De la Identidad a la Imagen Corporativa

INTRODUCCIÓN

Muchas veces se suele confundir el término de “imagen corporativa” con el de publicidad o incluso la marca, por lo que pensamos que antes de nada, debemos aclarar los conceptos clave: la imagen corporativa es estratégica mientras que la publicidad es táctica [1].

En un primer momento de este intercambio de puntos de vista y, refiriéndonos a la imagen institucional, debemos diferenciar claramente los siguientes conceptos[2]:

a)            Identidad corporativa: es aquella percepción que una organización tiene sobre sí misma. Resulta ser la suma de la historia y las estrategias de una empresa.

b)           La imagen corporativa: es la percepción que tiene un determinado público sobre su empresa. Tal y como veremos en los próximos minutos, la principal diferencia de ésta con respecto a la imagen, se centra en que aquélla se refiere a la actividad organizada por parte de una empresa de difundir en un ambiente determinado su propia esencia, ésta (la imagen) alude a la interpretación que los públicos hacen de dichos actos. Así pues, la personalidad corporativa emana de una institución y la imagen deriva de la evocación que los individuos realizan de la misma a partir de la interacción de sus experiencias, impresiones, creencias, sentimientos y conocimientos sobre ella.

c)            Mientras que la comunicación corporativa se corresponde con el proceso que convierte la identidad corporativa en imagen corporativa.

Debido a que, en muchas ocasiones, estos términos se confunden y llegan a fundirse en uno solo, procederemos a continuación a profundizar en ellos.

1.            IMAGEN CORPORATIVA

Evidentemente, el objetivo de toda entidad estriba en lograr que se produzca una coherencia total entre identidad expresada e imagen percibida.

Además de la imagen corporativa, que es cómo la gente ve al conjunto de la organización, en función de los grupos que se analicen, de la oferta de la empresa y de otros factores controlables por ella, existe otro tipo de imágenes:

  • Imagen de producto. Modo en el cual las personas ven a una categoría específica de producto.
  • Imagen de marca. Cómo los individuos ven a una marca determinada en competencia con otras en el mercado.
  • Imagen de mercado. Modo en que la gente percibe la calidad de la compañía en comparación con las restantes.

Ninguna de estas tres concepciones ha de escapar a la visión global de la imagen corporativa, que se vería afectada, por ejemplo, si el producto que se fabrica en la entidad a la que representa es considerado de mala calidad o si ocupa un posicionamiento débil en su sector.

Por otra parte, antes de pasar a desarrollar las características de la imagen corporativa se deben tener presentes una serie de principios que sustentan su efectiva consecución:

Programación. Se tienen que idear y ordenar las acciones necesarias para conseguir el proyecto deseado, puesto que son complejos y diversos los aspectos que intervienen en el proceso de creación de la imagen.

Coordinación. La coordinación de todas las formas de comunicación (mensajes y actuaciones) de la empresa permitirá lograr la coherencia de la imagen.

Continuidad. Debido a que el eje tiempo ejerce una doble función –como factor olvido o de consolidación – y manifiesta un carácter acumulativo en la memoria colectiva, la institución habrá de mantener la proyección de una imagen coherente.

Integración. La imagen tiene que formar parte del conjunto global de la organización; no es un instrumento de actuación desligado del resto de sus componentes.

Aplicando estos cuatro criterios se conseguirá establecer una imagen corporativa adecuada y que presentará las cualidades necesarias para su correcta implantación:

  • Constituye una representación mental, aunque alguno de sus atributos provenga de aspectos físicos (elementos visuales). Su lugar se sitúa en la mente de los públicos y se materializa mediante el lenguaje o acciones concretas que reflejen su actitud hacia una entidad.
  • El público extrae una visión global a partir de la diversa información que emana de la empresa y le llega por distintos cauces. Así, no todas las personas construyen la misma imagen de una institución, sino que lo hará en función de los vínculos que mantenga con ella.
  • Puesto que son los individuos los que la determinan, la imagen puede ser asociada con las nociones de prestigio y reconocimiento social, así como con la búsqueda del bien común.

Estas primeras aproximaciones al concepto de imagen corporativa, además de darnos una visión inicial de lo que significa para el ámbito de la comunicación institucional, nos permiten pasar a desarrollar el término a través de una definición más completa.

1.1          Definición de imagen corporativa

Partiendo del hecho de que una organización subsiste en la medida en que se relaciona con el entorno y entabla con él relaciones de intercambio, se entiende que se haya incrementado el interés por alcanzar una imagen positiva, puesto que ésta alcanza la condición de requisito básico y previo para iniciar una transacción comercial.

De esta forma, las personas se interesan por el producto/servicio que reciben; se preocupan por identificar quién ofrece ese bien; y, cada vez con mayor intensidad, se centran en la posición social, la actuación, de aquél al que adquieren sus artículos. Esto hace que toda entidad se haya tenido que adaptar a estas exigencias informativas por parte del mercado para satisfacer las necesidades del mismo.

Es por ello que se desarrolla en el contexto de la comunicación organizacional el concepto imagen corporativa, entendido como el “conjunto de representaciones, tanto afectivas como racionales, que un individuo o grupo de individuos asocian a una empresa y que es el resultado de las experiencias, creencias, actitudes, sentimientos e informaciones de dicho grupo de individuos asociados a la empresa en cuestión”[3].

Cabe puntualizar dos aspectos relativos a esta definición: en primer lugar, dicha representación goza de cierto grado de estabilidad necesario para su supervivencia y para su concreción; en segundo lugar, pese a lo mencionado anteriormente, hay que tener en cuenta que la imagen no es un concepto estático, sino que se caracteriza por basarse en una estructura dinámica sensible a los cambios experimentados en el ambiente donde se desenvuelve, así como a los que se producen en su propia estrategia empresarial y en las de la competencia.

El entorno, pues, se convierte en una de las fuentes de creación de la imagen de una organización, ya que ésta se inserta en él configurando una situación social y de mercado muy concretas. Por tanto, delimitar el espacio donde se ubica la institución resultará fundamental para comprender la lectura que de ella se hace.

Además del contexto que percibe cómo es una empresa, también resulta imprescindible a la hora de hablar de imagen corporativa analizar los propios componentes de la institución, como los productos o servicios que ofrece; la cantidad y calidad de puntos de venta donde se distribuyen; o las distintas manifestaciones que lleva a cabo a través de diversos vehículos (personal, instalaciones, papelería, patrocinios…).

El resultado de todas las informaciones recibidas por el entorno y emanadas desde la entidad será la formación de una memoria colectiva y, finalmente, una imagen de la misma. Por ello, toda organización ha de tener esto en mente y actuar en consecuencia mediante una comunicación global desde todas sus dimensiones.

Por otra parte, podemos afirmar que una imagen corporativa completa deberá constar de tres componentes fundamentales:

Notoriedad. Referida al grado de conocimiento que los individuos poseen de la institución. Hay que especificar que no es necesaria una notoriedad alta para tener una imagen positiva, ya que una empresa puede ser conocida por pocas personas (notoriedad baja) y, sin embargo, disfrutar de una buena imagen.

Fuerza. Alude a la rapidez y espontaneidad con que la entidad se asocia a un estímulo relacionada con ella.

Contenido. Consiste en el conjunto de notas características y atributos con los que se relaciona la organización, esto es, los diferentes aspectos bajo los cuales es conocida en un campo de actividad determinado.

Para concluir con la definición, cabe precisar que delimitar una imagen coherente que encaje con la finalidad de la institución a que representa y la potencie frente a sus competidores, contribuye decisivamente a conservar el control global de la organización, situándola por encima del valor de sus productos y consiguiendo expresar, sobre todo a través de mensajes corporativos, una sensación de calidad tanto de forma como de fondo.

No se debe olvidar, además, que la imagen constituye un modo de comunicación universal, que transmite información con gran rapidez y capacidad de atracción y que resulta más fácilmente memorizable que un texto, proporcionando a quien la recibe un medio para simplificar la realidad. Todas estas cualidades incrementan la relevancia que para una organización supone alcanzar un desarrollo corporativo eficiente, como se analiza a continuación.

1.2          Importancia de la imagen corporativa

El principal propósito de una correcta imagen corporativa consiste en que ésta se configure en la mente de los públicos de forma que no experimente desviaciones con la identidad a la que la institución que la proyecte pretenda asociarse. Esto se obtendrá, fundamentalmente, logrando que lo que la empresa dice que hace, lo que en realidad hace y las influencias entre los diferentes públicos sobre lo que hace y dice que hace reflejen la mayor unicidad posible.

Por ello, la expresión de una entidad es tan importante para la fuente de la que emana la imagen, como para quien la recibe, puesto que para la organización, la transmisión de un mensaje integral positivo se convertirá en el primer paso del establecimiento de una relación comercial con los individuos y para estos, concentrará la complejidad de su entorno y facilitará el conocimiento de la realidad empresarial en la que se mueven.

Así, se puede afirmar que los consumidores dentro de un mercado emplean, de manera cada vez más acusada, como uno de los criterios a la hora de decidirse por una u otra entidad el concepto general que de ella tienen mediante la proyección de su imagen, puesto que su actuación, en gran número de casos, no se basa en términos racionales (debido a la similitud de los productos en la actualidad), sino en sentimientos, procesos inconscientes, experiencias que los inclinen hacia una u otra opción.

Por tanto, la relevancia de una imagen corporativa favorable se ha ido incrementando paulatinamente y se considera un objetivo prioritario para el desarrollo de la vida de toda organización.

