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Las transformaciones socioculturales en el mundo y en Chile

En el mundo, y sobretodo, en América Latina, la forma particular de articular las relaciones entre los géneros ha provocado una histórica inequidad entre los sexos, desigualdad que ha favorecido a los hombres heterosexuales (Barrientos, 2003; PNUD, 2010; Valdés, Benavente & Gysling, 1999; Viveros, 2001). Sin embargo, el advenimiento de cambios socioculturales a escala global, ha provocado una importante modificación en los valores de las sociedades occidentales, transformaciones tendientes a un mayor individualismo y equidad en los estándares y relaciones entre los géneros (Bozon, 2002ª; Connell, 2002; Inglehart, 2000; Inglehart & Baker, 2000; Haavio-Manila, Kontula & Rotkirch, 2002; PNUD, 2002; United Nations, 2000; Weeks, 1993). Estas innovaciones están produciendo un incremento de los valores y normas seculares y los valores auto-expresivos. Asimismo, estos cambios suponen que muchas personas han dejado de ser leales a las instituciones religiosas establecidas,  toda vez  que se observa un aumento del interés espiritual a nivel individual (Barrientos, 2003) Por último, estas transformaciones serían menos pronunciadas en sociedades como México y Chile (Inglehart & Baker, 2000). El crecimiento económico ha facilitado el acceso de las mujeres hacia mejores y mayores oportunidades educativas; no obstante, ha generado nuevos conflictos y tensiones, especialmente, en países como Chile, donde persisten enormes diferencias en la distribución de los ingresos entre los géneros. Asimismo, estas transformaciones están generando mayores oportunidades de exploración sexual, así como nuevas configuraciones en la vida sexual y afectiva – sobre todo de los jóvenes – (INJUV, 2009), lo que ha conducido a una reconfiguración de las normas sexuales  (Barrientos, 2006).

Específicamente, en la sexualidad y el género estas transformaciones han provocado – o están provocando- : a) una secularización del sexo, b) una liberalización de las actitudes y un mayor énfasis en los derechos sexuales, c) un aumento de la variedad de las formas de vida doméstica, -la tradicional conexión entre matrimonio, familia y sexualidad ha sido rota- y d) la sexualidad es más hedonística, orientada al placer y a la recreación, observándose, una menor importancia del rol de la reproducción (Christopher & Sprecher, 2000; Haavio-Manila, Kontula & Rotkirch, 2002). No obstante, estos cambios no afectan a todas las sociedades por igual, dado la persistente influencia, en muchos países, del control moral cristiano, especialmente en aquellos países en los que la Iglesia Católica sigue teniendo una influencia importante (como es el caso de Chile), presentándose una mayor disociación entre las prácticas y los discursos sexuales (Htun, 2004; Kontula & Haavio-Manila, 1994; Haavio-Manila & Kontula, 1994; Mackay, 2000).

Las desigualdades de género en América Latina siguen estando sostenidas por el machismo y el marianismo (Clanelli, Ferrer, & Mc Elmurry, 2008). El machismo está asociado a la dominación social y el privilegio que los hombres tienen sobre las mujeres en términos económicos, legales, judiciales, políticos, culturales y psicológicos. Las ideas acerca del machismo pueden o no, contribuir a la discriminación. Los hombres crecen aprendiendo que son fuertes y que pueden lograr sus objetivos siendo agresivos y protegiendo a su mujer y familia. El complemento del machismo es el marianismo que supone la sumisión de la mujer al hombre, lo que produce un doble estándar, donde la mujer está situada en la categoría de “madre/esposa” o “puta” (Barrientos, 2010). Los valores asociados a esta visión serían la castidad, maternidad, sumisión, sacrificio y cuidado de otros.

El machismo, también, tiene efectos sobre la vivencia de la diversidad sexual en la región ya que el contexto latinoamericano espera que los hombres sean heterosexuales, proveedores y padres de familia (Olavarría, 2000). En la mayoría de los países de la región esto se traduce, como será visto más adelante, en altos niveles de homofobia y violencia hacia gay, lesbianas y transgéneros. Además, diversos estudios han asociado altos niveles de homofobia, con una mayor vulnerabilidad de gay, así como de aquellos que tienen prácticas sexuales con personas de su mismo sexo (es decir, Hombres que tienen Sexo con otros Hombres o HSH), al VIH/SIDA y las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). Sin embargo, la homofobia no es sólo una realidad que afecte a Latinoamérica, ya que, por ejemplo, el sexo consentido entre hombres adultos está criminalizado en 85 países al año 2007 (Baral, Sifakis, Cleghorn & Beyrer, 2007; Cáceres, Pecheny, Frasca, Raupp, & Pocahy, 2008).

