EPISTEMOLÓGIAS COMUNICACIONALES PARA COMPRENDER EL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL 2011 EN CHILE

Introducción: ¿qué vamos a entender por comunicación social? Las alternativas epistemológicas.

Uno de los debates centrales de la epistemología de la comunicación es identificar qué se entiende por comunicación y por comunicación social más precisamente. En nuestro caso se trata de identificar el movimiento estudiantil chileno y estudiarlo como un fenómeno comunicacional. Este fenómeno social contiene relaciones entre los sujetos insertos en estructuras y en sistemas históricos concretos. Por ello, veremos acciones ‘comunes’ y no sujetos implicados en climas de tratamiento clínico. Cuando hablemos de ‘patología de la comunicación’, nos referiremos a los procesos de alienación de comunidades que superan, de alguna forma, sus conflictos y no a un cuadro psico traumático.

Uno de los debates relevantes entre Habermas (2000) y Luhmann (1997) fue sobre lo que debiera entenderse por comunicación. Mientras que Habermas pone el acento en que la comunicación está constituida por las relaciones de significado que establecen los sujetos y su entorno, mediados por el lenguaje, para Luhmann, en cambio, la comunicación es el propio sistema que contiene y configura  las relaciones sociales:

La comunicación no es una acción, tampoco una acción comunicativa, sino un evento diferente, que requiere de la participación de más de un actor para tener lugar. En el concepto elaborado por Luhmann, la comunicación es una síntesis de tres selecciones:

a) La selección de una información, en que Alter decide cuál de las distintas alternativas de información de que dispone va a seleccionar: qué voy a informar, qué voy a decir.

b) La selección de una expresión o acto de comunicar, en que Alter opta por una forma de expresar la información: cómo lo digo.

c) La selección de una comprensión/incomprensión, en que Ego elige una de las posibilidades de comprensión o incomprensión de lo que Alter le ha transmitido. En este acto, Ego diferencia entre la información y la expresión: qué entiendo.

La sociedad es un sistema autopoiético y autorreferente que se compone de comunicaciones[i].

El centro del estudio sociológico para Luhmann, a diferencia de Habermas, está en la estructura que aloja a los sujetos donde hay información, un lenguaje y un entendimiento presente e independiente de éstos. Este sistema social es altamente complejo, comprensible por la vía de la comunicación y es diferente del sistema de vida y aún del sistema psicológico.

Utilizaré, de preferencia, para analizar el fenómeno de la protesta estudiantil chilena[ii], la propuesta de Habermas de una ‘Teoría de la Acción Comunicativa’[iii], y la confrontaré o complementaré con las propuestas de otros autores, cuando parezca pertinente. Como sabemos, la teoría de Habermas busca superar a la sociología tradicional que desconoce el rol del lenguaje y se limita a los aspectos descriptivos de la realidad. En cambio, Habermas propone una ciencia socio-lingüística que se ocupa de la construcción de los significados sociales, buscando superar la descripción y las cuantificaciones estadísticas[iv], propio de las ciencias sociales clásicas.

Por esta razón, Habermas, distingue entre acciones, que implica estar dentro de procesos sociales específicos, que requieren de la interpretación y las conductas que simplemente describen lo que ocurre, Puedo describir cuántos ricos y pobres hay en Chile, con la sociología clásica , pero necesito entender las reglas del juego social y los sistemas de acumulación y distribución de la riqueza socialmente generada , para saber cómo se han producido las diferencias sociales y vislumbrar si ellas podrán o no modificarse y en qué sentido. Esto me obliga a situarme moralmente en el juego social para establecer una referencia o un sentido.

Para que exista una mirada comunicacional, según Habermas, se requiere interpretar los fenómenos humanos como relaciones que los sujetos concretos establecen por intermedio del lenguaje y la formulación de sentidos sociales compartidos. La física o la astronomía- según Habermas – no pueden sino que estudiarse con la observación y la cuantificación, pero como no entran ni en el espacio del lenguaje compartido, ni en la construcción de sentido social, no son ciencias sociales. Igualmente un estudio sociológico tradicional puede describir las fuerzas que se enfrentan en un conflicto, relatar sus funciones y disfunciones o su estructura, dar datos estadísticos, de manera semejante a como lo hace la física o la astronomía, pero para comprender el fenómeno social, se requiere incorporar la intencionalidad de los sujetos, lo que implica entender el lenguaje y su relación con las estructuras sociales, incorporando el sentido de lo que hacemos.[v]

Este corte epistemológico que nos sitúa en la alternativa metodológica de describir o de interpretar los fenómenos, para Habermas debe ser de interpretar las acciones, renunciando a la precisión y poniendo el énfasis en la comprensión. En este trabajo, nos limitaremos a comprender el movimiento estudiantil, aventurando mostrar el sentido social que provoca en la sociedad chilena en su conjunto, pero no pretende ser concluyente sobre ningún aspecto.

Las preguntas sociológicas o políticas clásicas se van a referir a la magnitud del movimiento estudiantil, a la fuerza de sus opositores y antagonistas, van a debatir el número de participantes en las manifestaciones y seleccionarán diversos episodios históricos que lo explican para compararlo con otros movimientos semejantes y sacar algunas conclusiones.

En nuestro estudio del movimiento estudiantil, entendemos por comunicación el conjunto de interrelaciones entre los principales protagonistas, que acometen acciones o se encuentran involucradas en ella: marchas, tomas de edificios, danzas masivas, asambleas, represión policial, vandalismo, negociación, presión…, intercambian información – por vía de los medios como la televisión, documentos, reuniones -, e intercambian significados de la historia y de la sociedad, realizan amenazas y propuestas, hacen discursos (usan códigos y lenguaje) y participan de un proceso político e ideológico, tendiente a obtener determinados cambios sociales o a mantener los términos sociales actuales. Para ello, recurren a los referentes del consenso social y utilizan recursos propios de la acción comunicativa como de la acción estratégica[vi].

En esta definición, los sujetos son agentes activos que intercambian significado y sentido (Habermas), pero también son actores que participan de un sistema social (autopoiético y recurrente como diría Maturana y Luhmann), que tiene reglas de convivencia (comunicación, referencias, códigos), que incluyen el entorno social, los dispositivos mediales, las estructuras y reglas económicas, culturales o políticas. De esta manera, el mercado, el estado, las instituciones educacionales y mediales, las diferentes audiencias son presencias que condicionan las acciones de los sujetos. La postura señalada se nutre, principalmente, de la fenomenología de Husserl y del interaccionismo simbólico de Bateson, Mead y Watzlawick.