A continuación se enumeran algunas de las razones más destacadas que hacen de la imagen un valor importantísimo dentro del amplio marco institucional:

  • Resulta una condición indispensable para la continuidad y el éxito estratégico.
  • Asume un sólido papel como incentivo para la venta de productos y servicios.
  • Proporciona autoridad a una entidad, formando la base de una trayectoria sólida frente a la competencia.
  • Crea un valor emocional añadido asociado a valores como distinción y credibilidad.
  • Ayuda a atraer profesionales para la empresa a la que representa: analistas, inversores, socios, empleados…
  • Afecta a las actitudes y comportamientos de aquellos con los que negocia la organización.
  • Proporciona gran reputación, influyendo en los consumidores sobre dónde comprar los productos.
  • Promueve especialmente la adquisición de bienes cuando conllevan una decisión compleja y conflictiva; una información insuficiente o abarca demasiados campos; o existen características ambientales que dificultan la elección, como la falta de tiempo, por ejemplo.

Todas estas razones, sin duda, elevan el concepto de imagen corporativa dentro de las prioridades que establece una institución en el momento de estructurarse e introducirse dentro de un mercado específico, otorgándole, desde que se configura como tal, su cualidad de factor estratégico imprescindible.

1.2.1      La imagen como valor estratégico

La búsqueda de la adecuación entre la transmisión de una identidad y la imagen generada que pretende obtener una organización provoca la consideración de la imagen como valor estratégico dentro del esquema operativo de la empresa. De este modo, se ha de incluir desde su concepción inicial y en cada fase de su ciclo comercial con el fin de lograr la mejor implantación posible en el entorno.

Así, partimos del hecho de que una imagen no puede ser radicalmente distinta en varios contextos, lo que significaría una total falta de personalidad por parte de la institución. Tampoco resultará plenamente coincidente entre todos los públicos que la perciben, puesto que las variables que componen cada mercado son particulares, y, por ello, las exigencias y percepciones de los consumidores cambian. La entidad ha de asumir esta realidad de manera que no repercuta negativamente en su progreso.

Actuando en consecuencia con esta situación, toda organización intentará proyectar una identidad específica en función de los diferentes ámbitos y los diversos individuos con los que interactúe, de modo que origine una imagen propia cuyos atributos sean acordes a su entorno sin perder de vista los parámetros inalterables que la configuran. Es aquí donde mejor se aprecia la concepción estratégica de la imagen en la medida en que influye en el tipo de relación que entablará con cada público.

Esta consideración permitirá, así mismo, que la institución haga compatible su propia identidad, que es única, con las necesidades informativas de los diferentes consumidores cuyas expectativas resultan dispares.

Por tanto, en la elaboración del proceso integral de planificación estratégica de una entidad se debe tener en cuenta el valor adquirido por la imagen dentro de la complejidad del marco institucional existente en nuestros días, aceptando no sólo la importancia que ha alcanzado para el desarrollo competitivo de las organizaciones, sino también su capacidad para adecuarse, dentro de unos límites que respeten los fundamentos de su identidad, al contexto en el que sea implantada.

1.2.2      El Plan Estratégico de Imagen Corporativa

Entendida la imagen como factor estratégico en la determinación de la política de una entidad, resulta comprensible que su inclusión en el plan de comunicación de la misma sea obligada, con el fin de arraigar una filosofía de acción programada correctamente.

Esta situación deriva, principalmente, de tres aspectos: el análisis particular del entorno y de los intereses de sus públicos, en especial en aquello que afecta de manera más concreta a la organización; la demostración de la importancia atribuida a la comunicación institucional; y la mejor coordinación entre los medios empleados para la difusión de la empresa.

Se incorpora, así, la puesta en marcha de un Plan de Imagen regido por una preocupación permanente por la coherencia a través de un enfoque secuencial y la existencia de un control continuo de los resultados que se vayan logrando a lo largo de la ejecución de sus contenidos.

1.3.        Orígenes Históricos

La imagen corporativa y su tratamiento comunicativo, no son un fenómeno reciente, ni mucho menos.

Desde las antiguas marcas personales de reyes, instituciones e industrias, hasta llegar al packaging, el producto y su aspecto físico como una forma de personalización y promoción de artículos de consumo[4]ha pasado poco más de un siglo.

Por tanto, los orígenes más remotos de la imagen corporativa, podemos encontrarlos en la heráldica.

A lo largo de la historia de la humanidad la heráldica ha sido un elemento esencial identificativo y no sólo de las gentes de linaje, sino del común de los individuos.

En sentido amplio, heráldica es la ciencia que estudia la representación gráfica de los apellidos y los linajes. Modernamente, podemos entenderla como el arte del estudio de toda la representación simbólica.

Los escudos o emblemas heráldicos tienen su origen en los adornos de los escudos de armas medievales y han pasado al uso civil como representación de los nombres de las familias. Todas las instituciones públicas y privadas poseen alguna forma de representación gráfica o heráldica.

La heráldica tiene su propio lenguaje de colores:

amarillo=oro

plata=plata

azul=azur

rojo=gules

verde=sinople

morado=púrpura

negro=sable

No debe confundirse a la hora de elaboración de una imagen de identidad corporativa lo que es el logotipo de marca con la heráldica. Es habitual que las modernas institucionales al margen de su heráldica tradicional, reservada para el material impreso, banderas y elementos de uso en grandes solemnidades, deseen poseer una imagen corporativa funcional de uso corriente a emplear en la vida cotidiana, en camiones de reparto, servicios de limpieza, taxis… En este caso, y a partir de los elementos heráldicos tradicionales se suelen elaborar logotipos identificativos que recuerden vagamente al elemento heráldico de partida.

Como decíamos, con un simple vistazo a la evolución publicitaria de los últimos años resulta sencillo comprobar la importancia que desde las empresas e instituciones se concede a la imagen y la comunicación corporativa. Los motivos que han llevado a que esta faceta de las Relaciones Públicas cuente con mayor peso específico dentro de la actividad comunicativa de la organización viene dictada, como es lógico, por la sociedad a la que se dirige los mensajes y en la que la empresa/institución está inmersa, así como por la propia supervivencia empresarial, tal y como apreciamos en el siguiente gráfico:

DIBUJO 1 NECESIDAD DE COMUNICAR

Vemos, por lo tanto, que cada vez se producen mejores productos, más homogéneos y parecidos entre sí desde el punto de vista de la calidad y al darse esta circunstancia, las empresas e instituciones tienen la necesidad de diferenciarse emocionalmente de sus competidores para lo que acuden a servicios de Comunicación y Relaciones Públicas que desarrollan trabajos de comunicación e imagen corporativa.

POR TANTO,

Esta imagen corporativa, como percepción mental que tienen los diferentes públicos de la organización a través de todos los mensajes que proceden de ésta[5], puede resultar fundamental a la hora de comunicar determinadas sensaciones y/o percepciones a los distintos públicos de la institución, pero hay que tener en cuenta que el proceso de construcción y consolidación de una imagen corporativa eficaz lleva tiempo y resulta bastante costoso, no sólo en términos económicos, sino por cuanto uno de los principios básicos de la comunicación corporativa es que la institución debe hablar con una sola voz si desea que su mensaje sea percibido claramente[6].

La imagen corporativa de la que hablamos y que constituye una de las principales apuestas que se realizan hoy día desde las instituciones, efectúa una serie de aportaciones[7] que redundan en el mensaje y sus propios emisores. De hecho, una buena imagen corporativa:

a)            transmite notoriedad, prestigio y personalidad pública;

b)           sitúa socialmente su verdadera identidad;

c)            favorece estrategias de crecimiento;

d)           posibilita un manejo táctico de los mensajes.

Por todo ello, la importancia que se concede a esta técnica de Relaciones Públicas dentro de cualquier institución queda más que justificada, especialmente si atentemos a que toda institución que aspire a su desarrollo o a mantener unas terminadas cuotas de poder, tiene que asumir la responsabilidad moral suficiente para poder responder y adaptarse a las modificaciones y expectativas que genera el propio medio ambiente, así como para aportar, contribuir e incidir con su acción social a la configuración del mismo. Esto resulta imprescindible para controlar la entropía y, en consecuencia, la imagen corporativa de la institución y la empresa[8].

Todo sin olvidar que un buen trabajo corporativo debe poder gestionar un producto que sea capaz de adaptarse al cambio procedente del mundo institucional, en el cual, sólo una identidad corporativa fuerte, coherente y consistente permitirá a las compañías adaptarse a los cambios, según se desprende del siguiente gráfico:

DIBUJO PROCESO TECNOLÓGICO

En él, observamos que tanto el proceso tecnológico como el propio entorno y su acción influyen decisivamente en la cultura empresarial/organizacional, lo cual marca de forma indiscutible su sistema comunicativo y, consecuentemente, la identidad y la imagen corporativa.

Buen ejemplo de ello podría resultarlo la elección del idioma corporativo, tal y como ha sucedido en las comunidades autónomas tras la adopción de sus correspondientes estatutos de Autonomía. También tendremos en cuenta que la imagen corporativa institucional se basa en metalenguajes : caso del color, formas del mundo animal, la geometría, la astrología, letras, etc.

2.            IDENTIDAD CORPORATIVA

Toda organización necesita tener una personalidad propia, esto es, un conjunto de características que la distingan y que permitan reconocerla, diferenciándola de las demás. Estos atributos específicos de cada institución configuran su identidad, la cual se concreta en dos cualidades definitorias [9]:

  • Rasgos físicos. Incorporan los elementos icónico-visuales como signo de identidad, válidos para la identificación de la empresa desde su entorno. Los dos aspectos básicos de la identidad física de una entidad incluyen una forma simbólica –la marca/imagotipo- y una forma verbal – logotipo -.
  • Rasgos culturales. Aportan los elementos profundos de la propia esencia de creencias y valores de la organización, es decir, la personalidad (identidad) cultural de la institución se concibe como la manifestación, en forma codificada, de la cultura latente de la empresa.

De la conjunción de ambos surgirá una concepción integral de la identidad corporativa, un proyecto global que habrá de ocuparse tanto de la imagen externa que proyecta, como de la interna y de las pautas que delimitarán una filosofía, un estilo laboral (administración, recursos humanos, dirección…), dentro de la entidad.

