Isaac Arce Ramírez: El primer eslabón de nuestra identidad antofagastina

En pleno siglo XXI,  y después de décadas, aún es posible oír en el tarareo de nuestros abuelos una conocida “Antofagasta dormida”, como queriendo eternizar una sensación que se palpa a cada instante de nuestra vida pública. ¿Será que ese tema de Fernando Trujillo, que añora “dinamismo siglo XX” nos representa aún? ¿Nos sentimos orgullosos de ser antofagastinos? ¿Estamos concientes de nuestra memoria? Para Juan Floreal Recabarren, connotado historiador y alcalde de la comuna en dos ocasiones, se trata de un problema hasta geográfico, en que no hay una raíz fuerte hacia la tierra porque normalmente una región donde no hay vegetación y agricultura expulsa al hombre. “El desierto nunca le ha atraído al hombre para vivir como lo ha hecho la agricultura, que le permite vivir, y vivir siempre. Por naturaleza nosotros no tenemos una vocación de un pueblo arraigado, porque el desierto no arraiga”, anticipa el octogenario docente, quien bautizara nuestra urbe como “la ciudad del gran impulso”, perteneciente a la región que aporta actualmente cerca del 50% de las exportaciones del país.

Y a esta ciudad llegó Isaac Arce Ramírez a la edad de nueve años, momento en que el territorio aún pertenecía al Estado boliviano, a sólo seis años de haber sido conformada formalmente la Municipalidad de Antofagasta por el presidente andino, Mariano Melgarejo. Al poco tiempo, el padre de Isaac, Don Jerónimo Arce Olmos, arquitecto que había trasladado a su familia desde Valparaíso enferma gravemente y muere, dejando a Carmen Ramírez Ríos y sus cuatro hijos sin medios para existir. “Siendo muy niño, de edad de trece años, empecé a trabajar y desde entonces he seguido luchando con tesón y perseverancia, sin desmayar un solo instante”, confesaba a su descendencia en el documento “Para mis Hijos”, escrito en 1940. Sólo tres años después, en 1879, a las puertas de la Guerra del Pacífico, y a la edad de dieciséis años, debe integrarse al Batallón Cívico N°1 de Antofagasta, donde se le dio el grado de cabo 2° de la Compañía de Cazadores. Todo un veterano de guerra, en 1882 comenzó lo que serían más de veinticinco años al servicio de la Compañía de Salitres de Antofagasta, lugar que curtió su personalidad hasta hacerlo un hombre férreo y severo, quien ocupó diversos cargos de administración, donde llegó a dirigir a más de quinientos trabajadores.

“Sus empleados superiores, los correctores de la pampa, los vigilantes del campamento, etcétera, se hallan todos agitados en las horas de trabajo por la nutrida sucesión de órdenes, de observaciones, de cuidados que fluyen de su previsión”, escribiría el poeta y periodista, Carlos Pezoa Véliz sobre él en un relato llamado “Un Administrador”. “Regularísimo es él. Sus tareas diarias están normalizadas por un rígido itinerario de acción, a cuya letra se aferra con fuerte voluntad. Ni un solo minuto de cada día permite a su cerebro lo que se llama descanso de atención”. Y fueron estas mismas características las que le permitirían formarse a sí mismo e ir desarrollando una disciplinada investigación que constituiría la base de lo que hoy es el relato histórico más importante sobre nuestra ciudad.

“¿Cuántos monumentos hay aquí a los personajes de Antofagasta? ¿Cuántos monumentos tiene Andrés Sabella o Mario Bahamondes o Maximiliano Poblete?”, pregunta Recabarren, asegurando que, por otro lado, Santiago está lleno de monumentos de sus personajes “Están todos, por todos lados. La historia está mano a mano contigo”. Y es allá en que Leslie Jofré, chuquicamatina de nacimiento vive actualmente, donde estudia Pedagogía en Educación General Básica. Allí tomó conciencia de su calidad de “nortina” y de los contrastes determinados por la procedencia. “Cuando uno llega a Santiago se da cuenta que a pesar de que vivimos en el mismo país, las regiones nos marcan y nos identifican. Es casi imposible negar que eres del Norte y todos creen que eres “inculto pero con plata”. Todo cambia: la forma de expresarte; la vida, que es mas rápida; las personas mas alejadas. Uno se siente ajeno y distante”.

“La eterna crítica que se nos hace es que nosotros a veces tratamos mal al afuerino, Somos muy parcos, a veces muy callados o contestamos mal. Cuando vamos a cualquier tienda la persona que está contratada para atendernos piensa que nos hace un favor con hablarnos”, estipula Alan Cortés, administrador de la Casa de la Cultura, quien defiende su calidad de antofagastino y dice que en gran medida el carácter efímero de nuestra cultura local obedece a que somos una “ciudad de paso”. De hecho, el historiador José Antonio González establece en su obra que para denominar vernácula a una persona debe pertenecer a la tercera generación establecida en la zona. Sin embargo, Cortés cree que los que llevan tiempo en la ciudad pueden desarrollar una fuerte pertenencia con su ambiente. “Innegablemente es distinto para alguien que vive en la zona central. El medio es más agreste, más duro. Por lo tanto lo que tú tienes lo amas, y lo cuidas y te sientes orgulloso. Esa es la identidad, que a veces nos falta a los que vivimos en lugares más modernos”.

Isidro Morales, investigador histórico y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte (UCN) estipula que ésta ciudad “pasadizo” ha forjado una mentalidad “de paso” en quienes la habitan. Pero además pone atención en los aspectos migratorios: “Vivimos una vorágine en la que estamos cambiando permanentemente. Recordemos que a comienzos del siglo XX llegaron muchos chinos. Esa migración terminó en la década del cuarenta, y a partir de los años ochenta volvemos a tener esa migración; de taiwaneses y además de surcoreanos y hasta de población hindú. Y para qué hablar ahora de los sudamericanos. Son muchas culturas las que confluyen”. Por lo mismo, a diferencia de quienes dicen que Antofagasta no tiene identidad, Morales dice que en esta tierra confluyen una serie de identidades que forman una “hibridez cultural”. Los resultados del Censo del año 2002 arrojaron una población de 5.990 extranjeros en la región. Sin embargo, a todas luces se ha producido una expansión importante en la cantidad de forasteros que llegan a la zona, estableciendo el Departamento de Extranjería y Migración (2009) que cerca de dos mil quinientas personas foráneas tramitan solicitudes de ingreso a la provincia de Antofagasta cada año, considerando además una cantidad indeterminada de quienes cruzan la frontera de manera irregular.

Shiney Pacci, originaria de Tacna, Perú, estudia Ingeniería Comercial en la UCN, y cuenta que ha percibido al antofagastino de diversas maneras. “Al comienzo para mí todos eran chilenos. No distinguía la diferencia, hasta que comprendí que como en otros países existen localismos y fuertes diferencias entre los del norte y los del sur, en este caso”.