Esta definición de comunicación difiere grandemente de las que utilizan autores estadounidenses como, David Berlo, Charles Wright o Harold Lasswell[vii], que limitan el proceso comunicacional a un conjunto de instancias donde circulan mensajes en los conglomerados sociales, mediante dispositivos tecnológicos, generando impactos sociales (rating, encuestas de opinión pública). Este tipo de enfoques es reduccionista de la comunicación. Sirve para contabilizar dispositivos, mensajes y audiencias, pero no para comprender los fenómenos sociales complejos como es entender qué significa el movimiento estudiantil para un determinado universo social o político, cuál es su génesis y su evolución en la sociedad chilena.

Ciertamente que también esta definición de comunicación escogida es diferente de cualquier teoría que tenga por objeto de estudio de la información o de los dispositivos mediales, tal como la han formulado Shannon y Weaver, Wiener o Moles, cuyo desarrollo nos lleva a la computación, a la cibernética, a las Tics y a la inteligencia artificial, pero sin ocuparse de los conflictos sociales.

Igualmente, nuestra definición de comunicación social es distinta al enfoque lingüista de la comunicación según lo han  formulados distinguidos estudiosos como Saussure, Jacobson, Eco, Noam Chomsky o Wittgenstein, que tienden a ser visiones estructuralistas que desperfilan el propio fenómeno social al poner el énfasis en el estudio del lenguaje humano[viii], aunque consideren expresamente los aspectos sociales o culturales.

Por razones de espacio, este autor no se refiere  al enorme aporte a los estudios de comunicación social, de la dialéctica materialista provenientes de Marx, Engel, Gramsci, Ezemberger o Mattelart, y de la llamada Escuela de Frankfurt, escuela del cual es heredero y continuador el propio Habermas[ix] .

La metodología de la acción comunicativa escogida como instrumento de análisis.

Una metodología de la comunicación social, requiere de un procedimiento que apunte a detectar cuáles son los principales sujetos, cuáles son sus intenciones, cuales son los intereses en juego, cómo cada uno de los principales sujetos (representantes de la realidad social) están construyendo sentido (principio de realidad) y cómo se relacionan con las estructuras sociales vigentes, cuáles son los medios y recursos que disponen, cuáles son los factores que dificultan y cuáles facilitan su evolución, cómo se están construyendo los escenarios sociales y cómo podrían evolucionar.

En términos de etapas del estudio a considerar, serían las siguientes:

1. Trasparentar la postura del analista en el conflicto. Esta condición es necesaria para generar la referencia de sentido y sincerar la intencionalidad del que propone una interpretación. El lector puede también situarse y tomar los resguardos necesarios a su mejor comprensión.

2. Identificar el fenómeno a estudiar, teniendo presente la génesis de su manifestación. Ello implica describir el contexto político-social de la movilización estudiantil en Chile, lo que ayuda a encontrar los referentes y los significados del ‘objeto del estudio’.

3. Identificar a los principales sujetos o protagonistas con sus intencionalidades, sus imaginarios, lógicas, propuestas, intereses, con sus lenguajes y acciones para establecer un ‘eje de sentido’ al cual referir los diversos significados en disputa.

4. Poner énfasis en cómo se han establecido las mediaciones y el rol de los medios de difusión de masas y de las redes sociales, y esto implica comprender las ‘reglas del juego social’ dentro de un sistema social donde hay fuerzas dominantes y emergentes. Esto ayuda a establecer cómo se mueven los actores, detectar sus fortalezas y debilidades como sus opciones de acción.

5. Establecer un horizonte de anticipación que permita entender cómo podría evolucionar el fenómeno en un tiempo futuro determinado.

Intentaremos cumplir con este procedimiento metodológico.[x], aunque no se puede prometer, en cada etapa, la misma rigurosidad o desarrollo.

El rol de los medios de difusión y de la información en el conflicto.

Es un lugar común hablar de los medios de difusión de masas cuando se trata de hacer un análisis comunicacional. En verdad, ésta es una parte del análisis, que encuentra un historial académico y profesional relativamente vasto y consolidado. En este ámbito, las diversas teorías de la comunicación de masas, como la de Lazarsfeld o la sociología de la comunicación de Miguel De Moragas, que Melvin De Fleur o, Denisse Mc Quail o Michèle Mattelart han preferentemente recopilado  para mostrar el aporte de las diversas escuelas.

Sin duda que la mirada descriptora y cuantitativa, propias del positivismo en las ciencias sociales (Parsons) y en la comunicación más en específico, han sido liderada por los investigadores y teóricos norteamericanos, quienes han instalado procedimientos de monitoreo de utilidad práctica y que están en uso en la actualidad (people meter, encuestas, focus group).

Esta actitud, denominada también conductista, ve los procesos de comunicación como flujos de información, de mensajes, contenidos e ideas, que van desde los emisores a las diversas audiencias por medio de dispositivos tecnológicos que difunden estos mensajes. En este sentido, las teorías y metodologías conductistas y de teoría general de sistema, pueden dar satisfacción a temas relacionados con las demandas de los públicos y su relación con la oferta medial, estableciendo también las condiciones en la que se producen tales relaciones, funciones y disfunciones.

Para ponderar el lugar que ocupan los medios de difusión masiva en las personas o en las audiencias, mirado desde la teoría de la acción comunicativa, es pertinente, considerar que todas las personas se enfrentan al ‘mundo de la vida’ y, en este caso simultáneamente, al sistema y a los subsistemas mediales. La relación de ambas esferas de referencia a la realidad es crucial para comprender el posible impacto que tienen los dispositivos y sistemas mediales en la vida cotidiana y en la formación de las ideologías de los integrantes de las sociedades.

Hay dos grandes vertientes que usan las personas para informarse sobre la actualidad contingente. Una son los medios de difusión masiva como la radio, la televisión, las revistas y los diarios, y otra son los diarios electrónicos y las redes sociales que conectan con diversos dispositivos de transmisión de mensajes. En concreto, las personas están dentro de los sistemas mediales, que tienen sus reglas que establecen el acceso (pago, gratuidad), los contenidos, los temas, las fuentes, los niveles de dramatización de la representación de los actores y de la realidad y que obedecen a las reglas del mercado y del intercambio cultural ideológico hegemónico y/o de resistencia a esa hegemonía. El ‘mundo de la vida’ que involucra la pragmática universal y las formas de convivencia consensuadas y/o conflictuadas, es el ámbito donde se evalúan las influencias de los sistemas de representación del mundo.