Homosexualidad en el mundo y en América Latina

Los estudios que indagan ya sea en la conducta, o en la identidad homosexual, así como en las actitudes hostiles hacia homosexuales mediante encuestas, son relativamente recientes y comienzan luego de la aparición del SIDA en los años 90’ (Sandfort, 1998).

La homosexualidad como fenómeno es difícil de evaluar y, además, los resultados reportados están subordinados a las definiciones y palabras empleadas, así como a la metodología usada para su estudio (Bochow, Chiarotti, Davies, Dubois-Arber, Dür, Fouchard, Gruet, McManus, Markert, & Sandfort, 1994; Sandfort, 1998). De todos modos, las encuestas recientes realizadas en diversos países del mundo revelan que la homosexualidad no caracteriza a un 10% de la población adulta, tal y como se pensaba en los años 60’–70’, sino a una proporción que fluctúa entre el 1 – 10% (Laumann, Gagnon, Michael & Michaels, 1994) o a un 3-5% de ella (Bajos & Bozon, 2008; Wellings, Field, Johnson, & Wadsworth, 1994). Asimismo, los datos disponibles sobre estudios europeos sugieren que la declaración de conductas y prácticas de tipo homosexual es mayor en los países donde el clima sociocultural es calificado de mayor tolerancia frente al tema (Sandfort, 1998), ya que aún, en muchos países del mundo, se observan actitudes negativas hacia la conducta homosexual tanto de gay, como de lesbianas, catalogando este comportamiento como “equivocado” y “antinatural” (Herek, 2000). La evidencia internacional muestra que se declaran más conductas que preferencias y atracción, lo que está directamente relacionado con el grado de tolerancia social existente respecto al tema en cada contexto estudiado, como también con el grado de conciencia personal existente respecto a esas prácticas (Barrientos & Páez, 2000; Sandfort, 1998). En este sentido en un “clima de intolerancia” frente al tema de lo homosexual, la declaración de una conducta socialmente sancionada puede equivaler simbólicamente a su confesión. Algunos estudios han señalado que los factores socioculturales afectan no sólo la expresión de la homosexualidad sino que, también, su ocurrencia, postulando la “hipótesis de la oportunidad de elicitación” (Laumann et al., 1994), la que propone que la homosexualidad podría ser promovida por un medio social que crea oportunidades para la expresión de esa forma de conducta.

Homofobia

El concepto de homofobia ha sido usado desde los 60’. Su uso posibilitó pasar de la tradicional manera de pensar sobre la homosexualidad como una enfermedad o patología y poner la atención sobre el problema del prejuicio y estigma hacia las personas homosexuales (Adam, 1998; Borrillo, 2001; Herek, 2004; Plummer, 1999; Wayne, & Allard, 1985). Este concepto alude a la actitud negativa u hostil hacia homosexuales (Borillo, 2001). Recientemente (Herek, 2006), ha propuesto la noción de “prejuicio sexual” con el fin de superar las limitaciones y críticas que ha recibido el concepto de homofobia. El prejuicio sexual incluye tres dimensiones: a) estigma sexual (conocimiento social compartido de tipo negativo para cualquier conducta, identidad o relación no heterosexual), b)  heterosexismo (ideología cultural que perpetúa el estigma sexual) y, c) prejuicio sexual (actitudes negativas basadas en la orientación sexual).

Diversas investigaciones han sido realizadas para medir y caracterizar este fenómeno del prejuicio sexual y específicamente de las actitudes negativas hacia la homosexualidad, en el mundo y en Chile (Barrientos, & Páez, 2000; Cárdenas & Barrientos, 2008a; Herek, 1984, 1985, 1986, 1988, 1999, 2002, 2007; Larsen, Reed, & Hoffman, 1980; MOVILH, 2006, 2007; 2009; Ortiz-Hernández, & García, 2005; Raja & Stokes, 1998; Steffens, & Wagner, 2004; Steffens, 2005; Wright, Adams, & Bernat, 1999). Una de las escalas más usadas ha sido la ATLG (Attitudes towards Lesbian and Gay Men) creada por Gregory Herek (Cárdenas & Barrientos, 2008; Herek, 1984; Stoever, & Morera, 2007).