Así, incluso hay diferencias entre las ciudades del Norte. Al respecto, isidro Morales, quien es iquiqueño, pero que lleva cuarenta años viviendo en la Perla del Norte reconoce una clara diferencia entre la identidad antofagastina y la iquiqueña o ariqueña. “El iquiqueño vive de sus recuerdos. Para ellos la gesta de Prat es sagrada, así como lo es la toma del Morro de Arica para los ariqueños. Por supuesto que la “chilenización” ha motivado eso también, pero los iquiqueños defienden lo propio. Llegan a ser chauvinistas, pero hay que recordar que allí nacieron los primeros movimientos solidarios, las mancomunales y grupos que aparecen por las condiciones extremas en que se vivía. No había agua, no había luz ni alcantarillado. La gente de la pampa sufrió mucho. En Iquique partió el movimiento obrero chileno y ahí fue también la matanza de trabajadores más grande de la historia de nuestro país”.

Por su parte, Alan Cortés cree que mientras más alejadas estén las urbes de la capital y más cerca de países vecinos hay más identidad.  “Si tu nombras a un ariqueño o un iquiqueño con la nacionalidad de uno de estos países fronterizos su reacción es muy fuerte. Las fechas bélicas -y en las zonas del interior es más fuerte todavía- y los dieciocho de septiembre, los veintiuno de mayo se celebran con un embanderamiento increíble de su poblado. Una vez fui testigo de un desfile que se hizo en Toconao, donde desfiló sólo un cabo segundo de ejército con dos conscriptos. Esas tres personas, aunque pocas, enfervorecían a la gente de una forma sobrecogedora”.

Y es precisamente la carencia la que según Recabarren constituye una fase importante del desarrollo de la pertenencia. “Toda la gente de las poblaciones pedían alcantarillado, agua potable, porque lo que había era un simple pilón de donde toda una comunidad sacaba agua. Tampoco había calles. Entonces, las juntas de vecinos y agrupaciones comunitarias piden eso y se produce una especie de interés por solucionar las carencias. Entonces resuena el clamor por hacer una gran reforma para mejorar Antofagasta. Y eso le daba una gran identidad hace unos cincuenta años”.

Al respecto, Andrés Sabella reconocía esas características desde los primeros tiempos de la ciudad, así como su composición multicultural. “Aquí no había nada. Sobre esta nada empezó a florecer en el esfuerzo de nuestros trabajadores la industria salitrera, que fue el recurso fundamental de Chile. Nosotros, los antofagastinos, creemos que el norte tiene un orgullo aquí en Antofagasta. Este orgullo es el de ser nosotros como el crisol de toda la nacionalidad chilena, porque de acá surge un hombre que es el producto de cientos de chilenos que, venidos de todas las partes de nuestro mapa, se funden en esta olla de soledad, en esta olla de sol en el que estamos inmersos y van naciendo los antofagastinos, los que van a crear una historia, los que van a levantar una ciudad”, explicaba para un documental clandestino realizado en 1982 por Miguel Littin, en plena dictadura.

María Morales, directora de la Biblioteca N° 120, Isaac Arce Ramírez, cree que los antofagastinos no le dan la importancia necesaria a la historia de su ciudad, por lo que  es necesario recuperar la vocación educativa de averiguar las causas y orígenes de los aspectos importantes de nuestra localidad. “Por lo mismo, junto a Héctor Ardiles, del Museo Regional estamos haciendo los contactos con la Biblioteca Nacional para poder arreglar nuestros archivos de periódicos descontinuados. Pronto podremos digitalizar los documentos, para que las nuevas generaciones tengan otro tipo de material y así no tengan que viajar a Santiago para desentrañar partes importantes de la historia de su ciudad que se han perdido”.

Según piensa, Isaac Arce está bien considerado entre los jóvenes, pero los que se interesan en la historia, al consultarlo en sus tareas; estudiantes de periodismo, de sociología, etc.

“Él tenía una motivación natural por registrarlo todo. Era campeón en recortar todo lo que le interesara; las noticias, la vida social de Antofagasta, todo lo novedoso, recortes de cuentos que salían publicados, hasta recetas y recortes de poesía. Era un recopilador innato. Andaba trayendo unas libretitas donde anotaba no solamente los acontecimientos, sino que también sus pensamientos, sus ideas. Anotaba lo que tenía que hacer con el día y las horas. Una de las cosas increíbles es que incluso se dedicó a anotar su peso y su talla durante veinte o veinticinco años, Y en una misma libreta enumeró cúanto pesaba y medía durante este período de tiempo. Ahí tenemos en Don Isaac un registro increíble”, explica Claudio Arce, profesor de arte y principal representante de la familia del historiador, quien ve en su abuelo a alguien ejemplar, intransigente en sus valores pero capaz de entablar diálogo con un abanico sorprendente de personas. Así, de pensamiento decididamente conservador Arce mantenía buenas relaciones con la masonería, la Iglesia, los radicales e incluso con personajes afines a las reformas socialistas. “Don Isaac era capaz de respetar mucho a un intelectual que defendía su posición de manera inteligente. Conoció así a Pezoa Veliz, un joven rebelde de la época, que no tenía más de veinticuatro años y era contrario al servicio militar, tachado de conflictivo, que había tenido problemas con la justicia y que venía a Antofagasta promocionando el periódico “La Voz del Pueblo”. Sin embargo, fue capaz de entenderse con él, porque defendía sus ideas de manera magistral y demostraba una vocación seria por el bienestar del país”.

Pezoa Véliz lo retrató como un hombre que claramente defendía los intereses de sus patrones, pues “en él, la figura del empleado toma rasgos tan decisivos, que casi apaga la del hombre”. Sin embargo, reconoce su capacidad por preocuparse de aspectos importantes de la sociedad. “Como hombre de acción, Isaac Arce no tiene nada de escéptico. Cree en la virtud, en el trabajo, en la vida. Cree todo eso de que se siente capaz. Ya hemos probado su innegable condición de hombre laborioso”.

Arce era una persona que admiraba mucho a aquellos ilustrados de la época, y quería parecerse a ellos. Luchaba por tener la instrucción que tenían las personas que él admiraba, por lo que leía mucho y se fue formando en forma total y absolutamente autodidacta. Entonces, él tenía un gran respeto por todo aquel que demostrara desarrollo intelectual. No importaba su tendencia política o de dónde fuera, por lo que se fue acercando a casi todo el mundo.