Y es aquí donde vuelven a aparecer los instrumentos descriptivos y de medición, propios de la sociología clásica: las encuestas, los monitoreos electrónicos, que permiten comparar cuanto prestigio o credibilidad tienen los actores políticos en determinadas audiencias o público. Son los estudios de opinión pública o de percepción que están instalados en las sociedades modernas. ¿Cuántos de éstos resultados pueden ser asociados a los diferentes sistemas o subsistemas mediales? Solo una teoría de sistemas, no así las teorías lineales de causa-efecto o de procesos, podría hacer conjeturas de cómo se interactúan los diversos sistemas para determinadas audiencias, pero no podría sacar conclusiones categóricas

La tendencia de los dirigentes estudiantiles y de los jóvenes chilenos, en general, es a creer en y usar más las redes sociales y los medios alternativos que en los medios de difusión masiva, mientras que un grueso del público adulto e infantil sigue dependiendo casi exclusivamente de los medios tradicionales. Es decir, podemos identificar usos y tendencias o conductas con medios y relacionarlos con tipos de público y de allí inferir los tipos de relaciones que las podrían explicar.

Adorno nos habla de los estudios administrativos de la cultura, de la industria cultural en la sociedad capitalista que piensa que la cultura es la cantidad de mensajes en circulación y la cantidad de público que se expone a ellos. Por ello, se ocupa de contabilizar el número de diarios, de butacas de cine, de personas que van a los museos o ven televisión o van al cine, o del número de grupos musicales o teatrales. Esto en el campo del estudio de los medios de difusión implica saber cuántas personas ven qué programa, qué canal, leen qué diarios y qué nivel adquisitivo tienen. La teoría de los ‘usos y gratificaciones’, es pertinente para responder a estas preocupaciones así como los estudios sociológicos de percepción de las audiencias o llamados estudios de ‘opinión pública. Pero nada de estos métodos puede explicar el significado de tales conductas, es decir, no responden a la pregunta de cómo se expresa la comunicación en diferentes ámbitos o sectores sociales.

El rol de los medios es más complejo que saber su cobertura social, es necesario entenderlos como mediadores de cultura, entre lo privado y lo público, como sistemas semánticos que median entre distintas esferas sociales, como agentes que modifican e intervienen en las relaciones entre los sujetos que generan significados y los sujetos que aceptan rechazan o modifican[xi] tales significados.

¿Podría la información corregir las anomalías sociales de la educación? El ex ministro de educación pensaba, si creemos su discurso, que una buena información puede cambiar el campo de decisiones y luego la propia realidad.

Digamos previamente que Chile vive un verdadero apartheid[xii] social que se manifiesta en las enormes diferencias en la oferta-demanda de la educación. El ministro Lavín, involucrado en el negocio educativo con la Universidad del Desarrollo, pretendió ‘corregir algunas deformaciones del mercado’, entregando una información que le ayudara a los padres a elegir los buenos colegios y rechazar los malos. Así, distribuyó los tres colores del semáforo, de acuerdo a los resultados SIMCE. Al mirar sus mapas, claramente los buenos, que eran de color verde, se sitúan en su casi totalidad en las comunas ricas y los rojos, de mala calidad, en las comunas pobres de Santiago. ¿Dónde estaría, entonces, la posibilidad de elegir? Suponiendo que tuviera el dinero, que no es el caso, ¿los pobres debieran abandonar sus propias comunas para lograr un buen servicio?

La situación del Ministro de Educación Joaquín Lavín,[xiii] destituido debido al movimiento estudiantil que demostró su inconsistencia en su cargo, nos plantea el problema de la relación entre lenguaje y realidad. Aquí, debemos tener presente que una abrumadora agrupación de medios de difusión masiva apoyaron al Ministro Lavín. Le daban grandes espacios a sus acciones y discursos, y aún así no lo pudieron salvar de su ridículo social. Ello debido a la consistencia del movimiento estudiantil.

Si bien el lenguaje (formulación) como acción y representación de la realidad, es potente y genera procesos de comunicación y puede sostener, por sí mismo, una realidad (escenario de referencia), como pretender hacer creer que los padres serán más libres al disponer de información. Pero cuando sus interlocutores desarrollan experiencias movilizadoras, muestran las incoherencias y ese lenguaje (los colores de los semáforos) pierde vigencia y pertinencia social, y se transforma en el discurso y en el sostenedor del mismo en una caricatura, revelándose su inconsistencia y sacándole la credibilidad de quien sustenta ese discurso (lenguaje).

El acto de Lavín, al ser confrontado con una experiencia social diferente a la anunciada en el discurso oficialista, se transforma en una simple pirotecnia vistosa, pero insostenible y reñida con la realidad. Estos fuegos artificiales del lenguaje de Lavín, hicieron agua con la movilización de los estudiantes, y Piñera no pudo mantenerlo en el cargo de Ministro. Lo trasladó a Mideplan para arreglar el problema de los más pobres. ¿Qué hará…?  Sólo sabemos que, si aplica los mismos criterios descritos, no podrá cambiar gran cosa de la realidad social para la que fue designado.

La respuesta es que secundariamente algunas familias pudieron corregir su opción, pero sociológicamente hablando, esto no es posible. Ninguna información, ni un sistema completo de información, pueden cambiar la estructura educativa montada sobre la desigualdad, la discriminación, la irresponsabilidad de un estado de bienestar y la propia acción del mercado de la oferta-demanda.

Identificar la génesis del movimiento estudiantil chileno del 2011[xiv].

Hay un Manifiesto de los historiadores que nos habla de una ‘Revolución anti-neoliberal social/estudiantil en Chile’:

Los que realizamos el oficio de historiar nos preguntamos acerca del carácter de este movimiento y del significado de su irrupción histórica. ¿Se trata de una fase más del movimiento estudiantil post-dictadura? ¿Corresponden sus demandas a reivindicaciones básicamente sectoriales? ¿Cuál es la forma de hacer política de este movimiento? ¿Qué relación tiene este movimiento con la historia de Chile y su fractura provocada por el golpe armado de 1973? ¿Cómo se articula este movimiento con el camino y orientación de la historicidad secular de Chile? ¿Qué memoria social y política ciudadana ha activado la irrupción callejera y discursiva estudiantil?

Si bien es arriesgado responder a estas preguntas cuando se trata de un movimiento en marcha, los que aquí firmamos lo hacemos como una necesidad de aportar desde la trinchera de nuestro oficio, con la plena convicción de que estamos ante un acontecimiento nacional que exige nuestro pronunciamiento, sumándonos a tantos otros que se han realizado y se realizan cotidianamente desde distintos frentes institucionales, gremiales y civiles.

Consideramos, en primer lugar, que estamos ante un movimiento de carácter revolucionario anti-neoliberal. Las demandas del movimiento estudiantil emergen desde la situación específica de la estructura educativa del país, basada en el principio de la desigualdad social; una transformación a esta estructura –como bien lo dicen los gritos callejeros- exige un cambio sistémico en el modelo neo-liberal, que hace del principio de desigualdad (fundado en la mercantilización de todos los factores y en la consiguiente capacidad de compra de cada cual) la clave ordenadora de las relaciones sociales y del pacto social. Correspondiente con este principio de ordenamiento, la figura política del Estado neo-liberal se perfila como un aparato mediador, neutralizador y garante, a través de sus propias políticas sociales, de dicho principio des-igualitario; estructura económico-política sustentada en la escritura de una carta constitucional legitimadora de dicho principio[xv].

