TESTIMONIO EN DIRECTO DESDE EL PALACIO DE LA MONEDA Y EL EPICENTRO DEL CONFLICTO: “A LAS 3 DE LA MADRUGADA DEL 11 ME LLAMA MI JEFE DE LA OIR Y ME DICE: “FITO, EL GOLPE COMENZÓ…”

El 10 de septiembre de 1973, los que trabajábamos en cargos menores en la Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República (OIR) -periodistas, operadores, camarógrafos, ordenanzas, otros técnicos y personal de servicio-, todos militantes de una u otra fuerza que adscribía al gobierno de la Unidad Popular (UP) que encabezaba Salvador Allende, sabíamos que las cartas estaban echadas.

De una u otra manera, teníamos certezas, por diferentes fuentes de información o sólo por pálpito, que el golpe de Estado era inminente.

Los militares habían ganado la calle, amparados en una Ley de Control de Armas. Las patrullas recorrían Santiago -y lo mismo ocurría en todas las ciudades del país-, deteniendo y requisando a todo ciudadano, especialmente a los poseedores de aspecto obrero o aquéllos que llevaban puesto el uniforme de la Vía Chilena al Socialismo: bigotes, pelo largo y aspecto ‘beatlemaníaco’.

El Partido Comunista convocaba a reuniones de base, donde sus líderes proclaman “No a la guerra civil”, algo que, honestamente, me parecía absurdo. Me había tocado por suerte ser hijo de un militar, ya fallecido, radical, demócrata y masón, ex campeón intercontinental de equitación, de quien había aprendido algo: las guerras civiles sólo existen en países en los que el Ejército se divide ideológicamente, cosa que no puede ocurrir en Chile porque sus tropas no tienen estado deliberativo, sólo reciben órdenes.

A las 3 de la madrugada del 11 de septiembre, recibí una llamada. Era mi jefe, el Director de la OIR, Juan Ibáñez Elgueta, quien me dijo: “Fito -mi apodo-, el golpe comenzó”. A esas alturas, Chile era un caos. No había nada en el mercado oficial y, clandestinamente, los especuladores hacían su agosto: se desplazaban sigilosamente y ofrecían todo lo que no se hallaba en el comercio formal.

Las calles eran violencia pura. Cuadros del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y otros, mantenían continuos enfrentamientos con agentes de la ultraderechista Patria y Libertad (y sus aliados), una organización filo-nazi con un emblema análogo a la esvástica hitleriana, mientras carabineros lanzaban bombas lacrimógenas minuto tras minuto.

Era, realmente, terrible.

La OIR fue mi primer trabajo formal. Y fue, efectivamente, muy positivo puesto que más allá o acá de lo que ocurrió en el país, me entregó una clase de periodismo único, en un momento irrepetible en la historia nacional, donde pude reportear, dialogar, discutir con los más variados personajes de la escena nacional de entonces y -por el hecho de que mi puesto de trabajo estaba en La Moneda-, mantener una estrecha relación con detectives, carabineros, integrantes de la GAP (Grupo de Amigos Personales, la custodia del presidente Allende), lo que me enseñó el pensamiento de segmentos sociales que estaban lejos de mi formación.

A las 6 de la mañana del 11, me presenté en la casa de mi vecino -y por entonces una especie de padrino político-, Sergio Insunza, ministro de Justicia. “Las cosas están mal compañero -le expresé-, pero él, lejos de mostrarse afectado por lo que estaba ocurriendo -las calles de Santiago rechinaban por el paso de las orugas de los tanques y ya se escuchaban tiros-, se satisfacía con un opíparo desayuno sureño de jamón revuelto con huevos fritos y parecía no estar preocupado. “En Chile no pasan estas cosas”, me dijo, y continuó con su banquete. “Cálmate”, agregó.

Media hora después, estábamos rumbo a La Moneda. Ambos llevábamos sendas armas de fuego y pienso que los integrantes de su guardia, que eran jóvenes, serios y formales, también. Ninguno de ellos hacía expresión alguna cuando observábamos el paso de las tropas. Chile, había cambiado definitivamente.

Esas cosan que no pasaban en nuestro suelo, estaban pasando. No sé cómo, pero llegamos frente a la puerta principal de La Moneda.

“Bájate”, me dijo Sergio Insunza. La zona estaba rodeada de militares fuertemente armados. Miré hacia el interior y advertí que hombres portando metralletas y mujeres del staff administrativo, corrían nerviosamente por el Patio de los Naranjos, el corazón social del edificio pergeñado por el arquitecto Toesca. Hacía frío en Santiago y lloviznaba. Miré en todas direcciones y comprendí que estaba en el ojo de una tormenta grado 5.

Sin meditar mucho, caminé hacia el pórtico de La Moneda, pero me salió al encuentro el teniente Varela, un carabinero de mi misma edad, pero 20 centímetros más alto, con quien solíamos conversar animadamente y participar en encuentros de fútbol. Nos miramos brevemente. Yo, sin comprender mucho cómo venía barajado el naipe con él.