Él creía que la educación era la base del progreso y del futuro de Chile, y por lo mismo, en más de una ocasión, organizó pequeñas escuelas para los hijos de los trabajadores de las oficinas salitreras, pues consideraba lamentable ver a los niños vagando por los campamentos mineros. “Él se preocupó también de los trabajadores desde su posición. Ayudó a formar y dio todas las facilidades para que se organizaran en sindicatos y cooperativas, teniendo mucha preocupación por la educación. Y de ahí se da el acercamiento que él tenía con los radicales. Don Isaac encontraba que era injusto que los niños trabajaran, pues consideraba que los niños tenían que estar educándose”, explica Claudio Arce, quien resalta además su innegable vocación pública. Así, Arce participó ampliamente y ayudó a formar varias organizaciones sociales de la época, destacando la multiplicidad de sus preocupaciones. Según El Mercurio de Antofagasta, fue voluntario y tesorero de la antigua Tercera Compañía de Bomberos; miembro de la Sociedad de Artesanos; presidente de la Cruz Roja chilena de Antofagasta; miembro fundador y director de la Sociedad protectora de Empleados; miembro fundador de la Sociedad de Instrucción Primaria de Antofagasta; miembro fundador del Círculo de Periodistas y Artistas de la ciudad; miembro de la Sociedad “Amigos del Árbol”; miembro honorario de la Sociedad de Veteranos del 79 e incluso presidente honorario de varias sociedades de fútbol, entre otras ocupaciones. Incluso generó distintas campañas, como una para crear un mausoleo a los caídos por el “Combate de Abtao”, o incluso una para restaurar el significativo Cerro del Ancla, cuya áncora desaparecía por el paso del tiempo.

Años antes de su lanzamiento, Arce ya promocionaba su libro ofreciendo relatos de sus capítulos en charlas organizadas en la Municipalidad, ocasiones para las que los vecinos y autoridades de Antofagasta se deleitaban con sus narraciones. “La “Historia de Antofagasta” de que usted es autor será para la ciudad y la Región toda de esta provincia un libro de gran valor y habrá de recibir de parte de la opinión pública la más franca acogida, con merecido estímulo a su esfuerzo” le escribía el alcalde Maximiliano Poblete, el 2 de mayo de 1926.

Fue tal su dedicación por conocer y desarrollar la historia de Antofagasta que en 1915 solicita en su trabajo el traslado a La Paz, Bolivia, donde trabajó en la Sección Estadística de la  “Bolivia Railway  Company” durante cinco años, período que le facilitó el acceso a la Biblioteca Nacional de La Paz, donde continuó su investigación sobre Antofagasta,  descubriendo datos inéditos sobre su origen y crecimiento.

En octubre de 1930, después de décadas de preparación, publicó finalmente “Narraciones Históricas de Antofagasta”, libro que lo fundió para siempre con la remembranza del norte chileno, “obra de gran aliento y de importancia reconocida por las personas que entienden y saben de estas cosas pero, desgraciadamente, el resultado pecuniario fue desastroso porque fue en plena crisis salitrera y comercial de este puerto y tuve que quedarme con la mayor parte de la edición”, relataría él mismo en sus memorias. “Aquí corría el dinero y todos creían que no se terminaría nunca”, es la frase con la que Eduardo Galeano, célebre escritor de Las Venas Abiertas de América Latina, resume la crisis de 1930. “La decadencia del salitre no se pudo revertir. El peso de la carga tributaria, cada vez más gravoso, en un ambiente en que aumentaba la competencia, llevó a la industria a su virtual extinción”, dice Ángel Soto en “Auge y Ocaso del Salitre”. Incluso, una cantidad indeterminada de ejemplares llegó a quemarse durante un incendio, mientras permanecían almacenados, teniendo Arce que salir a vender sus libros puerta por puerta, explica la familia Arce. “Fue para él algo difícil, pues se trataba de un proyecto en que había invertido su vida”.

“Estos apuntes tienen el indiscutible mérito de la veracidad (…) No podría decir que esta sea una obra de gran aliento. Es más bien un trabajo de paciencia y de perseverancia, porque la verdad es que la investigación de algunos de los hechos que estas páginas encierran, me han demandado en ocasiones meses y hasta años”, explica el autor en el documento que dejó para su descendencia.

Sin embargo, poco a poco, su obra recibió elogios y reconocimientos por parte de la comunidad. “Si no es propiamente la historia de Antofagasta que alguien escribirá, algún día, el libro del señor Arce contiene páginas muy sabrosas e interesantes”, rezaba una editorial de El Industrial, a pocos días de publicado el libro. El Monseñor Silva Lezaeta, quien fuera obispo de la ciudad y miembro de la Academia Chilena de la Lengua y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía enumeraba: “Lenguaje sencillo, pero correcto (…) contiene muchas noticias del todo desconocidas para la generalidad y documentos inéditos importantes que sería imposible consultar en otro libro”.

“Si hay historia aquí es por Isaac Arce. Es un Heródoto de Antofagasta. Si no hubiese sido por él habría sido muy difícil desentrañar parte importante de los acontecimientos, por que él tuvo el esfuerzo y el coraje de, sin ser historiador ni haber estudiado nunca historia en particular ni ser académico, hacer un relato. E hizo por primera vez una historia con fotografía. Si él hubiese tenido más tiempo de vida habría hecho la historia del siglo XX de Antofagasta. Isaac Arce hoy está en la cúspide, pero tiene su nombre en un pasaje nomás”, reclama Floreal Recabarren, quien tiene una visión crítica del panorama actual y considera que es deber de todos, y principalmente de la autoridad política, cuidar y proteger la memoria y el patrimonio de la ciudad. “El historiador debe mostrar, debe hacer una vitrina de qué es lo que ha sido la tierra donde vivimos. Y si esa vitrina te puede gustar y te puedes sentir orgulloso eso te da una evidencia de una raíz, pero si tú no ves nada dentro de la vitrina o si ni siquiera hay vitrina ¿De qué te vas a sentir orgulloso? De nada”.

“Somos del Norte Grande y aquí nos quedaremos. Cantamos para él y desde su situación. Somos curiosos ante la realidad extranjera vecina o distante, pero es desde aquí que decidimos afrontar la inmensidad y la diversidad del mundo. No nos disfrazaremos de vampiros nórdicos o bohemios parisienses. Nuestra identidad trasciende a lo emotivo. Se trata de una noción de supervivencia: necesitamos saber quiénes somos para no morir bajo un aluvión de mercancía cultural que nos tienta. Pues, ¡Perder la identidad es morir!”, dice un flamante documento que circula actualmente por la ciudad. Se trata del “Manifiesto de la Nueva Poesía del Norte”, del cuál nos habla Alfonso Reyes, uno de sus creadores. “Nosotros vemos que poco a poco las nuevas generaciones estamos cada vez más comprometidas con lo propio, con rescatar nuestra historia y nuestras costumbres a través de la obra artística. Pero, no obstante, creemos que usualmente se adolece  de un culto abusivo al pasado, con todo el tema de las salitreras. Nosotros creemos que hay que optar por una identidad futurista, que sabe sus orígenes, pero que mira hacia adelante para construir nuevas expresiones”.

