EL NORTE DE CHILE Y NUESTROS VECINOS EN ARTÍCULOS DE LA REVISTA MENSAJE

Palabras preliminares

Hace un par de años culminé mi participación en un trabajo grupal de investigación sobre los primeros 50 años de vida de la revista católica Mensaje, es decir, el período que cubre entre los años 1951 y el 2000. Esta publicación jesuita fue creada por San Alberto Hurtado y se caracterizó, en ese lapso de tiempo, por ofrecer artículos de análisis y de opinión sobre la marcha del país y del mundo. Junto a otros colegas abordamos la temática en forma libre y en varias direcciones, como economía, teología, filosofía, política o la cuestión social. Yo me sumergí en lo tratado en los ámbitos de la literatura, el cine, la cultura y los medios de comunicación. En ese ejercicio, cautivador por cierto, hice una variación temática que justifica el presente texto. Quise advertir qué señales nos da el paisaje del Desierto de Atacama, del norte grande de Chile, en nuestra relación con los países vecinos. Quise averiguar qué se dijo y cuánto se dijo en las páginas de Mensaje sobre el norte chileno y las culturas andinas, quise pesquisar cuánto hablamos de nosotros mismos al margen de los márgenes a los que nos han enclaustrado los desencuentros históricos. He sido fiel a contar sobre lo explícitamente escrito, en las secuencias en que aparecieron los textos y, como hilo conductor invisible, busqué la fuerza de lo telúrico, lo ancestral y la cultura heredada en esta zona geográfica, quizás avizorando claves que nos permitan abrir las mentes para la acogida y el acompañamiento mutuo.

Un norte existente

En 1959, ocho años después de la fundación de la revista Mensaje, aparece por primera vez un breve artículo que en nuestra área de estudio hace mención a un país hermano. En este caso a Perú, y es en ocasión del Primer Congreso Latinoamericano de Prensa Católica realizado en Lima que da cuenta de una actividad en la cual participaron numerosos representantes de la Iglesia chilena.
La nota cuenta que, en la oportunidad, se acordó la creación de la Federación Latinoamericana de Escuelas de Periodismo de Universidades Católicas y se coincidió en dar un fuerte impulso a la formación de periodistas católicos en el continente. Estos últimos, según la revista, deben asegurar la presencia y la difusión de la Iglesia en el mundo.

Otro artículo publicado recién en 1967, Los medios de comunicación: Iglesia en la encrucijada es de un tono bastante reflexivo y crítico. Escrito por los sacerdotes Jorge Cánepa y John O’Connor, C.S.C repara en que los medios de comunicación han provocado un cambio enorme en la cultura. Son categóricos al señalar que “ejercen influencias espirituales y no físicas; entonces hay que darles la importancia que tienen”. Y agrega, “la iglesia no los había considerado como pertinentes en la construcción de la cultura moderna”.

Tiempos de dictadura

El golpe de Estado de septiembre de 1973 en Chile nos encuentra con una revista en donde no se trata para nada sobre las relaciones culturales con nuestros vecinos. El inmenso desierto de Atacama y Los Andes, efectivamente nos separa. Al contrario de lo que sucediera entre 1951 y 1973 y que dejaba como estela la prevalencia de la cultura tipográfica en la mente de los chilenos, en este nuevo periodo de análisis que va de 1974 al 2000, los tiempos se vuelcan a la cultura de lo audiovisual, a la fuerza del ícono, todo ello en un escenario de enfrentamientos políticos permanentes en un país herido y profundamente dividido.

En el ámbito cultural, destaca en 1974 un artículo del periodista Juan Andrés Piña, Joaquín Edwards Bello: Chile a través de la crónica, el cual se refiere a cómo somos los chilenos y las respuestas se encuentran en 10 libros que significan alrededor de 650 crónicas. Piña dice del escritor “Cada crónica (de Bello) es cosmogonía, un universo creado a partir de un hecho nimio, un personaje o un suceso histórico. Salta desde allí a un recuerdo, a una anécdota personal, resucita cadáveres, constata una observación, se deja llevar por una música nostálgica que viene de lejos. Vuelve nuevamente a su propósito inicial, se enriela, da remate final. Una pequeña crónica en este estilo vale por cien páginas de pretensiones”.

Las crónicas de Bello retratan el Chile de hasta mediados de los años 60’. Entre muchos aspectos, no es amable en definirnos. No presenta una versión idílica de lo que somos hasta esos años. En particular, sus reflexiones son amargas, sin concesiones. Dice que somos improvisadores y que vivimos al día; dice también que la mayoría de los chilenos ansían quedarse en lo fácil: Santiago. Acusa que tenemos una falta de imaginación fenomenal, no somos originales, todo lo hacemos por repetición atávica. De allí, se pavimenta el camino a una verdadera adoración que sentimos por todo lo extranjero. “El criollo cree que lo criollo es siempre mediocre y de mal gusto”. Apunta también a que somos exagerados en todo, en el comer, en el beber, en el exagerar. Y además somos como tontos para los viajes.