Homofobia y su relación con diversas variables

Las actitudes hacia la homosexualidad varían para los diferentes contextos y países. Además, trabajos recientes indican que hay una gran similitud entre las consecuencias de diferentes tipos de discriminación (racismo, sexismo y homofobia) sobre las personas que son víctimas de dichas acciones (Wexler, Difluvio & Burke, 2009), pero, en términos generales, se puede señalar que éstas son más negativas hacia gay que hacia lesbianas, con diferencias pronunciadas entre hombres y mujeres heterosexuales (Herek, 2000; Kite, 1985; Kite, & Whitley, 1996; LaMar & Kite, 1998; Lingardi, Falanga & Augelli, 2005; Steffens & Wagner, 2004). Este patrón podría reflejar diferencias sexuales en la organización cognitiva que subyace al prejuicio sexual (Herek & Capitanio, 1999; Herek, 2000; Herek; 2007;  Steffens & Wagner, 2004). Según el estudio realizado por LaMar y Kite (1998), en todos los factores reportados, los hombres fueron menos tolerantes que las mujeres.

Asimismo, las actitudes negativas correlacionan alto con autoritarismo (Dumbar, Brown & Amoroso, 1973; Whitley, & Egisdottir, 2000), conservadurismo valórico (Morrison & Morrison, 2002) y político (votan por partidos conservadores y de derecha) (Hayes, 1995; Herek, 1988; Hicks  & Tien-tsung, 2006;  Steffens & Wagner, 2006). Respecto a la religión, las investigaciones han revelado una relación compleja entre prejuicio y religión (Hall, Matz, & Wood, 2010; Gentry, 1987; Herek, 1988; Morrison & Morrison, 2002; Rosik, 2007a, 2007b). Los individuos que puntúan alto en orientación religiosa intrínseca (para quienes la religión es un motivo importante), tienden a auto-reportar menos prejuicio contra grupos proscritos, pero más prejuicio contra grupos no proscritos como lesbianas y gay. Los sujetos que puntúan alto en orientación religiosa y ven la religión como abierta y compleja, tienden a exhibir menos prejuicio hacia grupos proscritos/no proscritos (Tsang & Rowatt, 2007). Los sujetos que asisten más a menudo a servicios religiosos, son mas prejuiciosos hacia gay y lesbianas tanto como aquellos que pertenecen a denominaciones religiosas conservadoras (Cárdenas & Barrientos, 2008; Finlay & Walther, 2003). Estos últimos sujetos probablemente no conocen o conocen a muy pocos homosexuales (Herek & Capitanio, 1996). También,  se ha reportado una estrecha relación entre actitudes negativas hacia la homosexualidad con actitudes tradicionales hacia los roles de género o sexismo (Kite & Deaux, 1986; Herek, 1988; Morrison & Morrison, 2002; Nierman, Thompson, Bryan, & Mahaffey, 2007). Si el que violenta el rol de género es hombre, esta trasgresión es vista como más seria que en el caso de las mujeres (Herek, 1984; La Mar & Kite, 2001). Recientes estudios han indicado, que gay muy afeminados (es decir, aquellos que expresan características socioculturalmente asociadas con el género opuesto) sufren más prejuicio que aquellos gay y lesbianas que no expresan estas características (Sandfort, Meléndez & Díaz, 2007). Las estrictas normas sobre género existentes para hombres y mujeres, así como para homosexuales, conducen a que aquellos homosexuales que se desvían de las normas de género, además de sufrir homofobia por su orientación sexual, sufran una doble discriminación por apartarse de las normas culturales de género.