Se trata de algo nada fácil, y que requiere de gran dedicación, como lo consignó Carlos Tarragó, presidente de la Corporación Pro Antofagasta cuando fue reeditado por última vez el libro de Arce. “Curiosamente, lo que le aconteció al autor de la obra, hace más de 70 años atrás, aún tiene plena vigencia. Ya que la aventura de editar un libro sigue siendo onerosa, sacrificada y arriesgada, y, en nuestro caso, esto solo fue posible al conjugarse varios factores tales como el sueño y la voluntad de quien perseverantemente asume el desafío”.

Por otro lado, instituciones como el Colectivo Cultural Víctor Jara, dice que sigue siendo necesario preguntarnos qué es ser antofagastinos o nortinos, pero además de entender la historia y los elementos pasados es necesario ceñirse a formulas creativas, que puedan constituirse como nuevas características de la “nortinidad”. “La música y la cultura tropical tienen determinadas características conocidas por todos, por ejemplo. Pero la denominación “tropical” tiene que ver con el trópico de Cáncer, que pasa justo por una serie de países. Nosotros vivimos justo en la línea del trópico de Capricornio, por lo que nos parece justo decir que los antofagastinos también podemos tener una cultura tropical, con nuestras propias características, por supuesto, referidas a otro trópico y a otra cultura y formas de vivir. Se trata de usar la creatividad para encontrar nuevas maneras de plantearnos nuestro carácter de chilenos, nortinos, antofagastinos”, reza un documento que entrega la institución.

Cuando Isaac Arce soñaba con un puesto público anotaba en sus libretitas su visión de un Antofagasta del mañana, inmensa, grande. Tuvo la idea de una ciudad desarrollada. Ya en su época pensaba nombrar las nuevas calles con nombres que para Claudio Arce, su nieto, son total y absolutamente desconocidos. “Él piensa en el futuro de Antofagasta, pero un futuro con identidad, donde las calles llevan el nombre de sus contemporáneos destacados, a la gente que él admiraba en ese momento, para que Antofagasta los recordara”, relata.

Claudio Arce llevaba demasiado tiempo meditando estos asuntos, hasta que en su cruzada por recuperar la memoria de Antofagasta, creó junto a historiadores como José Miguel Aguirre y Héctor Ardiles el Centro de Investigación Histórico Cultural Isaac Arce, a través del cual, junto a una veintena de personas se propone rescatar la figura de Isaac Arce y, según los estatutos de la agrupación, recién creada este año,  “lograr investigaciones de alto nivel, lo que a su vez constituirá un aporte valioso al conocimiento y rescate del patrimonio cultural de nuestra región”. Él cree que se trata de algo que sobrepasa la imagen de su abuelo. “Encuentro tremendo que se acorten las horas de historia. Menos identidad van a tener los niños si el profesor va a disponer de tan poco tiempo para poder encantarlos con la narración de su región.  Creo que es muy perjudicial y ojalá que eso lo podamos detener de alguna manera. Vamos a perder mucho si no nos detenemos un poquito. La desinformación y la ignorancia van a hacer que dejemos morir lo que nos queda de identidad”, dijo el docente.

Arce falleció en Antofagasta el 2 de febrero de 1951. Sus restos fueron velados en el salón de Honor de la Antigua Municipalidad, actual Casa de la Cultura, donde años atrás leía públicamente junto a los vecinos la historia que compuso. Aún vive en Santiago su hija, Berta, mientras que Elisa falleció en noviembre de 2011. Tuvo tres esposas: Beatriz Villanueva, Sara Trejo y Carolina Durandeau.

José Antonio González, miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y docente de la UCN no guarda reconocimientos en su prólogo del connotado libro de Arce: “Fundamentalmente contribuyó a reconocernos como continuadores de los héroes del desierto, como descendientes de los que pugnaron entre el aventurerismo congénito de los mineros y el arraigo civilizador de la urbe. El legado dejado por Arce se funde con su amor a Chile, su devoción minera inclaudicable, su pasión de vecino por nuestra querida Antofagasta. O sea, lo esencial del ser nortino”.

El legado de la Escuela de Periodismo de la UCN

Transcurre la mitad de diciembre de 2010 y sólo restan unos pocos días para que Jonathan Durán se convierta en un egresado de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte (UCN). Bastan sólo horas para que cinco años de esfuerzo, sacrificio y entrega den a luz los frutos que este estudiante de quinto año, decidió sembrar al momento de optar por dedicar su vida a tan noble profesión. Esa labor que con tanta pasión inculcó el mismísimo profesor Andrés Sabella, quien en medio de las aulas que auguraban una escuela llena de las más diversas historias, impregnó en todos sus estudiantes un extremo amor por la pluma y la inigualable belleza de la palabra.

Y es que al igual que muchos otros, y aquellos que tuvieron la dicha de pasar por la quinta escuela de periodismo más antigua de Chile, Jonathan tendrá la colosal misión de ser un periodista; un cronista de los hechos, un contador de historias, un intérprete de la realidad, pero principalmente, un buscador de la verdad. Objetivos transversales que a cada uno de los hijos de esta madre forjadora de personas con ideales sólidos, y con la convicción de ser entes al servicio de la sociedad, ha plasmado un legado no sólo en la Región de Antofagasta, sino que además en el país y el mundo entero.

Por ello y por muchas razones, a través de un recorrido a los más recónditos parajes de esta casa de estudios con tradición, excelencia e innovación, que durante años ha formado periodistas con los más altos estándares de calidad, se hace propicio para Jonathan, las generaciones pasadas, actuales y venideras, y para todo aquel que se sumerja en las líneas de este reportaje, conocer los aciertos, sueños, desgracias, momentos tristes, los avances y el devenir de la Escuela de Periodismo de la UCN.

Los inicios

Fue el 15 de marzo de 1967 con la dictación del Decreto No 13/1967 que nace la carrera de periodismo, la cual en ese entonces comenzaba su trabajo como Escuela de Comunicación Social, dependiente del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad del Norte –llamada así en ese entonces-. Sus fundadores fueron los periodistas Nicolás Velasco del Campo (director) y Rodolfo Gambetti del Pino (subdirector), quienes según el ex director de la Escuela de Periodismo de la UCN y ex alumno de la segunda generación (1969), Rubén Gómez, entregaron su apoyo a los jesuitas de parte del diario El Mercurio y Las Últimas Noticias. “Había tres vertientes, una por el lado de la iglesia con los jesuitas, otra, con la escuela mercurial, y una tercera a partir del gobierno de Allende con la influencia de muchos docentes que venían de Concepción, por decirlo de alguna manera”, explica.

Del mismo modo, la ex decana de la Facultad de Humanidades, Georgina Mora, argumenta que debido a que en ese entonces Nicolás Velasco desempeñaba labores como director del diario Las Últimas Noticias, la escuela germina como una carrera con el propósito de formar periodistas para el diario El Mercurio y su sede en Antofagasta. “A nosotros nos hacían hacer prácticas ahí en el diario, todos los semestres… una carrera totalmente mercurial”, añade Mora una de las estudiantes de la primera generación (1967) que ingresó a comunicación social.

