LOS SUEÑOS ROTOS HACE 40 AÑOS: A VÍSPERAS DEL GOLPE DE ESTADO EN PERIODISMO DE LA NORTE

Era lunes 10 de septiembre de 1973 y un amigo me sugería que comprara El Mercurio de Antofagasta, ya que salía en portada recibiendo mi título profesional de Periodista. Efectivamente, si la memoria no me falla, el viernes anterior, el día 7 de septiembre se hizo la ceremonia de entrega de títulos y recuerdo entre otros, a Ricardo Downew, a Víctor Hugo Pérez, a Michael Müller, Silvia Caamaño, y Hermán Cortés quienes recibíamos nuestro diploma con orgullo, pero silenciosos.

Fuimos exactamente 53 nuevos egresados para servir desde el norte a la región y al país, y la mayoría proveníamos de las carreras de las ciencias sociales y educación. Los nuevos profesionales éramos de castellano, de comunicación social, es decir, periodismo, de construcción civil, contadores públicos, de educación general básica, de educación física, de electrónica, de francés, de inglés, orientadores escolares y de historia y geografía, pero a los fotógrafos del diario les interesaba la foto de los futuros colegas periodistas para el recuerdo. Y como los recuerdos son frágiles pido perdón de antemano por aquellos nombres que sin querer puedo omitir y que merecían, sin duda, estar en este esfuerzo de memoria de cuatro décadas. Otros nombres no son explícitos, porque no he pedido permiso, pero los hechos son ciertos y fidedignos como todo relato periodístico.

Fue una ceremonia extraña, en un auditorio actualmente desaparecido frente a lo que hoy son parte de los talleres de arquitectura y donde se emplaza astronomía y el observatorio y telescopio físico de la Universidad Católica del Norte, UCN. Yo percibía mucho nerviosismo en el ambiente. El aire se podía cortar con una navaja. Al menos, así lo sentía yo esa tarde noche.

Recuerdo que nuestro vicerrector de sede, el joven periodista Héctor Vera Vera me entregó el título y recuerdo también que los flamantes periodistas nos fuimos después en citroneta a una frugal cena al sector costero sur, cerca del actual balneario El  Huáscar, zona donde había raramente un restaurante y una y que otra cabaña de madera apolillada y todo eran roqueríos salvajes, pozas con miles de pececillos, olor a mariscos, inmensidad de mar y de sal por doquier. El camino desde la universidad hacia allá era pésimo.

Fui el primer profesional de mi larga familia pampina y pese a que quería mucho a todos los míos, no invité a nadie de mis cercanos a la ceremonia. Ni tíos, ni primos, ni hermanos, ni mis padres. Sólo estaba Gladys, mi novia en esos tiempos y mi compañera inseparable por más de cuarenta años. Los jóvenes de izquierda y progresistas, los hijos de obreros del salitre teníamos temor a lo que pudiera pasar. Se olía un viento a tragedia y muerte subiendo con la brisa de la bahía de San Jorge. Se venían días muy duros y terribles…

Después de ojear el diario y recortar la foto de portada,  tomé el título profesional y la foto y los puse delicadamente en una bolsa de plástico. Mis tíos, que en verdad eran como abuelos tíos, en la población El Olivar me guardaron el tesoro y otro tesoro más; el certificado de práctica profesional de periodista que atestiguaba que yo había trabajado en el palacio de La Moneda en Santiago entre enero y abril de 1972. Yo había hecho la promesa a mis padres de que sacaría mi título a como diera lugar y cumplí lo prometido. Regresé desde La Moneda pese a tener un contrato en las manos y volví a terminar mis estudios a la Norte. La universidad me confirió el título en agosto del 73 y la ceremonia fue el día que relata el diario.

En ese tiempo, yo ya era miembro del Colegio de Periodistas de Chile con el registro nacional 3.164 y que debería datar desde el año 72. Después del 11 se septiembre todo fue el caos, la persecución, todo fue clandestinidad, traslados, y domicilios furtivos y al final, dos largos exilios que duraron interminables años.

