SURGIMIENTO DEL SUJETO SOCIAL POST-DICTADURA EN CHILE VISTO A TRAVÉS DEL ANÁLISIS CRÍTICO DEL DISCURSO (ACD) EN LA NOVELA LOS VIGILANTES (1994), DE DIAMELA ELTIT

Introducción

Vincular una literatura inscrita en las vanguardias chilenas con los materiales metodológicos de los que se vale la sociología para la investigación social, emerge como una necesidad cuando se les ha reclamado a las ciencias sociales un mayor interés por acercar el arte de avanzada a las audiencias, por incorporar la producción de este tipo de arte al cuerpo sociológico para enriquecer las explicaciones de nuestra sociedad. Tanto la ‘episteme’, que es su soporte, en el caso del objeto de este artículo, el Post Estructuralismo como reflexión crítica en la obra narrativa de Diamela Eltit, como el hecho de que el paradigma social se asienta en la micro sociología, son facilitadores al mismo tiempo que trabas para el propósito de aproximación al público lector. Esto en virtud de que la teoría del poder de Foucault que es su referente puede llegar a ser muy compleja y exige una metodología acorde que posibilite el emprendimiento de la triangulación entre obra de arte, investigación social y discurso.

Para Norbert Lechner (Richard 2007) la fragmentación social, que trae aparejada la descomposición de  todas las certezas aportadas por un tipo de Estado Benefactor en retirada, donde lo colectivo es productor de identidad social, para dar paso a una sociedad tendiente al individualismo, conspira con la resistencia del propio artista de vanguardia para que la circulación de contenidos generados por la escena de avanzada pueda llegar a su público objetivo: “La producción artística como toda producción intelectual no sólo tiene que construir su objeto, sino también su público: el lector”… Y añade: “La reacción alérgica del artista frente a los reproches de hermetismo es comprensible; pretende que la obra hable por sí sola” (Ibíd., 151- 2).

Lo plural que relata su épica social con rasgos totalizadores se encuentra abolido, no obstante, la producción cultural de la escena de avanzada forja simbolismos dirigidos a la reconstrucción de una identidad colectiva que persiste en hacerse de un lugar en medio del yo fragmentado que la lógica de mercado reclama del nuevo actor social. Pero, como apunta Lechner, el hermetismo de la obra de vanguardia juega en contra de la propagación de las virtudes de este nuevo sujeto.

En efecto, la comprensión del arte de avanzada se puede ver entrabado por el escaso acceso de la sociedad a la que está orientado, a las fuentes del conocimiento que forman parte de su trama argumentativa basal. De hecho, la narrativa de Diamela Eltit está lejos de una mirada naif sobre la sociedad de la que busca ser su correlato. Muy por el contrario, tanto la escritura como la temática desarrollada a lo largo de su obra por Eltit, es coherente con el principio fundador de una transformación dolorosa y sin retorno en la sociedad chilena post dictatorial, esto es, la emergencia de un sujeto inédito para la conciencia de sí mismo del cuerpo social y que construye su epopeya entre el desconcierto y el desamparo.

Es en este escenario donde el Análisis Crítico del Discurso (ACD) surge como la herramienta de investigación social más adecuada, puesto que abre el entramado conceptual de la creación intelectual que le dio origen. Al mismo tiempo, permite buscar en la sociedad de referencia al sujeto paradigmático que es portador de los atributos de identidad, tanto como los del discurso de resistencia y hegemónico en que este sujeto resuelve el temor al vacío en el que siente que podría caer su yo.

Sabemos de la imposibilidad de un sujeto carente de identidad, un vacío de esta condición es imposible de tener lugar. Un sujeto que es sacado de su marco simbólico referencial adecua su yo a las nuevas circunstancias, así, sin más. De lo contrario, su ser se extinguiría. Postular lo inverso es crear un reduccionismo de la problemática en cuestión, de la misma manera que no contar con una adecuada técnica de investigación social nos sumiría en otro reduccionismo difícil de sortear, esta vez de tipo metodológico.

El ACD forma parte de una tradición bastante diversificada de los tipos de Análisis de Discurso de los que disponemos los investigadores sociales. Junto a esto se encuentra el análisis conversacional, que se centra en propuestas discursivas menos estructuradas desde el punto de vista teórico social que el ACD, hasta pasar por el análisis literario, con más énfasis en la función lingüística, las estructuras narrativas, la sintaxis y la gramática y, por lo tanto, en recursos como las metáforas y las metonimias, por poner un ejemplo. El ACD, por el contrario, debe ser visto como enteramente social.

Y es que su fundamento se encuentra en que los discursos debemos entenderlos como artefactos dirigidos a la dominación y el control social: “…en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (Foucault 2008, 14).

La condición material a la que alude Foucault se encuentra en que el discurso descansa en la cosa dicha, algo que es susceptible de desaparecer en el valor unitario de lo repetido hasta la saciedad, pero que porta en esa “temible materialidad una historia de “luchas, victorias, heridas, dominaciones, servidumbres, a través de tantas palabras en que el uso, desde hace tanto tiempo ha reducido las asperezas” (Ibíd., 13).

