Isaac Arce Ramírez: El primer eslabón de nuestra identidad antofagastina

En pleno siglo XXI,  y después de décadas, aún es posible oír en el tarareo de nuestros abuelos una conocida “Antofagasta dormida”, como queriendo eternizar una sensación que se palpa a cada instante de nuestra vida pública. ¿Será que ese tema de Fernando Trujillo, que añora “dinamismo siglo XX” nos representa aún? ¿Nos sentimos orgullosos de ser antofagastinos? ¿Estamos concientes de nuestra memoria? Para Juan Floreal Recabarren, connotado historiador y alcalde de la comuna en dos ocasiones, se trata de un problema hasta geográfico, en que no hay una raíz fuerte hacia la tierra porque normalmente una región donde no hay vegetación y agricultura expulsa al hombre. “El desierto nunca le ha atraído al hombre para vivir como lo ha hecho la agricultura, que le permite vivir, y vivir siempre. Por naturaleza nosotros no tenemos una vocación de un pueblo arraigado, porque el desierto no arraiga”, anticipa el octogenario docente, quien bautizara nuestra urbe como “la ciudad del gran impulso”, perteneciente a la región que aporta actualmente cerca del 50% de las exportaciones del país.

Y a esta ciudad llegó Isaac Arce Ramírez a la edad de nueve años, momento en que el territorio aún pertenecía al Estado boliviano, a sólo seis años de haber sido conformada formalmente la Municipalidad de Antofagasta por el presidente andino, Mariano Melgarejo. Al poco tiempo, el padre de Isaac, Don Jerónimo Arce Olmos, arquitecto que había trasladado a su familia desde Valparaíso enferma gravemente y muere, dejando a Carmen Ramírez Ríos y sus cuatro hijos sin medios para existir. “Siendo muy niño, de edad de trece años, empecé a trabajar y desde entonces he seguido luchando con tesón y perseverancia, sin desmayar un solo instante”, confesaba a su descendencia en el documento “Para mis Hijos”, escrito en 1940. Sólo tres años después, en 1879, a las puertas de la Guerra del Pacífico, y a la edad de dieciséis años, debe integrarse al Batallón Cívico N°1 de Antofagasta, donde se le dio el grado de cabo 2° de la Compañía de Cazadores. Todo un veterano de guerra, en 1882 comenzó lo que serían más de veinticinco años al servicio de la Compañía de Salitres de Antofagasta, lugar que curtió su personalidad hasta hacerlo un hombre férreo y severo, quien ocupó diversos cargos de administración, donde llegó a dirigir a más de quinientos trabajadores.

“Sus empleados superiores, los correctores de la pampa, los vigilantes del campamento, etcétera, se hallan todos agitados en las horas de trabajo por la nutrida sucesión de órdenes, de observaciones, de cuidados que fluyen de su previsión”, escribiría el poeta y periodista, Carlos Pezoa Véliz sobre él en un relato llamado “Un Administrador”. “Regularísimo es él. Sus tareas diarias están normalizadas por un rígido itinerario de acción, a cuya letra se aferra con fuerte voluntad. Ni un solo minuto de cada día permite a su cerebro lo que se llama descanso de atención”. Y fueron estas mismas características las que le permitirían formarse a sí mismo e ir desarrollando una disciplinada investigación que constituiría la base de lo que hoy es el relato histórico más importante sobre nuestra ciudad.

“¿Cuántos monumentos hay aquí a los personajes de Antofagasta? ¿Cuántos monumentos tiene Andrés Sabella o Mario Bahamondes o Maximiliano Poblete?”, pregunta Recabarren, asegurando que, por otro lado, Santiago está lleno de monumentos de sus personajes “Están todos, por todos lados. La historia está mano a mano contigo”. Y es allá en que Leslie Jofré, chuquicamatina de nacimiento vive actualmente, donde estudia Pedagogía en Educación General Básica. Allí tomó conciencia de su calidad de “nortina” y de los contrastes determinados por la procedencia. “Cuando uno llega a Santiago se da cuenta que a pesar de que vivimos en el mismo país, las regiones nos marcan y nos identifican. Es casi imposible negar que eres del Norte y todos creen que eres “inculto pero con plata”. Todo cambia: la forma de expresarte; la vida, que es mas rápida; las personas mas alejadas. Uno se siente ajeno y distante”.