Además, las actitudes negativas se relacionan con variables como edad (a mayor edad más negativas son las actitudes) (Inglehart &  Welzel, 2005) y nivel educativo (a mayor educación formal menos prejuicio) (Herek, 1988, 1994). En otro sentido, cuando la población heterosexual cree que la homosexualidad es una cuestión que puede ser controlada por los sujetos, los índices de rechazo suelen ser mayores que cuando la elección no depende del sujeto (King, 2001). Los estudios avalan la idea que aquellas personas que tienen familiares homosexuales o que conocen gente homosexual -con las que establecen relaciones estrechas- poseen actitudes más favorables hacia los homosexuales (Bowen & Burgeois, 2001; Hinrichs & Rosenberg, 2002; Steffens & Wagner, 2006) y aquellos que carecen de dichos contactos o de conocimiento personal de homosexuales se muestran más prejuiciosos (Lingardi, Falanga & Augelli, 2005). Además, entre los prejuiciosos, los hombres sienten más rechazo y toman mayor distancia social de gay que de las lesbianas (Kite & Whitley, 1996; King & Black, 1999; La Mar & Kite, 1998); las mujeres reportan más agrado hacia gay que a lesbianas (Herek, 1994). En todo caso, existe una correlación positiva entre las actitudes negativas hacia gay y lesbianas (Herek & Capitanio, 1996), y ambos son mejor evaluados que los bisexuales de su mismo sexo (Steffens & Wagner, 2006). También, cuando los sujetos conocen a otros que son homosexuales y evalúan el contacto con ellos positivamente, son menos prejuiciosos y expresan menos emociones negativas hacia las minorías y más emociones positivas  (Bowen & Burgeois, 2001; Hinrichs & Rosenberg, 2002; Steffens & Wagner, 2004). Otros datos confirmaron que la pertenencia a una minoría étnica está asociada a las actitudes hacia gay y lesbianas, pero no está conectada con el nivel socioeconómico.

Situación de la homofobia en  Chile: Estado del Arte

Aunque el tema de los derechos de la población homosexual está más instalado en la agenda pública nacional de Chile, lo que se ha traducido según el último informe del Movimiento de Liberación Homosexual (2009) en menores niveles de discriminación cultural (aquella que se expresa a nivel marco de sociedad), el prejuicio hacia las minorías sexuales no se han alterado mayormente en el último tiempo. Tampoco, han disminuido notoriamente las acciones discriminatorias que se derivan de éstos.

Si bien, en la actualidad, la población chilena sería más tolerante según diversas fuentes (IDEAS, 1997, 2001, 2004; WVS, 2007; MOVILH, 2007; WVS, 2008), una mirada más profunda del tema revela los serios problemas de convivencia que existen aún en el seno de nuestra sociedad y las condiciones de inequidad de trato a las que son sometidas las personas homosexuales, ya sea a la hora de conseguir un empleo, en el uso de los servicios públicos o en la desprotección social a las que son sometidas las parejas homosexuales. Algunos estudios sobre homosexualidad y homofobia, sobretodo cualitativos, han sido hecho en el país desde los 90’ en adelante (Valdés & Guajardo, 2007). Sin embargo, pocos son los estudios cuantitativos.

El único estudio que ofrece una estimación cuantitativa de la prevalencia de la homosexualidad en Chile en hombres y mujeres entre 18-69 años fue hecho en el 1998 (Barrientos & Páez, 2000). Este estudio es relevante de revisar ya que permiten situar el fenómeno de la homosexualidad y de la homofobia específicamente en el contexto nacional. Este estudio indica que (Barrientos & Páez, 2000), al margen de la baja prevalencia encontrada, indica que los datos obtenidos son coherentes con los datos internacionales en los siguientes aspectos: a) más personas declaran haber sentido deseo homo-bisexual (0,6%) que auto-identificarse como homo-bisexual (0,3%); b) la prevalencia de la homo-bisexualidad es más alta entre hombre que en mujeres (0.4% v/s 0.2%); c) la homosexualidad se declara con mayor frecuencia en grupos con mayor educación; d) la población general se declara mayoritariamente exclusivamente heterosexual y los datos son similares a países europeos más tradicionales y conservadores en sus actitudes como Portugal (99.1% de orientación heterosexual en hombres) y Grecia (99.4% de orientación heterosexual en mujeres). Según este mismo estudio habría una sub-declaración de la homosexualidad, probablemente asociada a la alta intolerancia hacia la homosexualidad reportada, ya que sólo un 5% de la población estaba de acuerdo con que hombres o mujeres tengan relaciones sexuales con personas de su mismo sexo (Barrientos & Páez, 2000).