En el orden social, cada uno de nosotros ocupa un lugar adecuado, es decir, nada de lo dicho es o podría ser azaroso:  “…dado que hemos construido el espacio social, sabemos que estos puntos de vista, la palabra misma lo dice, son vistas tomadas a partir de un punto, es decir de una posición determinada en el espacio social. Y también que habrá puntos de vista diferentes o aún antagónicos, puesto que los puntos de vista dependen del punto del cual son tomados, puesto que la visión que cada agente tiene del espacio depende de su posición en ese espacio” (Bourdieu 2007, 133).

Con todo, el discurso es una consecuencia del lugar que cada sujeto ocupa en el entramado social y de su contenido no se presume ingenuidad. Por el contrario, el discurso es una declaración de cómo los cuerpos están distribuidos en el espacio, esto es, cómo se desarrolla una proxemia o proxémica donde los agentes estén posibilitados de agenciar un discurso: “…el uso del lenguaje, es decir, tanto la forma como la materia del discurso, depende de la posición social del locutor que determina el acceso que pueda tener con la lengua institucional, con la palabra oficial, ortodoxa, legítima” (Bourdieu 2008, 87- 9).

Tenemos entonces un acto de habla que jamás caerá en el sinsentido y que es aprehendido por los participantes de actos discursivos sin mayores resistencias, ya que como hemos señalado, colgarse de un discurso sitúa al agente en un lugar específico, lugar del que se obtiene identidad, particularmente identidad social que es la que nos importa acá y cuotas de poder, ya que es eso lo que se encuentra en disputa.

Manejar las claves estructurales de un discurso, piénsese por ejemplo en un político empoderado de falacias, lleva a una propagación de ideas que el grueso de los destinatarios del discurso no estará en condiciones de cuestionar, o que, al menos, no se encontrará en posición de rechazar. De ahí, la importancia de este emprendimiento. Poner en perspectiva a los actores sociales que participan del discurso es aparte de evitar la recursividad, permitir la interacción entre quienes son aludidos o convocados por la práctica discursiva.

Irremediablemente debemos aproximarnos luego de fijada la necesaria interacción entre las partes actuantes, al objeto que Foucault reconoce en el discurso, discurso que como hemos afirmado no contiene ingenuidad alguna, lo que nos debería mover a pensar que nada de lo dicho podría ser un despropósito: “Por más que en apariencia el discurso sea poca cosa, las prohibiciones que recaen sobre él revelan muy pronto, rápidamente, su vinculación con el deseo y con el poder. Y esto no tiene nada de extraño, pues el discurso –el psicoanálisis nos lo ha mostrado- no es simplemente lo que manifiesta (o encubre) el deseo; pues –la historia no deja de enseñárnoslo- el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse” (Foucault 2008, 15).

Aproximación al concepto de vigilante

Hemos visto en términos generales qué podemos esperar cuando nos adentramos en las dinámicas del discurso y qué deberíamos entender por discurso según nos lo presentan las coordenadas del post estructuralismo. Veamos ahora brevemente cómo la agencia discursiva pone a prueba al yo.

Tomemos como punto de partida aquello que podríamos considerar los grados de tolerancia que la hegemonía permite respecto a los que quieran participar del discurso. El recurso de intolerancia por excelencia es el de la exclusión, y está situado preferentemente en comunidades científicas o dogmáticas. Foucault los categoriza así: “En una sociedad como la nuestra son bien conocidos los procedimientos de exclusión. El más evidente, y el más familiar también, es lo prohibido. Uno sabe que no tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa. Tabú del objeto, ritual de la circunstancia, derecho exclusivo o privilegio del sujeto que habla: he ahí el juego de tres tipos de prohibiciones que se cruzan, se refuerzan o se compensan, formando una compleja malla que no deja de modificarse” (Foucault 2008, 14).

A lo largo de la historia occidental, las prohibiciones han marcado grados de exclusión que no solamente sitúan al sujeto en posiciones de sometimiento o los dota de la capacidad de someter a otros, sino que la producción de estos anclajes discursivos contribuye a fijar los límites en los que los sujetos pueden construir la realidad.

Quien quiera profesionalizar un conocimiento al que accedió por la pulsión del talento original, debe hacerse de un esquema de distinción que lo acredite como miembro activo de una comunidad particularizada. La paradoja es que es la propia comunidad que recibe al iniciado la que determina el marco de lo que es posible decir, so pena de repudio o hasta de expulsión.

Entre otras medidas, el desacato puede conducir a cargar con la sanción del aborrecimiento, y así se repiten hasta el paroxismo los trabajos de profesionales describiendo parcelas de realidad bajo una mirada unitaria cuyo aporte al progreso del conocimiento es escaso o hasta nulo.

Y la única retórica afianzada es la que dio origen al propio discurso hegemónico, destinada naturalmente al mantenimiento del status quo que permite su existencia como comunidad vigilante de sí misma y de sus procedimientos reglamentarios.

Una voz propia carece de sentido al interior de una de estas comunidades, un yo autónomo es mirado con sospecha: “Al autor no considerado, desde luego, como el individuo que habla y que ha pronunciado o escrito un texto, sino al autor como principio de agrupación del discurso, como unidad y origen de sus significaciones, como foco de su coherencia”. (Ibíd., 29 – 30).

Se desprende que un individuo debe rehuir de su yo más auténtico en beneficio de su pertenencia grupal, cuestión significativa, puesto que un individuo paga un precio demasiado alto a cambio de su pertenencia y la protección que obtiene de su comunidad de referencia.