“La eterna crítica que se nos hace es que nosotros a veces tratamos mal al afuerino, Somos muy parcos, a veces muy callados o contestamos mal. Cuando vamos a cualquier tienda la persona que está contratada para atendernos piensa que nos hace un favor con hablarnos”, estipula Alan Cortés, administrador de la Casa de la Cultura, quien defiende su calidad de antofagastino y dice que en gran medida el carácter efímero de nuestra cultura local obedece a que somos una “ciudad de paso”. De hecho, el historiador José Antonio González establece en su obra que para denominar vernácula a una persona debe pertenecer a la tercera generación establecida en la zona. Sin embargo, Cortés cree que los que llevan tiempo en la ciudad pueden desarrollar una fuerte pertenencia con su ambiente. “Innegablemente es distinto para alguien que vive en la zona central. El medio es más agreste, más duro. Por lo tanto lo que tú tienes lo amas, y lo cuidas y te sientes orgulloso. Esa es la identidad, que a veces nos falta a los que vivimos en lugares más modernos”.

Isidro Morales, investigador histórico y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte (UCN) estipula que ésta ciudad “pasadizo” ha forjado una mentalidad “de paso” en quienes la habitan. Pero además pone atención en los aspectos migratorios: “Vivimos una vorágine en la que estamos cambiando permanentemente. Recordemos que a comienzos del siglo XX llegaron muchos chinos. Esa migración terminó en la década del cuarenta, y a partir de los años ochenta volvemos a tener esa migración; de taiwaneses y además de surcoreanos y hasta de población hindú. Y para qué hablar ahora de los sudamericanos. Son muchas culturas las que confluyen”. Por lo mismo, a diferencia de quienes dicen que Antofagasta no tiene identidad, Morales dice que en esta tierra confluyen una serie de identidades que forman una “hibridez cultural”. Los resultados del Censo del año 2002 arrojaron una población de 5.990 extranjeros en la región. Sin embargo, a todas luces se ha producido una expansión importante en la cantidad de forasteros que llegan a la zona, estableciendo el Departamento de Extranjería y Migración (2009) que cerca de dos mil quinientas personas foráneas tramitan solicitudes de ingreso a la provincia de Antofagasta cada año, considerando además una cantidad indeterminada de quienes cruzan la frontera de manera irregular.

Shiney Pacci, originaria de Tacna, Perú, estudia Ingeniería Comercial en la UCN, y cuenta que ha percibido al antofagastino de diversas maneras. “Al comienzo para mí todos eran chilenos. No distinguía la diferencia, hasta que comprendí que como en otros países existen localismos y fuertes diferencias entre los del norte y los del sur, en este caso”.

Así, incluso hay diferencias entre las ciudades del Norte. Al respecto, isidro Morales, quien es iquiqueño, pero que lleva cuarenta años viviendo en la Perla del Norte reconoce una clara diferencia entre la identidad antofagastina y la iquiqueña o ariqueña. “El iquiqueño vive de sus recuerdos. Para ellos la gesta de Prat es sagrada, así como lo es la toma del Morro de Arica para los ariqueños. Por supuesto que la “chilenización” ha motivado eso también, pero los iquiqueños defienden lo propio. Llegan a ser chauvinistas, pero hay que recordar que allí nacieron los primeros movimientos solidarios, las mancomunales y grupos que aparecen por las condiciones extremas en que se vivía. No había agua, no había luz ni alcantarillado. La gente de la pampa sufrió mucho. En Iquique partió el movimiento obrero chileno y ahí fue también la matanza de trabajadores más grande de la historia de nuestro país”.

Por su parte, Alan Cortés cree que mientras más alejadas estén las urbes de la capital y más cerca de países vecinos hay más identidad.  “Si tu nombras a un ariqueño o un iquiqueño con la nacionalidad de uno de estos países fronterizos su reacción es muy fuerte. Las fechas bélicas -y en las zonas del interior es más fuerte todavía- y los dieciocho de septiembre, los veintiuno de mayo se celebran con un embanderamiento increíble de su poblado. Una vez fui testigo de un desfile que se hizo en Toconao, donde desfiló sólo un cabo segundo de ejército con dos conscriptos. Esas tres personas, aunque pocas, enfervorecían a la gente de una forma sobrecogedora”.