Es de esta manera que se da el primer paso en la formación de profesionales de las comunicaciones, quienes debieron enfrentar momentos muy particulares como ingresos cíclicos, cierres y reapertura de la carrera. Ya que a dos años de la creación de la escuela, el 27 de noviembre una declaración delimita un receso de dos años. No obstante, el 16 de mayo de 1970 otro decreto pone fin a la suspensión de actividades y se restablece el funcionamiento normal para los alumnos que cursaban estudios en 1969, quedando de esta forma con ingresos de forma cíclica cada dos años.

Las clases

Es en medio de toda esta nebulosa de acontecimientos que la Escuela de Periodismo de la UCN hilvana la primera etapa de su historia, la cual tuvo gratos momentos y que hoy sus ex alumnos recuerdan como si estuvieran en aquellas aulas en las que se formaban como periodistas. “Llegué el año 1971 a una escuela pequeña pero muy acogedora”, cuenta el actual director de la Escuela, profesor Isidro Morales, quien con emoción no duda en transportarse a esos años en los que aprendió de grandes maestros como María Beatriz Beltrán, Walda Aracena, Héctor Vera (entonces un joven vicerrector académico) y Andrés Sabella. Y es que en una carcasa de bus, ubicada justo detrás de la actual biblioteca de la universidad, fue el lugar donde Sabella echaba a volar la imaginación de sus alumnos, los que quedaban anonadados por su singular forma de hacer clases. “Él no preparaba clases, las improvisaba”, afirma Morales, quien recuerda las clases de literatura con el poeta antofagastino que, del suceso más diminuto, hacía trabajar a sus estudiantes. “A alguien se le caía un botón y él decía, ‘ya escriban del botón’”, precisa.

Ese tipo de lecciones fueron las que calaron hondo en las vidas de jóvenes que anhelaban ser buscadores de la verdad, y quienes acompañados del poder de la palabra y la total entrega al servicio de los demás, hicieron de Andrés Sabella un magno referente en su formación. “Con él aprendí mucho, sobre todo a perderle miedo al papel en blanco. Me inspiró mucho para pensar, para hacer, para crear, para trabajar con la palabra. Ahí aprendí a querer y a respetar la palabra, y a reconocer el poder de la palabra, del lenguaje escrito”, manifiesta Rubén Gómez, que rememora aquellos parajes cuando era un joven estudiante de la escuela.

Y es que según Morales, en aquellos años la cercanía de los alumnos con sus profesores era evidente, lo cual dejaba de manifiesto la gran dedicación de la planta docente. “Eran buenos profesores, pero al mismo tiempo buenas personas. Hasta nos tuteábamos”, añade. Mientras que la ex alumna Viviana Muñoz, quien actualmente trabaja como periodista independiente en Miami, Estados Unidos, comenta que “mi paso por la escuela fue gratificante, vital y enriquecedor. Fue un constante aprendizaje no sólo por las cátedras de la carrera, sino también por la edificante experiencia personal que me brindó el compartir con la propia comunidad universitaria y, sobre todo, con maestros de la categoría de Andrés Sabella, Omar René Muñoz de la Fuente y Sergio Prenafeta, como también compañeros de la talla de Alejandro Guillier”.

La entonces incipiente Escuela contó además con profesores de la talla del Premio Nacional de Periodismo 2005 y ex director de la Revista Análisis, Juan Pablo Cárdenas, Osmán Cortés, Manuel Vega, Jaime Quezada, Walda Aracena y Dora Vergara, Cery Toro, Marco Antonio Pinto, Manuel Ortiz Veas, entre otros. Muchos de ellos se verán obligados a dejar forzadamente las aulas porque serían exonerados después del Golpe, en un periodo triste y oscuro de la historia nacional que incluso afectó al vate Andrés Sabella Gálvez en febrero de 1981.

Directa o indirectamente estos docentes de varias disciplinas y periodistas dejaron un legado que ha ido construyendo la identidad de la Escuela de Periodismo de la UCN que caracterizó y sigue haciéndolo, pues en  los años en que Jonathan se preocupó de sobremanera en hacer trabajos, pruebas y aprender los ramos necesarios para ejercer como futuro profesional de las comunicaciones, palpó como esa mano amiga que recibió el consejo perfecto para seguir adelante, y perderle el miedo a esbozar las más asombrosas ideas con la palabra en antaño, le entregaba ahora a él la recomendación para ver más allá. “El profesor Rubén me dio las alas para volar con el periodismo. Me dijo vuela, tú puedes. A lo que escribes ponle el alma. Eso creo que me va a servir para siempre”, dice Jonathan que, con convicción sabe que su paso por la escuela marcará para siempre su vida.

La lucha de ideas

Pero no sólo fueron alegrías y momentos felices en la escuela. También hubo desgracias que enlutaron de manera cruel la historia de esta casa de estudios. Era palpable, eso sí, como las diferencias políticas cobraban un papel preponderante para los estudiantes de periodismo y los alumnos de las otras carreras de la Universidad del Norte. “Había un clima propicio a la discusión y el enfrentamiento en buena de ideas. Entonces, la escuela surge en un ambiente favorable de discusión; de ideas políticas, de ideas económicas y de revolución en Chile, porque hasta el Gobierno de Frei había todo un experimento de la revolución en libertad”, argumenta Gómez. Dicha sedición colectiva repercutió en que gente de izquierda, derecha y demócratas cristianos compartieran sin ningún problema. “De repente había complicaciones con algunos miembros de Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que estaban representados por el Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER), pero igual seguíamos siendo compañeros”, acota Morales.

El periodista del diario el Tribuno de Salta, Argentina, y ex estudiante de la segunda generación, Juan Abarzúa, explica que vivían en una época en la que la intolerancia era la característica de las personas y, obviamente, de los jóvenes estudiantes. “O se estaba en un lado o en contra. La sociedad en general se hallaba crispada”, añade. No obstante, todas esas discrepancias y posturas maniqueas de los actores sociales hicieron que los aspirantes a ser la voz de los que no tienen voz, se enriquecieran intelectualmente. “Había que discutir en forma permanente, pero había que estar preparado para ello. Más allá de que las cosas terminaran mal para el país, con un cruento golpe de Estado y la instauración de una dictadura feroz, los que vivimos esos tiempos compartimos una situación común: nos hicimos fanáticos de la lectura, enemigos de la improvisación, amantes de la creatividad y esclavos de la aventura. Especialmente en el caso de los que tuvimos que salir del país por razones políticas”, explica.

Dos mártires

Y es que en medio de un escenario colmado de incertidumbre para quienes pensaban diferente, y otros muchos que tuvieron que dejar la patria por su mera inclinación política, el suceso que embistió profundamente en las almas que le daban vida a la escuela de periodismo en ese entonces, fue sin lugar a dudas la muerte de dos estudiantes, a quienes les fue arrebatada la ilusión de ser intérpretes de esa inclemente y dura realidad que imperaba.