2.1.        Definición de Identidad Corporativa

A la hora de describir las formas de comunicación de una institución son frecuentemente empleados los términos de “imagen” e “identidad” corporativos. Pese a que en ocasiones los significados de ambos conceptos se confunden entre sí, tal y como adelantábamos, la idea comúnmente aceptada se resume en la que recoge la consideración de “imagen” como “retrato de una organización según es percibida por los públicos objetivo” y la de “identidad” como “forma en que una empresa se presenta a los públicos objetivo”[10].

El hecho de que los dos vocablos a menudo se empleasen erróneamente parte de la consideración inicial de “identidad corporativa” como sinónimo de logotipo, estilo corporativo y otras formas de simbolismo utilizadas por una entidad.

Sin embargo, este primer acercamiento a su definición se ha extendido y ampliado con el paso de los años, puesto que se llegó a la conclusión de que resulta muy difícil comunicar sólo mediante manifestaciones visuales dejando el resto al azar, por lo que se han de tener en cuenta todos los factores de una organización.

De este modo, se evoluciona hacia un término en el que “identidad” se asocia a la “comunicación en su más amplio sentido”, englobando cuatro aspectos que se recogerán en cualquier acción o expresión de una institución:

– COMPORTAMIENTO. Medio más importante y eficaz por el que se crea la identidad corporativa de una empresa. Aunque son los públicos los que juzgarán a la organización por sus actos, desde la dirección de la misma se puede dar mayor o menor importancia a ciertas cuestiones a través de la comunicación.

– COMUNICACIÓN. En su sentido más restringido, envío de mensajes verbales o visuales. Es el instrumento de identidad más flexible y rápido en su empleo táctico.

– SIMBOLISMO. Indicación implícita de lo que representa una entidad.

– PERSONALIDAD. Manifestación de la autopresentación de la institución, lo que conlleva que ésta debe conocerse bien a sí misma para poder presentarse claramente mediante su comportamiento, comunicación y simbolismo. Incluye sus intenciones y la forma en que reacciona a los estímulos del entorno, declarando la unicidad de la empresa.

Los tres primeros factores constituyen las formas externas de expresión, mientras que el último se convierte en el valor más profundo que se encuentra siempre tras ellos.

La combinación de estos cuatro aspectos subyace en el desarrollo del concepto de identidad corporativa y aparecen directa o indirectamente en la mayoría de definiciones que hacen referencia a este término y que vamos a concretar en la aportada por Cees van Riel[11]: “autopresentación de la empresa estratégicamente planificada y operativamente aplicada, basándose en una imagen deseada”.

De aquí se pueden matizar dos cuestiones: por un lado, aparecen una “identidad deseada” que la organización intenta conseguir y una “identidad real”, la que pone realmente en práctica; por otro lado, toda política de identidad corporativa tiene como objetivo crear una “imagen de lo que debería ser”, pero no es necesariamente la misma imagen que el público tiene de la institución, esto es, la “imagen real”.

En este sentido, cabe hablar de la existencia de tres dimensiones conceptuales y operativas dentro de la identidad:

*lo que la entidad es: IDENTIDAD propiamente dicha, el ser de la institución.

*lo que dice de sí misma que es: COMUNICACIÓN que hace de su propia identidad.

*lo que los públicos que se relacionan con ella creen que es: resultado de la comunicación como IMAGEN percibida por los públicos de la realidad.

En definitiva, se considera la identidad corporativa como un conjunto de características con las que una empresa ha decidido identificarse y proyectarse ante sus públicos, para lo cual debe llevar a cabo una programación de estructuras sígnicas organizadas que satisfagan sus necesidades y que deben responder a una traducción visual de su personalidad corporativa.

De este modo, se ha de prestar atención a todas las señales de comunicación tanto concretas (por ejemplo, el logotipo), como abstractas (una donación benéfica) que emanan de la empresa consciente e inconscientemente, puesto que de ellas surgirán valores que se arraigarán profundamente a la identidad de la institución.

Por tanto, la identidad corporativa es una de las piezas claves de la comunicación en empresas e instituciones y sólo una identidad corporativa, fuerte, coherente y consistente permitirá a estas organizaciones adaptarse a los cambios[12], cambios que llevan a que sus responsables en materia comunicativa realicen continuos estudios de imagen que les permita:

  1. Conocer la marca y el producto.
  2. Definir el producto/servicio.
  3. Determinar sus atributos positivos y negativos.
  4. Acentuar el recuerdo y efecto de la publicidad.
  5. Determinar la credibilidad y la aceptación que tiene esa imagen.

2.2.        Importancia de la identidad corporativa

La consolidación del concepto de identidad corporativa y su aplicación integral al ámbito de la comunicación institucional, desde sus primeras manifestaciones hasta la actualidad, nos indica no sólo su relevancia dentro del mundo de las organizaciones, sino también su paulatino reconocimiento como valor estratégico.

Así, una serie de consideraciones nos llevan a la constatación de este hecho tan asumido en nuestros días:

a)            La preocupación por parte de las entidades de terminar con la visión fragmentada que tienen muchos de los integrantes del mercado donde se desenvuelve, lleva a la inclusión de cualquier componente de la identidad a la hora de emitir informaciones.

b)           Se confirma la realidad de que la proyección de la identidad supone una mejora de la imagen pública, apoyando al prestigio de los productos y de las acciones de publicidad.

c)            Las instituciones asumen su deber de relacionarse con un conjunto de sectores que componen su entorno con el fin de intercambiar sus ideas y pretensiones, y la manera más conveniente consiste en la emisión de diversas formas de identidad que muestran los elementos esenciales de una organización.

La aceptación de estas tres cuestiones permite afirmar rotundamente que una empresa con una identidad corporativa fuerte y convincente puede lograr mucho más a diferentes niveles:

-Aumenta la motivación entre los empleados, creando un sentimiento de identificación y de compromiso con la entidad. Esta influencia en el comportamiento del personal desemboca, sin duda, en una mejor optimización de los recursos humanos.

-Inspira mayor confianza entre los públicos externos de la institución, puesto que la identidad corporativa positiva permite que desarrollen una imagen clara de ella.

-Desempeña un papel decisivo y vital ante sus clientes reales y los grupos financieros relevantes, asegurando la permanencia de la organización en el mercado.

Así, se puede confirmar que una identidad corporativa potente incrementa las posibilidades de establecer vínculos con la entidad que representa, referidas tanto a sus relaciones internas como externas; y un mayor grado de identificación fomenta la plena adaptación de la institución a su entorno y, por tanto, su supervivencia.

En este aspecto recae, sobre todo, la importancia que supone en la actualidad el desarrollo de una correcta identidad corporativa para las organizaciones.

2.3.        Manual de identidad corporativa

En su trabajo diario, a una entidad se le plantean multitud de situaciones en las que pone de manifiesto los rasgos que configuran su personalidad. Para que todos sus atributos sean percibidos bajo una misma línea de coherencia en cada una de sus actuaciones resulta imprescindible que la organización defina un código de expresión, así como sus principales reglas de uso.

De esta forma, aparece en el mundo de la comunicación institucional una herramienta fundamental cuyo fin se centrará en crear orden y reconocimiento en los principios de un empresa, es decir, el Manual de Identidad Corporativa. Éste se convierte en el “libro de normas de aplicación de identidad de la organización que contiene todas las soluciones a los posibles problemas gráficos, visuales o audiovisuales que se le presenten y su existencia está justificada por el gran número de diferentes aplicaciones y la dispersión de los usuarios de la imagen”[13].

La eficacia de este manual, además, no sólo recae en su correcta elaboración, sino que es condición indispensable su efectiva distribución y explicación entre los miembros que componen la plantilla de la entidad, puesto que se garantizará su adhesión y, en gran medida, su éxito.

De este modo, se concentra en un libro la programación del conjunto de estructuras visuales y conceptuales que han de responder a las necesidades de la entidad y que surgen como fruto de la traducción visual de su cultura, de su personalidad corporativa, la cual exige obligatoriamente una intervención integral, tanto en las distintas áreas que componen la organización, como en cada una de las divisiones jerárquicas en que se distribuyen sus trabajadores.

Por tanto, toda institución debe idear el Manual de Identidad Corporativa que mejor se adecue a su estado real dentro del mercado y que posibilite un mayor acercamiento a la situación deseada para alcanzar un posicionamiento óptimo en términos de comunicación con su entorno.

Siempre bajo la actitud de que se tiene que desarrollar un esfuerzo total de información desde cada dimensión de la entidad, el Manual de Identidad Corporativa consta de cinco puntos centrales que se han de tener en cuenta:

  1. Establecimiento de los objetivos de comunicación, los cuales derivan de los propios objetivos de la organización y deben ser lo más concretos posible.
  2. Determinación de los públicos a los que la empresa desea transmitir sus fines y dar respuesta a sus necesidades.

3.    Formulación del mensaje basándose en las cuestiones de “qué debería decirse” y “cómo debería decirse”.

4.    Selección de medios y planificación de los mismos que permita transmitir el contenido y los objetivos de la comunicación.

  1. Organización de la comunicación de modo que se controlen y dirijan todas las informaciones tanto internas como externas.

La combinación de estas consideraciones da lugar a la definición de un mensaje claro, un estilo de comunicar, junto con unos criterios de actuación y coordinación a la hora de difundirlo, que posibilitarán el establecimiento de una base de unicidad, veracidad y coherencia en cada una de las manifestaciones de la entidad, tanto conceptuales (actitud, comportamiento…), como visuales (publicaciones, arquitectura…).