Respecto a la homofobia en el país  datos recientes  provienen del último informe del Movimiento de Liberación Homosexual (MOVILH) (2007) que indica que la discriminación cultural ha disminuido, pero que otras formas de homofobia aún permanecen. Según este informe, en 2007 han aumentado un 16% las denuncias sobre hechos homofóbicos respecto al año 2006, lo que se traduce en 57 casos (asesinatos, agresiones civiles, atropellos policiales, discriminación laboral y educacional, entre otras). También, se indica que han aumentado las denuncias por discriminación laboral, pero que, por otra parte, hay un creciente clima internacional favorable a los derechos humanos de gay y lesbianas chilenos.

La Quinta Encuesta Nacional de la Juventud (2007) indica que el 21.1% de los jóvenes considera a gay y lesbianas como “vecinos indeseados” ocupando el cuarto lugar de los indeseados (junto a neonazis, drogadictos, alcohólicos y skinheads). Además, indica que los hombres discriminan más que las mujeres, ya que el 24.6% señaló a los homosexuales como vecinos indeseados, porcentaje que decae al 17.4% en las mujeres. También, se observa que los jóvenes de Nivel Socio-Económico bajo (NSE) son más intolerantes que los de otros NSE (hasta el 25% de dicho grupo). Este mismo estudio indica  que hay un ámbito que suscita baja aprobación entre los jóvenes: el matrimonio entre personas del mismo sexo, donde sólo un 35.1% está de acuerdo. Asimismo, un dato interesante de esta encuesta revela que un  0.9% de los jóvenes encuestados declara sentirse excluido por su identidad sexual y un 5.5% por su sexo. En la más reciente encuesta de la juventud, solo un 34% de los jóvenes está de acuerdo o muy de acuerdo con el matrimonio entre personas del mismo sexo (INJUV, 2009). En otro reciente estudio, realizado en la Marcha por el Orgullo Gay, Lésbico, Bisexual y Transgénero en el año 2007 (Barrientos, Meza, Catalán, Gómez, Longueira & Silva, 2008; Barrientos, Silva, Catalán, Gómez & Longueira, 2010), se constató que un 35% de los entrevistados ha sido discriminado por su orientación sexual, ya sea en la escuela, la universidad, en su ambiente religioso o su barrio. El mismo estudio indicó que respecto a fenómenos de victimización, aproximadamente 3/4 partes de los respondientes experimentó ridiculización y casi el 60% burlas e insultos.

Otros antecedentes disponibles, más sistemáticos y periódicos respecto a la homofobia, han sido obtenidos por medio de la World Values Survey (WVS, 2008). La WVS usa una sola pregunta para abordar este tema: ¿Cuán justificable considera usted la homosexualidad? (Hay una escala que va desde 1=nada justificable hasta 10=totalmente justificable). Hay disponibles tres oleadas de encuestas para Chile (1990, 1996, y 2000). Según estos datos hay un cambio positivo en las actitudes hacia la homosexualidad. Según Inglehart & Wenzel (2005) “Diecisiete de los 18 países con las tasas de cambio más altas (hacia la tolerancia) son de sociedades de renta alta tal y como las define el BM, con la excepción de Chile”. Por ejemplo, Chile ha pasado de una media de 2.91 en 1990, a una de 3.98 en el año 2000.  Este mismo estudio indica que son más tolerantes las mujeres que los hombres (para el año 2000, las mujeres puntúan 4.21 y los hombres 3.71), los más jóvenes que los más viejos (para el 2000, los menores de 29 años puntúan 4.29 y los mayores de 50 puntúan 3.37). Respecto a la religión, se observa que los protestantes son los más intolerantes con 2.27 puntos al año 2000 y los católicos los más tolerantes con 3.71. Sin embargo, se observa una gran heterogeneidad en la tolerancia en función del grado de asistencia a servicios religiosos. Así, los que asisten más de una vez por semana son los más intolerantes con 2.98 puntos, y los que nunca asisten, son los más tolerantes con 4.48 puntos (WVS, 2000). Considerando el NSE se obtiene para el año 2000, que aquellos sujetos de NSE bajos son los más intolerantes con 3.65 puntos y aquellos de NSE altos, los más tolerantes con 4.75 puntos. Estos últimos dos estudios son sondeos de opinión muy amplios y que utilizan escalas que no aportan ningún indicador de la validez o la confiabilidad. Por tanto, estos datos sólo pueden utilizarse a título ilustrativo y con las debidas precauciones.