Quenas, Charangos e Illapu

Abrimos 1975 en lo que nos convoca en este trabajo, con dos artículos sobre música, muy diferentes entre sí. El primero, Barroco Andino da cuenta del inusitado éxito de un conjunto que fusiona los charangos y las quenas con la música clásica de Bach. Barroco Andino gusta a la juventud. Nace en el verano de 1974 al amparo del departamento de extensión de la Universidad Técnica del Estado. El éxito de esta agrupación parece transitar por un apego al romanticismo, la seriedad y el clasicismo de la música docta, pero modificada con la sencillez de la representación, por la ausencia de formalidad etiquetada. Sin embargo, el texto destaca que esta combinación de música culta con folklórica ha levantado una considerable polvareda de críticas y polémicas. A Barroco Andino se le sitúa en la senda que ya han comenzado a plasmar Kollahuara, Curacas y nuestro nortino y joven Illapu.

El segundo texto, de 1977, escrito por el mismo autor y dedicado al boom musical andino, hace las veces de ‘rara avis’ en materia cultural y, además de crítico, este documento refleja una postura bastante centralista. Da cuenta de que en el último año, el país asiste a una especie de moda por lo andino. De un día para otro, quenas, zampoñas y charangos inundan radios, festivales musicales y hasta la televisión. La locura –apunta- llega con la popularización del pegagoso ‘Negro José’ del grupo nortino y pampino Illapu. Y el autor hace el comentario en orden a preguntarse cuán chileno es lo andino y, a renglón seguido, señala que esa música no tiene nada de identidad chilena. La reconoce como propia del altiplano boliviano y peruano y del norte chileno y argentino. Además, considera que es una música triste, producto del despojo español en las tierras incásicas que sacudieron a las culturas quechua y aymara. Más adelante, reconoce que complejos fenómenos políticos y sociales llevaron a los chilenos a poner oído en lo andino y de a poco pasó a ser un referente cultural que nos une hoy día con América Latina.

El padre Gustavo Le Paige

Habrá que esperar otros cuatro años para encontrar nuevos artículos referidos al norte de Chile y a la influencia andina en las páginas de Mensaje. Aníbal Edwards S.J, describe en 1980, un perfil muy intenso sobre el trabajo misionero y la poesía del padre jesuita de origen belga Gustavo Le Paige quien falleciera el 19 de mayo de 1980 en Santiago. Reconocido mundialmente  como arqueólogo, el fundador del actual Museo de la Universidad Católica del Norte que lleva su nombre, en San Pedro de Atacama, se nos presenta como un ser excepcional.

Aníbal Edwards apunta: “Gustavo era poeta. Donde estuvo, sus manotas abrieron senderos hacia el Origen. La atmósfera plácida, protegida o enrarecida del tiempo terrestre, despertó sacudida a su paso. Recibió en pleno rostro desconcertado, admirado o molesto una bocanada de intemperie. De proximidad vívida al origen”. “Los sampedrinos fueron los primeros en acoger como comunidad en Chile la poesía de Gustavo…”

De las crónicas posteriores en el tiempo y en la anécdota, el 13 de mayo de 2010 fue histórico para los amantes del fútbol en San Pedro de Atacama. En partido válido por la Copa Chile, el primer equipo de Universidad Católica con Marco Antonio Figueroa a la cabeza como director técnico, derrotó por 4 a 0 al equipo amateur de San Pedro en la cancha de pasto sintético del estadio municipal del pueblo. El resultado, un detalle. Lo interesante fue que todos los jugadores locales provenían de las más distintas localidades del interior de la Segunda Región y eran descendientes de esa cultura milenaria.

La evocación se justifica por cuanto el padre José Vial S.J recordaba hace 30 años en Mensaje que el primer club de fútbol del pueblo y la primera asociación del valle había sido formada por el padre Gustavo Le Paige, un admirador de ese deporte desde su tierna infancia belga. San Pedro le debe también al padre Le Paige el primer estadio, las primeras graderías y camarines y los primeros trofeos del club que, alguna vez, abundaron en la casa parroquial. El texto de Vial retrató en profundidad no sólo al arqueólogo autodidacta e intuitivo y luego investigador profundo, poeta y sacerdote, sino también a un luchador por la salud, alimentación, el derecho al agua potable, la biblioteca, el patrimonio artístico y arqueológico, el regadío, la forestación y el deporte, entre otros, que lo hicieron uno más entre los hijos de San Pedro de Atacama.