Lo anterior sin contar que aún resta considerar otro tipo de exclusión que se apodera con igual violencia del yo, ésta es la de la separación. “…no se trata ya de una prohibición, sino de una separación y un rechazo. Pienso en la oposición entre razón y locura.” (Foucault 2008, 16).

La locura o específicamente aquel tachado de loco por una comunidad particular, queda apartado de la posibilidad de participación discursiva, o, en su defecto, quien ose desafiar las convenciones establecidas, puede sin más trámite ser aislado habiendo recibido solamente la sanción del oprobio general, saltándose un debido diagnóstico médico, es decir, colgar el cartel de loco al que cae en desacato es un recurso noble de la comunidad que ve alterado su orden y un mote que incluso muchos atrevidos lucen con insolencia.

Vemos que la propagación de los discursos queda a buen resguardo mediante la fijación de prohibiciones, exclusiones y los rechazos. Cabe remarcar que los discursos para Foucault, como hemos dicho, la base argumentativa de la novela en estudio, pueden hacer más problemática su comprensión, aún cuando es necesario dotarlos de esos atributos[i], y no son considerados en este escrito más que como referencia tangencial que demuestra su existencia, puesto que con el bosquejo realizado hasta aquí queda demarcada la necesidad de que un yo desafiado encuentre maneras de reconstruirse ontológicamente.

Por esa razón, orientamos nuestra atención ahora hacia los conceptos de vigilante y de cambista. Ambos son para Foucault la expresión de un yo cuestionado, aunque el de vigilancia cumple el doble propósito de acción cautelar o disciplinaria, y de observancia de una metódica destinada al cuidado de sí mismo[ii].

Vigila, y por tanto, es vigilante, el que busca proteger el orden establecido como sacro por la convención rigurosa de la comunidad, aquel pacto que denuncia a los sublevados y que tiene en la delación su más claro axioma; pero también es vigilante de sí mismo (cambista) aquel que busca en prácticas ascéticas una consolidación del yo que sea imposible de debilitar por las acciones coordinadas de aquéllos que lo acechan. Uno afirmado en la acción policiaca, el otro en la hermenéutica: “Hay dos metáforas importantes desde este punto de vista: el vigía que no admite a nadie en la ciudad si esa persona no puede demostrar quién es (debe ser un <<vigilante>> del flujo del pensamiento), y el cambista, que comprueba la autenticidad de la moneda, la mira, la pesa y la verifica. Debemos ser cambistas de las representaciones de nuestros pensamientos, examinándolas con atención, verificándolas, comprobando su metal, su peso, su efigie” (Foucault 1990, 33).

Vemos la importancia del auto examen de consciencia como un camino a la verdad del yo en perpetua construcción. Por eso, la búsqueda de Foucault en las prácticas ascéticas, en las técnicas del cristianismo como en el mecanismo de la confesión, técnica que no pretende eludir una posible delación al apresurarse a ser uno mismo el que ponga en duda lo que Foucault llama representaciones de nuestros pensamientos, sino que se afirma en la meditación y el conocimiento de sí mismo como una práctica permanente de engrandecer al yo que se presume o se debería presumir incompleto.

El tema de la renuncia a sí mismo es muy importante. A lo largo de todo el cristianismo existe una correlación entre la revelación del yo, dramática o verbalmente, y la renuncia al yo. Al estudiar estas dos técnicas, mi hipótesis es que la segunda, la verbalización se vuelve más importante. Desde el siglo XVIII hasta el presente, las técnicas de verbalización han sido reinsertadas en un contexto diferente por las llamadas ciencias humanas para ser utilizadas sin que haya renuncia al yo, pero para construir positivamente un nuevo yo. Utilizar estas técnicas sin renunciar a sí mismo supone un cambio decisivo (Foucault 1990, 39).

Superada la barrera que señala la necesidad de enfrentarse a un nuevo yo sin haber renunciado a sí mismo, debemos indagar ahora en los contextos históricos que permiten el surgimiento de este nuevo sujeto social post dictadura en Chile, y señalando la técnica que según Foucault posibilita la agencia de un nuevo yo.

La materialidad del sí mismo en el sujeto social desplazado

Insistiremos en que para que surja un nuevo actor social, debe necesariamente haber existido un antecesor cuyo discurso pierde consistencia en la medida que las condiciones sociohistóricas varían. Así, el sujeto apartado del escenario político en emergencia, cumple a cabalidad con el trazado histórico que lo modeló pero sus herramientas de acción social ya no son coherentes con las nuevas circunstancias.

Debemos perfilar los cimientos que posibilitaron la existencia de un sujeto anterior al afianzamiento del poder militar en Chile y cabe, entonces, delimitar su protagonismo social entre otros hechos relevantes del acontecimiento histórico que desencadenó la necesidad de un nuevo actor social.

Por un lado, su expiración sabemos que está fechada el mismo once de Septiembre de 1973, no obstante su origen hay que buscarlo en el ascenso de la mesocracia a las esferas del poder político, hecho que coincide con el declive del Estado Oligárquico para dar paso a un Estado Liberal Democrático que se extenderá desde 1920 hasta 1973.

Cabe señalar que en este nuevo orden institucional, los actores surgen hasta poblar el espectro sociopolítico, como una consecuencia de las condicionantes en el mundo laboral que permiten organizaciones como la sindicalista, por ejemplo, que interactúa con su cuerpo antagónico, el gremialismo.