Por último, recientemente dos estudios han usado escalas de homofobia con varios ítems para medir este fenómeno en Chile (Escala ATLG de Gregory Herek), con sus respetivos procesos de adaptación y validación, con hallazgos muy parecidos a los ya descritos. En el estudio de Cárdenas y Barrientos (2008) se constató que las actitudes hacia gay y lesbianas son afectadas por el sexo del respondiente. Las mujeres fueron más tolerantes hacia los homosexuales (gay y lesbianas) que los hombres. En el mismo estudio se constató que las personas más intolerantes son aquellas más religiosas, tal como ha sido observado en otros estudios (Gentry, 1987; Herek, 1988; Morrison & Morrison, 2002). En el estudio de Nierman y colaboradores (Nierman, Thompson, Bryan & Mahaffey, 2007), que usa la ATLG (Attitudes Towards Lesbians and Gay Men Scale) para comparar actitudes en USA y Chile, se constató la importancia de los roles de género y su asociación con la homofobia. Así, aquellos que transgreden los roles de género son los peor evaluados. Por otra parte, otros estudios nacionales han comenzado a centrarse en los cambios en los modos de expresión de la homofobia (Cárdenas & Barrientos, 2008), mostrando que incluso entre la población que intenta genuinamente ser igualitaria (a nivel explícito) pueden expresarse actitudes negativas (de modo implícito).

Finalmente, cabe agregar que la creciente secularización de los valores en Chile ha generado reacciones negativas en aquellos grupos con valores más tradicionales. La valoración de los derechos individuales y la equidad, producen tensión con los modelos de familia y género sostenidos por la iglesia Católica, las tradiciones patriarcales y el conservadurismo político. Estos cambios han producido modificaciones en los “guiones sexuales” y la definición y fluidez de la orientación e identidad sexual (Zea, Reisen & Díaz, 2003). Además, las culturas latinas como la chilena, han sido descritas como colectivistas y alocéntricas, ya que los sujetos tienden a verse a sí mismos como miembros de un grupo social más amplio y a dar mucha  importancia a las relaciones interpersonales a diferencia de las culturas individualistas (Triandis, 1995). Por esta razón, la cultura enfatiza la familia y comunidad, y la orientación sexual y la identidad refleja no sólo al sujeto mismo sino que a su familia y grupo social (Brooks, Etzel, Hinojos, Henry & Pérez, 2005). Lo anterior podría explicar que muchos gay no se identifiquen como tal o no les hayan contado a sus familias que lo son, ya que hacerlo podría provocar dolor en sus familiares, significarse como un signo de debilidad y entrar en conflicto con las normas de la familia y comunidad sobre lo que significa ser hombre. Muchos hombres o mujeres no han “salido del closet” (coming-out) ya que piensan que si lo hacen podrían experimentar la homofobia.

Por tanto, el énfasis cultural en las relaciones interpersonales hace importante explorar los sesgos de deseabilidad social que podrían afectar investigaciones sobre este tema (Marín & Marín, 1991). La cultura y los fuerzas socioeconómicas influyen sobre el comportamiento sexual y, eventualmente, tornan vulnerables a los sujetos al VIH/SIDA y las ITS (Zea, Reisen & Díaz, 2003). Estudios hechos entre latinos en USA y en otros países indican que muchos hombres gay latinos pertenecen a grupos sociales, económicos y políticamente marginalizados. Los mensajes culturales hacia ellos son internalizados y llegan a percibirse a sí mismos como incapaces de controlar su propio destino, lo que, por ejemplo, puede aumentar su vulnerabilidad al VIH. La homofobia puede ser internalizada y conducir a que los sujetos se odien a sí mismos y sientan vergüenza de ellos. Un efecto de esta imagen negativa es el consumo de alcohol y drogas, poca satisfacción sexual, odio y ansiedad en situaciones sociales y sexuales. Y así, diversos estudios han documentado los efectos nocivos de la homofobia y el estigma sobre la población homosexual (Neilands, Steward & Choi, 2008). En muchos países los homosexuales  son víctimas de agresiones, abuso sexual y violencia (Huebner, Rebchook, & Kegeles,  2004), cuyos efectos se asocian con altos niveles de conductas de riesgo ante el VIH/SIDA (Bogart, Collins, Cunningham, Beckman, Golinelli & Eisenman, 2005; Jinich, Paul, Stall, Acree, Kegeles & Hoff, 1998).