Hay muchos elementos a tener en cuenta, según la naturaleza de la entidad, pero que se pueden englobar en los siguientes ámbitos de actuación:

a)            Sistema de identificadores visuales (símbolos, logotipos, colores, etc.)

b)           Sistema de soportes gráficos identificados (papelería, documentos, impresos, etc.)

c)            Sistema de piezas seriadas de comunicación gráfica (publicaciones, folletos,…)

d)           Sistema de señalización (rótulos, carteles…)

e)           Sistema de comunicaciones publicitarias (anuncios regulares, carteles, obsequios, etc.)

f)            Sistema de arquitectura y entorno (rótulos en edificaciones, señalización de las diferentes áreas, etc.)

En definitiva, se trata del volumen en el que, a partir de una memoria previa, se recogen y describen todos y cada uno de los elementos que constituyen la personalidad y la identidad de la empresa, tanto hacia fuera como hacia dentro; es un libro no sólo de logotipos y emblemas, sino sobre todo de modos y maneras.

Y es que no debemos olvidar, en ningún momento, que toda institución tiene una identidad y una cultura, lo quiera o no, -de ahí la necesidad de un esmerado cuidado y una constante adaptación planificada de estos elementos-, por lo que se manifiesta claramente la existencia de unas necesidades de comunicación y una intencionada imagen que debe cuidarse al máximo.

POR TANTO,

Cualquier organización que emita comunicación debe cuidar al máximo todos los detalles, y uno de ellos se referirá a la emisión de una misma línea que redunde siempre en los ejes comunicativos propuestos por parte de la directiva, en este caso, institucional. Este conjunto es lo que define la conducta global y el estilo diferencial de la organización[14] que obliga a toda institución, sea cual sea su tamaño, a ofrecer al observador interno y externo un conjunto de señales y códigos constitutivos de su identidad. Por tanto, se obliga a toda organización a proceder de forma que estas señales sean comprendidas por todos y, sobre todo, que sean coherentes con la imagen que desea transmitir de su cultura interna[15].

3.            CONCLUSIONES

En vista de todo ello, comprobamos que el plano de la identidad y el de la imagen son dos planos superpuestos que no siempre son coincidentes, porque en el de la identidad prevalece la sensación, la voluntad de la imagen que queremos dar, mientras que en el plano de la imagen prevalece la percepción, la captación que los demás hacen de nuestra imagen.

La importancia que se concede actualmente a la imagen corporativa, viene justificada por la necesidad de una redundancia en todos los mensajes emitidos desde cualquier institución, pero además, debemos recordar que la necesidad de eficacia social confiere una importancia creciente a la imagen institucional, ya que la imagen es un factor de competitividad y puede ser gestionada como factor de eficacia.

Por tanto, ni la imagen ni la identidad son entidades autónomas, ni objetos o productos que se manejen directamente, sino el efecto de un conjunto de causas en el tiempo, de ahí la necesidad institucional de que cada uno de los mensajes que difunda la organización transmita una imagen realista de la misma y que a la hora de establecer los atributos de esa imagen intencional se seleccionen aquellos de la identidad corporativa que compongan una imagen creíble, puesto que de poco va a servir transmitir una idea que desmienta la realidad[16].

Este aspecto deberá ser cuidado de forma especial en el caso de aquellas instituciones públicas que se deben a sus votantes y que, en algunos casos, podrá llegar a actuar como elemento de aprobación o desaprobación para la captación de votos que permitan al grupo gubernamental seguir en el poder y, por lo tanto, seguir al mando de este tipo de instituciones.

Es decir, la imagen política, que es una imagen de composición, está fuertemente sometida a la presión de los datos contextuales que determinan la manera en que dicha imagen es recibida. La imagen, ante todo, no debe parecer ficticia[17] y por este motivo, el eje del mensaje a emitir variará en función del tiempo en el que el líder político ostentase el mando en la institución.

Isaac Arce Ramírez: El primer eslabón de nuestra identidad antofagastina

En pleno siglo XXI,  y después de décadas, aún es posible oír en el tarareo de nuestros abuelos una conocida “Antofagasta dormida”, como queriendo eternizar una sensación que se palpa a cada instante de nuestra vida pública. ¿Será que ese tema de Fernando Trujillo, que añora “dinamismo siglo XX” nos representa aún? ¿Nos sentimos orgullosos de ser antofagastinos? ¿Estamos concientes de nuestra memoria? Para Juan Floreal Recabarren, connotado historiador y alcalde de la comuna en dos ocasiones, se trata de un problema hasta geográfico, en que no hay una raíz fuerte hacia la tierra porque normalmente una región donde no hay vegetación y agricultura expulsa al hombre. “El desierto nunca le ha atraído al hombre para vivir como lo ha hecho la agricultura, que le permite vivir, y vivir siempre. Por naturaleza nosotros no tenemos una vocación de un pueblo arraigado, porque el desierto no arraiga”, anticipa el octogenario docente, quien bautizara nuestra urbe como “la ciudad del gran impulso”, perteneciente a la región que aporta actualmente cerca del 50% de las exportaciones del país.

Y a esta ciudad llegó Isaac Arce Ramírez a la edad de nueve años, momento en que el territorio aún pertenecía al Estado boliviano, a sólo seis años de haber sido conformada formalmente la Municipalidad de Antofagasta por el presidente andino, Mariano Melgarejo. Al poco tiempo, el padre de Isaac, Don Jerónimo Arce Olmos, arquitecto que había trasladado a su familia desde Valparaíso enferma gravemente y muere, dejando a Carmen Ramírez Ríos y sus cuatro hijos sin medios para existir. “Siendo muy niño, de edad de trece años, empecé a trabajar y desde entonces he seguido luchando con tesón y perseverancia, sin desmayar un solo instante”, confesaba a su descendencia en el documento “Para mis Hijos”, escrito en 1940. Sólo tres años después, en 1879, a las puertas de la Guerra del Pacífico, y a la edad de dieciséis años, debe integrarse al Batallón Cívico N°1 de Antofagasta, donde se le dio el grado de cabo 2° de la Compañía de Cazadores. Todo un veterano de guerra, en 1882 comenzó lo que serían más de veinticinco años al servicio de la Compañía de Salitres de Antofagasta, lugar que curtió su personalidad hasta hacerlo un hombre férreo y severo, quien ocupó diversos cargos de administración, donde llegó a dirigir a más de quinientos trabajadores.

“Sus empleados superiores, los correctores de la pampa, los vigilantes del campamento, etcétera, se hallan todos agitados en las horas de trabajo por la nutrida sucesión de órdenes, de observaciones, de cuidados que fluyen de su previsión”, escribiría el poeta y periodista, Carlos Pezoa Véliz sobre él en un relato llamado “Un Administrador”. “Regularísimo es él. Sus tareas diarias están normalizadas por un rígido itinerario de acción, a cuya letra se aferra con fuerte voluntad. Ni un solo minuto de cada día permite a su cerebro lo que se llama descanso de atención”. Y fueron estas mismas características las que le permitirían formarse a sí mismo e ir desarrollando una disciplinada investigación que constituiría la base de lo que hoy es el relato histórico más importante sobre nuestra ciudad.

“¿Cuántos monumentos hay aquí a los personajes de Antofagasta? ¿Cuántos monumentos tiene Andrés Sabella o Mario Bahamondes o Maximiliano Poblete?”, pregunta Recabarren, asegurando que, por otro lado, Santiago está lleno de monumentos de sus personajes “Están todos, por todos lados. La historia está mano a mano contigo”. Y es allá en que Leslie Jofré, chuquicamatina de nacimiento vive actualmente, donde estudia Pedagogía en Educación General Básica. Allí tomó conciencia de su calidad de “nortina” y de los contrastes determinados por la procedencia. “Cuando uno llega a Santiago se da cuenta que a pesar de que vivimos en el mismo país, las regiones nos marcan y nos identifican. Es casi imposible negar que eres del Norte y todos creen que eres “inculto pero con plata”. Todo cambia: la forma de expresarte; la vida, que es mas rápida; las personas mas alejadas. Uno se siente ajeno y distante”.

“La eterna crítica que se nos hace es que nosotros a veces tratamos mal al afuerino, Somos muy parcos, a veces muy callados o contestamos mal. Cuando vamos a cualquier tienda la persona que está contratada para atendernos piensa que nos hace un favor con hablarnos”, estipula Alan Cortés, administrador de la Casa de la Cultura, quien defiende su calidad de antofagastino y dice que en gran medida el carácter efímero de nuestra cultura local obedece a que somos una “ciudad de paso”. De hecho, el historiador José Antonio González establece en su obra que para denominar vernácula a una persona debe pertenecer a la tercera generación establecida en la zona. Sin embargo, Cortés cree que los que llevan tiempo en la ciudad pueden desarrollar una fuerte pertenencia con su ambiente. “Innegablemente es distinto para alguien que vive en la zona central. El medio es más agreste, más duro. Por lo tanto lo que tú tienes lo amas, y lo cuidas y te sientes orgulloso. Esa es la identidad, que a veces nos falta a los que vivimos en lugares más modernos”.

Isidro Morales, investigador histórico y director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica del Norte (UCN) estipula que ésta ciudad “pasadizo” ha forjado una mentalidad “de paso” en quienes la habitan. Pero además pone atención en los aspectos migratorios: “Vivimos una vorágine en la que estamos cambiando permanentemente. Recordemos que a comienzos del siglo XX llegaron muchos chinos. Esa migración terminó en la década del cuarenta, y a partir de los años ochenta volvemos a tener esa migración; de taiwaneses y además de surcoreanos y hasta de población hindú. Y para qué hablar ahora de los sudamericanos. Son muchas culturas las que confluyen”. Por lo mismo, a diferencia de quienes dicen que Antofagasta no tiene identidad, Morales dice que en esta tierra confluyen una serie de identidades que forman una “hibridez cultural”. Los resultados del Censo del año 2002 arrojaron una población de 5.990 extranjeros en la región. Sin embargo, a todas luces se ha producido una expansión importante en la cantidad de forasteros que llegan a la zona, estableciendo el Departamento de Extranjería y Migración (2009) que cerca de dos mil quinientas personas foráneas tramitan solicitudes de ingreso a la provincia de Antofagasta cada año, considerando además una cantidad indeterminada de quienes cruzan la frontera de manera irregular.