Malas noticias llegan desde Bolivia. Un artículo escrito por Eduardo Pérez Iribarne da cuenta de la trágica muerte del sacerdote jesuita de origen español, Luis Espinal, Director del semanario Aquí, y de Radio Fides, de propiedad de los jesuitas bolivianos, fue asesinado tras ser torturado previamente, el 21 de marzo de 1980 a la edad de 48 años. Su rol periodístico estuvo centrado -enfatiza el artículo- en denunciar al ex presidente Hugo Banzer, a las fuerzas armadas y empresarios privados coludidos en ataques a los derechos humanos. Luis Espinal fue despedido en el camposanto por unas 35 mil personas que reclamaron justicia.

En 1981, el artículo 30 años de vida, escrito por Antonio Rehbein Pesce, Director de la Revista Católica de Santiago, se adhiere al aniversario de la revista al tiempo que ésta destaca que siempre ha sido fiel al espíritu de su fundador  y ha estado empeñada permanentemente en la búsqueda de la verdad. Rescata como un faro, la posición de los obispos reunidos en Puebla en 1979 donde se fijó la posición de la Iglesia frente a los medios. “Los medios de comunicación social, de Iglesia o bajo su influjo, deben asegurar la intercomunicación y el diálogo del Evangelio con el mundo para iluminar al hombre y al acontecimiento cotidiano en América Latina”.

Coincidentemente quizás con esas orientaciones que apuntan a lo latinoamericano, un mes después aparece en Mensaje en 1981, un artículo sobre la película televisiva Alturas de Machu Picchu dirigida por Reynaldo Sepúlveda y su equipo de canal 13. Su autor la presenta como un ejemplo que dignifica el rol que la televisión debe cumplir en América Latina. El programa emitido en octubre se filmó en las ruinas peruanas en el marco de la obra musical del grupo Los Jaivas, basado en el poema de Pablo Neruda, Macchu Picchu, documental que tuvo también gran participación del novelista peruano Mario Vargas Llosa y Canal 7 del Perú.

También durante ese año, aparece otro personaje destacado del Perú. En la sección Crónica Literaria destaca un texto de Jorge Edwards, La doble censura en donde se repasa la visita a Chile de Mario Vargas Llosa. De ella explica que realizó una charla sobre su última novela La guerra del fin del mundo y la firma de ejemplares de su última obra teatral, La Señorita de Tacna. Ambas actividades del escritor peruano organizadas por editorial Altamira, tuvieron gran aceptación del público, pero Edwards echó de menos la sugestiva ausencia en ambos actos de representantes de la Sociedad de Escritores de Chile. A Vargas Llosa se le conoce por sus furibundos ataques a todo tipo de dictadura militar, pero ahora se le ignora “por parte de las propias víctimas de nuestro aislamiento, de la crisis de los libros y de la cultura”, enfatizó el autor.

Cierro el análisis de 1982 con un texto que nos acerca geográficamente al norte de Chile y que nos hace mucho sentido a quienes vivimos y queremos esta parte del mundo. Aparece en la sección Libros con el título Las provincias literarias y está firmado por Bernardo Subercaseaux. Se trata de una crítica a la novela póstuma Ruta Panamericana cuyo autor es el escritor taltalino y antofagastino Mario Bahamonde Silva.

La trama transcurre en un viaje en bus desde Antofagasta a Santiago y los protagonistas son pasajeros muy particulares. Entre otros, destacan un pastor adventista, un enfermo, un sociólogo parlanchín, una viuda post 1973, un ex minero, un jinete contrabandista, el ‘galán del asiento 29’, la muchacha embarazada del 10 o la niña del 36. El protagonista principal es el antofagastino Rolando Díaz y los distintos personajes van, a medida que transcurre el viaje, entregando sentido al desplazamiento al sur en la Panamericana. Además de lo físico y geográfico del viaje, se va dibujando un “paisajismo telúrico de tono nostálgico, pero con calas en la realidad humana y social del norte”. Más adelante, se desplaza la conciencia del protagonista  entre el pasado con sus fracasos y la huida de su hijo desde Antofagasta y el futuro  que espera en Santiago. Espera corta y dura; no habrá tal futuro. El tercer nivel de la novela sitúa al protagonista como actor de un viaje que rescata el destino colectivo e histórico del norte.

Allí suceden discursos que rememoran el aporte del norte al país y la permanente expoliación de sus riquezas y la indiferencia centralista. Las dificultades son siempre recurrentes y el viaje es interrumpido, en muchos tramos, por patrullas militares que caracterizaron la Panamericana en los tiempos del golpe de Estado. El sustento de la novela es el tomar conciencia a través de la regresión histórica de ser nortinos. El autor recuerda también al periodista antofagastino Mario Cortés Flores, quien en su momento denunciara a la ‘dictadura literaria’ de la capital. Ruta Panamericana, es en esta perspectiva, un llamado de atención a los críticos y a los lectores “pidiéndoles en vez de una historia personal, una visión más global y sociológica de la literatura”.

