IMAGINARIOS SOCIALES, PRENSA Y ACCIÓN COLECTIVA DE PROTESTA: UNA PROPUESTA DE INVESTIGACIÓN***

Presentación de la propuesta

En la actualidad, no podemos negar que los medios de comunicación son parte fundamental de las sociedades modernas que existen en el mundo, y el caso de Latinoamérica no es una excepción. En el desarrollo tecnológico que han evidenciado las diversas empresas periodísticas y teniendo en cuenta la cantidad de informaciones que producen y transmiten a las audiencias a nivel global, se puede determinar la relevancia social que cumplen hoy los componentes del sistema de medios de información y comunicación.

Así entonces, observamos que los diversos medios de comunicación social poseen una determinada – pero no absoluta- injerencia en la vida de millones de personas que consumen a diario diversos mensajes que son producidos por éstos. Sin embargo, los medios de comunicación social, entendidos como instituciones constituyentes de las industrias culturales, tienen una concordancia con una lógica de propiedad económico – político que asume la producción de bienes de intercambio, almacenamiento de información y circulación de noticias que poseen un valor significativo en la dinámica de cristalización de un conjunto de imágenes y relatos. Éstos, a su vez, son compartidos por amplios grupos de miembros de una sociedad y, como resultado, tienden a fortalecer, en general, un determinado imaginario social acerca de diversos fenómenos limitados por sus respectivos contextos sociales y, en particular, respecto a nuestro tópico de interés que corresponde a: la acción colectiva de protesta social movilizada en razón de un conjunto de demandas específicas que interpelan al Estado o a los agentes privados (financieros) del mundo global.

En este sentido, creemos necesario aportar al debate sobre la configuración de imaginarios sociales por parte de los medios de comunicación – específicamente- respecto de las protestas sociales gestadas desde la base de una sociedad civil[i], fragmentada por las transformaciones económicas, políticas y sociales que se evidenciaron de manera heterogénea en los distintos países de América Latina[ii].

De la misma manera, vale precisar que nuestro interés en enriquecer la discusión sociológica acerca de la acción colectiva de protesta social y los imaginarios sociales que son construidos por los medios de comunicación social en torno a la expresión visible de un colectivo social, determinado por un contexto que identificamos como democrático representativo, en lo político, y neoliberal[iii], en lo económico, se sustenta en la disposición dentro de la presente propuesta, por una parte, de una breve reflexión acerca de la acción colectiva de protesta y, por otra, de una descripción de la propuesta metodológica para el estudio de nuestra problemática: ¿cuál es el imaginario social de la acción colectiva de protesta en el discurso editorial del diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina[iv] en el marco de la crisis económica, política y social de diciembre de 2001 en Argentina?.

Así entonces, podemos establecer que los acontecimientos de movilización social que se gestaron en varias provincias de la República Argentina, no estuvieron exentas de la respectiva cobertura mediática nacional e internacional, lo que permitió la circulación masiva de discursos periodísticos que articularon las lógicas de consumo por parte de los miembros de la sociedad global. En este cometido, los medios de comunicación social, desde una perspectiva habermasiana de las legitimaciones[v], pueden ser comprendidos como los engranajes de un sistema de información global que determina la configuración del sentido de un conjunto de imágenes y relatos con el propósito de legitimar la existencia misma del sistema de medios de información y comunicación global y, en consecuencia, mistificar la descripción y explicación de un acontecimiento que posee una visibilidad pública mediante la intervención de sujetos y actores sociales movilizados en virtud de una demanda colectiva.

Frente a propuestas iniciales de esta índole, nos parece de vital importancia manifestar que los medios de comunicación social, en general, y la prensa escrita, en particular, poseen la capacidad de proveer a las audiencias de un mensaje que contempla un mapa conceptual capaz de ordenar, clasificar y organizar los hechos y conflictos que involucran a múltiples sujetos, actores sociales e instituciones gubernamentales, dentro de un contexto referencial apropiado para promover un sentido socialmente aceptado por la mayoría. Es decir, siguiendo a John B. Thompson y su concepto de «experiencia mediática[vi]», podemos pensar que los medios de comunicación social, como en el caso de la prensa escrita, tienen la capacidad para configurar las experiencias de las audiencias, lo que inevitablemente marca un quiebre en la frontera de las percepciones que el individuo tiene a partir de sus contactos cotidianos e inmediatos, para dar paso a una nueva realidad mediatizada por un elemento técnico (radiotransmisor, diarios, televisor, computador y celular), donde las formas simbólicas que se acuñan en el mensaje de los mass media construyen un imaginario acerca de un «acontecimiento», categorizado como protesta social, que genera una ruptura del orden establecido.

En definitiva, la presente propuesta de investigación tiene por finalidad describir los imaginarios sociales de la acción colectiva de protesta en el discurso editorial del diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina en el marco de la crisis económica, política y social de diciembre de 2001 en Argentina. Aunque, en esta oportunidad, procederemos a la entrega de algunas reflexiones teóricas que se centran en la noción de protesta social y, finalmente, presentaremos nuestra propuesta metodológica para el desarrollo de esta investigación.