Estos factores, en su conjunto, sumados a la pérdida de entusiasmo en la expansión hacia afuera llevada a cabo por la oligarquía, además de la creciente necesidad de contar con un sistema productor local, llevarían al nacimiento del Estado Liberal Democrático[iii].

Con énfasis en lo político como fórmula de reemplazo a la preeminencia elitista del Estado Oligárquico, el nuevo Estado definió sus principios éticos en la incorporación no sólo del concepto de ciudadanía, sino sus necesidades inherentes a la gestión estatal. Se trataba de romper el molde donde la precarización social heredada, la que sumada a la bancarrota del fisco, hacían exigibles otras coordenadas de acción pública[iv].

Armando de Ramón (2000, 215) sostiene que el proyecto desarrollista tuvo incluso en ciernes una importancia capital en las transformaciones ocurridas en Santiago de Chile. Su importancia la explica precisamente por una corporación de gestión estatal, CORFO, y resulta elocuente para mostrar la magnitud de los cambios[v].

En lo medular, el Estado Benefactor fue producto de demandas sociales más que de un genuino interés de las élites políticas por incorporar autónomamente la cuestión social entre sus prioridades.

Es cierto que su emergencia y su ideología dominante desencadenaron una serie de valiosas transformaciones en la estructura física urbana del país, pero su afán desarrollista es también subsidiario de corrientes de pensamiento y acción conjunta con otros Estados latinoamericanos.

El caso es que, habiéndolo querido o no situar el énfasis de su gestión en lo social, posibilitó la aparición de nuevos referentes de acción societal. Movimientos obreros y sindicalistas, incluso estudiantiles, además de incipientes manifestaciones en torno al género, por mencionar algunas agencias de movilización social, generaron una relación dialógica entre Estado y cuerpo social.

El proceso coincide con las grandes migraciones campo-ciudad y señala, paralelamente, el inicio del periodo más politizado del mundo del trabajo en Chile, característica que se ha conocido como la cuestión social. La lucha sindical sitúa la problemática laboral dentro de lo que la ciudadanía considera un deber prioritario del Estado, tanto o más que la búsqueda del desarrollo económico. Si éste se había de alcanzar, debía de ser mediante la plena incorporación de las demandas de mejoras laborales y el reconocimiento de los trabajadores como factor de ese desarrollo, desencadenando una proletarización que terminaría actuando como fuente de identidad social[vi].

Los trabajadores, empoderados de su identidad laboral y de su función social, ayudan a la consolidación del modelo desarrollista y ponen en evidencia la desprotección en que se encontraban vastos sectores de la población. Este esfuerzo largamente perseguido será desplazado por la dictadura, cuya gestión gubernamental pondrá el acento en crear las condiciones que darán un rol protagónico al gremialismo en el modelo de desarrollo impulsado por políticas de libre mercado.

A esta forma de abordar la estrategia desarrollista se le conoce como corporativismo. Naomi Klein (2010) sostiene que el proceso de instauración del libre mercado en Chile no sólo debería ser visto como una experiencia piloto que persigue amplificar las prácticas neoliberales al resto del mundo, sino que inaugura un nuevo estilo corporativista.

El corporativismo se refería originalmente al modelo de Estado ideado por Mussolini, un Estado policial gobernado bajo una alianza de las tres mayores fuentes de poder de una sociedad –el gobierno, las empresas y los sindicatos-, todos colaborando para mantener el orden en nombre del nacionalismo. Lo que Chile inauguró con Pinochet fue una evolución del corporativismo: una alianza de apoyo mutuo en la que un Estado policial y las grandes empresas unieron fuerzas para lanzar una guerra total contra el tercer centro de poder –los trabajadores-, incrementando con ello de manera espectacular la porción de riqueza nacional controlada por la alianza. Esa guerra –que muchos chilenos comprensiblemente ven como una guerra de los ricos contra los pobres y la clase media- es la auténtica realidad tras el “milagro” económico de chile”. (Klein 2007, 122).

La cuestión podría ser vista como dejar hacer y que, mediando los ajustes internos propios del proceso económico, el mercado se organice a sí mismo, permitiendo que sobrevivan solamente aquéllos que más eficientes prueben ser. La estrategia corporativista cumple así un par de propósitos que harán posible que la dictadura se extienda hasta el paroxismo. Borra cualquier atisbo de insurrección social y entrega plenos poderes al gremialismo, dando comienzo al proceso de flexibilización laboral.

Junto a los que se entregaron a la mendicidad, los cartoneros, personajes raramente expuestos por estudios sociales sobre la identidad, fueron la constatación de cuánto se precarizaron las condiciones de vida de los sectores más vulnerables de la población en el Chile de la dictadura. Si parafraseamos a Foucault, se trataba de los rechazados hacia la muerte.

El Panoptismo como medio cautelar de la estrategia corporativista

El Panoptismo se puede entender como un dispositivo de vigilancia que permite ver sin ser visto. Es tan sencillo como eficaz. Michel Foucault toma esta metáfora del diseño del Panóptico de Jeremy Bentham. En principio, el Panóptico corresponde a un plano arquitectónico ideado por el filósofo inglés hacia fines del siglo XVIII para ser utilizado en cárceles, y de hecho existen evidencias de su implementación en diversos lugares del mundo.