Otros compañeros de curso, como Juan Antonio Abarzúa Rojo con quien hicimos la práctica en la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República, OIR del Gobierno de Salvador Allende, no tuvo la misma suerte, no alcanzó a sacar el título, el golpe lo sorprendió en el palacio de gobierno… La OIR en el 72 era dirigida por Juan Ibáñez Elgueta, un señor periodista. La sección prensa estaba al mando del periodista Rafael Urrejola Dittborn y en radio brillaba el folklorista y gestor cultural, René Largo Farías; todos ellos con quienes compartí muchas horas de trabajo. A La Moneda yo llegué por contactos personales de mi amigo Carlos Aguirre Leiva, quien en esos días hacía su práctica de Ingeniero Comercial en el Banco Central de Chile.

Con ‘Fito’ Abarzúa, el destino nos siguió uniendo y nos encontramos en el noreste argentino, en Salta, a inicios del 74 donde comenzamos nuestras carreras de periodistas fuera de Chile. Ya nos esperaba en esos días allí Herman Cortés. Ambos estaban ya en el diario El Tribuno y Hermán me alojó gentilmente en una casona patronal cerca de Rosario de Lerma. Yo me fui semanas después al diario más antiguo del noroeste argentino, El Intransigente donde ingresé gracias a  los contactos salteños de Jorge ‘Coke’ Iturra, también compañero de curso de la Generación del 69. Regresada la democracia en Chile, Jorge trabajó como gestor cultural, jefe de prensa en Telenorte, en el diario El Tarapacá y como relacionador público de la cámara de Diputados y falleció en su natal Iquique en el 2000. Su hijo mayor se recibió de periodista en la Universidad Católica de Salta.

En El Intransigente, mis jefes y colegas salteños y luego amigos entrañables, Rodolfo Plaza y Néstor Quintana y los compañeros del taller me acogieron con los brazos abiertos. Me dieron trabajo, estabilidad y cariño y la oportunidad de hacer una brillante carrera por varios años. Allí nacieron también mis tres hijos y allí fuimos felices junto a mi esposa y pasamos también momentos muy duros cuando los febriles primeros estertores de la dictadura militar argentina y las resacas gélidas del Canal Beagle nos llevaron a un segundo exilio, esta vez al reino de Bélgica, en el corazón europeo, luego de ser liberado tras ser detenido desaparecido en el 78.

Esa noche de miércoles del 73 en la estación de trenes de la calle Valdivia de Antofagasta frente a un tren atiborrado de viajeros ansiosos me despedía emocionado José Astudillo Gómez, colega y gran amigo y también estudiante de periodismo de la Norte, militante comunista quien nunca pudo terminar su carrera por razones políticas, después económicas y finalmente por el cáncer.

El hogar del padre Hurtado.

Para el golpe de estado yo vivía todavía en el Hogar Padre Hurtado de la Universidad del Norte en la calle Prat. El edificio hoy no existe. Es parte de un gimnasio del colegio San Luis. En ese hogar universitario compartí mis últimos días antes del 11 de septiembre con muchos estudiantes y compañeros de sueños como Washington Muñoz, quien era en ese momento interventor de la Compañía Cervecerías Unidas, donde hoy está el Líder antofagastino. Washington estaba por terminar su carrera de profesor de historia; compartía también con el ‘Chico’ Alberto Loyola, quien pasó muchos años de exilio en Suecia y vino a morir a Chile hace algunos años; a uno de sus hijos, Wladimir, le alcancé a hacer clases en la Católica del Norte. Del ‘Chico’ Loyola y de Anita Cuadra una periodista nuestra y poetisa taltalina, fui testigo de bodas en Antofagasta en tiempos inciertos.

Claudio, un amigo arquitecto me daba en estos días una explicación luminosa sobre lo que significa una ciudad con alma y hecha para disfrutarla y no para la especulación financiera de los burócratas y los poderosos. Por ello hago un pequeño atajo para recordar el hogar universitario del padre Hurtado de la Norte en calle Prat.