1983: protestas, paros y los prisioneros

1983 es un año clave en la lucha entre el gobierno militar y los sectores de oposición que comienzan macizas actividades de protestas, y que realizan en mayo el primer paro nacional convocado por la Confederación de Trabajadores del Cobre. La situación económica es gravísima, con más de 20 por ciento de cesantía reconocida, pésima distribución del ingreso y un robustecimiento transversal para exigir mayor respeto por los derechos humanos. El país vive todavía en toque de queda y con múltiples medidas que coartan múltiples libertades ciudadanas. En ese escenario, comienzan a escucharse los sones de una música juvenil y contestataria que atrapa con su entusiasmo a la juventud. ‘Los Prisioneros’ hacen su debut con ‘Muevan las industrias’ y ‘Pateando piedras’ y abundan en Mensaje los artículos sobre la cuestión social.

1984 es un año donde disminuyen sustancialmente los artículos del área que analizamos. Indudablemente, los temas sociales y políticos duros son los prioritarios. No obstante, el fallecimiento del escritor argentino Julio Cortázar en su casa parisina el 12 de febrero de ese año, origina numerosos artículos de homenaje y de examen de su vasta obra. En teatro, Juan Andrés Piña, selecciona tres estrenos de obras contemporáneas que están en cartelera para el público chileno. Una de ellas, en la sala Antonio Varas es La señorita de Tacna, la primera obra teatral de Mario Vargas Llosa y que fuera estrenada en Buenos Aires en 1981. Es una obra extensa, a ratos difícil que trata de la historia de la anciana Mamaé, quien en su juventud había sido recogida en una familia peruana y viviera en muchas ciudades, entre ellas Tacna. La obra cuenta la historia de una protagonista y una familia en decadencia y sin medios económicos, y se matiza sobre una profunda reflexión sobre el oficio de escribir.

Al igual que el año anterior, en 1985 y 1986, prevalecen los artículos sobre materias sociopolíticas. Algunos hechos, sin embargo, son clave a nivel país. El 3 de marzo de 1985, frente a Valparaíso un terremoto sacude gran parte de la zona central del país y Santiago. La fuerza telúrica es de tal magnitud que las ondas llegan hasta Antofagasta por el norte y la Araucanía por el sur. El balance habla de 177 muertos, 2.500 heridos, 150 mil viviendas destruidas y, al menos, un millón de damnificados. En el plano político, 1986 se caracteriza por una profundización de la lucha entre el gobierno militar y los sectores de oposición agrupados en la Asamblea de la Civilidad que lanza un ultimátum a Pinochet, marcando la antesala de la desobediencia civil en el camino de la recuperación de la democracia. En las protestas de ese año hay una docena de muertos y se quema en público a dos jóvenes opositores, Rodrigo Rojas y Carmen Quintana. Son silenciados los noticieros de cuatro radios (Carrera, Cooperativa, Chilena y Santiago), se querella a Análisis y Cauce y un editorial de Mensaje recuerda que en 1985 murieron al menos 77 chilenos por la violencia política ejercida por los organismos represivos, y se calcula en tres millones  el número de chilenos que están en la extrema pobreza. El padre Renato Hevia, entonces director de Mensaje se encuentra en prisión.

Juan Pablo II de visita en Chile

La tónica de 1987 está marcada por la histórica visita del Papa Juan Pablo II a Chile, y la tensión al máximo entre el gobierno y la oposición. En la farándula, el país se remece con la elección de Cecilia Bolocco como Miss Universo, lejos allá en Singapur, pero con un tratamiento mediático impresionante en casa. Para amplios sectores opositores, la aparición del diario La Época, dirigido por Emilio Filippi es una muy buena noticia; una oferta de ‘modernidad gráfica’, una manera de entender que la relación contemporánea entre periódico y lector pasa por una ‘urgencia informativa ordenada’.

Renato Hevia, Director de Mensaje escribe un texto sobre el significado de la visita papal prevista a partir del primero de abril y que culminara en Antofagasta. Hevia da cuenta del clima de expectación y de movilización que se advierte en todo el país. Se están removiendo las capas más profundas de la sociedad chilena y que están marginadas, también se está removiendo el gobierno que no tiene los hilos en su mano, plantea el sacerdote. “La visita del Santo Padre- antes de ocurrir ya desata vientos de esperanza”.

De nuevos aires y artesanos

El 5 de octubre de 1988 se realiza en Chile el plebiscito entre el Sí y el No, una fecha crucial que marca el itinerario hacia la transición. La opción opositora encabezada por 16 partidos en el Comando por el No obtuvo 55,99 % y el Sí 44,01 %. Se estima que la participación electoral en el plebiscito alcanzó el 97,5 % de los chilenos. De esta forma, se llamará a elecciones presidenciales y parlamentarias al año siguiente. Habrá franjas electorales gratuitas y, entre otras cosas, se pondrá fin al toque de queda y actuarán abiertamente los partidos políticos. Patricio Aylwin es electo Presidente de Chile en 1989, lo que inicia la recuperación de la democracia.