La torre central, eje de donde surge la metáfora foucaultiana, es más allá de su incuestionable función práctica, un módulo que permite que el poder quede suspendido en su abstracción, por así decirlo, y que desde esta abstracción adquiera su cualidad de transferible. Como su mecánica de vigilancia es óptica, persistente y exhaustiva, ya no requiere de una figura humana que opere como soporte de la observación. A diferencia de lo que ocurría con la imagen del verdugo, por ejemplo, en la que el simbolismo de su poder estaba representado por su propio cuerpo, el Panóptico puede prescindir de una figura retórica para hacerse efectivo en tanto medida disciplinaria.

Los presos se saben observados desde todos los ángulos y en todo momento, por lo tanto, la torre podría quedar sin un centinela por periodos prolongados y los reclusos no estarían en condiciones de advertirlo. Esto sería posible puesto que el vigilante cuenta con una visión total, mientras que los reos sólo pueden ver la torre.

Cuando el poder se vuelve transferible, en tanto, son los propios sujetos en vigilancia quienes adoptan como naturales, en palabras de Foucault, las asimetrías a las que están expuestos, y exigen del otro una conducta que disipe las diferencias. Visto así como lo propone Foucault, el Panoptismo podría ser entendido como una medida cautelar que cubre todo el espectro de la sociedad, como un núcleo de perpetua vigilancia donde todos sus miembros estarían al acecho de la conducta desviada y que, como es esperable, contarían con los debidos mecanismos de normalización para traer al hereje de vuelta a lo que el grupo consideraría la cordura.

Como afirmara Marshall McLuhan (1967), El medio es el mensaje, nosotros podríamos decir, la torre es el centinela o, lo que es aún más propicio para entender la metáfora de Foucault, todos somos vigilantes. El Panoptismo entonces, como sostiene Foucault, cumple un doble propósito cuando se ejerce de la manera que se hizo en el Chile dictatorial y el énfasis se puso en el mundo del trabajo. Por una parte, separa[vii], es decir excluye al señalar por oposición lo que es normal de lo que no lo es, lo útil de lo inútil. Por otro lado, lleva implícita la economía del control sobre los cuerpos dispersos, evitando sublevaciones.

[…] el análisis técnico del proceso de producción, su descomposición “maquinal” se han proyectado sobre la fuerza de trabajo que tenía por misión asegurarla: la constitución de estas máquinas disciplinarias en que están compuestas y con esto ampliadas las fuerzas individuales que asocian es el efecto de esta proyección. Digamos que la disciplina es el procedimiento técnico unitario por el cual la fuerza del cuerpo está con el menor gasto reducida como fuerza “política”, y maximizada como fuerza útil. El crecimiento de una economía capitalista ha exigido la modalidad específica del poder disciplinario, cuyas fórmulas generales, los procedimientos de sumisión de las fuerzas y de los cuerpos, la “anatomía política” en una palabra, pueden ser puestos en acción a través de los regímenes políticos, de los aparatos o de las instituciones muy diversas. (Foucault 2002, 224).

En tanto práctica social, el Panoptismo adoptó su óptima expresión cuando se hizo cuerpo con la fisonomía urbana. En la actualidad, nadie recela del creciente número de cámaras de vigilancia desplegadas por la ciudad y los relatos que describen su existencia tienden a justificarlas como parte del paisaje.

Del discurso hegemónico a la retórica de la insumisión

Como hemos visto, las estrategias de la Dictadura potenciaron métodos de represión y adoctrinamiento poblacional mediante la implantación de lo que podríamos denominar la vía del terror, constatado esto a través del Panoptismo fundamentalmente en lo que concierne a lo trabajado en la investigación en la que se basa este artículo.

Pero hubo otra esfera donde se puede observar la pericia con que el sistema institucional chileno, así como los modos de vida imperantes en nuestra sociedad hasta el momento que tuvo lugar el golpe de Estado, tomarían el rumbo que definitivamente haría de este país lo que uno de nuestros entrevistados puntualizó como Estado Policial.

Esta esfera era la comunicacional. Sumada a la coerción del aparato represivo, la propagación de las claves en las cuales la población debía enmarcar su nuevo estilo de vida vendría dada por una férrea amplificación de las bondades del nuevo sistema, asegurando la plena dominación poblacional.

Deberíamos especificar que más allá de ensalzar al régimen de facto, la estrategia comunicacional de la dictadura buscaba clausurar una historia marcada por el proteccionismo estatal a las prácticas sociales y promover un nuevo perfil ciudadano, austeramente adecuado a la lógica corporativista.

A la ausencia de regulación en el mercado del trabajo, se ofrecía mediante la figura del emprendedor, una suerte de tabla de salvación donde el cuerpo social fragmentado encontraría un sustento identitario coherente con las reformas introducidas por el corporativismo al mundo del trabajo. En eso consistía esencialmente el discurso hegemónico, en argumentar a favor del trauma provocado por estas mutaciones, apelando a la capacidad históricamente industriosa del pueblo chileno, quienes siempre a lo largo de su trayectoria republicana, habían podido sortear los peores cataclismos de pie ante la adversidad.

La estricta vigilancia del aparato represor consiguió que el fenómeno del Panoptismo se extendiera a toda la sociedad, como ya dijimos, cautelando el signo de los nuevos tiempos y asegurándose para sí el ganancial de una economía en la administración de los recursos públicos destinados a este ítem, puesto que la figura del vigilante era trajinada sin camuflaje por el grueso de la población a través de un doble tránsito de significaciones. Quienes no estaban dispuestos a la delación, sospechaban conspiraciones en todos los demás.