Shiney Pacci, originaria de Tacna, Perú, estudia Ingeniería Comercial en la UCN, y cuenta que ha percibido al antofagastino de diversas maneras. “Al comienzo para mí todos eran chilenos. No distinguía la diferencia, hasta que comprendí que como en otros países existen localismos y fuertes diferencias entre los del norte y los del sur, en este caso”.

Así, incluso hay diferencias entre las ciudades del Norte. Al respecto, isidro Morales, quien es iquiqueño, pero que lleva cuarenta años viviendo en la Perla del Norte reconoce una clara diferencia entre la identidad antofagastina y la iquiqueña o ariqueña. “El iquiqueño vive de sus recuerdos. Para ellos la gesta de Prat es sagrada, así como lo es la toma del Morro de Arica para los ariqueños. Por supuesto que la “chilenización” ha motivado eso también, pero los iquiqueños defienden lo propio. Llegan a ser chauvinistas, pero hay que recordar que allí nacieron los primeros movimientos solidarios, las mancomunales y grupos que aparecen por las condiciones extremas en que se vivía. No había agua, no había luz ni alcantarillado. La gente de la pampa sufrió mucho. En Iquique partió el movimiento obrero chileno y ahí fue también la matanza de trabajadores más grande de la historia de nuestro país”.

Por su parte, Alan Cortés cree que mientras más alejadas estén las urbes de la capital y más cerca de países vecinos hay más identidad.  “Si tu nombras a un ariqueño o un iquiqueño con la nacionalidad de uno de estos países fronterizos su reacción es muy fuerte. Las fechas bélicas -y en las zonas del interior es más fuerte todavía- y los dieciocho de septiembre, los veintiuno de mayo se celebran con un embanderamiento increíble de su poblado. Una vez fui testigo de un desfile que se hizo en Toconao, donde desfiló sólo un cabo segundo de ejército con dos conscriptos. Esas tres personas, aunque pocas, enfervorecían a la gente de una forma sobrecogedora”.

Y es precisamente la carencia la que según Recabarren constituye una fase importante del desarrollo de la pertenencia. “Toda la gente de las poblaciones pedían alcantarillado, agua potable, porque lo que había era un simple pilón de donde toda una comunidad sacaba agua. Tampoco había calles. Entonces, las juntas de vecinos y agrupaciones comunitarias piden eso y se produce una especie de interés por solucionar las carencias. Entonces resuena el clamor por hacer una gran reforma para mejorar Antofagasta. Y eso le daba una gran identidad hace unos cincuenta años”.

Al respecto, Andrés Sabella reconocía esas características desde los primeros tiempos de la ciudad, así como su composición multicultural. “Aquí no había nada. Sobre esta nada empezó a florecer en el esfuerzo de nuestros trabajadores la industria salitrera, que fue el recurso fundamental de Chile. Nosotros, los antofagastinos, creemos que el norte tiene un orgullo aquí en Antofagasta. Este orgullo es el de ser nosotros como el crisol de toda la nacionalidad chilena, porque de acá surge un hombre que es el producto de cientos de chilenos que, venidos de todas las partes de nuestro mapa, se funden en esta olla de soledad, en esta olla de sol en el que estamos inmersos y van naciendo los antofagastinos, los que van a crear una historia, los que van a levantar una ciudad”, explicaba para un documental clandestino realizado en 1982 por Miguel Littin, en plena dictadura.

María Morales, directora de la Biblioteca N° 120, Isaac Arce Ramírez, cree que los antofagastinos no le dan la importancia necesaria a la historia de su ciudad, por lo que  es necesario recuperar la vocación educativa de averiguar las causas y orígenes de los aspectos importantes de nuestra localidad. “Por lo mismo, junto a Héctor Ardiles, del Museo Regional estamos haciendo los contactos con la Biblioteca Nacional para poder arreglar nuestros archivos de periódicos descontinuados. Pronto podremos digitalizar los documentos, para que las nuevas generaciones tengan otro tipo de material y así no tengan que viajar a Santiago para desentrañar partes importantes de la historia de su ciudad que se han perdido”.

Según piensa, Isaac Arce está bien considerado entre los jóvenes, pero los que se interesan en la historia, al consultarlo en sus tareas; estudiantes de periodismo, de sociología, etc.

“Él tenía una motivación natural por registrarlo todo. Era campeón en recortar todo lo que le interesara; las noticias, la vida social de Antofagasta, todo lo novedoso, recortes de cuentos que salían publicados, hasta recetas y recortes de poesía. Era un recopilador innato. Andaba trayendo unas libretitas donde anotaba no solamente los acontecimientos, sino que también sus pensamientos, sus ideas. Anotaba lo que tenía que hacer con el día y las horas. Una de las cosas increíbles es que incluso se dedicó a anotar su peso y su talla durante veinte o veinticinco años, Y en una misma libreta enumeró cúanto pesaba y medía durante este período de tiempo. Ahí tenemos en Don Isaac un registro increíble”, explica Claudio Arce, profesor de arte y principal representante de la familia del historiador, quien ve en su abuelo a alguien ejemplar, intransigente en sus valores pero capaz de entablar diálogo con un abanico sorprendente de personas. Así, de pensamiento decididamente conservador Arce mantenía buenas relaciones con la masonería, la Iglesia, los radicales e incluso con personajes afines a las reformas socialistas. “Don Isaac era capaz de respetar mucho a un intelectual que defendía su posición de manera inteligente. Conoció así a Pezoa Veliz, un joven rebelde de la época, que no tenía más de veinticuatro años y era contrario al servicio militar, tachado de conflictivo, que había tenido problemas con la justicia y que venía a Antofagasta promocionando el periódico “La Voz del Pueblo”. Sin embargo, fue capaz de entenderse con él, porque defendía sus ideas de manera magistral y demostraba una vocación seria por el bienestar del país”.

Pezoa Véliz lo retrató como un hombre que claramente defendía los intereses de sus patrones, pues “en él, la figura del empleado toma rasgos tan decisivos, que casi apaga la del hombre”. Sin embargo, reconoce su capacidad por preocuparse de aspectos importantes de la sociedad. “Como hombre de acción, Isaac Arce no tiene nada de escéptico. Cree en la virtud, en el trabajo, en la vida. Cree todo eso de que se siente capaz. Ya hemos probado su innegable condición de hombre laborioso”.

Arce era una persona que admiraba mucho a aquellos ilustrados de la época, y quería parecerse a ellos. Luchaba por tener la instrucción que tenían las personas que él admiraba, por lo que leía mucho y se fue formando en forma total y absolutamente autodidacta. Entonces, él tenía un gran respeto por todo aquel que demostrara desarrollo intelectual. No importaba su tendencia política o de dónde fuera, por lo que se fue acercando a casi todo el mundo.

Él creía que la educación era la base del progreso y del futuro de Chile, y por lo mismo, en más de una ocasión, organizó pequeñas escuelas para los hijos de los trabajadores de las oficinas salitreras, pues consideraba lamentable ver a los niños vagando por los campamentos mineros. “Él se preocupó también de los trabajadores desde su posición. Ayudó a formar y dio todas las facilidades para que se organizaran en sindicatos y cooperativas, teniendo mucha preocupación por la educación. Y de ahí se da el acercamiento que él tenía con los radicales. Don Isaac encontraba que era injusto que los niños trabajaran, pues consideraba que los niños tenían que estar educándose”, explica Claudio Arce, quien resalta además su innegable vocación pública. Así, Arce participó ampliamente y ayudó a formar varias organizaciones sociales de la época, destacando la multiplicidad de sus preocupaciones. Según El Mercurio de Antofagasta, fue voluntario y tesorero de la antigua Tercera Compañía de Bomberos; miembro de la Sociedad de Artesanos; presidente de la Cruz Roja chilena de Antofagasta; miembro fundador y director de la Sociedad protectora de Empleados; miembro fundador de la Sociedad de Instrucción Primaria de Antofagasta; miembro fundador del Círculo de Periodistas y Artistas de la ciudad; miembro de la Sociedad “Amigos del Árbol”; miembro honorario de la Sociedad de Veteranos del 79 e incluso presidente honorario de varias sociedades de fútbol, entre otras ocupaciones. Incluso generó distintas campañas, como una para crear un mausoleo a los caídos por el “Combate de Abtao”, o incluso una para restaurar el significativo Cerro del Ancla, cuya áncora desaparecía por el paso del tiempo.

Años antes de su lanzamiento, Arce ya promocionaba su libro ofreciendo relatos de sus capítulos en charlas organizadas en la Municipalidad, ocasiones para las que los vecinos y autoridades de Antofagasta se deleitaban con sus narraciones. “La “Historia de Antofagasta” de que usted es autor será para la ciudad y la Región toda de esta provincia un libro de gran valor y habrá de recibir de parte de la opinión pública la más franca acogida, con merecido estímulo a su esfuerzo” le escribía el alcalde Maximiliano Poblete, el 2 de mayo de 1926.

Fue tal su dedicación por conocer y desarrollar la historia de Antofagasta que en 1915 solicita en su trabajo el traslado a La Paz, Bolivia, donde trabajó en la Sección Estadística de la  “Bolivia Railway  Company” durante cinco años, período que le facilitó el acceso a la Biblioteca Nacional de La Paz, donde continuó su investigación sobre Antofagasta,  descubriendo datos inéditos sobre su origen y crecimiento.