Homofobia y Calidad de vida en Gays y Lesbianas

La calidad de vida es un indicador del sentido de bienestar subjetivo de las personas (Kahneman, Diener, & Schwarz, 2000) y está afectada por diversas dimensiones psicológicas, psicosociales, sociales, culturales y económicas, entre las que sobresale nivel de educación, ingresos, estatus de pareja, entre otros.

Una diversidad de estudios sobre este tema han sido realizados en diversas poblaciones (Barrientos, 2006), sin embargo, pocos estudios se han hecho en población  homosexual (Kuyper, & Vanwesenbeeck, 2010; Sandfort, de Graaf, & Bijl, 2003; Sandfort,  Bakker, Schellevis, Vanwesenbeeck, & Van Lindert, 2006; Sandfort, Bakker, Schellevis, & Vanwesenbeeck, 2009).

Históricamente, los investigadores no han reconocido a la población homosexual como diferente a otras en temas como salud, por ejemplo, y sólo la han abordado desde una perspectiva epidemiológica centrada en las ITS/VIH (Boehmer, 2002). La epidemia del SIDA contribuyó a reforzar ese tipo de estudios, sin embargo, la influencia del movimiento social homosexual en los años 90’ ha generado nuevas agendas de investigación social, así como nuevos énfasis. De este modo, en América Latina, diversos estudios han documentado los altos niveles de homofobia existentes en la región (Bozon, Gayet & Barrientos, 2008; Cárdenas & Barrientos, 2008b) y se ha señalado que la homofobia está fuertemente asociada al heterosexismo y al machismo, así como a las muy tradicionales normas de roles de género (Viveros, 2001).

Se ha comprobado que la calidad de vida es afectada por la salud mental y que homosexuales -gay y lesbianas tienen un mayor riesgo de desordenes psiquiátricos que heterosexuales (Cochran, & Mays, 2000). Por tanto, podría suponerse que los homosexuales tienen niveles más bajos de calidad de vida que los heterosexuales. Los homosexuales, en respuesta a estos cambios desarrollarían diversas estrategias de resiliencia para contrabalancear las influencias negativas de su estatus de salud mental. Así, por ejemplo, un estudio relativamente reciente realizado en Holanda (Sandfort, de Graaf, & Bijl, 2003) indicaba que la calidad de vida tanto de gay como de lesbianas difieren de la obtenida por hombres y mujeres heterosexuales en varios determinantes: a) gay tenían algunas condiciones asociadas a desordenes psiquiátricos y a menudo, las lesbianas consumían drogas; b) hombres heterosexuales y gay diferían en autoestima, no así las mujeres; c) además, más gay y lesbianas reportaban haber experimentado algún tipo de discriminación y haber sufrido algún tipo de abuso después o antes de los 16 años de edad; d) gay y lesbianas reportaban más síntomas mentales agudos que los heterosexuales y su salud mental general era más pobre; e) homosexuales reportaban más frecuentemente síntomas físicos agudos y condiciones crónicas que los heterosexuales (Sandfort et al., 2006).