Y es precisamente la carencia la que según Recabarren constituye una fase importante del desarrollo de la pertenencia. “Toda la gente de las poblaciones pedían alcantarillado, agua potable, porque lo que había era un simple pilón de donde toda una comunidad sacaba agua. Tampoco había calles. Entonces, las juntas de vecinos y agrupaciones comunitarias piden eso y se produce una especie de interés por solucionar las carencias. Entonces resuena el clamor por hacer una gran reforma para mejorar Antofagasta. Y eso le daba una gran identidad hace unos cincuenta años”.

Al respecto, Andrés Sabella reconocía esas características desde los primeros tiempos de la ciudad, así como su composición multicultural. “Aquí no había nada. Sobre esta nada empezó a florecer en el esfuerzo de nuestros trabajadores la industria salitrera, que fue el recurso fundamental de Chile. Nosotros, los antofagastinos, creemos que el norte tiene un orgullo aquí en Antofagasta. Este orgullo es el de ser nosotros como el crisol de toda la nacionalidad chilena, porque de acá surge un hombre que es el producto de cientos de chilenos que, venidos de todas las partes de nuestro mapa, se funden en esta olla de soledad, en esta olla de sol en el que estamos inmersos y van naciendo los antofagastinos, los que van a crear una historia, los que van a levantar una ciudad”, explicaba para un documental clandestino realizado en 1982 por Miguel Littin, en plena dictadura.

María Morales, directora de la Biblioteca N° 120, Isaac Arce Ramírez, cree que los antofagastinos no le dan la importancia necesaria a la historia de su ciudad, por lo que  es necesario recuperar la vocación educativa de averiguar las causas y orígenes de los aspectos importantes de nuestra localidad. “Por lo mismo, junto a Héctor Ardiles, del Museo Regional estamos haciendo los contactos con la Biblioteca Nacional para poder arreglar nuestros archivos de periódicos descontinuados. Pronto podremos digitalizar los documentos, para que las nuevas generaciones tengan otro tipo de material y así no tengan que viajar a Santiago para desentrañar partes importantes de la historia de su ciudad que se han perdido”.

Según piensa, Isaac Arce está bien considerado entre los jóvenes, pero los que se interesan en la historia, al consultarlo en sus tareas; estudiantes de periodismo, de sociología, etc.

“Él tenía una motivación natural por registrarlo todo. Era campeón en recortar todo lo que le interesara; las noticias, la vida social de Antofagasta, todo lo novedoso, recortes de cuentos que salían publicados, hasta recetas y recortes de poesía. Era un recopilador innato. Andaba trayendo unas libretitas donde anotaba no solamente los acontecimientos, sino que también sus pensamientos, sus ideas. Anotaba lo que tenía que hacer con el día y las horas. Una de las cosas increíbles es que incluso se dedicó a anotar su peso y su talla durante veinte o veinticinco años, Y en una misma libreta enumeró cúanto pesaba y medía durante este período de tiempo. Ahí tenemos en Don Isaac un registro increíble”, explica Claudio Arce, profesor de arte y principal representante de la familia del historiador, quien ve en su abuelo a alguien ejemplar, intransigente en sus valores pero capaz de entablar diálogo con un abanico sorprendente de personas. Así, de pensamiento decididamente conservador Arce mantenía buenas relaciones con la masonería, la Iglesia, los radicales e incluso con personajes afines a las reformas socialistas. “Don Isaac era capaz de respetar mucho a un intelectual que defendía su posición de manera inteligente. Conoció así a Pezoa Veliz, un joven rebelde de la época, que no tenía más de veinticuatro años y era contrario al servicio militar, tachado de conflictivo, que había tenido problemas con la justicia y que venía a Antofagasta promocionando el periódico “La Voz del Pueblo”. Sin embargo, fue capaz de entenderse con él, porque defendía sus ideas de manera magistral y demostraba una vocación seria por el bienestar del país”.