“La vigilancia ahora se extiende y cerca la ciudad. Esta vigilancia que auspician los vecinos para implantar las leyes, que aseguran, pondrán freno a la decadencia que se advierte. Ellos han iniciado actividades que carecen de todo fundamento como no sea dotarse de un ejercicio que las permita desentorpecer sus ateridos miembros” (Eltit 1994, 32).

La estrategia de nominación utilizada por la autora sitúa al referente en una sombra de omnisciencia, transformándolo en un absoluto. Así, la voz de la narración de Los vigilantes se refugia en lo epistolar como en una trinchera de sentido desde donde desafía al poder oculto en la abstracción del Panoptismo. Si bien el escenario está desprovisto de intermediación metafórica y se nos ofrece rudamente legible, es en la fuerza argumentativa movilizada por los Topoi[viii] donde se señala la exclusión política y todo el discurso confirma la caladura del temor institucionalizado.

Las claves del discurso hegemónico deben ser buscadas también en estos Topoi. Observamos la exclusión en la figura del ellos, pero también podemos ver moderada su amenaza corporal ya que nos son mostrados como meros portadores de un poder que se hizo carne en sus cuerpos con el fin de implantar las leyes, metonimia que refiere a la facultad de dominio con que el verdadero poder se instaura y se propaga bajo el auspicio de los vecinos.

Pero retomemos al cuerpo como emblema. El cuerpo indotado del ellos tiene sus miembros ateridos, paralizados, por lo tanto, desprovistos de fuerza motriz autónoma, y es en las actividades que carecen de todo fundamento donde encontramos el signo del poder inscrito en esos cuerpos:

[…] ¿cuál es el único elemento que, en efecto, se vale del cuerpo, de sus partes, de sus órganos, y por consiguiente de sus instrumentos, y en definitiva va a valerse del lenguaje? Pues bien, es el alma, y no puede ser más que el alma. Por ende, el sujeto de todas esas acciones corporales, instrumentales, lingüísticas, es el alma: el alma en cuanto utiliza el lenguaje, los instrumentos y el cuerpo.” (Foucault 2009, 69).

Sabemos, entonces, que una vez desprovista de su alma, estos cuerpos ateridos deambulan por una ciudad asediada sin comprender que el acecho lo acarrean en el cuerpo. Ellos saben que deben vigilar sin tregua al otro, conocen su paradero y no encuentran reposo al estado de vigilancia, pero ignoran por qué lo acechan. De ahí lo infundado de su vigilancia en contraposición a la vigilia que acusa la protagonista:

“Continúas al acecho como un feroz animal de presa. En la noches me imagino que estás con los dientes brillantes, listo para saltar sobre nosotros. Al fin me despojaste de lo último que me quedaba, de lo único que me aliviaba; me privaste del sueño. Me privaste del sueño para conseguir tu triunfo sobre mi cuerpo que se balancea al borde de un cataclismo. No duermo ya para protegerme o si lo hago mi sueño es sólo una constante convulsión.” (Eltit 1994, 60).

La pragmática del ACD nos exigía haber comenzado este breve análisis explicitando los contenidos que sitúan en argumentos históricamente comprobables, la pertinencia de considerar al discurso de la novela como social, para luego abocarnos a las especificidades lingüísticas tanto como a las estrategias narrativas con que éste se moviliza.

Dada la escasez de tiempo asociado a la producción de este estudio, y considerando que el ámbito histórico abarcado dentro de esos límites de tiempo por las otras técnicas aplicadas a la investigación aportan elocuencia sobre estos puntos, dirigiremos ahora la atención al análisis que cubre la dimensión restante, es decir, la estructuración del yo.

En Los vigilantes, la trama es simple y la retórica, desprovista de ornamentos; lo que no quiere decir, obviamente, que el estilo narrativo no sea complejamente elaborado ni que sus relaciones con el conocimiento estén ausentes. Por el contrario, si los personajes construidos alcanzan una dramática consistencia, esto se debe precisamente a que la autora conoce a la perfección el complejo saber-poder de Foucault, base teórica de su argumentación literaria para elaborar el discurso en análisis y sobre el que volveremos en el apartado de las conclusiones.

Si decimos aquí que la trama es simple, esa consideración es vista por este estudio como una característica que enriquece el texto más que debilita su trama conceptual, como se podría pensar si prescindiéramos de esta explicación.

Los personajes con carácter de densidad social son sólo dos: la madre que escribe a una presencia que se mofa de sus intentos por instaurar un discurso reprobatorio de las profecías con que esta presencia desata en una población impávida y dócil un nuevo designio que les concierne a todos, ella incluida desde la resistencia; y su hijo, del que nunca se revela edad alguna y del que sospechamos por la terquedad de su conducta, sobre todo, persistencia en pensamientos autónomos.

“Cuando me enojo mi corazón TUM TUM TUM TUM y no lo puedo contener porque parece decir TON TON TON TON. Seré el tonto de los rincones de la casa. Seré el tonto de los rincones. La incomprensible pequeñez de la casa se superpone en mi mente. En mi mente. Presagio días funestos, paisajes adormilados. Presagio sólo lo horrible. Mi cuerpo habla, mi boca está adormilada.” (Eltit 1994, 13).