Era un edificio muy antiguo de grandes ventanas, madera y de adobes; tenía dos alas y dos puertas de ingreso. En la entrada principal hacia el cerro, a un costado estaba el comedor y más abajo al lado del largo patio con árboles y plantas estaba la cocina, donde comíamos casi siempre lechugas con jurel en los 70’ y los domingos doña Gloria nos agregaba a esa delicia unas papas asadas. Un manjar, pobre pero digno. En la planta principal el Padre Hurtado tenía dos pisos y en el superior, una varanda larga donde se podía adivinar el mar y se escuchaban como en anfiteatro los sones de las marchas multitudinarias de varios años por calle Prat, Matta y Ossa. En cada uno de los dos pisos estaban las habitaciones de los estudiantes. Al fondo, los baños y las duchas… Por la puerta de abajo, hacia el mar, había otro grupo de piezas estudiantiles. Frente al primer piso estaba el largo patio central.

Allí vivíamos los estudiantes, pero también alojaban a veces algunas visitas y se hacían reuniones políticas. Más de algún ministro de Estado compartió con nosotros la mesa, también Andrés Sabella y otros personajes mantenían conversaciones copiosas en el patio donde habían unos árboles y una manguera disfrazada como ducha entre las ramas, lo que nos hacía pensar que el hogar era un pequeño paraíso encantando.

Durante muchos años, pero en particular en los 70’, ese espacio de nuestra universidad era un punto clave de las reuniones intelectuales y políticas antofagastinas, de preparativos de marchas y manifestaciones, de discursos incendiarios, de cobijo de soñadores y políticos, en su enorme mayoría leales a la Unidad Popular. En ese hogar recuerdo haber compartido por mucho tiempo con Miguel Manríquez Díaz y Freddy Araya Figueroa. El primero estudiaba Educación Física y el segundo, Electrónica en la Norte; ambos junto a un tercero, Juan Carlos Cortés Bode, también del Físico, se irían en los 70’ al Grupo de Amigos Personales de Allende, el Gap. Araya y Manríquez fueron torturados y fusilados, uno el 15 de septiembre en Tocopilla y el otro el 19 de octubre del 73, en Antofagasta. Juan Carlos pasó mucho tiempo en la cárcel y al final viajó al exilio en Inglaterra.

Washington y Miguel fueron torturados y fusilados en octubre del 73  tras ser secuestrados desde la cárcel pública antofagastina por la caravana de la muerte. Patricia Manríquez, hermana de Miguel era compañera de curso mío en periodismo y vivió numerosos años de exilio en Alemania. Regresó a Chile en 2008 aproximadamente y según me enteré hace muy poco vivió muy sola y enferma sus últimos años en Santiago sin haber encontrado jamás consuelo.

Numerosos estudiantes del padre Hurtado sufrieron la cárcel, torturas, el exilio, o se sumergieron en las sombras en días en que ser socialista, progresista, de izquierda, o un soñador social era una sentencia de muerte casi segura. Hoy muchos de ellos son destacados profesionales en la ciudad, la región y el país y seguramente guardan lindos recuerdos de ese hogar tan particular y cristiano donde había militancia, pero por sobre todo tolerancia y aceptación de las diferencias.

Una placa y una reparación histórica.

Hoy que nuestra Universidad Católica del Norte recuerda a las víctimas del golpe de Estado, y efectúa un inédito acto público de reparación moral me inunda una sensación de paz indescriptible que ojalá sirva también de mínimo consuelo para los que más han sufrido tanto dolor y desencuentro, los familiares de los detenidos desparecidos, los fusilados, exiliados y adoloridos.

Nuestra Escuela de Periodismo de la UCN develó el 18 de octubre de 2013 una placa en recuerdo a Nesko Teodorovic y Luis Alaniz Álvarez, estudiantes de segundo y tercer año de la escuela quieres fueron  torturados y fusilados por la dictadura en el 73. A ambos mártires se sumó el recuerdo prístino de Elizabeth Cabrera, la ‘Lula’, asistente social de la Universidad de Concepción y funcionaria de la Norte, esposa de Nesko quien fue ultimada por los militares junto a él, camino a Cerro Moreno. Les acompañaba también entre las víctimas en ese último viaje Luis Muñoz Bravo, también trabajador de la Norte, representante de los no académicos y adscrito al Departamento de Química. La placa por Nesko y Luis fue un gesto humano y cariñoso ofrecido por la Generación que ingresó a estudiar periodismo en 1973.