El alumno de la escuela Nenad Teodorovic Sertic (24) fue ejecutado al igual que su esposa Elizabeth Cabrera Balarriz (23) y Luis Muñoz Bravo, también estudiante de la Universidad del Norte, el 15 de septiembre de 1973 por soldados del Regimiento de Antofagasta, mientras eran trasladados a la Base Aérea de Cerro Moreno, según consigna el archivo digital de las violaciones a los derechos humanos en la dictadura militar en Chile, memoriaviva.cl. Conforme al comunicado oficial las víctimas fueron asesinadas, ya que el vehículo en el cual eran transportadas sufrió un desperfecto eléctrico, lo cual motivó a que los detenidos huyeran en medio de la oscuridad para que luego personal armado procediera a sus respectivas ejecuciones. Sin embargo, la presidenta de la Agrupación de Familiares y Amigos de los Ejecutados y Detenidos Desaparecidos por la Memoria Histórica en Antofagasta, Doris Navarro, argumenta que “escaparse camino a Cerro Moreno no es muy creíble. Eran las formas que aplicaban ellos. Hacerlas parecer como”. Asimismo, la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, a través de una serie de observaciones, se formó la convicción que la muerte de los tres afectados fue consecuencia de una ejecución al margen de toda legalidad, de responsabilidad de agentes del Estado, quienes violaron los derechos humanos de estos jóvenes de la Universidad del Norte. “Me relacioné con Nenad (Nesko) Teodorovic, quien dirigía el grupo de teatro de la escuela. Puro talento y energía, pero su vida se acabó junto a su pareja, Elizabeth Cabrera, a quienes le aplicaron la ley de fuga y los balearon por la espalda”, lamenta el periodista de la edición nocturna del diario La Tercera y ex alumno de la tercera generación (1971), Ramón Reyes, quien describe el ambiente de aquel entonces como “frenético, politizado y polarizado”.

Fue recién en septiembre del año pasado (2010) que Navarro se enteró de la inusual visita de la Policía de Investigaciones junto a una persona, con el propósito de exhumar bajo órdenes de tribunales a los tres cuerpos de las víctimas para comprobar la real causa de su deceso. “Le pedí información a la encargada del cementerio y me dijo que realmente había sido así”, afirma. Luego de ese hecho y sin quedarse de brazos cruzados, decide llamar a la Región Metropolitana, donde solicita información al director del Servicio Médico Legal, doctor Patricio Bustos, quien confirmó que la muerte de los tres jóvenes fue por causas de ajusticiamiento. “Los proyectiles los tenían en la nuca, lo que quiere decir que prácticamente los hicieron arrodillarse y le pegaron el tiro de cerca”, expone Navarro.

Pero otra muerte teñía de negro la  Escuela de Periodismo de la UCN cuatro días más tarde de la ejecución de estos tres jóvenes. Con tan sólo 23 años de edad, Luis Alaniz Álvarez, se convertía en el segundo aspirante a ser un contador de historias, a quien le arrebataban los sueños y la voz de ser él mismo el que cuente la abominable forma de su aniquilación. “El Lucho era una persona tan tranquila que era tan raro, era incoherente. A lo mejor uno que está metida en la parte académica no se daba cuenta, pero era un chico súper ponderado”, enuncia Georgina Mora, quien no se explicaba el por qué de la muerte de este joven estudiante de la escuela de periodismo, que nunca pudo recibir la comida que le traía su madre. “La mamá vino a llevarle comida, puesto que él estaba acá en la cárcel. Un día llegó ella, porque fue varias veces a la universidad. Me acuerdo siempre porque vino a mi oficina y me dijo que habían fusilado a Luis. Ella le llevaba la comida y me dijo que los gendarmes le habían dicho, ‘señora no traiga más comida si a su hijo lo fusilaron hace dos días”, acota.

Según el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, el 19 de octubre de 1973, a las 1:20 horas, Alaniz fue ejecutado por efectivos del Ejército en las cercanías de Antofagasta. El informe consigna que a fines de septiembre de ese año, el joven se entregó voluntariamente a las autoridades militares de Arica, ante el requerimiento público que realizaron los altos mandos de la capital de la Segunda Región. Desde la ciudad en la que dispuso de su libertad fue trasladado a la cárcel de la Perla del Norte, donde al parecer se le inició un proceso acusado de portar armas, el cual no fue concluido. “Al Lucho lo fusilaron. Le hicieron un juicio, lo encontraron culpable y lo mataron… una cosa espantosa”, declara Mora, que tras rememorar aquellos crudos momentos que vivió como profesora, su rostro refleja como esos sucesos convirtieron el ambiente en un estado de total locura y que más tarde repercutiría en las nuevas generaciones. “Si bien el golpe de Estado se produjo antes de mi ingreso, su secuela tuvo un profundo impacto en todos los aspectos de la vida universitaria, muy particularmente la escuela de periodismo. Fueron años difíciles, pero salimos adelante gracias al valor y la perseverancia de los catedráticos y de la institución”, explica Viviana Muñoz.

El cierre

A partir de 1973 se reduce la planta docente por la exoneración de varios funcionarios y disminuye considerablemente el número de alumnos de la Escuela de Periodismo de la Universidad del Norte. Las exoneraciones se suceden en el tiempo y afectan, entre otros, a  Walda Aracena, María Beatriz Beltrán, Carlos Rojas Martorell, Osmán Cortés, Manuel Ortiz Veas, Jaime Quezada, Juan Pablo Cárdenas, Marco Antonio Pinto, Sergio Prenafeta, Manuel Vega, Héctor Vera, Dora Vergara y Cery Toro.

Durante esos años comienza un periodo especial para la carrera, ya que sólo hubo ingreso de estudiantes hasta 1979 y desde ese año hasta 1986, sólo existieron egresos. “Fue terrible porque además los profesores la pasaron mal también. Muchos no regresaron más. Las clases que eran de 30, 40 alumnos, llegaban a cinco o seis durante meses”, explica Gómez que palpó cómo las consecuencias del golpe de Estado sacudieron con creces a una escuela que vaticinaba un futuro próspero, en sus inicios.

El 31 de diciembre de 1986 se dispuso el cierre definitivo de periodismo, junto a las carreras de pedagogía. Era el término de una etapa con momentos desalentadores que difícilmente podrán ser olvidados de la memoria universitaria, pero también llenos de satisfacción que retornaría años más adelante.

La reapertura

En 1990, a través del decreto 79/100  periodismo es reabierta bajo la dependencia del Departamento de Artes y Letras y luego, del Departamento de Artes, Letras y Comunicación, que posteriormente fue adscrito a la nueva Facultad de Humanidades, siendo por varios años la única carrera que mantuvo esa facultad, a la que más tarde se sumaría psicología.