El niño que habla podría hacernos pensar a primera vista en la monstruosidad, en el engendro. Sin embargo, este niño es compelido por su corazón retumbante a pensarse, a definir los límites de su realidad. Siguiendo lo insinuado por el título de este capítulo, llamado BAAAM, onomatopeya que remite quizás al Big Bang, a la génesis, al surgimiento de la vida en la forma en que la conocemos, concluiríamos que estamos desde el inicio de la novela ante la emergencia de una voz en busca de su discurso.

Este crío se autodenomina tonto, pero ¿quién en su sano juicio estaría en condiciones de pensar su propia estupidez? La respuesta puede sernos ofrecida en la primera línea de este capítulo: “Mamá escribe. Mamá es la única que escribe”, nos informa esta aberración, en tanto carece de nominativo, y agrega unas líneas más adelante: “Mi cuerpo habla, mi boca está adormilada”.

La representación literaria de este nuevo actor perfila a un sujeto que envidia en la madre el lenguaje que a ésta le permite agenciar lógicas discursivas. Él quiere hablar-se, le urge destrabar el relato de sus circunstancias, la narrativa palpitante en los objetos, en la casa, en los horribles y funestos días que augura tendrán lugar pero que, sin contar con la estructura de una síntesis lingüística lógica, no puede dimensionar más que en la pulsión de su inminencia.

Prescindiendo del esquemático escenario donde transcurre la acción narrativa (la incompresible pequeñez de la casa que se superpone en su mente, es una metáfora poderosa que nos habla de la angustia que produce en el niño la imposibilidad de describir su existencia, hasta ensanchar los límites de significación que anhela lo habiten), podríamos agregar, para completar la noción de cómo está poblado este relato, que los otros, ellos, son presentados sólo como una masa uniforme violentada por un miedo incomprensible.

Proponemos ahora detenernos en un hecho crucial que explica con más claridad el fundamento histórico de esta vida emergente.

La criatura aludida es objeto de disputa permanente entre dos fuerzas opositoras que luchan por entregarle los signos de su propia verdad a través de la educación. Son muchas las citas que muestran el pleito establecido entre la madre y el destinatario de sus misivas, donde se deja en evidencia que el logro esencial perseguido por ambos es dotar de un discurso a esta criatura, con el fin de ampliar la nomenclatura de esa verdad antagónica de la que cada uno es portador.

Esta observación planteada aquí, refiere a la idea de hegemonía:

La hegemonía designa entonces un grado más elevado de abstracción que la descripción de los discursos. Mutatis mutandis, ella es a las producciones discursivas y dóxicas lo que los paradigmas (de Khun) o las epistemes (de Foucault) son a las teorías y las doctrinas científicas que prevalecen en una época dada: un sistema regulador que predetermina la producción de formas discursivas concretas. (Angenot 2010, 30).

En este orden de cosas, ambos, tanto la madre como el padre ausente representado en la figura del Panoptismo, querrían imponer su discurso como la única verdad recurrente; o sea, más que del discurso mismo, se trataría de una lucha de poder. Para redondear esta idea, es necesario revisar una característica esencial de la madre. Se nos ha dicho que ella escribe, que es la única que escribe.

Este punto es relevante en este análisis. Recurriremos a la semántica de Hypomnemata[ix] descrita por Foucault. El autor denomina al concepto como tecnología y, luego de especificar sus usos prácticos y de precisar su inscripción histórica, sitúa al concepto como elemento estructurante del yo:

[…] se podría decir que el punto en que la cuestión de los Hypomnemata y la cultura del yo se aúnan de manera notable, es donde la cultura del yo toma como su ideal el perfecto dominio de sí – una suerte de relación política permanente entre yo y yo. […] Este es el modo en que me parece que la escritura está ligada al problema de la cultura del yo”. (Foucault 1996, 75).

Se sigue que la escritura no es sólo el medio de preservar la memoria, sino que por sobre esta consideración, se trataría de mantener un control sobre sí mismo, de un cuidado de sí. Tal vez, deberíamos comprender, además, que la disputa por sostener en hegemonía el poder alcanzado, equivale en la novela Los vigilantes al punto de inflexión donde un sistema de imágenes de mundo es desplazado por un nuevo referente social.

Lo expuesto hasta aquí delinea suficientemente los matices más relevantes en el discurso de la novela en estudio, ofreciéndonos esquemas de análisis garantizados que nos permitan levantar conclusiones preliminares sobre el perfil del sujeto social que esta novela inaugura y en cuya obra las vanguardias no buscan la comodidad de la denuncia, sino de la estructuración de un sujeto discursivo que no se deje domar por el corporativismo y sus lógicas mercantiles.

Conclusiones

El perfil construido por el arte de vanguardia en Chile respecto del nuevo actor social post dictadura, sujeto social que persiste hasta hoy dado que sus claves se encuentran vigentes junto al acontecimiento histórico que lo originó, esto es el corporativismo y las fórmulas de mercado del llamado neoliberalismo, es un personaje que encuentra su lugar en la historia como alguien que supo reinventarse si perder la esencia del sí mismo.