Antonio Avaria escribe en 1989 un texto sobre historia social de la literatura latinoamericana donde hace una profunda reflexión sobre el significado de la conquista de América que en la práctica ha implicado arrasar con culturas y razas originales, y cuyo correlato puede encontrarse en obras literarias e históricas. El autor sostiene, que a fines del siglo XV, Europa toma posesión de América e impone hasta nuestros días su utopía ideológica. Junto con recordar que en esos años Tenochtitlán, la capital azteca, era más grande que Londres y que su población doblaba a Sevilla, recuerda que España facilitó el etnocidio y el enriquecimiento de los banqueros protestantes que en su mayoría eran los financistas de las conquistas en lo que ellos denominaban el nuevo mundo.

Avaria recuerda episodios ilustrativos de la descripción telúrica y del pueblo mapuche  que muestra La Araucana de Alonso de Ercilla, y el efecto aterrador de la explotación del trabajo humano en las Américas que llevó a la desaparición, en menos de 150 años, de más del 90 por ciento de la población indígena. Repara también el autor en el valor de las crónicas como testimonios de esas épocas. “Es una literatura de testimonio (experiencias vividas o leyendas e historia recogidas oralmente), a menudo de base documental, que da cuenta de la realidad histórica  social”. Entre sus principales cultores, Avaria recoge La verdadera historia de la conquista de la Nueva España (México, de Vernal Díaz del Castillo y los Comentarios Reales de Garcilazo de la Vega, inca, mestizo de sangre quechua y castellana) que se remonta a la historia antigua del Gran Perú.

En esa misma línea, David Vera Meiggs escribe un artículo donde se pregunta ¿Por qué no desaparece la artesanía?  Y se contesta, “en esos privilegiados lugares de consecuencia surgen estas flores silvestres de apariencia mestiza, no clasificables en los casilleros mayores de la cultura”. “la cultura docta menosprecia las manifestaciones estéticas de las clases subalternas y nuestra cultura no siempre se reconoce a sí misma”. Y se pregunta: “Seremos capaces de reconocer la cultura de los otros (léase el nortinizador Andrés Sabella, de Antofagasta,  quien partió sin Premio Nacional o si habrá tiempo para recordar a tiempo a la chilenizadora Margot Loyola). Vera Meiggs sostiene “la artesanía popular nace para servir y viene de cuna humilde”. Y concluye, “es deber democrático escuchar la voz de la cultura de las clases subalternas porque ahí es donde se expresa la verdadera personalidad de la nación”.

Filma Canales escribe también en 1989 algunos artículos sobre cine del continente. Uno de ellos da cuenta de la exhibición en Santiago de cinco películas latinoamericanas y dos chilenas que se han proyectado últimamente y que tienen la virtud de devolvernos la “conciencia de pertenecer a un continente en el cual nos hallábamos aislados estos últimos 15 años”. Destaca la articulista que ninguna de estas películas están en el circuito comercial sino que han sido proyectadas gracias a embajadas, el centro de estudios Simón Bolívar y el diario La Época. En particular, pone de relieve la película Maldita carne, de origen brasileño y que muestra a ese país como el mayor productor de películas del continente. Otro filme destacado es Tupac Amaru, dirigida por Federico García, realización peruana basada en la temática indígena en el contexto de un movimiento político nacional. Otra película que han visto los chilenos es La última cena, filme cubano de Tomás Gutiérrez Alea, sindicada aquí como una muestra de un cine artesanal, bien elaborado con una temática socio-histórica excepcional.

Nortinidad y cultura andina

En marzo de 1990, asume el Presidente Patricio Aylwin la conducción del inicio de la transición. En Mensaje disminuyen los artículos sobre medios de comunicación y la coyuntura política, y florecen artículos de música, literatura, cultura y cine mientras aún está suspendido en el aire el polvo de los muros de Berlín derribados en noviembre recién pasado.

El padre Guillermo Marshall S.J, escribe un artículo sobre las señas de la nortinidad, para lo cual recuerda primero cómo fue el primer siglo en que el norte chileno adquirió la ciudadanía chilena. Marshall cuenta cómo se pobló el desierto, un verdadero far west, en un clima extraordinariamente duro y que dio como resultado una particular manera de ser antofagastina: los describe como gente esforzada, reservada, cariñosa y gente querendona, aun cuando observa que al inicio son reticentes de demostrar todo el afecto. La crónica de Marshall apunta: “el nortino tiene mucho de minero, se esfuerza pero después disfruta de lo recolectado y lo dilapida. No tiene una concepción trágica de la vida, sino más bien placentera. Su premisa es que el trabajo hay que hacerlo durar. Por lo tanto, no puede realizarlo demasiado rápido”. El ojo observador del padre Guillermo va más allá y rompe mitos: “Aquí los hombres lloran igual que las mujeres, se emocionan, no pueden continuar los discursos por las lágrimas, y nadie se avergüenza de ello”.