Según Patricio Meller, en su último libro Universitarios, ¡el problema no es el lucro, es el mercado!, los antecedentes empíricos fundamentales que debiésemos tener en cuenta son los siguientes (2011: 11):

1. El costo de las universidades chilenas es el más alto del planeta: 41% PIB/cápita.

2. El aumento de los aranceles es muy elevado: 60% (sobre UF) en doce años.

3. Un hijo universitario implica un gasto superior al 40% del ingreso familiar de los tres menores quintiles de ingresos.

4. El gasto público chileno en educación superior es 0,5% (PIB), el menor del mundo.

5. Los universitarios chilenos tienen el mayor endeudamiento de todos los países: la relación deuda total (vinculada al financiamiento del costo de la universidad) respecto del ingreso anual (como profesional) es 174%. Pues bien, son esos mismos antecedentes, los que nos llevan a concluir que el problema es el lucro y el mercado. Que el problema no sea el lucro es un non sequitur insostenible, solamente sostenible por un ‘cieplanismo’ que desea de nuevo (ya lo fue a fines de la dictadura) posicionarse como mediador del radicalismo neoliberal. Lo ha hecho por décadas y vaya (!) que ha impuesto sus criterios. (Jaime Retamal. La Tercera/ 17/ septiembre/2011. Sección  Educación.

El levantamiento de lo que es el ‘movimiento estudiantil’ de Chile del año 2011, permite y necesita varias lecturas, pero finalmente, el lector, para comprender, requiere que el analista fije su propia postura. Este analista estima que estamos frente a un movimiento estudiantil que ha involucrado toda la sociedad civil y que influirá en el proceso educativo futuro, induciendo a las autoridades a darle mayor cabida a la educación pública y una mayor fiscalización a la educación privada y estas demandas afectarán las propuestas de los próximos programas presidenciales en diversas materias, especialmente en el campo de la salud y de las pensiones. En consecuencia, lo más importante del movimiento es el impacto cultural-ideológico, que es intangible. El subjetivo de la población de Chile está cambiando con este movimiento que hace transparente los abusos de la economía y de la sociedad neoliberal, pide un rol más activo del Estado, en la regulación del mercado y hace discutible la distribución de la riqueza.

Niveles de protagonismo de los actores y plexos de sentido.

Este relato identifica e incluye la lucha entre ‘dictadura militar’ y ‘democracia’ y sitúa a los actores principales, agrupándolos, por un lado, entre los que sostienen un sistema económico, educacional y social injusto, ligado al régimen militar, a un rol administrador del sistema de la concertación, relacionado con la privatización y pérdida del rol docente del Estado y la sociedad civil. Por otro, los ciudadanos, representados por el movimiento estudiantil, que defienden un nuevo equilibrio social, y que su relato es leído como una fuerza renovadora que tiene un gran peso político como moral.

Es decir, éste es un discurso construido desde una mirada en que se incorpora el sentido social del movimiento estudiantil. Debiera responder a la pregunta de cuál es el significado del movimiento estudiantil para diferentes segmentos de la sociedad y para los otros actores y para los sistemas masivos de difusión.

Es una mirada de simpatía por sus dirigentes y de rechazo a quienes se oponen a sus propósitos de cambio: el gobierno de Piñera, los partidos de la Alianza por Chile, los que apoyaron la dictadura militar y los gobiernos  de la Concertación que mantuvieron y alimentaron un sistema injusto durante la transición democrática.

Los protagonistas-antagonistas se encuentran en un plexo de sentido[xvi], que es el lugar desde el cual puede explicarse el espacio común que compromete a los sujetos que se implican en el conflicto. Permite saber que este relato busca darle un ‘sentido histórico’ al movimiento estudiantil chileno, estableciendo un nexo entre el pasado y el futuro de la educación en Chile. Los sujetos están en un contexto político y social concreto, disputándose, a fondo, sus intereses y visiones.

En el sentido contrario, el gobierno de Piñera y los partidos que lo apoyan (RN y UDI) ven en el movimiento estudiantil una amenaza política, ideológica y económica. La protesta pone en tela de juicio el negocio de la educación, cuestiona las bases del modelo neoliberal y exige más responsabilidad del Estado. Los partidos de la Concertación han perdido protagonismo porque los estudiantes los sienten culpables de la situación actual de la educación. Sus dirigentes tienen discursos de apoyo a los estudiantes, pero su credibilidad es baja ante los estudiantes. Todo esto genera ‘vacío de poder’ entre una sociedad civil muy fuerte y autoridades muy débiles, tentadas por la represión.

También habría que considerar a los rectores del CRUCH y del Consorcio de Universidades del Estado, y los rectores de las universidades privadas, los dirigentes de los académicos y administrativos, involucrados directamente en el conflicto y participan, en diversos grados, de las negociaciones con el gobierno y el parlamento, pero su relevancia es secundaria ante los principales protagonistas señalados.

¿Qué está en juego y cómo se relacionan los principales protagonistas?

Si logramos saber cómo y qué significan para cada sujeto o actor el proceso y los valores que le asignan a las acciones de presión y de negociación de los estudiantes y de las autoridades, lograremos saber cómo funciona el subjetivo de los sujetos, (expectativas y principio de realidad), podríamos comprender sus lógicas comunicacionales y políticas (lenguaje, ideología y acción) que están directamente relacionadas con sus intereses en juego y sus proyectos, y evaluar la incidencia de sus respectivas experiencias. Eventualmente también podríamos adelantar cómo serán sus acciones en el futuro, cómo evolucionarán sus relaciones y por dónde va la construcción de nuevos sentidos sociales.

El ‘eje de sentido’ o el ‘plexo de sentido’ que nos describe Habermas, en el conflicto estudiantil chileno, se encuentra en la disputa ideológica, política y social sobre el rol del estado y el rol de los privados en el ámbito de la educación pública y privada.

De este modo, resulta esencial establecer cómo es que las universidades privadas en Chile, que fueron creadas (1989) ‘sin fines de lucro’ en los últimos días del régimen de Augusto Pinochet, sean en la práctica (‘mundo de la vida’ en Husserl), durante más 22 años, empresas que obtienen enormes ganancias para sus dueños, no pagan impuestos y, en general, prestan servicios y forman profesionales, en no pocos casos, de dudosa calidad y, además, son ayudadas por el Estado. Mientras, las universidades del Estado (16) tienen escuálidos aportes que, en muchos casos, no llegan a 20% de los ingresos totales y están regidas por estatutos que las amarran a las condiciones del mercado.