Pezoa Véliz lo retrató como un hombre que claramente defendía los intereses de sus patrones, pues “en él, la figura del empleado toma rasgos tan decisivos, que casi apaga la del hombre”. Sin embargo, reconoce su capacidad por preocuparse de aspectos importantes de la sociedad. “Como hombre de acción, Isaac Arce no tiene nada de escéptico. Cree en la virtud, en el trabajo, en la vida. Cree todo eso de que se siente capaz. Ya hemos probado su innegable condición de hombre laborioso”.

Arce era una persona que admiraba mucho a aquellos ilustrados de la época, y quería parecerse a ellos. Luchaba por tener la instrucción que tenían las personas que él admiraba, por lo que leía mucho y se fue formando en forma total y absolutamente autodidacta. Entonces, él tenía un gran respeto por todo aquel que demostrara desarrollo intelectual. No importaba su tendencia política o de dónde fuera, por lo que se fue acercando a casi todo el mundo.

Él creía que la educación era la base del progreso y del futuro de Chile, y por lo mismo, en más de una ocasión, organizó pequeñas escuelas para los hijos de los trabajadores de las oficinas salitreras, pues consideraba lamentable ver a los niños vagando por los campamentos mineros. “Él se preocupó también de los trabajadores desde su posición. Ayudó a formar y dio todas las facilidades para que se organizaran en sindicatos y cooperativas, teniendo mucha preocupación por la educación. Y de ahí se da el acercamiento que él tenía con los radicales. Don Isaac encontraba que era injusto que los niños trabajaran, pues consideraba que los niños tenían que estar educándose”, explica Claudio Arce, quien resalta además su innegable vocación pública. Así, Arce participó ampliamente y ayudó a formar varias organizaciones sociales de la época, destacando la multiplicidad de sus preocupaciones. Según El Mercurio de Antofagasta, fue voluntario y tesorero de la antigua Tercera Compañía de Bomberos; miembro de la Sociedad de Artesanos; presidente de la Cruz Roja chilena de Antofagasta; miembro fundador y director de la Sociedad protectora de Empleados; miembro fundador de la Sociedad de Instrucción Primaria de Antofagasta; miembro fundador del Círculo de Periodistas y Artistas de la ciudad; miembro de la Sociedad “Amigos del Árbol”; miembro honorario de la Sociedad de Veteranos del 79 e incluso presidente honorario de varias sociedades de fútbol, entre otras ocupaciones. Incluso generó distintas campañas, como una para crear un mausoleo a los caídos por el “Combate de Abtao”, o incluso una para restaurar el significativo Cerro del Ancla, cuya áncora desaparecía por el paso del tiempo.

Años antes de su lanzamiento, Arce ya promocionaba su libro ofreciendo relatos de sus capítulos en charlas organizadas en la Municipalidad, ocasiones para las que los vecinos y autoridades de Antofagasta se deleitaban con sus narraciones. “La “Historia de Antofagasta” de que usted es autor será para la ciudad y la Región toda de esta provincia un libro de gran valor y habrá de recibir de parte de la opinión pública la más franca acogida, con merecido estímulo a su esfuerzo” le escribía el alcalde Maximiliano Poblete, el 2 de mayo de 1926.

Fue tal su dedicación por conocer y desarrollar la historia de Antofagasta que en 1915 solicita en su trabajo el traslado a La Paz, Bolivia, donde trabajó en la Sección Estadística de la  “Bolivia Railway  Company” durante cinco años, período que le facilitó el acceso a la Biblioteca Nacional de La Paz, donde continuó su investigación sobre Antofagasta,  descubriendo datos inéditos sobre su origen y crecimiento.