Otras investigaciones recientes han documentado asociaciones entre estrés psicológico y percepción de discriminación en homosexuales (Díaz, Ayala, Bein, Henne, & Marin, 2001; Mays, & Cochran, 2001) y experiencias de victimización (Hersberger & D’Augelli, 1995; Herek, Gillis & Cogan, 1999; Pescoe, E & Smart, 2009)  Waldo, Hesson, McInnis, D’Augelli, 1998). En jóvenes homosexuales, sobre todo en aquellos que se identifican como tales más precozmente, puede existir más disconformidad de género, lo que incrementa la habilidad de los perpetradores de violencia para identificarles como objetivos para su violencia. Incluso, algunos estudios sugieren que la experiencia de discriminación puede resultar en cambios psicológicos negativos y en efectos fisiológicos que podrían contribuir a mayor morbilidad (Perez-Benítez, O’Brien, Carels, Gordon, & Chiros, 2007). Los malos tratos se asocian a baja autoestima e incremento en ideación suicida. Bastantes estudios han documentado mayor riesgo suicida entre adolescentes y jóvenes adultos que tienen una orientación sexual minoritaria (Cochran & Mays, 2000; Mays & Cochran, 2001; Hidaka & Operario, 2006; Mathy, 2002; Paul, Pollack, Moskowitz, Canchola, Mills, Binson, & Stall 2002). Otros estudios sugieren que gay y lesbianas tienes más probabilidades de ideación suicida, intentos de suicidio y suicidios que población heterosexual (Meyer, 1995, 2003; Paul et al., 2002). Generalmente, los eventos de victimización y el “salir del closet” pueden ser vistos como asociados al suicidio ya que pueden provocar estrés emocional y estar asociado a baja autoestima, consumo abusivo de sustancias y consecuentes desórdenes del estado de ánimo que incrementan la vulnerabilidad al suicidio (Frost, & Meyer, 2009; Paul, Catania, Pollack, Moskowitz, Canchola, Mills,  Binson, & Stall, 2002)). Si bien hay evidencia que el “salir del closet” y las redes sociales gay y lésbicas tienen efectos positivos en el ajuste psicológico y la autoestima al proveer un modelo de rol homosexual (Teasdale, & Bradley-Engen, 2010), este proceso puede igualmente estar asociado con experiencias negativas sobre todo en el plano emocional. Los beneficios psicológicos pueden ser la apertura y el sentido de mayor integración del sí mismo, pero, también, puede tener como efectos el ostracismo, violencia, y estrés. La evidencia, también, indica un gran riesgo para algunos desórdenes psiquiátricos, aunque quizás, diferentes para hombres y mujeres. Algunos estudios han mostrado que hombres gay presentan más depresión y otros ataques de pánico (Cochran, & Mays, 2000) y que en lesbianas se observan mayores niveles de dependencia al alcohol y las drogas (Cochran,  Keenan, Schober, & Mays, 2000). Aunque las razones para este elevado riesgo son desconocidas, la ansiedad, el estado de ánimo y el abuso de sustancias son muy sensibles a factores culturales (Kessler, Mickelson, & Williams, 1999). Un número creciente de investigaciones sobre desigualdad social y efectos sobre salud mental sugieren que factores como la raza/etnicidad, sexo y NSE influencian probablemente la exposición a factores negativos que podrían afectar la adquisición de recursos personales y sociales tales como dominio, autoestima y soporte social (Kertzner, Meyer, Frost, & Stirratt, 2009; Mays & Cochran, 2001; Williams, & Mohamed, 2009). Específicamente, experiencias de discriminación y estigmatización conducen a mayor vulnerabilidad para depresión y ansiedad y, quizás, a altos porcentajes de desórdenes psiquiátricos (Beck, Firdion, Legleye, Schiltz, 2010; Kessler, Mickelson, & Williams, 1999). Además, las lesbianas deben enfrentar el prejuicio de género.

El fenómeno que describe el estrés específico experimentando por minorías, que incluye vivencias de prejuicio, expectativas de rechazo, huida y ocultamiento ha sido definido como “minority stress” (Meyer, 1995; 2003; Hatzenbuehler, 2009).

Por último, diversos estudios han mostrado que gay y lesbianas sufren discriminación en diversos ámbitos de sus vidas y creen que estos eventos afectan su calidad de vida. Sin embargo, pocos estudios han puesto atención en la incidencia y prevalencia de la violencia contra gay y lesbianas, la discriminación y victimización (Huebner, Rebchook & Kegeles, 2004) considerando que ser gay o lesbiana está asociado con gran riesgo de experimentar o ser tratado con violencia (Beck,  Firdion, Legleye, & Schiltz, 2010; Russell, Franz, & Driscoll, 2001).

Por ello, en conclusión, es relevante profundizar la investigación social sobre la homofobia y la calidad de vida en minorías sexuales, de modo de ir creando información que permita introducir políticas de anti-discriminación, pero también, acciones específicas dirigidas hacia estas poblaciones.

La psicología social, como disciplina que pone el acento en las relaciones sociales, podría permitir desarrollar nuevos acercamientos a la homofobia y sus impactos, así como a la calidad de vida. Esto supondría relevar cómo el prejuicio, la discriminación y el estigma son efecto de determinadas relaciones sociales entre grupos con diferentes tipos de estatus en la estructura social y cómo trabajando sobre dichas relaciones es posible elaborar cambios y transformaciones sociales que podrían generar vidas más plenas y satisfactorias.

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