Esto se llama ‘patología comunicacional’ (Habermas, 2002) en el sentido en que los integrantes de la sociedad chilena saben que se trata de una conducta (lucro en las universidades) no autorizada formalmente, pero que en la práctica sucede porque el más fuerte (prestador de servicio) se impone al más débil (consumidor). Igualmente, así como está prohibida la estafa financiera, la casa comercial La Polar, hace repactaciones usureras y el gobierno y la justicia hacen simulaciones de castigar a los culpables, estos estafadores modifican algunas conductas para seguir haciendo su negocio sin que exista término de las prácticas detectadas.

En este caso, como en el de la educación de las universidades privadas, o en los abusos en los cobros de las Isapres y AFP, las leyes del mercado están por encima de los intereses sociales y del derecho de las personas. Este conflicto genera una sociedad chilena altamente neurotizada, angustiada, frustrada, con doble vínculo con la realidad.

Por un lado, sus integrantes creen en la legitimidad del mercado e intentan pagar los elevados aranceles, es decir, ven la educación como una inversión legítima, pero también la ven como un abuso inaceptable.

Antes del movimiento estudiantil 2011, la mayoría de las familias chilenas tenían la expectativa de que sus hijos ingresarían a ser nuevos profesionales, y simultáneamente vivir el drama de pagar un servicio extremadamente caro. Esto genera, una frustración. Lo que logran los estudiantes es romper la barrera del aislamiento social y hacen reventar el tumor de la frustración al levantar la legitimidad de una ‘educación gratuita para todos’. Lo que pudiera parece una utopía insostenible en una sociedad capitalista como la chilena, se transforma en el detonante de una propuesta deseable y posible. En vez de que paguen las familias, los trabajadores, que pague el Estado con nuevos impuestos a las mineras y grandes empresas. Si Chile compra bonos al Tesoro de Estados Unidos, bien puede invertir en educación para sus connacionales.

Este movimiento pone en evidencia una enorme contradicción, sistemáticamente silenciada. Se trata de que las universidades privadas, declaradas por ley ‘sin fines de lucro’,  sean negocios, en la práctica, aunque les está prohibido hacerlo. En el plano jurídico, esto no tiene sustentación ninguna. Se trata de actos ilegales que se visten de legales por diversas triquiñuelas mercantilistas. ¿Cómo los gobiernos concertacionistas permitieron esta descomunal anomalía en un estado de derecho, sin tomar ninguna medida? Sólo los chilenos que vivimos en esta sociedad podríamos explicarlo. Es impresionante la liviandad con que la que una  de las principales autoridades encargadas del funcionamiento de las universidades privadas, justifica el porqué no hicieron nada para detener la ilegal actividad de lucro. Así, lo muestra la entrevista periodística a María José LEMAITRE, quien fue Secretaria Ejecutiva del Consejo Superior de Educación. Ni ella, ni su entidad fiscalizadora se hace responsable de esta violación al cumplimiento de la ley, disfrazando la situación de ‘legalidad compleja’[xvii].

En cambio, el movimiento estudiantil, pone de frente lo que piensan los diferentes actores involucrados y fuera del negocio de la educación.

Para el Presidente Piñera, la educación es un bien de consumo y el mercado regula y establece los servicios que se ofrecen, dejando de ser un derecho de las personas que debiera garantizar el Estado. Por ello, Piñera habla que “no importa que sean gatos negros o blancos, lo importante es que cacen ratones”. Alude a que no importa que sea el Estado o los privados los que den educación, lo importante es que entreguen un servicio de calidad. Por ello, habla de “libertad de elegir la educación de sus hijos”. Lo que se omite es que los colegios ubicados en comunas ricas, con aranceles enormes, son inaccesibles para el 100% de los chilenos de bajos y de medianos recursos económicos de las comunas pobres.[xviii]

La dirigencia estudiantil tiene, no pocas veces, una gran lucidez para mirar el conflicto. Es lo que se expresa en el siguiente diagnóstico entregado por Giorgio Jackson:

En el propio movimiento estudiantil y en sus instancias de decisión hemos crecido en madurez, y pese a las diferencias y discrepancias que a veces se hacen notorias, hay diversidad en un proyecto común, donde prima el colectivo por sobre las posturas individuales o de grupo. Esa es una garantía para lo que hemos dicho, hecho y esperemos que para lo que viene. No se ve cómo esto puede ser detenido, aunque tome tiempo los cambios ya han comenzado. El atrincheramiento del gobierno, en defensa de sus principios ideológicos, sólo genera más descontento y malestar en la ciudadanía, lo que no dejará de manifestarse en los conflictos que vengan, en las coyunturas políticas que se abran, e incluso en los procesos electorales.

Esta movilización, con la derecha al frente, que es como la lucha de David contra Goliat, ha generado unidad en la diversidad, ha impuesto el sentido colectivo del movimiento y su independencia, y eso ya es casi imposible de ser frenado[xix].

Rol de los sistemas sociales, el mundo de la vida, el conflicto estudiantil

Los sistemas, en la teoría habermasiana, son conjuntos de interacciones dominados por reglas comunes a una esfera de realidad, diferenciables de otros, por estructuras y funciones, que encuadran las actividades de los sujetos y tienen un cierto nivel de autonomía, con respecto a los sujetos que están en ellos. Por ejemplo, el sistema económico permite sistemas planificados o capitalistas. Este último sistema se caracteriza porque es el propio mercado el que regula la oferta y la demanda de bienes y de servicios y fija la manera en que se distribuye, entre diferentes segmentos sociales, la riqueza generada colectivamente.

Los sistemas operan de manera que los sujetos se mueven dentro de sus dinámicas para obtener sus objetivos y realizar sus intencionalidades. De este modo, el sistema es una estructura mediadora de la acción de los sujetos que impone la participación de determinadas reglas que generan castigo-recompensa a los sujetos. Para Luhmann (1991, 1998), hay un sistema de comunicación que es el más amplio de los sistemas humanos desde el cual se pueden explicar los conflictos y su evolución en la medida que se participa en diferentes grados o se niega, en diferentes grados, la dinámica del sistema.

De la misma manera, existe el sistema medial que distribuye el capital cultural, la industria del entretenimiento y los mensajes informativos, fijando las reglas de acceso y las condiciones de los posibles impactos en los diferentes públicos con los cuales entran en contacto.

El ‘mundo de la vida’[xx] es el referente que hace posible evaluar la realidad, y es desde el cual se puede evaluar el rol del mercado, del Estado o de las manifestaciones científicas, o el rol de los medios de difusión como sistema propio y como dispositivo integrante del microsistema cultural e ideológico.

