Marguerite Barankitse: una luz en la oscuridad de Burundi

José María Algueruari

África, continente cuya superficie representa el 20 % de las tierras emergidas y cuya población alcanza la cifra imponente de 1.000.000.000 habitantes, es también el continente que cuenta con el 37 % de los conflictos graves que hay en el mundo. Son étnicos, políticos, sociales o económicos. De los 88.000 cascos azules de la ONU que están en servicio activo, 61.000 están concentrados en África. La población tiene la tasa de crecimiento más elevada del planeta, pero los cinco países con la esperanza de vida más débil son africanos, sobre todo a causa del Sida, que

afecta a 22 millones de personas. El “continente negro” adolece de otros males como la malnutrición, el hambre, la falta de agua potable y las epidemias. Además, varias naciones tienen una deuda muy alta.

En el centro del continente, se ubican los cuatro países que conforman la llamada “África de los Grandes Lagos”. Uno de ellos es Burundi, que junto con Ruanda, Uganda y la República Democrática del Congo, tiene una historia marcada, desde la mitad del siglo XX, por dictaduras y matanzas.

Burundi.

En Burundi, pequeño país de 28.000  Km2 y una población de casi 9.000.000  habitantes, existen tres grupos étnicos: los hutus, los tutsis y los twas o pigmeos. A lo largo del tiempo, la sociedad burundesa se estructuró en dos clases: los hutus y los tutsis, división que se acentúo durante la

colonización, la cual se apoyó en los tutsis en detrimento de los hutus.

Después de la independencia, otorgada en 1962, las tensiones y los asesinatos fueron en aumento. En 1965, hubo millares de víctimas hutus; en 1972, una rebelión hutu fue reprimida violentamente y hubo entre 100.000 y 300.000 muertos; en 1888, se repitieron las matanzas; en 1993, una lucha opuso el ejército tutsi a los milicianos hutus, guerra civil que duró doce año y dejó un saldo que se estima en más de 200.000 víctimas.

En el Burundi actual, hay mucha corrupción, el 20 % de la población tiene Sida, la esperanza de vida llega sólo a los 46 años.

En ese contexto de pobreza, de enfermedades, de violencias y de muerte, aparece una mujer excepcional: Marguerite Barankitse.

El Ángel de Burundi.

Marguerite Barankitse, que prefiere ser llamada simplemente Maggy, nació en 1953, en Ruyigi, una aldea pobre cerca de la frontera tanzaniana, en el seno de una familia aristocrática tutsi. Huérfana de padre a los cinco años, fue educada, junto con su hermano, por una madre que tenía siempre la puerta de su casa abierta “para todos los hijos de Dios”. En la mesa de los Barankitse, comían hutus, tutsis y twas.

Maggy, que era profesora, empezó su obra social acogiendo en su casa a una huerfanita hutu, Chloé. Esta niña, que 12 años después sería médico,

fue la primera de una familia de siete hijos adoptados por Maggy: 4 hutus y 3 tutsis.

Al presenciar las matanzas que siguieron el asesinato del presidente hutu de la República Burundesa, Melchior Ndadaya, Maggy se colocó al alero del obispado, donde trabajaba como asistente, lo que le permitió esconder a muchos hutus perseguidos por los tutsis. Un día de octubre 1993, arriesgando su vida, a pesar de haber sido desnudada y maltratada, rehusó entregar las llaves de la sala donde estaban los refugiados. Los asaltantes, sin embargo, lograron entrar en el local y asesinaron a golpes de machetes y cañas de bambú  a 72 hombres y mujeres, ancianos y

niños. Los siete hijos de Maggy, que se habían escondido en la sacristía, se salvaron junto otros 25 compañeros. Ella misma, con Chloé, enterró a los 72 muertos junto con las carretillas en las cuales habían sido transportados, en una fosa común y reunió a los 32  rescatados en una escuela caída en desuso. El impacto de  la matanza sobre Maggy al mismo tiempo que el “milagro” de la supervivencia de los  niños sellaron su destino: el rechazo absoluto al odio fratricidio y la creación de casas para las pequeñas víctimas.