Desde aquel instante en el que la escuela de periodismo regresaba a sus labores de enseñanza que, con tanto ímpetu el profesor Andrés Sabella se preocupó de impregnar en antaño, un montón de las más diversas historias seguirían escribiendo cual poeta traza sus versos, el legado de una casa de estudios con alumnos comprometidos y dispuestos a luchar por ser grandes periodistas; ahora, con ingresos cada año, que en el año de la reapertura llegó a 1.700 postulantes.

El editor periodístico del diario La Estrella de Antofagasta y ex alumno de la generación de 1993, Sergio Mercado, cuenta que cuando ingresó a las aulas de la escuela, ésta no contaba con talleres de radio, televisión y fotografía, elementos fundamentales para el desarrollo de un profesional del área de las comunicaciones. Es por ello que el deseo de los estudiantes llevó a que un paro a nivel de carrera exigiera mejoras concretas ante las carencias para trabajar normalmente. “A raíz de esa movilización se logró que tanto la Facultad de Humanidades, la carrera y la universidad apoyara esta solicitud que estábamos haciendo. Ahí hicieron esos talleres que para nosotros era una maravilla”, explica.

Mejoras y avances

En 1995 se produce un cambio de malla que vino a reemplazar la de 1990. Este programa tuvo una concepción más centrada en las Humanidades y Ciencias Sociales en general, teniendo una dependencia importante del Departamento de Estudios Humanísticos, hoy de Educación. Otro aspecto importante es que ha sido el más extenso en vigencia con 14 años a régimen completo (en 2009 se vuelve a cambiar la malla).

En 1998 se inauguran las dependencias del Barrio Humanista que albergan hasta hoy a las Facultades de Economía y Administración, Humanidades y a la Escuela de Derecho. Periodismo veía así concretado un anhelo largamente esperado con la construcción de salas audiovisuales exclusivas para la carrera, un moderno taller de computación, y estudios de televisión, radio y fotografía, aspectos que incidieron de manera decisiva en los profesionales formados desde esa época hasta hoy.

Así lo recuerda la encargada de la unidad de comunicaciones de la Seremi de Gobierno de Antofagasta, Carla Anziani, quien tuvo el privilegio de ocupar la infraestructura por la que lucharon sus anteriores compañeros. “Sin duda, las cátedras prácticas de televisión fueron el mejor legado. Me enseñaron a potenciarme en el área personal y profesional. Rescato los consejos entregados por algunos profesores al inicio de la carrera, quienes en alguna medida guiaron mis pasos”, enuncia esta profesional que ingresó en la generación 2001.

Estos y otros cientos de estudiantes que cimentaron sus conocimientos en la Escuela de Periodismo de la UCN, y que ahora laboran  en las más diversas áreas de trabajo, recuerdan su peculiar paso por las aulas en las que se formaron profesionalmente. Ejemplo que no deja de sorprender a Jonathan que está ad portas de ser un colega más de todos ellos, y que con gran sutileza del lenguaje declara estar tranquilo para enfrentarse a los múltiples desafíos que le deparará el campo laboral, puesto que en esa búsqueda de ser un gran periodista, trae a la memoria la visita de un ex alumno de la escuela a un seminario realizado en 2009. “Alejandro Guillier dijo algo que me dejó calando hondo. Él explicó que llegó a la universidad para aprender a pensar por sí mismo. Uno tiene que aprender a pensar por sí mismo. O sea uno tiene que tener un juicio de valor sobre las cosas y ese debe ser transversal en todas las materias de tu vida”, dice Jonathan que sabe con total firmeza que su camino no va por el lado de convertirse en un autómata dedicado a comunicar la idea de los poderosos.

Periodistas destacados

Según la Secretaría General de la UCN, desde el inicio de la carrera de periodismo en 1967 hasta la fecha, 862 han sido los titulados que llevan con la frente en alto el sello de la escuela. Es por ello que repartidos por las más diversas partes de la región, el país y el mundo,  algunos dicen estar orgullosos de pertenecer al lugar que les brindó todas las herramientas para ser los herreros de tan distinguida profesión.  “Para una escuela muy nueva, con profesores que venían de la primera generación, todos horneados por el maestro Sabella, creo que logramos las herramientas necesarias para trabajar en los medios. Y si bien por ahí tuvimos como sala de clases el chasís de un viejo bus, también se contaba con una radio FM, canal de televisión, imprenta y taller fotográfico”, explica Ramón Reyes.

En tanto, Viviana Muñoz es enfática en recalcar que la Escuela de Periodismo marcó, y probablemente sigue marcando, el derrotero de muchos profesionales, algunos de los cuales han sido grandes figuras de los medios chilenos en la Región de Antofagasta, el país  y  el mundo.

Es el caso de Eduardo Campos, editor del diario La Estrella de Antofagasta y ex estudiante de la generación de 1996, que agradece lo que el personal docente le entregó en las aulas explicando que “los profesores además de concedernos recursos teóricos sobre las comunicaciones, nos inculcaron el deber periodístico, la responsabilidad periodística, la importancia de nuestra labor para informar y defender la sociedad de todo lo que ocurre”. “Rubén Gómez creo que fue un académico que entregó toda su experiencia que tenía en medios, y la supo transmitir muy bien, por ejemplo. Creo que él es uno de los grandes gestores de mi generación”, añade Campos que destaca el apoyo de éste y muchos otros académicos que pasaron a  ser claves en su vida como periodista.

Patricia Cerda, editora de Televisión Nacional de Chile, Red Antofagasta y ex alumna de la generación de 1994, cuenta que la cátedra que más le gustó fue la de periodismo televisivo, pues era “bien entretenida y lúdica”. “Cuando entré TVN descubrí que era lo que definitivamente me gustaba.  El ramo en la universidad influyó mucho”, comenta Cerda que, tras su ingreso al centro regional de la Perla del Norte en 1997, ha permanecido hasta hoy informando a la comunidad del ajetreo noticioso de interés local a través del formato televisivo.

“Me permitió adquirir experiencias personales y académicas fundamentales. Conocer gente distinta a la que había conocido antes. Cometer muchos errores y tener la posibilidad de aprender de ellos”, dice el sub editor de política del diario La Tercera y ex estudiante de la generación del 2000, Phillip Durán, al referirse a su paso por la escuela. “La formación fue interesante porque la UCN nos dio el marco para crecer intelectualmente y nos otorgó un método para ello”, añade Juan Abarzúa.

Más allá de los medios

Y ahora que el periodismo ya no sólo se encuentra inmerso en los medios de comunicación tradicionales y se abren nuevas puertas en el ámbito laboral para los titulados de la UCN, destacados profesionales en este rubro hablan de su querida escuela. “La entrega teórico, práctica y el acompañamiento de esa casa de estudios fue fundamental en mi formación profesional. Tuve la suerte de tener grandes profesores como Mario Cortés Flores, Manuel Ortiz, Georgina Mora, entre otros, que fueron un importante referente. Me siento muy orgullosa de ser ex alumna de la Universidad Católica del Norte”, dice la encargada de prensa de la Municipalidad de Antofagasta y ex alumna de la generación 1990, Angélica Rodríguez, quien es la responsable de coordinar las acciones de prensa de las distintas unidades de la casa edil de Antofagasta, el enlace con los medios e instalar los productos de imagen corporativa.