Identificación de los principales sujetos de la acción comunicativa e intencionalidad.

De parte de la sociedad civil, están las federaciones de estudiantes secundarios, universitarios, dirigentes estudiantiles de universidades privadas, dirigentes del colegio de profesores, dirigentes de la CUT.

De parte de las autoridades, están el Gobierno con sus Ministros y la policía encargada de ‘mantener el orden público’, el Senado, la Cámara de Diputados encargados de legislar sobre la educación, los partidos políticos gubernamentales y de oposición.

Cada uno de estos sujetos tiene diferentes modos de hacerse presente en el escenario público. Ellos tienen discursos y recursos específicos y juegan un juego social de acuerdo a la dinámica y cambiante correlación de fuerzas que se generan en el proceso de interacción y de construcción de los significados.

Para analizar el problema planteado en términos de teoría de la comunicación, es preciso conocer o asignarle intencionalidad a los sujetos o principales actores del conflicto. Esto tiene el inconveniente metodológico que no siempre hay evidencias desde donde identificar claramente las intenciones de los actores que tienen unas intencionalidades que son manifiestas y otras que son ocultas debido a consideraciones estratégicas. Hay también una dificultad aún mayor cuando no se sabe cuál de las intencionalidades está predominando en sujetos que son parte de complejas organizaciones donde hay diversos intereses, grupos y visiones que interactúa simultáneamente. Es decir, cuando hablamos de sujetos, nos estamos refiriendo a una especie de resultado simplificador que es atribuible a las fuerzas que se están confrontando, sin distinguir la composición de esas fuerzas.

Por ejemplo, cuando los estudiantes enuncian el discurso: “educación gratuita para todos”, se trata de un objetivo de largo plazo, se trata de una manera de enunciar una idea para hacer avanzar una tendencia o para movilizar. Cuando el gobierno dice “estoy abierto al diálogo”, se trata de una intencionalidad efectiva o de una manera de presentarse para legitimar su no disposición a negociar o ceder.

Es decir, los discursos son múltiples, los actores son diversos y no toda intencionalidad es expresamente enunciada por éstos. Siempre caben espacios entre lo formulado como intención y lo que efectivamente se desea hacer. Este espacio es el que complica el estudio de las acciones sociales. Por ello, los discursos necesitan ser confrontados al curso de acción. Para eso, se necesita saber de semiótica (estudios del significado en el texto) y de fenomenología social (estudio de las relaciones y las significaciones sociales).

En la vida cotidiana, debemos simplificar las intenciones y nos basamos más en los niveles de credibilidad de los actores para formarnos un juicio sobre las conductas, que en los contenidos específicos de los discursos. En el análisis científico tradicional se tiende a dar más cabida a las estructuras y al juego de los discursos que a las actitudes de los actores, y éste es un error frecuente. Al mirar estructuras y conflictos, ningún experto social pudo prever el derrumbe del régimen político y económico en Europa del Este, porque nunca se hizo presente el subjetivo de sus actores y su intencionalidad.

En un análisis comunicacional, debiera predominar la identificación de las intencionalidades de los sujetos en conflictos y la puesta en evidencia de la credibilidad de estos actores, elementos que están asociados al grado de cercanía-lejanía del analista con los actores, y que pesan más que el cúmulo de discursos pronunciados.

Desde este punto de vista, este analista siente más credibilidad y cercanía con los dirigentes estudiantiles que con el Presidente Piñera y sus Ministros. Este aspecto es necesario hacerlo transparente para que los lectores entiendan desde qué posición está elaborando significados el analista y el lector tenga un parámetro para armar sus propios juicios.

El análisis comunicacional implica: identificación de sujetos con sus intencionalidades, conocimiento de sus discursos y de sus cursos de acción, entendimiento de las reglas del juego social (estructura y funciones sociales), evaluación del conflicto que relaciona a los sujetos. Son condiciones necesarias para responder a la pregunta: qué significados están construyendo los sujetos, con qué lenguaje y sistemas de distribución de los discursos, con qué acciones, con qué intenciones, en qué condiciones sociales (redes, apoyos, recursos) e ideológicas (sistemas de ideas y lógicas de pensar), y con qué posibles resultados (cambios sociales).

Campo de conclusiones y pautas de anticipación.

Emplear un método cualitativo de análisis social, basado en la interacción comunicativa de sujetos asociados a una problemática común, implica comprender los intereses en juego y el reconocimiento de su entorno, con sus diferentes sistemas (político, medial, económico). Sabemos que la teoría del materialismo dialéctico hace aportes esenciales al tema, pero no es suficiente.

Lo más novedoso en este intento metodológico comunicacional, es la incorporación de los sujetos, de sus acciones e intenciones al escenario. No se conforma con las relaciones de estructura y de superestructura (marxismo clásico). Esta mirada incluye la intersubjetividad con sus intencionalidades (propio de los actores sociales), el uso del lenguaje y su confrontación con los cursos de acción. El desafío de este procedimiento es su alta complejidad, que articula la estructura social con los sujetos y subjetividades, lo que lo hace una metodología cualitativa, y cuyos resultados interpretativos dependen demasiado de la experiencia y de las expectativas del analista. Pero, en contra, también sabemos de las limitaciones de las ciencias sociales esencialmente descriptivas que no permiten capturar las dinámicas y el significado de los procesos en los que estamos inmersos.

¿Cómo estamos entendiendo la realidad social y política en el Chile actual [xxi] cruzado por el conflicto estudiantil? ¿Todos los protagonistas entienden de la misma manera el conflicto? Si no es así, ¿cuáles son las diferencias entre los sujetos o aún entre Chile y otras sociedades? Es inquietante que un país con malos resultados ‘objetivos’, resulte tener buenos resultados en ‘satisfacción personal’[xxii]. Esto muestra que no hay relaciones vinculantes entre bienestar social y bienestar personal, entre indicadores económicos y psicológicos. De allí, la necesidad de incluir la dimensión de relaciones intersubjetivas (comunicacional) en los estudios sociales.

Es fundamental saber en qué escenarios están los actores. Si todos están en el juego democrático o no. Se podría sospechar que el actual gobierno de Sebastián Piñera está dando por perdidas las batallas electorales que vienen. En ese caso, se refugiará en sus negocios, en la represión y no cederá a las presiones sociales. Esto radicalizará el movimiento. En cambio, si piensa que puede seguir siendo opción de elección popular, puede ceder a algunas demandas, negociar, buscar mejorar su posición.