A muchos de esos compañeros de estudio no tuve la suerte de conocerlos y a otros los comencé a conocer después de regresar a Chile tras el exilio a fines del 87. Costó trabajo construir lazos y tender nuevamente redes. Todavía era tiempo de dictadura y era el año previo al plebiscito. Era un país para mi desconocido. De mis compañeros de Generación de la Escuela de Periodismo de 1969 guardo todavía recuerdos algo imprecisos, que tienden a irse con la brisa helada antofagastina. Antes que eso suceda quiero plasmar esas reminiscencias en este relato.

Mi Generación del 69.

Tres vertientes muy diversas construyeron la esencia de nuestra escuela. Entre los profesores por la parte de la empresa El Mercurio recuerdo a Alfonso Castagñetto, Rodolfo Gambetti, Nicolás Velasco del Campo, al ‘conejo’ Luis Berenguela.

De los jesuitas de esos días me acuerdo del padre José Donoso quien asistió a los moribundos y torturados de la cárcel; se me viene a la memoria la impronta intelectual de curas como Guillermo Marshall y Gerardo Claps, entre otros y el aporte de profesores jóvenes pero brillantes como Héctor Vera Vera, Jaime ‘Copo’ Quezada, Manuel Ortíz Veas, María Beatriz Beltrán, Sofía Cáceres, Carlos Rojas Martorell y Germán Gavilán. La mayoría había llegado de Concepción.

De la casa de la Norte, habían profesores extraordinarios como Gustavo Rodríguez, quien nos enseñó a sacarle lustre a las palabras y también a los zapatos, signo de distinción, explicaba con una sonrisa picarona. Años después cambió su Antofagasta por el verde y la lluvia de Valdivia. Es preciso recordar también la inteligencia de René Muñoz de la Fuente, padre de Viviana una periodista de la Norte que trabaja todavía en diarios de Miami. De sociología recuerdo la estampa y la oratoria del ‘Trosko’ Fuentes, víctima todavía desaparecida de la operación ‘Cóndor’, quien fue detenido y secuestrado en tierra guaraníes.

De mis compañeros de universidad había revolucionarios, conservadores y gremialistas que venían del sur, de Concepción, alumnos luchadores del norte, de las salitreras, de Calama y Chuqui, de Perú, Bolivia, de España, Cuba, Brasil y de muchas otras partes. La extensión era muy potente, y me recuerdo que en nuestra escuela nos hacían clases de dicción y manejo escénico actores de la talla de Leonardo Perucci y la hermosísima Peggy Cordero. Andrés Sabella era un personaje mítico ya en esos días…

En mi curso, la Generación del 69, éramos variopintos en lo ideológico y en lo geográfico, pero nos respetábamos y apoyábamos mutuamente. Gabriela Minaya, provenía de Bolivia y hoy es médico en La Paz. La Norte era un imán inmenso. Había feroces detractores a la Unidad Popular así como comprometidos hasta los tuétanos con la revolución por la vía democrática. Había democratacristianos, socialistas, comunistas, miembros de Patria y Libertad, del Mir, del Fer, poetas, borrachines, parlanchines, soñadores y militantes serios y adustos.

En esos días recuerdo la sonrisa enigmática del ‘sapito’ Álvarez, la risa contagiosa del ‘Chureja’ Reyes; la elegancia proverbial de Roberto, al fumador incansable de Ricardo y al ‘Che’  Cornejo. Las pichangas de baby fútbol y la personalidad arrolladora de ‘Fito’ Abarzúa, la gracia de Catalina y María Rosa, la simpatía de la Pilar Rodríguez, y Bárbara del Valle, hija esta última de Iris del Valle, ‘La Pelá’, conocidísima actriz de la bohemia del Santiago de los 50’. Recuerdo la seriedad impenetrable de Guillermo Cepeda Guisti y las travesuras permanentes de Eric ‘Roto’ Carmona; la inteligencia de Michael Müller y la prisa permanente de Víctor Hugo; la sonrisa nerviosa del chuquicamatino Manuel y el aire contemplativo de Carlos Solar.