En octubre de 1930, después de décadas de preparación, publicó finalmente “Narraciones Históricas de Antofagasta”, libro que lo fundió para siempre con la remembranza del norte chileno, “obra de gran aliento y de importancia reconocida por las personas que entienden y saben de estas cosas pero, desgraciadamente, el resultado pecuniario fue desastroso porque fue en plena crisis salitrera y comercial de este puerto y tuve que quedarme con la mayor parte de la edición”, relataría él mismo en sus memorias. “Aquí corría el dinero y todos creían que no se terminaría nunca”, es la frase con la que Eduardo Galeano, célebre escritor de Las Venas Abiertas de América Latina, resume la crisis de 1930. “La decadencia del salitre no se pudo revertir. El peso de la carga tributaria, cada vez más gravoso, en un ambiente en que aumentaba la competencia, llevó a la industria a su virtual extinción”, dice Ángel Soto en “Auge y Ocaso del Salitre”. Incluso, una cantidad indeterminada de ejemplares llegó a quemarse durante un incendio, mientras permanecían almacenados, teniendo Arce que salir a vender sus libros puerta por puerta, explica la familia Arce. “Fue para él algo difícil, pues se trataba de un proyecto en que había invertido su vida”.

“Estos apuntes tienen el indiscutible mérito de la veracidad (…) No podría decir que esta sea una obra de gran aliento. Es más bien un trabajo de paciencia y de perseverancia, porque la verdad es que la investigación de algunos de los hechos que estas páginas encierran, me han demandado en ocasiones meses y hasta años”, explica el autor en el documento que dejó para su descendencia.

Sin embargo, poco a poco, su obra recibió elogios y reconocimientos por parte de la comunidad. “Si no es propiamente la historia de Antofagasta que alguien escribirá, algún día, el libro del señor Arce contiene páginas muy sabrosas e interesantes”, rezaba una editorial de El Industrial, a pocos días de publicado el libro. El Monseñor Silva Lezaeta, quien fuera obispo de la ciudad y miembro de la Academia Chilena de la Lengua y de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía enumeraba: “Lenguaje sencillo, pero correcto (…) contiene muchas noticias del todo desconocidas para la generalidad y documentos inéditos importantes que sería imposible consultar en otro libro”.

“Si hay historia aquí es por Isaac Arce. Es un Heródoto de Antofagasta. Si no hubiese sido por él habría sido muy difícil desentrañar parte importante de los acontecimientos, por que él tuvo el esfuerzo y el coraje de, sin ser historiador ni haber estudiado nunca historia en particular ni ser académico, hacer un relato. E hizo por primera vez una historia con fotografía. Si él hubiese tenido más tiempo de vida habría hecho la historia del siglo XX de Antofagasta. Isaac Arce hoy está en la cúspide, pero tiene su nombre en un pasaje nomás”, reclama Floreal Recabarren, quien tiene una visión crítica del panorama actual y considera que es deber de todos, y principalmente de la autoridad política, cuidar y proteger la memoria y el patrimonio de la ciudad. “El historiador debe mostrar, debe hacer una vitrina de qué es lo que ha sido la tierra donde vivimos. Y si esa vitrina te puede gustar y te puedes sentir orgulloso eso te da una evidencia de una raíz, pero si tú no ves nada dentro de la vitrina o si ni siquiera hay vitrina ¿De qué te vas a sentir orgulloso? De nada”.

“Somos del Norte Grande y aquí nos quedaremos. Cantamos para él y desde su situación. Somos curiosos ante la realidad extranjera vecina o distante, pero es desde aquí que decidimos afrontar la inmensidad y la diversidad del mundo. No nos disfrazaremos de vampiros nórdicos o bohemios parisienses. Nuestra identidad trasciende a lo emotivo. Se trata de una noción de supervivencia: necesitamos saber quiénes somos para no morir bajo un aluvión de mercancía cultural que nos tienta. Pues, ¡Perder la identidad es morir!”, dice un flamante documento que circula actualmente por la ciudad. Se trata del “Manifiesto de la Nueva Poesía del Norte”, del cuál nos habla Alfonso Reyes, uno de sus creadores. “Nosotros vemos que poco a poco las nuevas generaciones estamos cada vez más comprometidas con lo propio, con rescatar nuestra historia y nuestras costumbres a través de la obra artística. Pero, no obstante, creemos que usualmente se adolece  de un culto abusivo al pasado, con todo el tema de las salitreras. Nosotros creemos que hay que optar por una identidad futurista, que sabe sus orígenes, pero que mira hacia adelante para construir nuevas expresiones”.

Se trata de algo nada fácil, y que requiere de gran dedicación, como lo consignó Carlos Tarragó, presidente de la Corporación Pro Antofagasta cuando fue reeditado por última vez el libro de Arce. “Curiosamente, lo que le aconteció al autor de la obra, hace más de 70 años atrás, aún tiene plena vigencia. Ya que la aventura de editar un libro sigue siendo onerosa, sacrificada y arriesgada, y, en nuestro caso, esto solo fue posible al conjugarse varios factores tales como el sueño y la voluntad de quien perseverantemente asume el desafío”.

Por otro lado, instituciones como el Colectivo Cultural Víctor Jara, dice que sigue siendo necesario preguntarnos qué es ser antofagastinos o nortinos, pero además de entender la historia y los elementos pasados es necesario ceñirse a formulas creativas, que puedan constituirse como nuevas características de la “nortinidad”. “La música y la cultura tropical tienen determinadas características conocidas por todos, por ejemplo. Pero la denominación “tropical” tiene que ver con el trópico de Cáncer, que pasa justo por una serie de países. Nosotros vivimos justo en la línea del trópico de Capricornio, por lo que nos parece justo decir que los antofagastinos también podemos tener una cultura tropical, con nuestras propias características, por supuesto, referidas a otro trópico y a otra cultura y formas de vivir. Se trata de usar la creatividad para encontrar nuevas maneras de plantearnos nuestro carácter de chilenos, nortinos, antofagastinos”, reza un documento que entrega la institución.

Cuando Isaac Arce soñaba con un puesto público anotaba en sus libretitas su visión de un Antofagasta del mañana, inmensa, grande. Tuvo la idea de una ciudad desarrollada. Ya en su época pensaba nombrar las nuevas calles con nombres que para Claudio Arce, su nieto, son total y absolutamente desconocidos. “Él piensa en el futuro de Antofagasta, pero un futuro con identidad, donde las calles llevan el nombre de sus contemporáneos destacados, a la gente que él admiraba en ese momento, para que Antofagasta los recordara”, relata.

Claudio Arce llevaba demasiado tiempo meditando estos asuntos, hasta que en su cruzada por recuperar la memoria de Antofagasta, creó junto a historiadores como José Miguel Aguirre y Héctor Ardiles el Centro de Investigación Histórico Cultural Isaac Arce, a través del cual, junto a una veintena de personas se propone rescatar la figura de Isaac Arce y, según los estatutos de la agrupación, recién creada este año,  “lograr investigaciones de alto nivel, lo que a su vez constituirá un aporte valioso al conocimiento y rescate del patrimonio cultural de nuestra región”. Él cree que se trata de algo que sobrepasa la imagen de su abuelo. “Encuentro tremendo que se acorten las horas de historia. Menos identidad van a tener los niños si el profesor va a disponer de tan poco tiempo para poder encantarlos con la narración de su región.  Creo que es muy perjudicial y ojalá que eso lo podamos detener de alguna manera. Vamos a perder mucho si no nos detenemos un poquito. La desinformación y la ignorancia van a hacer que dejemos morir lo que nos queda de identidad”, dijo el docente.

Arce falleció en Antofagasta el 2 de febrero de 1951. Sus restos fueron velados en el salón de Honor de la Antigua Municipalidad, actual Casa de la Cultura, donde años atrás leía públicamente junto a los vecinos la historia que compuso. Aún vive en Santiago su hija, Berta, mientras que Elisa falleció en noviembre de 2011. Tuvo tres esposas: Beatriz Villanueva, Sara Trejo y Carolina Durandeau.

José Antonio González, miembro de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y docente de la UCN no guarda reconocimientos en su prólogo del connotado libro de Arce: “Fundamentalmente contribuyó a reconocernos como continuadores de los héroes del desierto, como descendientes de los que pugnaron entre el aventurerismo congénito de los mineros y el arraigo civilizador de la urbe. El legado dejado por Arce se funde con su amor a Chile, su devoción minera inclaudicable, su pasión de vecino por nuestra querida Antofagasta. O sea, lo esencial del ser nortino”.

El liderazgo académico de Andrés Sabella

PALABRAS  PRELIMINARES

Se ha escrito copiosamente sobre los atributos de Sabella, pero no se ha hecho un estudio científico sobre  su liderazgo académico y sobre la impronta que dejó en sus alumnos. En especial, sobre el reconocimiento de esta impronta como elemento que marcó la identidad de generaciones de comunicadores.

El primer eje argumental del trabajo fue que  la figura de Sabella continúa siendo inspiradora y se mantiene altamente visibilizada en los medios de comunicación. Así, por ejemplo,  El Mercurio de Antofagasta restituyó, a contar del 2007, su emblemática columna “Linterna de Papel”.

El segundo eje fue que existe gran profusión de información testimonial que mantiene su vigencia: nombres de calles,  plazas, colegios, auditorios, concursos, monumentos, museos y hasta la propia denominación de la Segunda Región de Chile: Norte Grande, término que acuñó en su conocida obra del mismo nombre

El tercero es la escasa información científica sobre su legado, con la rigurosidad y formalidad que exige hoy la investigación científica, a excepción de las obras de José Antonio González y con un carácter diferente, pero no menos valioso, las del ensayista Osvaldo Maya, del escritor Matías Rafide y del ex director de “El Mercurio de Antofagasta”, Mario Cortés.

En virtud de lo anterior, este trabajo aporta antecedentes sobre un aspecto específico: su docencia en la carrera de Periodismo.   La información la entregan  ex alumnos  que residen en Antofagasta, Santiago y otras ciudades del país y extranjero, quienes se desempeñan en distintas áreas del periodismo y las comunicaciones.