Lo que los partidarios del Gobierno de Piñera piensan de las intenciones de los estudiantes es decisivo a la hora de evaluar el proceso de ‘diálogo-enfrentamiento’. Si consideramos el discurso de Carlos Larraín, Presidente de Renovación Nacional, el mismo partido del Presidente Piñera, que define a los estudiantes como “inútiles y subversivos” que quieren “aniquilar el gobierno”, entonces no habrá real negociación entre autoridades y dirigentes estudiantiles. El discurso del Secretario General de la Presidencia, Chadwick, Presidente de la UDI, afirma que “el movimiento estudiantil está tomado por los violentistas que nada quieren en educación, sino que producir el caos y la anarquía”. Si esto fuera efectivo, el Gobierno de Piñera no podría estar efectivamente negociando.

Despejar la verdad de la intención de los sujetos, implica confrontar discursos y cursos de acción, tarea nada de simple. Por ejemplo, el proyecto de presupuesto 2012. Si hubiera un fuerte aumento en educación, podría pensarse en una buena voluntad del Ejecutivo. En cambio, y es el caso, no hay tal aporte significativo, indica una mala disposición para satisfacer las demandas sociales. Pero también puede ser una estrategia para controlar mejor la negociación posterior.

En un conflicto social como el que analizamos que tiene aristas económicas, políticas, ideológicas, los principios de realidad entre los gobernantes y los estudiantes parecen ser muy disímiles. También, hay diferencias entre estudiantes y profesores, entre padres y estudiantes, entre sostenedores o propietarios de establecimientos educacionales y los usuarios de dicho servicio, entre ricos que pueden costear todos los estudios de sus hijos donde sea y a cualquier precio y los que están sometidos a casi ninguna alternativa porque son pobres.

Todo proceso social y especialmente los conflictos, es decir los momentos en que son visibles los antagonismos de intereses entre los diferentes tipos de sujetos, grupos o clases sociales, plantea el problema de lo que es posible o imposible de ser construido en determinados tiempos. Cuando este margen de divergencia es muy grande, como en el caso que analizamos, entre los principales actores en disputa, los niveles de incertidumbre sobre lo que vendrá o sobre los posibles escenarios se hacen demasiado fuertes, lo que impide, asociadamente, que se desarrollen acciones estratégicas coherentes y que perduren. Todo se hace inestable e incierto.

En general, los estudiantes creen que el campo de lo posible es más ancho[xxiii] que lo que creen las autoridades, y lo imposible es más pequeño. Por ello, los estudiantes que protestan son la fuerza del cambio. El que levanta la utopía tiene la fuerza del futuro y el que se opone tiene la fuerza del presente.

Los aspectos comunes de participación, entre sujetos tan diferentes, en una misma realidad, es que todos piensan estar en un país llamado Chile con referencias históricas y de futuro, aunque éstas sean asimétricas, con diferente nivel de impacto y diferentes visiones y distintas manera de secuenciar los acontecimientos.

Las diferencias entre gobierno (derecha) y estudiantes (rebeldes con demandas radicales) son sustantivas en algunos aspectos centrales como el de establecer cuán mala es la educación chilena. Hay consenso en que la educación es cara y es de mala calidad en la actualidad. Hay disenso en calificar las razones de por qué es mala y, por tanto, en cómo solucionar el problema: con más Estado para fortalecer la educación pública o con mejor regulación del mercado para mantener una educación mixta.

Cualquiera sea el desenlace del conflicto hay algunos aspectos del cual este analista tiene una plena convicción y que se puede enunciar así:

El subjetivo colectivo de Chile ha cambiado con la movilización. Nadie puede defender el modelo educativo neoliberal en la educación en los términos en que se implantó en Chile. El reconocido fracaso requiere de cambios sustantivos. El propio modelo económico-político neoliberal instalado en Chile en la dictadura y continuado en los gobiernos de la concertación y de la derecha, ha entrado en una etapa de cuestionamiento social, que requiere medidas correctivas de gran envergadura.

Este movimiento ha hecho visible la inconsistencia y la poca capacidad de gobernabilidad de los partidos de la Alianza y de Piñera en particular, pero también ha puesto en evidencia la seria crisis de identidad y el rol de los partidos de la Concertación, que deben introducir propuestas de desarrollo social y del rol del Estado, y de control del mercado, mucho más avanzadas que las sostenidas hasta ahora.

Todo esto es enorme, pero no es visible en las mediciones sociológicas tradicionales. Se inscribe en el plano de lo intangible o simbólico, es decir, en el campo comunicacional de la construcción y reconstrucción de los significados sociales.

Cuando estudiamos un caso, propio de un fenómeno social, como es el movimiento estudiantil chileno, y queremos mirarlo desde la comunicación, es decir, desde la intersubjetividad[xxiv], debemos poner el acento en el mundo de las relaciones de los actores, de sus intenciones, de sus discursos o lenguajes, de la forma en que se insertan en los diversos sistemas sociales vigentes (mercado, sistema político, sistema cultural). Esta mirada, si bien, requiere situarse por encima de las particularidades de los sujetos y entenderla dentro de un sistema de relaciones, no puede sólo sostenerse desde una sociología o una disciplina política tradicional.

Los estudiantes inician su puesta en escena con las tomas de establecimientos, marchas, paros en Santiago y diversas ciudades del país y la autoridad responde, con mucha represión policial. La masividad y las peticiones del movimiento termina por producir simpatía y los medios de difusión empiezan a cubrir los eventos ligados a la protesta social. Se pasa de la problemática estudiantil que se miró ligada al vandalismo, a mostrarla como una verdadera protesta social, y esto lleva también a la Concertación a dar muestras de apoyo al movimiento y al gobierno a hablar del tema y a reconocer la necesidad de cambiar.

El Gobierno de Piñera ofrece un monto de 4.000 millones de dólares para un plan (GANE), ‘entre 4 y 6 años’. Los estudiantes lo encuentran insuficiente, y cuestionan la idoneidad del Ministro de Educación por estar en el negocio educacional. Siguen las masivas manifestaciones, huelgas de hambre de estudiantes secundarios. El gobierno decide un cambio de gabinete, que incluye el Ministro de Educación. Instalado el nuevo Ministro Bulnes, Piñera anuncia que formará una mesa de diálogo, que ya los estudiantes habían solicitado.

Es importante saber el peso específico del movimiento estudiantil y de sus antagonistas: el gobierno como el de los otros actores, parlamentarios, partidos políticos, dirigentes universitarios. Esto requiere de sondeos de opinión y de encuestas[xxv], como de observación de las marchas, la represión, las paralizaciones, las huelgas de hambre, la agenda temática de los medios de difusión.

Es decir, no es suficiente la encuesta para evaluar el peso de los actores, es preciso ubicarlos en sus puntos tácticos y estratégicos, y esto es cualitativo más que cuantitativo.