Precisiones de nuestro trabajo.

Para entender los fines de esta propuesta de investigación que se enmarca dentro del análisis del sistema de discursos mediáticos, de los imaginarios sociales y la acción colectiva de protesta, es preciso tener en cuenta que nuestra intención no es desarrollar una descripción histórica detallada de los sucesos económicos, políticos y sociales que afectaron a la Argentina entre los años 1990 y 2001. Incluso, en rigor esta propuesta no se focaliza en descubrir y explicar las causas y en determinar las consecuencias que provocaron – en diversas áreas del desarrollo de la Argentina – la crisis institucional y la movilización de las fuerzas sociales en distintos puntos geográficos del mencionado país. Sino más bien nuestras pretensiones se focalizan, por una parte, en la construcción de un marco teórico pertinente que nos permita reflexionar acerca de nociones claves para comprender el objeto de estudio de nuestra investigación y, por otra, en aplicar un modelo de análisis del sistema de discursos mediáticos que nos permita obtener resultados para lograr describir el imaginario social que el discurso mediático de la prensa chilena y argentina configuró acerca de las acciones colectivas de protesta acaecidas en diciembre de 2001 en Argentina.

Ahora bien, reconocemos que la descripción de los acontecimientos ocurridos en la Argentina -entre 1990 y 2001 – son relevantes para contextualizar el marco general del trabajo. Por lo tanto, se asume que la situación de quiebre institucional de una nación se transforma en un punto de inflexión clave en la medida que denota una crisis en la sociedad argentina y, en consecuencia, la abundante existencia de estudios al respecto nos permite –en este caso– destacar algunos trabajos relevantes que serán considerados como fundamentales para comprender este proceso de declive democrático, institucional político y socioeconómico: Gambino y Campione (2003), Palomino (2005), De Lamata (2002), Lodola (2005), Auyero (2004), Schuster (2005), Scribano y Schuster (2004), Schuster y Pereyra (2001), Svampa y Pereyra (2003), Favaro (2005, 2006a), Favaro, Iuorno y Cao (2006b), Cerrutti y Grimson (2004) e Iñigo Carrera y Cotarelo (2003, 2006).

¿Cómo entenderemos la «acción colectiva de protesta» en el marco de la crisis argentina de diciembre de 2001?

Los acontecimientos acaecidos en la Argentina en diciembre de 2001, donde diversas organizaciones sociales y formas de movilización política se expresaron contra el modelo económico y político vigente hasta ese período[vii], serán comprendidos a partir de la definición de «acción colectiva de protesta». Este concepto da cuenta de una dinámica de resistencia en el espacio público argentino donde los sujetos sociales, mediante un repertorio de protesta de acción colectiva, apuntan a visibilizar sus demandas contra el modelo de opresión (neoliberal) y el sistema represivo (político y policial) imperante en el país trasandino desde 1990.

Es decir, en palabras de Favaro, Iuorno y Cao: “La crisis de 2001 agudiza los conflictos que provocan el traspaso de la empresa pública a manos privadas, con la consiguiente expulsión de mano de obra, precariedad de trabajo, incapacidad de los políticos para resolver los problemas de la sociedad y un Estado que, como el neuquino – controlado por un grupo de sectores burgueses, aliado a las petroleras –, también muestra una faceta poco conocida tiempo atrás: la corrupción” (2006b: 107).

En este sentido, los sucesos de diciembre de 2001 en Argentina serían la manifestación evidente de un quiebre entre las instituciones representativas del Estado y el poder económico con la sociedad civil y los sujetos sociales adscritos a las clases medias y a los sectores de «piqueteros» (desempleados); concepto que articula el devenir de aquellos individuos excluidos del entramado laboral establecido por el mundo privado y por el Estado y, a su vez, del reconocimiento como miembros de la sociedad[viii].

Considerando lo dicho, vale la pena advertir que el modelo económico neoliberal articulado durante el gobierno de Carlos Menen en Argentina – específicamente mediante la acción de privatizar la mayor cantidad de empresas y servicios públicos – y que contó con el apoyo estratégico de los grupos financieros internacionales, no ha permitido dar una solución efectiva y mucho menos avanzar en propuestas que apunten a resolver los problemas sociales, económicos y políticos que afectan en la actualidad a la sociedad argentina. Bajo el fracaso de este modelo[ix], en el plano económico, impuesto por las dinámicas hegemónicas de los organismos financieros de los países desarrollados (FMI y Banco Mundial) y, en el plano político-social, el debilitamiento de un campo de acción propio del Estado junto a la despolitización del ejercicio de la ciudadanía, se acentúa la necesidad de identificar y tomar conciencia acerca del sentido actual que posee la sociedad civil como elemento central para el fortalecimiento de una democracia menos maniatada.