PROBLEMA Y OBJETIVOS DE INVESTIGACIÓN

El problema de investigación fue conocer la visión de los entrevistados respecto a la influencia e impronta  de Sabella, sus testimonios sobre la experiencia que tuvieron con el poeta mientras se desempeñó como  docente en la UCN y mantuvo con ellos una interacción permanente.

Se recolectaron y analizaron testimonios  de ex alumnos de  diferentes generaciones que ingresaron a la Universidad entre 19678 y 1979, que tienen en común haber estudiado cuando Sabella era profesor jornada completa de la carrera, impartiendo allí varias asignaturas (1967-1981).

El objetivo general de esta investigación fue comprender su aporte en la formación de los periodistas de la Universidad Católica del Norte en relación a su liderazgo en lo profesional y actitudinal.

Para alcanzar este propósito, fue necesario investigar, desde la perspectiva de las generaciones  formadas entre 1967 a 1979, la visión profesional  del  Sabella, en lo relativo al periodismo,  la comunicación,  los hechos contingentes,  los formatos y enfoques profesionales del periodismo. Igualmente, conocer  su aporte  en relación a  las actitudes, valores  y motivaciones que complementan la formación universitaria,  para comprender  su liderazgo  en  un sentido integral.

Las preguntas de investigación  fueron las siguientes: ¿Qué recuerdan  de la docencia de Sabella? ¿Creen que  les dejó una impronta en lo profesional y personal? ¿Qué tipo de relación ejerció  con sus alumnos? ¿Cómo perciben el liderazgo de Sabella  en sus destrezas profesionales? ¿En qué aspectos actitudinales reconocen su aporte?

Se revisaron artículos,  plataformas digitales, revistas, libros  relacionadas con opiniones sobre el vate, con especial atención los de autores como  José Antonio González, Osvaldo Maya, Matías Rafide y Mario Cortés Flores;  tesis de grado de las carreras  de Castellano y Periodismo que destacan  aspectos de  su poesía, su prosa y su trabajo en los medios.

Se investigaron diferentes teorías de liderazgo para determinar si es posible deducir si el  liderazgo de Sabella se aproxima a algún enfoque del corpus teórico actual.

ASPECTOS METODOLÓGICOS

El proyecto  se sustenta en el paradigma  fenomenológico (Husserl: 1998), dado que pretende  conocer cómo los sujetos  perciben al mundo y a las personas  a partir de sus propias individualidades. Se asienta en la subjetividad de los entrevistados, quienes describen e interpretan su relación con Sabella, que además vinculan con la época del vate y los cambios  políticos y sociales  de ese período. Toma elementos de la teoría de la construcción de la realidad (Berger y Luckmann, 2005: 34-42) fundamentalmente de la cotidiana, influída por los significados y emociones  experenciados por los periodistas.

El estudiantado de esos años  se movía en los  planos universitario,  político y familiar. La realidad cotidiana tenía una sobrecarga de pasiones y elementos subjetivos, principalmente políticos y en el aspecto académico, esa realidad cotidiana tuvo una fuerte influencia de Sabella. La motivación  y entrega de conocimientos tenía un alto contenido social.

La investigación fue  transeccional, exploratoria con fines descriptivos e interpretativos.  El uso del término “exploratorio”, más propio de los trabajos cuantitativos, se fundamenta en que el punto de vista del trabajo (docencia de Sabella) no ha sido estudiado anteriormente.

La metodología  fue de carácter cualitativo; algunas categorías y conceptos estaban preestablecidos y otros fueron emergiendo a medida que avanzaba la investigación. Para ello, se revisaron textos de autores como    Taylor y Bogdan (2005: 34-42), Austin (2008: en línea), Ruiz Olabuénaga (en línea), Pocovici (2004: en línea), Salinas P.(2009: 300-328)

Para la exposición y categorización de las opiniones de los entrevistados se recurrió al análisis de contenido, utilizando como fuentes a autores como Rodríguez G.,  Gil J., y García E., (1999: en  línea); Austin (2008: en línea) y, Hernández, Fernández y Baptista (1994), ente otros.

En base a lo que los sujetos de estudio declararon, se  dilucidó el objetivo de la investigación:  comprender el aporte de Andrés Sabella en la formación de periodistas de la UCN, asociado a su liderazgo profesional y personal.

Se aplicaron entrevistas individuales enfocadas ( Merton, Fiske y Kendall:1956) cuyos ejes temáticos fueron: Identidad, Impronta, Motivación, Actitudes y Valores, Aprendizaje , Liderazgo, todo desde el punto de vista de la docencia de Sabella. La entrevista enfocada  fue la mejor forma de recolectar las opiniones, para evitar declaraciones de aspectos no concernientes al objetivo de investigación.

EL LEGADO SABELLIANO

Andrés Sabella Gálvez (Antofagasta 1912- Iquique 1989) mostró desde muy joven sus dotes literarias y su personalidad multifacética, histriónica, sociable, aglutinadora, creativa, audaz. Vivió  en un entorno de características particulares, en una ciudad que  buscaba, hasta la década del treinta, una impronta identitaria.    Antofagasta avanzaba hacia el progreso, de forma asimétrica y con grandes contradicciones ( González J.A,  2004: P. 10-20). Por un lado, tenía una gran producción cinematográfica (el Hollywood de América del Sur), imprentas, librerías y siete periódicos (la ciudad chilena con mayor cantidad de diarios), que facilitaban una amplia libertad de expresión por sus distintas posturas ideológicas. Por el otro, existía una evidente pobreza derivada del cierre de las salitreras.

Sabella escribió en revistas y diarios, publicó su primer libro de poemas  Rumbo indeciso(1930)   y desde 1933, editó los Cuadernos  Hacia,  en los que inició, además, una importante labor como dibujante que se mantuvo durante toda su vida. Fue miembro del Partido Comunista y  uno de los fundadores de la Alianza de Intelectuales contra el Fascismo. Vivió durante 20 años en la capital (1932-1952) y perteneció a la generación del ‘38,  compartiendo con  escritores, poetas, periodistas, folclorólogos como Diego Muñoz, Pablo Neruda, Oreste Plath, Alberto Rojas Jiménez y Alberto Valdivia, entre otros.   Se relacionó con Volodia Teitelboim, Helvio Rodríguez, Tulio Lagos, Fernando Pezoa, Víctor Castro, Tito Mundt.

Algunas de sus obras fundamentales son Rumbo indeciso (1930), La mugre (1934), Vecindario de palomas (1941), Norte Grande (1944), Chile, fértil provincia (1945), Martín Gala (1952), El caballo de mi mano (1953), Canciones para que el mar juegue con nosotros (1964), Un niño más el mar (1972), Célula Cristo. Sobre la biblia un pan duro. La Estrella del Hombre (1972).  Publicó por más de dos décadas en El Mercurio de Antofagasta y también fue articulista de Las Ultimas Noticias, Ercilla, Hoy, Apsi y Análisis.

A su regreso a Antofagasta (1953), recibió la primera Ancla de Oro que entrega  la Municipalidad de Antofagasta a ciudadanos distinguidos, junto al doctor  Antonio Rendic. Fue Miembro de la Academia Chilena de la Lengua,  Doctor Honoris Causa de la Universidad del Norte y tres veces candidato al Premio Nacional de Literatura que no le fue adjudicado.

LA UNIVERSIDAD DEL NORTE

Sabella y Nicolás Velasco del Campo fundaron la Carrera de Periodismo de la Universidad del Norte, que recibió a  su primera generación en 1967. Esta se concibió como cíclica y después de la primera generación, hubo ingresos en 1969, 1971, 1972, 1973, 1975, 1976 y 1979. Luego, entró en  receso por 10 años, y fue reabierta en 1990.

A los 34 alumnos  de la primera generación, Sabella les dictó Redacción Periodística, Literatura Chilena, Periodismo Crítico, Redacción y Cursillos de Periodismo Informativo, que se agregaron a otros de gran popularidad en la época, como Historia del Pensamiento Obrero. También dirigió seminarios medios sobre técnicas de de expresión escrita,  periodismo y literatura obrero poblacional y revolucionaria, sobre  técnicas gráficas del Norte y  literatura chilena.

Después de 1973, impartió cátedras tales como Comentario y Animación de Programas, Periodismo Crítico, y continuó con los cursos de Redacción Periodística, Redacción y Literatura y,   Debate y Argumentación.

Las asignaturas de Literatura Chilena, Redacción Literaria y Periodismo Crítico continuarían siendo sus pilares docentes hasta el último curso de la primera etapa, a lo que se agregarían seminarios sobre técnicas de entrevista y sondeo de opinión, animación de programas, periodismo y literatura.   Sin embargo, la labor de Sabella se proyectó más allá de las aulas, pues dirigió talleres de poesía y literatura destinados a todo público y participó en todas las instancias que promovieron el desarrollo de Antofagasta.  Fue exonerado de la Universidad en 1981.

SU LIDERAZGO

El liderazgo se ha definido como la capacidad que tiene una persona de influir en un grupo para que consiga metas   y/o cambie de conducta de otros con miras a lograr un propósito. ”Liderazgo es la influencia interpersonal ejercida en una situación, dirigida a través de un proceso de comunicación humana para la consecución de diversos objetivos específicos, por lo tanto, los elementos que caracterizan al liderazgo son cuatro: la influencia, la situación, el proceso de comunicación y los objetivos a alcanzar” (Chiavenato I.,2004: P. 458).

Las múltiples clasificaciones  incluyen las  basadas en el estilo del líder: estructurador, entrenador, alentador, delegador, coercitivo, autoritario, afiliativo, democrático, entre otros (Madrigal, B., 2005: P.75-82).

Los modelos   de liderazgo útiles para este estudio son el  transaccional y el transformacional (Burns :1978 y Bass :1990)   ), que  engloban una amplia gama de teorías vigentes.    Sus diferencias son que, mientras el primero  se basa en recompensas y castigos, el segundo enfatiza en la actitud motivadora que conduce a metas superiores. Más que pretender obediencia, el propósito del líder transformador es estimular la participación y el compromiso.