Esta cuestión plantea correlativamente la pregunta de cómo la protesta de los estudiantes alcanzó una duración de 5 meses de movilizaciones, negociaciones, paros, discusiones, asambleas, ampliados, plebiscito, y que ha puesto en cuestión la gestión y el modelo educativo desde sus raíces.

Es posible explicarse la amplitud y la profundidad del movimiento estudiantil por la doble vertiente de ser una expresión ciudadana que pide cambios de políticas educativas, mayor rol del Estado, mayor control del mercado educativo, mejor calidad formativa, mejores universidades y socialmente más responsables, más democracia institucional. De otra parte, es una expresión de consumidores, que sienten que pagan caro por una educación deficiente, que son estafados, que están siendo esclavizados por sostenedores inescrupulosos e incompetentes, que acumulan deudas difíciles de pagar y agobiantes en el tiempo. Estas dos vertientes hacen amplio y profundo el movimiento. Pero también es esta doble naturaleza la que lo hace poco predecible en su evolución, porque no sabe si el gobierno, tal como lo está haciendo, da más espacio a las demandas económicas, puede derrumbar el movimiento en el mediano plazo (los próximos meses) Pero podría presentarse que nuevas concesiones económicas provoquen nuevas peticiones y más conciencia ciudadana que es preciso cambiar el modelo.

¿Qué sabemos después de este análisis comunicacional? Que el movimiento estudiantil chileno es potente y dual, es decir de carácter político y económico al mismo tiempo, que pide cambios sustantivos y la opinión pública los respalda, frente a un gobierno de signo neoliberal que lleva menos de dos años y que no termina de caer en apoyo popular[xxvi]. Sabemos que el gobierno de Piñera, está debilitado. Su intención es mantener el negocio educativo porque resguarda los intereses empresariales que lo sustentan y porque está convencido que los privados son más eficientes que el Estado, aunque esté administrado por la propia derecha.

También sabemos que la oposición, es decir los partidos de la Concertación, apoyan en general a los estudiantes, pero son más débiles que el gobierno en credibilidad y en iniciativa, con lo que el movimiento estudiantil no tiene más aliados que ellos mismos y la simpatía de un grueso de la población adulta. Es decir, el movimiento estudiantil es exitoso frente a autoridades debilitadas y por ello también su fragilidad es muy grande, porque puede no encontrar relevos políticos que tomen sus propuestas y las pongan en el formato político e institucional que se requiere para cobrar tangibilidad.

Sin duda que el principal aporte a la sociedad chilena del movimiento estudiantil es que ha cambiado el subjetivo colectivo, al poner en la discusión pública el negocio desmesurado en el proceso educativo, la desigualdad y la mala calidad. Esto permite que se inicie un proceso de ‘saneamiento colectivo’ de la patología comunicacional que naturalizaba la usura en la educación y la ‘des-responsabilidad’ de las autoridades del Estado. Esto porque las frustraciones que generaba el sistema educacional, se vivían aisladamente, en cada familia y en forma silenciosa o disgregada. Sin duda que en las próximas candidaturas Presidenciales harán propuestas contundentes en materia de educación, pero también en salud y en pensiones. Es decir, todo el modelo económico y político neoliberal en Chile ha quedado fuertemente cuestionado por el movimiento estudiantil. Estas no son conquistas menores.

Esta manera del ver el fenómeno social, es clara dentro de una teoría comunicativa según nos propone Habermas, porque se pregunta sobre la relación entre la praxis, (la discriminación y los altos aranceles), el lenguaje (justificación/rechazo) y la acción de los sujetos (pasividad/movilización) al interior de estructuras económicos (neoliberal) y sociales (dominio del mercado por sobre la regulación del Estado), que los propios sujetos pueden hacer cambiar.

Esta mirada tiene diferencias con la interpretación marxista clásica donde las estructuras permean las conductas de las personas y le dejan poco margen de cambio, pero que por sobre todo, no permite ver la ‘anomalía’ del sistema (patologías de la comunicación) porque el marxismo ve sólo intereses sociales estructurados, (clases sociales, explotados y explotadores), superestructuras (valores, reglas), medios y modos de producción (capitalismo), poniendo en penumbras, la comprensión de los fenómenos del subjetivo social, que sólo una teoría comunicativa puede entregar. La teoría dialéctica materialista tiene dificultades para establecer el punto en que la relación explotados-explotadores, hace crisis y se quiebra la fluidez de la dominación burguesa, especialmente cuando en el caso de Chile el sistema económico (macroestructura) está con recursos y no está en crisis. Lo que entró en crisis es el subjetivo social desde el cual los estudiantes y sus familias ven frustrados sus expectativas y, al mismo tiempo, ven otras formas de asegurar el derecho a la educación, donde exista responsabilidad del Estado y el mercado se retire a sus márgenes mínimos.

Desde ya, el movimiento estudiantil pone en serio peligro la eventual reelección de un Presidente de la República proveniente de la Alianza por Chile y obliga a todos los candidatos a ofrecer un programa que satisfaga las demandas acuñadas por los estudiantes, que resultan ser transversales, a las clases sociales y que precisamente buscan terminar con la potente discriminación del sistema educacional chileno.

La explicación de este fenómeno comunicacional, del cambio cualitativo de las percepciones y de las acciones propios de los oprimidos y frustrados  a una situación de dirigentes lúcidos, sedientos de justicia, está mucho más en las conciencias de los sujetos, en sus procesos de relacionamiento con las autoridades y entre ellos mismos, que en las estructuras que los oprimen y que soportaron durante varias generaciones.

Algo difícil de saber es cómo son las relaciones entre los principales actores. Las respuestas son múltiples porque estas relaciones cambian, evolucionan, y no siempre son visibles y claras para el analista que no está en las interacciones de los negociadores o en las reuniones de los gobernantes o en las asambleas de estudiantes.

El ejercicio realizado nos muestra lo necesario que es seguir desarrollando las miradas comunicacionales o sociolingüísticas, de interaccionismo simbólico o semiótico-sistémicas para comprender los fenómenos sociales actuales e ir, paulatinamente, superando las rígidas miradas de la sociología o de la politología, y esto porque también este autor tiene la convicción de que hace falta una profunda renovación del mundo académico que está dentro de la enorme área de las ciencias sociales.

Lograr el fin señalado exige una metodología compleja, más cualitativa que cuantitativa y reunir, en un cuerpo coherente, un conjunto de interacciones de los sujetos implicados en el conflicto, donde más importante que la cantidad de componentes son las relaciones entre las partes analizadas[xxvii], las que generan el “cuerpo comunicacional” que permite ver el intercambio de significados y de acciones, en este caso, del movimiento estudiantil de Chile con el gobierno y con otros actores importantes como el mundo político, los medios de difusión, y otros actores de la sociedad civil, como el Consejo de Rectores o los dirigentes sindicales.

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