Mientras que la coordinadora de comunicaciones de la empresa Xstrata Copper, Yandery Loayza, destaca que la formación en el área de prensa fue totalmente relevante para el ámbito en el cual se desenvuelve diariamente. “Los primeros ramos de géneros periodísticos me sirvieron para el desarrollo de notas, revistas y boletines informativos dentro de los medios internos de la empresa”, enfatiza, explicando fehacientemente que los periodistas de la UCN tienen un valor agregado en cuanto a disciplina y formación periodística al momento de ser elegidos por los empleadores.

¿Qué opinan los jefes?

“Tengo una excelente visión de la UCN, de hecho yo me formé en esta casa de estudios superiores. Los periodistas de esta universidad tienen una forma rigurosa, que los distingue de los profesionales egresados desde otras instituciones. Poseen amplios conocimientos, buenas estrategias de redacción y sentido de responsabilidad”, expone la seremi de gobierno, Paulina Núñez. Del mismo modo, la alcaldesa Marcela Hernando, es clara en afirmar que “desde hace mucho tiempo que me  ha tocado conocer a una gran cantidad de periodistas y puedo decir que cada escuela es muy marcadora. En este sentido yo diría que aquellos profesionales que han egresado de las aulas de la UCN lo hacen con un espíritu muy humanista y es la universidad entera la que impregna de ese cristianismo a todas sus carreras y a todos sus docentes. Mi opinión es que son profesionales serios y bien formados en materia de objetividad, tratan de estar al día de todos los temas que se están abordando a nivel local como internacional. Estimo que son una contribución para la sociedad de hoy”.

Mientras que el gerente general de la Empresa Periodística El Norte S.A., Carlos Rodríguez, comenta que la UCN ha sido una abastecedora de muchos periodistas que han pasado por dicha empresa y que hoy trabajan demostrando ser profesionales de calidad. “Hemos tenido gente y grupos bastante numerosos de la UCN que han ido evolucionando en conjunto con esta empresa. Son periodistas de bien, están bien evaluados en términos generales, además es permanente la contratación de ellos”, precisa.

Actualidad y devenir académico

En marzo de 2009, la Comisión Nacional de Acreditación, acreditó  la carrera de periodismo por un plazo de cinco años (2009-2013) uno de los periodos más extensos entre sus similares del país. Este proceso contempló, entre otros avances, el rediseño de la malla curricular de pregrado, basada en la formación por competencia a partir de 2009.

“El objetivo es desarrollar competencias en los estudiantes para que la puedan aplicar en un entorno laboral”, explica el ex jefe de carrera de la Escuela de Periodismo de la UCN, Percy Peña, quien subraya que dentro de las características de la nueva malla, no sólo se basa en el periodismo mediático (tradicional), sino que también abre otras tres áreas de especialización tales como la comunicación estratégica, emprendimiento comunicacional y la investigación en ciencias sociales.

Y es que debido a la actual saturación de los medios de comunicación tradicional y la gran cantidad de periodistas que no encuentran trabajo en plataformas radiales, televisivas y de prensa escrita, se hace trascendental este avance en cuanto a la formación de los futuros profesionales de las comunicaciones. El propósito es que cada uno de ellos esté capacitado para las nuevas áreas que se levantan como una alternativa laboral en el ámbito periodístico. De esta forma los periodistas de la UCN estarán dispuestos a ejercer labores tanto en comunicaciones internas y externas de una empresa o entidad pública; ser un investigador y contribuir al desarrollo científico; o ser un emprendedor y crear su propia empresa gracias a las herramientas comunicacionales.

Es por ello que en las aulas se hace imprescindible una preparación de la más alta calidad, que esté a la par de la vanguardia y los adelantos tecnológicos. “Debido a una serie de talleres que hemos realizado se fue implementando de manera más sistemática lo que se refiere al uso de tics y metodologías activas, lo que forma parte de iniciativas que están relacionadas con la implementación de la nueva malla”, añade el académico de la Escuela de Periodismo de la UCN, doctor Daniel Torrales.

Sin embargo y dada la experiencia con las universidades inglesas y europeas en general, la candidata a PhD en Relaciones Internacionales y académica de la Escuela de Periodismo de la UCN, Francis Espinoza, explica desde Birmigham que “deberíamos preparar profesionales con mejor manejo de tecnología, sin que la tecnología se convierta en un fin. Necesitamos mejores periodistas como cientistas políticos, sociólogos, comentaristas internacionales. Pero a su vez, especialistas en comunicación pública, comunitaria, en la difusión científica y en la generación de medios alternativos y en el análisis y crítica de los medios actuales”, añade.

De esta manera  la formación de este tipo de profesional no sólo queda en la carrera de pregrado, ya que luego de ese gran paso los caminos se vuelven innumerables y la opción de decidir en cual embarcarse radica en cada persona, finaliza la académica que el 2011 retorna a Chile.

Hoy la Escuela que en 1967 iniciaron Andrés  Sabella y Nicolás del Campo vive un proceso de complejización al igual que el resto del sistema universitario con un trabajo incipiente en tareas de docencia, investigación y vinculación con la postulación y adjudicación de importantes proyectos Fondecyt, Mecesup, entre otros, que le han dado una fuerza renovadora al quehacer de la unidad, junto con la incorporación de nuevos académicos y académicas.

La mirada se centra ahora en seguir implementando exitosamente la nueva malla curricular y la apertura durante el segundo semestre de este año 2011 del Magíster en Comunicación Estratégica, un proyecto largamente esperado y que inicia las labores de postgrado de la quinta Escuela de Periodismo más antigua del país.

El desafío

Luego de este viaje desde los inicios y la evolución de la escuela, sus momentos alegres y otros no tanto, además de quienes le dieron y siguen dando vida, y otros que opinan acerca del trabajo de este tipo de profesionales formados en el norte del país, Jonathan mira hacia el horizonte con la convicción de que será parte importante de ese legado transmitido en las más variadas direcciones de la sociedad. Está al tanto y con real firmeza que los conocimientos adquiridos en esta casa de estudios no habrán sido en vano, ya que de todo el sacrificio que sembró durante su periodo de estudio, una cosecha de grandes proporciones comienza ya a germinar.

Ahora, sin ninguna cuota de temor, entrega su reportaje de título; el último trabajo que le otorga el privilegio de ser un estudiante de periodismo, para convertirse en un egresado y parte importante del legado de la Escuela de Periodismo de la UCN en la Región de Antofagasta, Chile y el mundo.