Grandes deportistas, los antofagastinos que vienen de trabajar en Codelco sueñan con ser dirigentes deportivos.  “Antes de ser chileno, él es nortino. Es una hermosa personalidad la del habitante de estas zonas. Casi forma un subgrupo dentro de los chilenos. En lo religioso, el nortino es gran bailarín de la Virgen, devoto de las animitas, fiel asistente a velorios y funerales y supersticioso. La Iglesia tiene aquí grandes reservas escondidas que se deberían explotar”.

De aymaras, paisajes y poetas

La crítica de arte Virginia Huneeus cuenta, en 1991, sobre un ciclo de videos gratuitos sobre las culturas autóctonas andinas, realizado en el Museo Chileno de Arte Precolombino de Santiago. Allí, la cultura andina y aymara del norte de Chile, se exhibe ante mucho público que mira atónito verdaderos tesoros desconocidos. Nube de lluvia, de la cineasta Patricia Mora es un documental filmado a 4.300 metros de altura en el altiplano chileno. Narra la historia de una pareja de aymaras que bajan al mar de Iquique para sacar agua del océano y la llevan hasta las montañas para un ritual para pedir por la lluvia. En el camino de regreso, salen a su encuentro el carnaval de la Virgen de la Candelaria, leyendas del salitre y rituales y mitos ancestrales. Otros trabajos exhibidos sobre el complejo mundo andino fueron El camino de las almas, de Coroma, Bolivia; Qoyllur Riti, de Gisella Galliani del Perú y Arica, diez mil años de Reinaldo Sepúlveda.

El ciclo culminó con Naira Yawiña, una creación colectiva de mujeres inspirada en la localidad de Cupo en el interior de Calama, asesorada por Isidora Aguirre y dirigida por Gastón Baltra. Cuenta la historia de 50 mujeres de Cupo que cuidaban sus llamas y alpacas y cuyos maridos habían emigrado a la ciudad o a las minas. “La obra muestra la sabiduría y profundidad de la cosmovisión aymara, su armonía con la naturaleza, su tenacidad, sus mitos y leyendas”.

El talatur en Socaire

Desde el Norte Grande y, más precisamente desde Socaire, 200 kilómetros de Calama hacia el altiplano, un joven estudiante jesuita Juan Pablo Contreras cuenta su experiencia de vivir en esas alturas la Fiesta de la limpia de los canales, el Talatur, a 3600 metros sobre el nivel del mar. Socaire es un villorrio apartado y pobre. Su gente de raza atacameña vive de la agricultura y del ganado. Originalmente allí se hablaba kunza, pero hoy ella no se enseña ni se habla entre sus casi 300 habitantes. Eso sí, los locales y los que regresan en esa fecha, todos participan de la fiesta del Talatur y que dura varios días.  “En la fiesta se expresa su mayor convicción: el agua es su gran riqueza y, al igual que la Pachamama, es divina. Segundo, se deja descansar el agua por dos días y se cierran las compuertas. Entonces todos limpian los canales. Así expresan su segunda convicción: la vida sólo es posible si es compartida por todos. “Después de recorrer unos seis kilómetros de limpieza los capitanes dan por terminada la jornada y se dirigen nuevamente a la bocatoma para decirle al ‘Tata Covero’ lo que han hecho en su nombre. Después todos bajan al pueblo a seguir las celebraciones, año tras año, memoria tras memoria… El último día se abren las compuertas y se celebra el Talatur colectivo”. Pobre Socaire, al compás del alcohol y la coca abundan los malos recuerdos y la baja autoestima. Se sienten lejanos y no queridos por las autoridades. “Al atacameño desde quinto básico se les manda a escuelas de concentración y se les aleja de sus tradiciones”. Las poderosas faenas mineras amenazan con quitarles el agua, el único tesoro que tienen y que los unifica. No basta con dos misas al año y de las misiones anuales. Socaire tiene también sed de justicia y del evangelio…

Una cruz nortina

Inspirada en el norte, Virginia Huneeus publica en 1992 una entrevista al escultor Harold Krusell quien trabajara junto al padre le Paige y supervisara los trabajos de investigación en el ‘Hombre de cobre’ que se exhibe en nueva York en el Museo Americano de Historia Natural. La conversación gira sobre una cruz de piedra –testimonio muy nortino de las animitas- que se levanta sobre la cumbre del monte Calvario en la Cordillera de la Sal, muy cerca del Valle de la Luna en San Pedro de Atacama.