Por el contrario, Varela se veía seguro y me enfrentó. Sacó su arma reglamentaria, me la puso en la cabeza pero su voz era distinta a su actitud. “Fito -susurró-, ándate de inmediato. Dentro de un rato, la vida de ninguno de la UP vale un centavo”.

“Ok”, le contesté. Di media vuelta y caminé, a paso rápido, entre medio de centenares de soldados y maquinaria bélica apostada alrededor de la casa de los presidentes, y me dirigí hacia el Ministerio de Justicia, a pocos metros, en una calle paralela, donde estaba Insunza.

Subí las escaleras y llegué al despacho del funcionario de Estado, quien se hallaba rodeado de sus más cercanos colaboradores y del entonces director del Registro Civil, cuyo nombre se me ha hundido en los pliegues de la memoria. “Hola”, dijo Sergio.

“Tenemos que irnos a la mierda”, le repliqué. No esperé jamás que me respondiera lo que escuché: “Tranquilo, tranquilo…estas cosas no pasan en Chile, huevón. Ya hay movimientos militares en defensa de la democracia”. La mañana no había concluido y los disparos de armas automáticas y artillería recrudecían segundo a segundo.

Algo pasó en la calle. Fuimos hacia una ventana con el director del Registro Civil, quien, como buen funcionario, estaba de traje príncipe de Gales, camisa blanca y corbata y observamos que en medio de una humareda, producto de una explosión, un hippie vestido de negro, en una bicicleta blanca, desafiaba a su propia existencia, pedaleando quién sabe hacia dónde.

Por la radio sentimos que los militares anunciaban que bombardearían La Moneda si no había rendición incondicional de Allende.

El ministro de Justicia, por teléfono interno, se comunicó con Briones, el titular de la cartera del Interior, al que todos conocíamos como Condorito, por la prominente nariz que portaba. El diálogo fue corto, pero Insunza lo comentó con voz quebrada. “Me dijo que el presidente le aseguró que sólo saldría de La Moneda con las ‘patas pa’ delante’ “.

Con el elegante funcionario del Registro Civil, subimos a la terraza. Pero al pasar por el cuarto piso y abrir una puerta, nos hallamos con dos militantes del MIR, que estaban  detrás de un par de metralletas con trípode. “Les vamos a enseñar quiénes somos”, dijeron los desconocidos.

Ya en la parte alta, sentimos el ruido de uno de los aviones que bombardearía el palacio. Se sintió una especie de ‘click’ y microsegundos después, observamos cómo uno de los misiles -por entonces llamados rockets-, ingresaba con precisión por una de las ventanas del histórico edificio. Luego otro y otro. La balacera era incesante. Y al infierno desatado por la Fuerza Aérea, se sumaba un concierto de estallidos que provenía desde los cuatro puntos cardinales.

“Sergio -dije al ministro-, tenemos que irnos de aquí en cuanto se dé la oportunidad”. Y agregué, en un rapto de lucidez: “Todos tenemos que afeitarnos y salir peinados. De otra manera, seremos historia”.

Yo era el menor de todos, pero, a nadie le importó y uno a uno fuimos sacándonos las pilosidades “upelientas” con la única máquina de afeitar que apareció desde la nada. Poco después, bajamos hacia el subsuelo del inmueble y destruimos, en la caldera, todo tipo de documento que nos pudiera comprometer.

Horas más tarde, hubo una especie de tregua para que los empleados públicos y privados salieran desde sus lugares de trabajo y regresaran a sus hogares. Nosotros, salimos uno a uno.

“Mi cuñado David Silberman”…

En la calle, ad portas de un hotel, dos peruanos, vestidos de traje y corbata, en ese momento de calma, se dirigieron a un oficial, que miraba agresivamente a los que trataban de escapar del epicentro del conflicto. “Los felicitamos por lo que han hecho”, expresaron.

Sin embargo, tales loas no fueron sino el estímulo para que el uniformado les replicara: “¡Qué se meten ustedes cholos de mierda!”, luego de lo cual sus lugartenientes, los tomaron a patadas.

No había caminado más de cuatro cuadras y frente a mí y otros, mientras un mayor vestido con el uniforme habitual y no de combate gritaba “¡apúrense, salgan del centro!”, se advertía el cadáver destrozado de una mujer alcanzada por un proyectil de una ametralladora Punto 30. No sé cómo, llegué a mi casa.

Dos meses después, un militar amigo de mi familia, se comunicó escuetamente conmigo. “Te doy una semana para que te vayas”. Al otro día, estaba, con mi mujer, embarazada de ocho meses y mi hijo Martín, de dos años, en Buenos Aires. Mi cuñado, David Silberman, gerente general de Chuquicamata, fue detenido, y no apareció más.

Comenzó para nosotros, y como a muchas otras familias chilenas, una nueva vida. No la que deseábamos en esos momentos. La tristeza no se ha ido jamás de nuestros corazones.

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