En fin, ya no me acuerdo nítidamente de todos; pero un recoveco memorial me retrotrae al porte no exento de dulzura de Silvia Caamaño, los ojos azules de Daniel quien venía del Bío Bío, la humanidad de Juan Vargas; la voz melodiosa de nuestra reina mechona Margarita Pastene y la gracia y belleza de Patricia Manríquez y Gloria Reyes, estas últimas ya fallecidas. Recuerdo nítido a grandes periodistas y eximios folkloristas que eran compañeros de curso como Jorge Iturra y Julio Valderrama, ambos ya no están en este mundo. El primero iquiqueño, el segundo, vallenarino.

En estos días, la amenaza del default norteamericano me trajo el recuerdo de Daniel Trigo Villalobos. Danny trabaja todavía en la municipalidad de Washington DC. Daniel era dirigente de nuestra federación de estudiantes en esos años… En mi curso del 69 y en esa escuela compartíamos clases y experiencias y aprendimos a ser tolerantes, pese a la diversidad ideológica. Por ello es que nos dolieron tanto los asesinatos de Nesko Teodorovic y Luis Alaniz. Por ello nos dolió tanto el maltrato, el exilio y la tortura. Por ello nos dolió tanto la cacería de brujas desatada el 11 de septiembre del 73 y el resentimiento bestial contra los críticos, los modestos, los soñadores y los que habían osado pensar y construir un mundo más humano.

El 11 en la pampa salitrera.

Durante 1973 realizaba labores periodísticas en radio Antofagasta y en muchos otros programas, y trabajaba en propaganda en la juventud socialista en esos años. Militaba en Antofagasta y María Elena, y de mi salitrera recuerdo como si fuera ayer los partidos de ajedrez con Dinator Ávila Roco, (22) hijo de un peluquero del galpón, y hermano de un carabinero en servicio y hermano de la ‘Pelusa’, un campeón del deporte ciencia; la ternura y consecuencia de un muchacho extraordinario como lo era Darío Godoy Mancilla, a quien conocí en la escuela Consolidada América y el liceo de María Elena.

Darío no tenía todavía los 18 años; recuerdo como si fuera ayer la alegría contagiosa de mi amigo y compañero Norton Segundo Flores Antivilo (25) con su inseparable barba fina y su boina al estilo del ‘Che’ Guevara. Norton había ganado en 1971 el primer festival de la canción del salitre y compuso un tema que llamó ‘Calma Pampino’. Era su carácter, nunca fue un violentista. De hecho se había titulado de asistente social en la Universidad de Chile, sede Antofagasta, hoy Universidad de Antofagasta por lo que le movía sólo el deseo de ayudar al prójimo.

Dinator, Darío y Norton fueron secuestrados desde la cárcel pública de Antofagasta y asesinados junto a otros 11 compañeros por la caravana de la muerte en la quebrada el Way hace 40 años, y entre ellos iban también al sacrificio estudiantes de periodismo y estudiantes de la Norte…

Nuestra generación del 69 nunca más volvió a reencontrarse. Con algunos la vida nos dio ocasiones de cruzarnos en algún recodo del mundo. Actualmente, estamos planeando un encuentro para el próximo año y pensamos hacerlo abierto a todos los que alguna vez estudiaron en nuestra escuela. Para que nunca más en Chile. Para que nunca más nos desencontremos. Para cosechar entre todos, la tolerancia y la generosidad infinita que nos insuflaron nuestros mártires y antofagastinos como Sabella, Bahamonde, Rendic y Hallet entre otros, personajes que sólo dieron cosas lindas a nuestro norte.

Cuando regresé a Chile a fines de 1987, luego de dos largos exilios por Argentina y Bélgica, regresé a la casa de mis tíos en El Olivar y ellos estaban ya muy enfermos. Todavía tenían guardados mis tesoros en bolsas de plástico, en el fondo del patio junto a un gallinero donde había gallinas y patos. Allí estaba mi título de Periodista de la Norte, el recorte de la foto de El Mercurio y el certificado de práctica de La Moneda. Todo celosamente protegido y con ocho dobleces en dobles bolsas… Todo guardado como estos recuerdos que se van esfumando con los años…

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