Si bien la literatura de avanzada se vale de materiales teóricos densos para formular su visión crítica de la historia chilena reciente, un trabajo como el esquematizado acá permite, mediante la técnica del ACD, establecer las correlaciones entre este inédito actor de la sociedad chilena y la ficción narrativa que lo puso en circulación mucho antes de que el sujeto en cuestión adquiera consciencia de sí mismo, cuestión que ilumina la función del arte de vanguardia en nuestra sociedad y aparta las obras de la condena del hermetismo.

La sociología y las demás áreas de las ciencias sociales tienen una deuda con el arte de avanzada, un arte que como hemos refrendado, no se queda en la mueca de la denuncia, sino que destraba las tramas más complejas y menos evidentes de nuestra historia. El investigador social se equivoca cuando presume que las esferas de arte e investigación social están irremediablemente separadas.

Más bien, postulamos que no sólo son complementos que se reclaman para completar la unidad histórica de la que son correlato, sino que comparten un principio teórico que puede dar más lustre al trabajo empírico de los cientistas sociales en Chile.

Anexo tablas (cómo opera el ACD y cuáles son las dimensiones en que se buscó al actor social representado en la novela de Eltit)

Dimensiones para el Análisis Crítico del Discurso
Esferas de Relación Elementos clave a identificar en el ACD

Discurso

  • El tipo y la forma de argumentación (Topoi utilizados para justificar la inclusión o exclusión política)
  • Estrategias referenciales (metonimias, metáforas, etc.)
  • Predicados implícitos y explícitos.
  • Análisis lingüístico basal: estructuras sintácticas, figuras retóricas, actos de habla, estilo léxico, coherencia interna, etc.

Cognición

  • Tipo de fuente de conocimiento elegido como referente teórico para producir el texto en análisis, enmarcándolo en un discurso específico.
  • Coherencia.

Sociedad

  • Actores.
  • Simbolismo colectivo.
  • Situación social que gestó el discurso.

El análisis crítico de discurso (ACD) se diferencia de otras formas de análisis discursivo como del conversacional, por ejemplo, en que parte del supuesto que los discursos gestados en la sociedad son de carácter histórico y que, por lo tanto, sólo pueden entenderse en relación al contexto en que se generaron.

Como ésta es una condición ineludible cuando se elige la unidad de análisis sobre la que se aplicará esta técnica, resulta también esencial remarcar que los discursos de los que se hace cargo el (ACD), dado su fundamento historicista, en el factor contexto “[…] explícitamente incluye elementos psicosociológicos, políticos e ideológicos y, por tanto, postula un procedimiento interdisciplinar.” (Wodak & Meyer 2003, 37).

Sobre este punto, Meyer (Ibídem) sostiene que no es posible separar trabajo de campo de la configuración teórica que sustenta un cuerpo discursivo particular que haga referencia a un mismo acontecimiento verificado en la realidad social. Emergen, por lo tanto, elementos definitorios de la técnica como intertextualidad e interdiscursividad.

En este sentido, el (ACD) postula que los discursos agenciados por sectores sociales específicos, generalmente en torno a las relaciones de poder que involucran al conjunto de la sociedad, deben su inteligibilidad al sustrato teórico en que se fundamentan, en el caso de esta investigación, el post-estructuralismo.

Como la frontera que delimita sus elementos característicos puede ser vista como difusa, lo que hace necesario remarcar su vocación hermenéutica, función que se orienta a la comprensión en la producción de relaciones significativas a nivel social, es necesario tener en consideración las limitaciones que esta técnica presenta si no es mejorada por técnicas complementarias, como la recogida de datos en el trabajo de campo, por ejemplo:

El círculo hermenéutico –que implica que el significado de una parte sólo puede entenderse en el contexto del conjunto, aunque esto, a su vez, no resulta accesible sino a través de sus partes integrantes- señala el problema de la inteligibilidad de la interpretación hermenéutica (Wodak & Meyer 2003, 38).

Lo anterior reafirma el interés del ACD por enfocarse en  la comprensión de relaciones de poder y/o dominación ejercida sobre los sujetos cuya experiencia es recogida por formas discursivas, las que se deben documentar detalladamente en formas verificables, esto es en la recogida de datos del trabajo empírico. De lo contrario, el ACD perdería su justificación transformándose en un análisis conversacional, puesto que “el análisis crítico no se <<ajustaría>> a los datos y correría el riesgo de terminar siendo meramente ideológico” (Wodak & Meyer 2003, 39).

Coherentemente, las dimensiones que permitieron buscar al nuevo actor social en el mundo del trabajo chileno post dictadura, esto es en las esferas laborales donde la precarización laboral así como la flexibilización de los límites de seguridad impuestos a los trabajadores, del mismo modo que las consecuentes vulneraciones a los derechos básicos antes garantizados por un pertinente aunque nunca perfeccionado marco legal contenido en el código del trabajo, se orientó hacia la venta de intangibles, puesto que vendedores de seguros, planes de salud de Isapres y otras ocupaciones como esas, son el más claro ejemplo del lugar que hasta nuestros días ocupan los asalariados en Chile.

Dimensiones Sub-dimensiones
Relaciones de poder Panoptismo
Metarrelatos
Pérdida del marco referencial grupal (Sindicatos, redes de apoyo, otros)
Contexto histórico Cambio Institucional
Sujeción contractual
Regulación de la actividad macroeconómica
Privatización
Sistema previsional
Identidad del sujeto post-dictatorial Fragmentación social
Sujeto emprendedor
Congruencia histórica Complejo saber/poder de Michel Foucault

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