Ambos  deben proyectar características fundamentales: visión, confianza, participación, aprendizaje, diversidad, creatividad y comunidad.  El  transaccional recurre al feedback positivo y negativo dependiendo del desempeño de tareas específicas y mensurables, establece tratos y negocia. El transformacional exhibe comportamientos que inspiran  a otros a trabajar juntos en pos de una meta mutuamente gratificante y promueve cambios más sustantivos y largoplacistas, en cuanto a aspiraciones, ideales y valores de los subordinados. En  las últimas décadas, el modelo del liderazgo transformador se  ha extrapolado de la empresa al ámbito  educacional.

Dentro de las teorías de contingencia en boga en empresas- está la del liderazgo situacional de Hersey y Blanchard aplicada en capacitaciones a empresas, y citada de forma recurrente por medios de comunicación  Este liderazgo se centra más en la madurez de los seguidores (medida en que las personas tienen la habilidad y disposición para cumplir una tarea específica y cuando las personas van creciendo en madurez, el líder va disminuyendo el control sobre ellos). El líder debe adaptarse a las personas, cuando existen incapacidades y las instrucciones deben ser precisas y claras. En tanto, las personas capaces y dispuestas a realizar la tarea, pueden moverse  de manera autónoma, no requiriendo control. Esta teoría situacional ha resultado especialmente aplicable a centros educativos, relacionando el estilo de liderazgo con el nivel de madurez del alumnado, que requerirá más o menos control según asuma sus responsabilidades.

Se revisó la bibliografía  de Sabella y sobre Sabella,  que incluyó  libros del historiador de la UCN, José Antonio González; del ex director de El Mercurio de Antofagasta y ex Decano de la Facultad de Humanidades de la misma institución,   Mario Cortés Flores; tesinas de pregrado de castellano y periodismo (una dirigida por Mario Cortés); se hizo una exploración documental en la Universidad Católica del Norte, en Secretaría General, Biblioteca y Registro Curricular. Se revisaron videos, formatos digitales y se entrevistó a personas que conocieron al vate, entre ellas, al representante de la Academia Chilena de la Lengua, Osvaldo Maya Cortés.

Uno de los obstáculos  fue la escasa documentación sobre el tema de estudio, (docencia de Sabella) siendo los Anales de la UCN,  en su número correspondiente a la entrega del Doctorado  Honoris Causa (1977) y las actas de asignaturas, elementos testimoniales que se rescataron en este trabajo. También se tropezó con  la falta de estudios históricos  regionales entre 1967 y 1981 (período de estudio), fundamentales para describir el entorno en que se ambienta esta investigación.

ESTUDIO DE CAMPO Y RESULTADOS

Los sujetos de estudio fueron 12 periodistas que ingresaron a la carrera entre 1967 a 1979 y que tienen hoy entre 62 y 48 años. Pertenecen a  5 de las 8  generaciones (ingreso) de la primera época de la carrera 1967, 1969, 1970, 1971, y 1979. Trabajan en Antofagasta (7), Copiapó (1), Valdivia (2), Santiago (1), Los Angeles, California (1).

Los ejes temáticos de las entrevistas estuvieron ligados a Identidad, Impronta, Motivación, Actitudes y Valores, Aprendizaje y Liderazgo.

Las aseveraciones sobre su liderazgo se evidencian en todas las categorías de análisis y oscilan desde la admiración hacia su persona, y al ejemplo que fue para los alumnos, por su constante motivación. Las expresiones van desde calificarlo como “un hombre de rara inteligencia, sagaz escudriñador de la naturaleza humana, capaz de mantener conversaciones de alto vuelo y de bajar a las expresiones más humildes” hasta considerarlo “un líder y un guerrero de su tiempo, un líder sin proponérselo, carismático y empático”;  “un líder que bajaba al nivel de los alumnos, de grandes habilidades comunicacionales para interactuar con los distintos segmentos de la sociedad”, un líder valiente, que denunció la contingencia vivida en la dictadura”.

Las referencias a su compromiso social y valores éticos  eran una constante en sus actividades académicas. Entre las declaraciones destacan: “Su pensamiento comprometido con la realidad social influyó en que asumiésemos la importancia social de la prensa, no  como concepto teórico, sino como un hacer cotidiano del periodismo”, “destaco sobremanera su llegada a los humildes y a sus estudiantes, sin poses ni alardes”,  “su aspiración era que todos tuviéramos las mismas oportunidades, que incluía a los géneros”, “es imposible soslayar su constante referencia a los valores de  la clase obrera,  que eran permanentes”, “su actitud promovía la responsabilidad”, “Sabella reiteraba que no había que decir como periodista o que no se podía decir como caballero o dama”.

La motivación  fue un sello de Sabella.  Los estimuló a proyectarse profesionalmente desde muy jóvenes, aprovechando sus vínculos y enseñándoles a relacionarse y publicar artículos en medios de primera línea.

Entre los aspectos formativos, se refieren a una “marca sabelliana” y a la importancia que asignaba a la información de primera fuente; a observar, describir, retener información visualmente para trasmitirla al lector.

“Debíamos ser artesanos de la palabra” es una frase que, casi de manera idéntica, se repite entre los entrevistados. “Contribuyó al ideal del periodista conocedor de muchos temas, un periodista culto con una buena redacción y argumentos sólidos”, “influyó en mi estilo de redacción, especialmente en la narración y en la necesidad del reporteo bibliográfico y vivencial  propio”, “fue el primer periodista chileno que practicó el nuevo periodismo“, “nos alentó a  escribir con vuelo en la forma y en el fondo. Nos acercó a grandes escritores y periodistas nacionales que en  sus escritos capturaron su época y su sentir, desde los cronistas españoles de la etapa de la conquista en adelante”, “nos ayudó a comprender la realidad social, política y económica del norte”.

COMENTARIOS FINALES

Se puede concluir que el estudio responde plenamente las preguntas de investigación planteadas al comienzo del trabajo.

En primer término, los entrevistados conservan un cúmulo  de recuerdos  que tienen que ver con  casi todos los aspectos de la trayectoria docente del vate, que se explicita en sus respuestas: gran cultura, visión panorámica, inteligencia, buen talante, clases amenas y plenas de anécdotas, bagaje inagotable de conocimientos. Un profesor sencillo,  de fuerte sentido ético, un referente a imitar por la  admiración que sentían por su persona. Relevan su figura  al ámbito de un gran maestro, un líder carismático y motivador, un líder que era un ejemplo a seguir, pero que también, bajaba al nivel de los jóvenes  y adaptaba su discurso para quienes recién incursionaban en la enseñanza del periodismo.

De sus aseveraciones, puede deducirse que Sabella, fuera de su carisma y empatía, calza plenamente con las aseveraciones de Deci y Ryan cuando se refieren al liderazgo moderno y sostienen que  no es imponer soluciones. El líder no es quién provee respuestas o da órdenes para ser acatadas al momento, sino aquel que dirige los esfuerzos del grupo para definir sus propios problemas y encontrar sus propias respuestas.

Si bien los liderazgos no son puros, las características del vate corresponden a un líder carismático,  transformacional, que propiciaba la confianza, participación, aprendizaje, diversidad, creatividad y comunidad, comportamientos que inspiran o motivan a otros a trabajar juntos en pos de una meta mutuamente gratificante.   El líder transformacional posee carisma, vale decir, ofrece una visión y sentido de misión, transmite orgullo, se gana el respeto y la confianza; es inspirador, pues comunica expectativas altas, expresa los propósitos de manera sencilla, usa símbolos para enfocar sus esfuerzos; es estimulador, dado que promueve la inteligencia, actúa racionalmente y  resuelve los problemas de manera cuidadosa. Trata a cada uno de manera individual, los adiestra y aconseja.

A pesar de los años transcurridos, sus características se aproximan al ideal del docente líder actual, cuyos sellos son la empatía, sensibilidad, el propiciar, y estimular la cultura. Sus alumnos lo consideran  un modelo, dado que los motiva y respeta. El docente líder es preparado, crítico, y tiene atributos  para crear espacios de participación y fomentar la integración social, para una relación sistemática con el medio. Entrega herramientas para aprender a aprender,  para solucionar problemas, y para desarrollar destrezas comunicacionales.

Lo destacable es que en una época en que la docencia era más de  traspaso de conocimientos, Sabella fue un adelantado, pues supo enriquecer las potencialidades de sus alumnos a través de una relación de confianza y de respeto.

En la formación de sus destrezas profesionales, lógicamente su acervo cultural y sus años de práctica del periodismo (aun cuando no provenía del mundo del periodismo sino de la literatura), contribuyeron a plasmar en ellos una fuerte impronta: en la narrativa, en el lenguaje, en la capacidad de observación, en el reporteo en terreno y en la investigación. Igualmente, en el fuerte dominio que debían poseer de lo que sucedía en el entorno,  así como en fomentarles la inquietud por la lectura para que comprendiesen mejor los hechos, sus antecedentes y posibles consecuencias.

En sus aspectos actitudinales, fue férreo en cimentarles valores tanto profesionales como personales. Debían escribir a prueba de desmentidos, también tenían que  ser responsables y tolerantes,  comprometidos con la realidad social,  respetuosos, predicando con el ejemplo.

Lo que trasunta toda la investigación son sus principios éticos, que los entrevistados destacan una y otra vez. De partida, mencionan que constituye un hecho notable que este escritor y poeta  se haya alejado de los grandes centros de influencia para volver al norte y radicarse definitivamente en Antofagasta.

Todos concuerdan que Sabella no buscaba el liderazgo, pero sus conocimientos, carisma y bondad hacían que los alumnos lo admiraran. Como decía un entrevistado, fue un líder sin proponérselo.