La historia cuenta que en 1972, un estudiante de la Universidad del Norte de Antofagasta llamado Andrés Tan falleció trágicamente cerca del lugar y que para perpetuar su memoria nuestra universidad acordó levantar allí una cruz de piedra, la que fue canteada en los talleres del Departamento de Arte de la Norte y con piedras de Toconao. Era un año de gran efervescencia política y social en la universidad, y la cruz de piedra de 3 metros de altura quedó en la carretera soportando el embate del tiempo hasta su casi destrucción. Krusell cuenta que, años después, el empresario Umberto Urdargarín decidió reconstruir la cruz, pero en otro lugar y hoy se levanta en el monte Calvario. Fue inaugurada en 1992 por el obispo de Calama, Cristián Contreras. La cruz lleva una inscripción original en homenaje a Andrés Tan escrita en español y en quechua, ya que indígenas fueron los que la llevaron hasta la cumbre del santuario en el valle de La Luna.

Magia cultural andina

En 1994 aparecen varias crónicas testimoniales. Victoria Huneeus entrega varios textos sobre culturas originarias y sobre la magia cultural boliviana. En el primero, cuenta del significado de varias exposiciones realizadas en el Museo Precolombino de Santiago. Por ejemplo, explica que la cerámica de los Mochica puede revelar aspectos extraordinarios relacionados con la profundidad religiosidad de este pueblo, pero también que ella fue hecha con manos de mujer, una forma de liberarse de los señores varones gobernantes y que mostraban cómo esos pueblos entendían la inmortalidad del alma. En otra de las exposiciones, ‘Colores de América’, se muestra cómo los incas y aymaras dominaban una compleja simbología del color, presente miles de años antes en el mundo andino. Los diseños eran verdaderas escrituras secretas reservadas a las castas sacerdotales. La tercera exposición es para escuchar el lenguaje de los gorros, turbantes y tocados prehispánicos del norte de Chile y su simbolismo. Según Huneeus, muchas de esos tesoros empiezan a descifrarse en milenarias tumbas enturbantadas o con gorros de cuatro puntas encontradas en el Desierto de Atacama.

El segundo artículo, Bolivia: La magia de su cultura, Virginia cuenta del tremendo éxito de público alcanzado por la Semana Cultural Boliviana realizada entre el 1 y 6 de agosto en la estación Mapocho. Llenas de color, las muestras incluyeron vistosas máscaras como la de la pantomima Awki-Awki, usada para ridiculizar con su sombrero copa y ojos celestes y larga barba blanca, a los dignatarios y funcionarios de la administración colonial. En video, “se ve a las comunidades reunidas ante grandes tinajas de barro donde aún preparan chicha como antaño: no nos van a cambiar la cabeza por otra”, explican. En pintura, el público se deleitó con creaciones del maestro del barroco mestizo Melchor Pérez Holguín y del “Ángel arcabucero del maestro Murillo de Catamara y la animación de los infiernos y purgatorios de Marcelo Suasabar. El plato de fondo fue la Diablada Central de Oruro que bailó en homenaje a la Virgen del Socavón ante una multitud chileno boliviana enfervorizada”.

En esos mismos días, Virginia Vidal escribe Palabra e imagen para recrear la memoria, artículo dedicado a dos relatos de Virginia Huneeus publicados en 1994 por Editorial Andrés Bello con los títulos “El secreto del Chamán” y “El sol sobre las tumbas”. El primero, se inspira en los ya citados mochicas, una de las culturas más asombrosas de occidente, ubicada en la actual costa norte peruana, y que fuera silenciada por los incas y desconocida para los españoles. No hace mucho empezaron a conocerse sus secretos gracias a las cerámicas, el arte funerario y la momificación. La genial pluma de Virginia Huneeus, dice Vidal, “recrea un mundo que se caracterizó por su profunda jerarquización política y religiosa.”. Así da vida a los dos últimos señores de la dinastía de Sipán donde la autora pone de relieve el implacable peso de un poder patriarcal educador para la violencia y la guerra, el cual niega al hijo la leche materna para reemplazarla por sangre”. El segundo relato, transcurre en algún escenario de la cultura de Tiahuanaco en los Andes del sur, donde perviven muestras de su estatuaria y magníficos bajo relieves. “La magia fluye con naturalidad de estos relatos compenetrados del pasado americano. De los cuerpos de los antepasados manan las vertientes para permitir la vida en el desierto, y de los huesos de sus muertos brotan flores: un amuleto sagrado puede librar al amado de lavas y fuego: la Muerte danza alegremente y pretende disputarle su poder al Sol…”.