En octubre de 1930, después de décadas de preparación, publicó finalmente “Narraciones Históricas de Antofagasta”, libro que lo fundió para siempre con la remembranza del norte chileno, “obra de gran aliento y de importancia reconocida por las personas que entienden y saben de estas cosas pero, desgraciadamente, el resultado pecuniario fue desastroso porque fue en plena crisis salitrera y comercial de este puerto y tuve que quedarme con la mayor parte de la edición”, relataría él mismo en sus memorias. “Aquí corría el dinero y todos creían que no se terminaría nunca”, es la frase con la que Eduardo Galeano, célebre escritor de Las Venas Abiertas de América Latina, resume la crisis de 1930. “La decadencia del salitre no se pudo revertir. El peso de la carga tributaria, cada vez más gravoso, en un ambiente en que aumentaba la competencia, llevó a la industria a su virtual extinción”, dice Ángel Soto en “Auge y Ocaso del Salitre”. Incluso, una cantidad indeterminada de ejemplares llegó a quemarse durante un incendio, mientras permanecían almacenados, teniendo Arce que salir a vender sus libros puerta por puerta, explica la familia Arce. “Fue para él algo difícil, pues se trataba de un proyecto en que había invertido su vida”.

“Estos apuntes tienen el indiscutible mérito de la veracidad (…) No podría decir que esta sea una obra de gran aliento. Es más bien un trabajo de paciencia y de perseverancia, porque la verdad es que la investigación de algunos de los hechos que estas páginas encierran, me han demandado en ocasiones meses y hasta años”, explica el autor en el documento que dejó para su descendencia.

Sin embargo, poco a poco, su obra recibió elogios y reconocimientos por parte de la comunidad. “Si no es propiamente la historia de Antofagasta que alguien escribirá, algún día, el libro del señor Arce contiene páginas muy sabrosas e interesantes”, rezaba una editorial de El Industrial, a pocos días de publicado el libro. El Monseñor Silva Lezaeta, quien fuera obispo de la ciudad y miembro de la Academia Chilena de la Lengua y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía enumeraba: “Lenguaje sencillo, pero correcto (…) contiene muchas noticias del todo desconocidas para la generalidad y documentos inéditos importantes que sería imposible consultar en otro libro”.

“Si hay historia aquí es por Isaac Arce. Es un Heródoto de Antofagasta. Si no hubiese sido por él habría sido muy difícil desentrañar parte importante de los acontecimientos, por que él tuvo el esfuerzo y el coraje de, sin ser historiador ni haber estudiado nunca historia en particular ni ser académico, hacer un relato. E hizo por primera vez una historia con fotografía. Si él hubiese tenido más tiempo de vida habría hecho la historia del siglo XX de Antofagasta. Isaac Arce hoy está en la cúspide, pero tiene su nombre en un pasaje nomás”, reclama Floreal Recabarren, quien tiene una visión crítica del panorama actual y considera que es deber de todos, y principalmente de la autoridad política, cuidar y proteger la memoria y el patrimonio de la ciudad. “El historiador debe mostrar, debe hacer una vitrina de qué es lo que ha sido la tierra donde vivimos. Y si esa vitrina te puede gustar y te puedes sentir orgulloso eso te da una evidencia de una raíz, pero si tú no ves nada dentro de la vitrina o si ni siquiera hay vitrina ¿De qué te vas a sentir orgulloso? De nada”.

“Somos del Norte Grande y aquí nos quedaremos. Cantamos para él y desde su situación. Somos curiosos ante la realidad extranjera vecina o distante, pero es desde aquí que decidimos afrontar la inmensidad y la diversidad del mundo. No nos disfrazaremos de vampiros nórdicos o bohemios parisienses. Nuestra identidad trasciende a lo emotivo. Se trata de una noción de supervivencia: necesitamos saber quiénes somos para no morir bajo un aluvión de mercancía cultural que nos tienta. Pues, ¡Perder la identidad es morir!”, dice un flamante documento que circula actualmente por la ciudad. Se trata del “Manifiesto de la Nueva Poesía del Norte”, del cuál nos habla Alfonso Reyes, uno de sus creadores. “Nosotros vemos que poco a poco las nuevas generaciones estamos cada vez más comprometidas con lo propio, con rescatar nuestra historia y nuestras costumbres a través de la obra artística. Pero, no obstante, creemos que usualmente se adolece  de un culto abusivo al pasado, con todo el tema de las salitreras. Nosotros creemos que hay que optar por una identidad futurista, que sabe sus orígenes, pero que mira hacia adelante para construir nuevas expresiones”.