La antigua escuela, bautizada Casa Shalom, fue la primera de 400 casas. Con la ayuda de los católicos alemanes y luxemburgueses, las Casas Shalom se estructuraron como ONG. Maggy donó a sus 10.000 hijos los terrenos de sus propios padres en Nyamutoto, donde se construyó una aldea entera. En Ruyigi, edificó un hospital, donde trabajan actualmente ocho médicos, entre ellos Chloé. La pobreza es grande, los estetoscopios son de madera, pero Maggy, católica ferviente, hizo construir una capilla al lado del edificio para que hubiera para los enfermos y los familiares

de los difuntos un lugar de recogimiento, donde realizar funerales dignos.

En un país, donde doce años de guerra civil han provocado la muerte de 350.000 personas y dejado a 650.000 huérfanos, son muchas las necesidades de todo orden. En 2004, en el campo militar de Rugazi, donde estaban recluidas 200 excombatientas de la rebelión, Maggy, llamada a veces “la loca de Ruyigi”, se hizo cargo de los 90 bebés prohibidos en el recinto y se esmeró en devolver algo de dignidad a esas mujeres recientemente desmovilizadas. Además, el Ángel de Burundi, como también la apodaron, lanzó un programa de ayuda a la reinserción de los niños guerreros para que recuperaran el sentido de la paz y el respeto de la vida. En casas de cinco jóvenes, adquieren una nueva denominación,

ya no son hutus, ni tutsis ni twas, sino “hutsiwas”. El último proyecto de Maggy: inaugurar una maternidad en Nyamutoto para 243 bebés hoy repartidos en cinco pueblos.

Los reconocimientos oficiales.

Son muchas las distinciones humanitarias que Maggy ha recibido tanto de Europa como  de los Estados Unidos: Premio de los Derechos Humanos del Gobierno Francés (1998), Premio Norte-Sur del Consejo de Europa (2000), Premio por los Derechos del Niño (2003), Premio Juan María

Bandrés de España (2003), Four Freedom Award de los Estados Unidos (2004), Nansen Refugee Award del Alto Comisionado de las Naciones Unidas  para los Refugiados (ACNUR) (2004), Premio Opus de los Estados Unidos (2008)  y otros reconocimientos de Italia y Galicia.

Recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Católica de Lovaina-la-Nueva (2004), el título de Caballero de la Legión de Honor de Francia (2009) y el Patronato de Honor del Bureau Internacional Católico de la Infancia de Ginebra (2009).

Fue invitada a la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos (2009), donde intervino con un mensaje donde denunció a los

asesinos de la guerra civil que empezó en 1993 y duró 12 años, los cuales no tuvieron ninguna vergüenza en matar y siguen yendo a misa “sin mostrar en su rostro vergüenza alguna”.  Hizo un llamado a favor de tantos niños de la calle, niños soldados, niños brujos, etc.: “Tened el valor de abrirles las puertas de vuestros obispados, conventos, casas para ofrecerles la identidad, el afecto de la familia. Imitemos al obispo de Los Miserables de Víctor Hugo que abrió las puertas de su catedral, de noche, para ofrecer hospitalidad a todos los pobres. Sí, debemos tener el valor de hacer de nues

tra África un lugar donde se pueda “vivir” bien” (1).

Una personalidad heroica.

Maggy estima que no debería recibir ningún premio “porque sólo está haciendo un trabajo ordinario”. Cada vez que le anuncian una recompensa, se extraña, pero la recibe por el bien de sus miles de protegidos, niños y adultos.

Ella quiere dar a los niños el sentido de la vida de familia. Trabaja en unión con la UNICEF, llegando a lugares donde nadie llega. Es una auténtica heroína. En un país dominado por el ruido del horror, supo oír la voz de la esperanza. Siempre luchó contra las injusticias sociales. Ahora, ha pasado a ser un ícono de la caridad universal. Es una santa que trabaja, que provoca y vitupera contra las instituciones y los sistemas, consciente de que la misión que Dios le haconfiado la sobrepasa, pero que sabe que dando amor a los  niños, se crea la posibilidad de un futuro mejor: ellos pueden cambiar el mundo. Les enseña que el primer valor es la paz y el respeto de la vida, que es algo sagrado. Los niños son suyos: “El niño que ha matado y violado no es sólo un criminal, es mi hijo, es mi hermano, es mi hermana”.

El mensaje de esta mujer de familia real, cuyo rostro de rasgos finos está siempre iluminado por una sonrisa y la alegría de vivir, y que lo ha entregado todo es que “el mal nunca tendrá la última palabra, es el amor que triunfa y juntos se puede construir”.

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