La cordillera que rompe los márgenes

En 1995, Virginia Huneeus nos trae nuevamente dos artículos que ponen de relieve nuestra cultura andina. En el primero, Jaguar trasandino en Santiago destaca la importancia de una exposición en el Museo Precolombino titulado: “Los sueños del jaguar: imágenes de la puna y la selva argentina”, muestra que trae a los espectadores una señal de aire puro de Los Andes. “Máscaras, cerámicas, esculturas y tejidos atacameños y argentinos demuestran que para los precolombinos la cordillera andina no era una barrera, sino la ruta de intercambio entre San Pedro de Atacama y el noroeste argentino”. Virginia recuerda que si bien el imperio Inca llegó hasta el Maule, en las escuelas chilenas no se habla prácticamente de las culturas preincaicas, pese a que inconscientemente muchas de ellas ejercen una influencia sobre nosotros, mayor que las culturas occidentales, fundamentalmente a través de la religiosidad popular, los velorios de angelitos, nuestras animitas y los apachetas o adoratorios indígenas, las rogativas y procesiones para conjugar terremotos, sequías y aluviones.

El segundo artículo, El otro tesoro de San Pedro de Atacama es un homenaje al padre Gustavo Le Paige, Doctor Honoris Causa de la Universidad del Norte en 1976. Virginia cuenta del recuerdo vívido que tienen los lugareños de este religioso que se empeñó en rescatar su cultura y devolverles el orgullo de ser atacameños. El artículo crítica con asombro y agrado una colección de pinturas efectuadas por el padre Le Paige en sus tiempos en que fue misionero en el Congo belga, “La fuerza emocional con que retrató a los nativos del Congo sobrecoge. La dignidad de estos rostros de mirada limpia, hablan de profundo respeto y amor por sus hermanos africanos”. Le Paige, reconoce la autora del artículo, brilló en vida en todos los campos de su labor misionera y en la antropología. En 1972, el gobierno de Salvador Allende le había concedido la ciudadanía chilena.

En 1996, se escribe el último artículo de Mensaje sobre Bolivia y las culturas andinas. Un texto de Virginia Huneeus nos habla de que la cultura boliviana asombra y gusta a los espectadores chilenos.

Con el título El fin de los márgenes, Virginia Huneeus da cuenta de una exposición de artistas bolivianos contemporáneos que se exhibe con enorme éxito en el Museo de Arte Contemporáneo de la Universidad de Chile. “Si en 1994 y 1995, Bolivia nos deslumbró con sus máscaras, bailes, música, gastronomía, tallados en madera y pintura colonial, con esta exposición, vuelve a demostrarnos que es un país de artistas y que la cultura  es lo que más puede disolver márgenes y unir a los pueblos”, asegura una deslumbrada Virginia. Se trata de las obras de siete jóvenes bolivianos que dejan ver un trasfondo colectivo. “Cada obra habla de esa ambivalencia de amor y muerte, de religiosidad popular, mitos, sacrificios y ofrendas andinas, del barroco colonial y monumentos ancestrales de este país vecino, que después de 20 años de dictaduras militares se destapa con fuerza de cráter volcánico, reencontrándose consigo mismo y los demás a través de su cultura. No sólo la de ayer, son también la de ahora”.

Conclusiones

A la luz de los artículos analizados en un lapso de 50 años y que se refieren a cómo vemos a nuestros vecinos del norte, desde la óptica de lo publicado en la revista Mensaje en materias culturales, podemos señalar que ha sido un largo período en que nos hemos mirado muy poco. Entre 1951 y 1973, prevalece la idea profunda subyacente de las crónicas de Joaquín Edwards Bello que nos retrata a los chilenos hasta los años 60’ como inmensamente aburridos, repetitivos y amantes de lo extranjero, pero no de lo criollo ni lo originario. Los años de la dictadura militar son tiempos en que se acusa el golpe a lo popular y se reorganizan con paciencia infinita las redes culturales para recuperar la democracia. De los textos publicados, gran parte de esa posición de lucha comienza con canciones y músicas de charangos y quenas, de sones andinos que preparan tiempos mejores. Se aprecia igualmente el mensaje de la iglesia y los obispos latinoamericanos que llaman al entendimiento y al diálogo y, poco a poco, aparecen algunos artículos que nos acercan a lo latinoamericano, un continente al que le dimos la espalda durante mucho tiempo. Esto se advierte en Mensaje en los años 80’ donde hay una mayor apertura hacia los países vecinos. No son muchos los artículos en ese sentido ni tantos los autores, pero se advierte una tendencia. El puente es naturalmente el norte grande de Chile, San Pedro de Atacama y el desierto que se muestra en numerosos y efectivos relatos en su magnificencia telúrica. Recién en los 90’, y ya recuperada la democracia, hay acercamientos notables en materias culturales con Bolivia y con Perú. Particularmente dadivosos son los años 1991 y hasta el 96 en que la revista descubre con agrado y asombro la belleza, la fuerza y el encanto de la cultura andina y de los artistas bolivianos. De alguna forma, parecía un camino claro para ir disolviendo los márgenes de tanto desencuentro. Sin embargo, las golondrinas no han hecho primavera todavía. Entre 1996 y 2000 las plumas ya no han vuelto a escribir sobre los vecinos ni sobre nuestro norte grande.

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