Se trata de algo nada fácil, y que requiere de gran dedicación, como lo consignó Carlos Tarragó, presidente de la Corporación Pro Antofagasta cuando fue reeditado por última vez el libro de Arce. “Curiosamente, lo que le aconteció al autor de la obra, hace más de 70 años atrás, aún tiene plena vigencia. Ya que la aventura de editar un libro sigue siendo onerosa, sacrificada y arriesgada, y, en nuestro caso, esto solo fue posible al conjugarse varios factores tales como el sueño y la voluntad de quien perseverantemente asume el desafío”.

Por otro lado, instituciones como el Colectivo Cultural Víctor Jara, dice que sigue siendo necesario preguntarnos qué es ser antofagastinos o nortinos, pero además de entender la historia y los elementos pasados es necesario ceñirse a formulas creativas, que puedan constituirse como nuevas características de la “nortinidad”. “La música y la cultura tropical tienen determinadas características conocidas por todos, por ejemplo. Pero la denominación “tropical” tiene que ver con el trópico de Cáncer, que pasa justo por una serie de países. Nosotros vivimos justo en la línea del trópico de Capricornio, por lo que nos parece justo decir que los antofagastinos también podemos tener una cultura tropical, con nuestras propias características, por supuesto, referidas a otro trópico y a otra cultura y formas de vivir. Se trata de usar la creatividad para encontrar nuevas maneras de plantearnos nuestro carácter de chilenos, nortinos, antofagastinos”, reza un documento que entrega la institución.

Cuando Isaac Arce soñaba con un puesto público anotaba en sus libretitas su visión de un Antofagasta del mañana, inmensa, grande. Tuvo la idea de una ciudad desarrollada. Ya en su época pensaba nombrar las nuevas calles con nombres que para Claudio Arce, su nieto, son total y absolutamente desconocidos. “Él piensa en el futuro de Antofagasta, pero un futuro con identidad, donde las calles llevan el nombre de sus contemporáneos destacados, a la gente que él admiraba en ese momento, para que Antofagasta los recordara”, relata.

Claudio Arce llevaba demasiado tiempo meditando estos asuntos, hasta que en su cruzada por recuperar la memoria de Antofagasta, creó junto a historiadores como José Miguel Aguirre y Héctor Ardiles el Centro de Investigación Histórico Cultural Isaac Arce, a través del cual, junto a una veintena de personas se propone rescatar la figura de Isaac Arce y, según los estatutos de la agrupación, recién creada este año,  “lograr investigaciones de alto nivel, lo que a su vez constituirá un aporte valioso al conocimiento y rescate del patrimonio cultural de nuestra región”. Él cree que se trata de algo que sobrepasa la imagen de su abuelo. “Encuentro tremendo que se acorten las horas de historia. Menos identidad van a tener los niños si el profesor va a disponer de tan poco tiempo para poder encantarlos con la narración de su región.  Creo que es muy perjudicial y ojalá que eso lo podamos detener de alguna manera. Vamos a perder mucho si no nos detenemos un poquito. La desinformación y la ignorancia van a hacer que dejemos morir lo que nos queda de identidad”, dijo el docente.

Arce falleció en Antofagasta el 2 de febrero de 1951. Sus restos fueron velados en el salón de Honor de la Antigua Municipalidad, actual Casa de la Cultura, donde años atrás leía públicamente junto a los vecinos la historia que compuso. Aún vive en Santiago su hija, Berta, mientras que Elisa falleció en noviembre de 2011. Tuvo tres esposas: Beatriz Villanueva, Sara Trejo y Carolina Durandeau.

José Antonio González, miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y docente de la UCN no guarda reconocimientos en su prólogo del connotado libro de Arce: “Fundamentalmente contribuyó a reconocernos como continuadores de los héroes del desierto, como descendientes de los que pugnaron entre el aventurerismo congénito de los mineros y el arraigo civilizador de la urbe. El legado dejado por Arce se funde con su amor a Chile, su devoción minera inclaudicable, su pasión de vecino por nuestra querida Antofagasta. O sea, lo esencial del ser nortino”.

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