pekinesa.

De Pantoja se mantuvo siempre fiel a las normas de adaptación de Ricci en contra de Longobardi, que las criticaba. La reacción de las autoridades chinas a la postura del siciliano terminó con el exilio de Diego a Macao, donde falleció el 9 de julio de 1618. Había escrito en chino el “Tratado de los 7 Pecados y de las 7 Virtudes” y había logrado muchas conversiones.  Fue el primero en dar a conocer la larga y arriesgada caminata del hermano coadjutor jesuita Bento de Goes (1562-1607) que comprobó que Cathay y China eran un solo país. Los informes del Padre Diego corrigieron varios errores de los europeos respecto de China. Aportó mucho también a la transcripción del chino al alfabeto latino, empezada por Ricci y terminada por Nicolas Trigault (1577-1628). Cooperó además a la fabricación de relojes  solares y a la medición del tiempo así como a la comprensión del resto del mundo por parte de los chinos.

Otro brillante sucesor del padre Ricci fue Giulio Aleni. Nacido en Brescia en 1582, llegó a Macao en 1610. En 1613 desembarcó en el continente con ropa china y usando las costumbres locales. Fue el primero misionero en la región de Jiangsi. Vivió casi cuarenta años en China. En Fujian, Hangzhou y Jiangzhou, enseñó durante 30 años, construyó veinte iglesias, convirtió a más de 10.000 personas y escribió 24 libros entre ellos un tratado de geografía en seis tomos y una “Vida de Jesús” en ocho volúmenes, publicada en Pekín de 1635 a 1637 y utilizada por católicos y protestantes hasta la mitad del siglo XIX. Difundió la ciencia astronómica y matemática de Europa en los ambientes cultos de la China.

Lo llamaban “el Confucio de Occidente”. Murió en la región de El Fujian el 10 de junio de 1649.

El Padre Martino Martini había nacido en Trento el 20 de septiembre de 1614. Entró en la Compañía de Jesús en 1931. Alumno del famoso Padre Atanasio Kircher en el Colegio Romano, se interesó sobre todo por la astronomía y las matemáticas. Estudió la teología en Portugal y fue ordenado sacerdote en 1639. En 1640, salió de Lisboa rumbo a la China junto con 24 compañeros jesuitas. Llegó a Macao en 1642. Al año siguiente, inició su labor misionera en Hangzhou. En busca de informaciones científicas, viajó hasta Pekín y la gran Muralla. Fue el primer europeo en redactar una obra geográfica y cartográfica sobre China basándose en la tradición cultural del país. Su trabajo, más preciso que el de Ricci, fue considerado como el mejor durante siglos.

En 1651, el Padre Martino salió de China como delegado de su orden para informar la Santa Sede sobre la inculturación misionera de los jesuitas en el continente. El 23 de marzo de 1656, la Propaganda de la Fe promulgó un decreto a favor de la labor de los jesuitas. Pero, como se sabe, la controversia no terminó allí.

En 1658, Martino Martini volvió a la región del Hangzhou, donde construyó una iglesia de tres naves, una catedral, la más hermosa del país. Apenas terminada la construcción, falleció víctima del cólera el 6 de junio de 1661.

Autor del primer atlas que dio a conocer a Europa la inmensidad del territorio chino, es considerado como el padre de la ciencia geográfica china. Compuso la primera gramática china. Escribió también la Historia de la Guerra contra los Tártaros y el fin de la dinastía Ming.

Su tumba en Hangzhou, al igual que tantas otras de los grandes misioneros de la época, ha sido  venerada de generación en generación hasta hoy.

Jean-François de Gerbillon nació en Verdún (Francia) el 4 de junio de 1654. En 1670, entró en la Compañía de Jesús. Después de su formación, fue profesor de gramática y humanidades en varios colegios antes de llegar a China en 1687. Llegó a Pekín con cuatro matemáticos jesuitas franceses. Fue el  intérprete del emperador en las conversaciones entre chinos y rusos respecto de la frontera entre ambos imperios, que concluyeron en 1689 con el tratado de Nertchinsk. De 1688 a 1698 hizo ocho viajes a Tartaria durante los cuales midió la latitud y la longitud de varios sitios. Ayudó al emperador en asuntos científicos y diplomáticos y le enseñó matemáticas. Recibió permiso para construir una residencia y una capilla.

Es autor de libros de geometría y filosofía. El relato de sus viajes en Tartaria ofrece una gran cantidad de datos precisos sobre la tipografía y las costumbres locales así como sobre la vida de los misioneros en la  Corte.

Informado de las decisiones romanas condenando los ritos chinos, murió de pena el 27 de marzo de 1707.

El final de una epopeya.

La epopeya de los jesuitas científicos en China duró un poco más de un siglo, desde 1583, con la llegada al continente de los Padres Ruggieri y Ricci, hasta la muerte del Padre Antoine Thomas en 1709.

Con ella se terminaba la aplicación de la teoría de la inculturación del Evangelio promovida por los jesuitas. Una primera prohibición de los ritos chinos (esencialmente veneración de los ancestros y de Confucio) fue aquella del papa Inocente X en 1645. Alejandro VII los autorizó en 1656, pero hubo de nuevo interdicción por parte de Clemente XI en 1704. Benedicto XIII concedió ocho permisos a los jesuitas en 1721, pero en 1742 Benedicto XIV confirmó la condena de Clemente XI, en forma tal que quedó sellada la interdicción del cristianismo en China y creció el divorcio entre las culturas china y occidental, el cual persiste hasta hoy.

En 1931, sin embargo, en tiempos de Pío XI, el Vaticano permitió de nuevo los ritos manchúes. Actualmente, la inculturación es una dimensión de la misión oficialmente aceptada por la Santa Sede y el 5 de enero de 1984 la Congregación para las Causas de los Santos permitió la instrucción de la Causa de Canonización del Siervo de Dios Matteo Ricci.