No obstante, el panorama no es muy alentador: “Sociedad civil y ciudadanía se encuentran hoy frente a una polis estallada. Ello tanto porque el centro de toma de decisiones que es el Estado pierde capacidades como porque la base social, el demos, se reduce por los efectos de las exclusiones. Hay democracias, cierto, pero éstas se revelan incapaces de organizar la sociedad como espacio de constitución de sujetos y de toma de decisiones” (Garretón, 2006: 56-57).

En este marco de ásperas esperanzas acerca de la democracia[x] y la ciudadanía, cobra vital importancia recordar que los diversos actores de la sociedad civil argentina –específicamente el sector de los piqueteros y los miembros de las asambleas barriales-, fueron identificados como los articuladores de un proceso de movilización política durante diciembre de 2001. Este movimiento suscitó, en las cúpulas políticas y económicas, la adscripción de un sentido de ruptura del orden establecido a la acción cooperativa de carácter contra-hegemónico gestada por los actores sociales que cuestionaban la conducción del país y, por ende, rechazaban la aplicación del modelo neoliberal y la dinámica del sistema político corrupto (identificado como el responsable del ajuste estructural). Producto de tal situación, la sociedad civil argentina se manifestó por medio de «acciones colectivas de protesta» que contemplan un repertorio de formas de protesta[xi].

Ahora bien, a partir de las ideas expuestas por Federico Schuster, se establece que: “La noción de protesta social se refiere a los acontecimientos visibles de acción pública contenciosa de un colectivo, orientados al sostenimiento de una demanda (en general con referencia directa o indirecta al Estado) En este sentido, cabe remarcar que el concepto se limita a partir de su carácter contencioso e intencional, por un lado, y de su visibilidad, por el otro” (2005: 56).

Es por ello que: “La protesta, desde la teoría de la acción colectiva, encierra la realidad de una lucha entre dos sujetos por la apropiación y orientación de los valores sociales y de los recursos; no se agota en una sola manifestación, tiene períodos de latencia y explosión; es el recursos de los que no tienen poder o no están representados por formas tradicionales” (Favaro, Iuorno y Cao, 2006b: 97).

En el caso que nos ocupa, es necesario subrayar que la acción colectiva de protesta es una herramienta utilizada por los sectores sociales identificados bajo el rótulo de piqueteros como alternativa válida para interpelar al poder estatal sobre la base de una demanda puntual de integración al sistema económico, en virtud de la ausencia de canales formales que faciliten una injerencia en las instancias de toma de decisión gubernamental o instauren un espacio de negociación amparado en el reconocimiento como grupo de poder legitimado por el sistema político nacional.

En tal sentido, nos parece necesario reconocer que la acción colectiva de protesta – a pesar de su carácter coyuntural y contingencial[xii] – se establece como una forma de movilización política que se instaura en el espacio público urbano con la finalidad de cuestionar la hegemonía instalada por los grupos dominantes de la sociedad argentina. Esto nos lleva a comprender que la protesta social es una forma de acción colectiva utilizada para la expresión pública de las demandas e intereses de un colectivo social y que, además, logra producir una ruptura del orden establecido.

Al respecto, la propuesta de Favaro es categórica: “…los sujetos sociales involucrados en el repertorio de protestas de acción colectiva, no generaron aún, la conformación de un movimiento social, entendido como una estrategia de acción colectiva que se inserta en la forma institución, sus reivindicaciones los lleva a entrar en conflicto, al que se adaptan, negocian o enfrentan, en un suceso que nace, se desarrolla y que tiene un decurso. Un ‘movimiento’ contiene una heterogeneidad de superficie, pero homogeneidad de base en cuanto a presupuestos y políticas a concretar y, fundamentalmente, se sostiene en un proyecto común, en una dimensión pactada y constituida” (2006a: 118).

Por consiguiente, los actores sociales presentes en la sociedad argentina y que participaron de las acciones colectivas de protesta de diciembre de 2001 pueden ser incorporados a la matriz conceptual de multitud[xiii], lo que a conlleva una comprensión del fenómeno de la acción colectiva de protesta como la suma de subjetividades y singularidades determinantes de una posición contraria a la desvinculación del concepto y el ejercicio. Es decir, estamos hablando de determinantes de la soberanía de los miembros de una sociedad en términos de ciudadanías activas y de su efectiva acción en el plano de las estrategias de lucha, producto de sus demandas contra las condiciones de explotación y abuso por parte de los grupos económicos y políticos dominantes.

En otras palabras, las «acciones colectivas de protesta» generadas, por una parte, por miembros de la clase media argentina cuando ocuparon las plazas y espacios públicos urbanos para alzar la voz de un pueblo que perpetuaba el slogan «¡Qué se vayan todos!», y, por otra, cuando hombres y mujeres de las clases populares saqueaban los centros comerciales y marchaban por las avenidas o arterias centrales de los centros urbanos más importantes de Argentina, se transformaron en nuevas formas «no convencionales[xiv]» de resistencia colectiva que aspiraban al derrocamiento de un gobierno o más bien al cambio de la forma de hacer política y de la lógica neoliberal presente desde 1990.

Propuesta metodológica.

En el plano epistemológico, entendemos que es posible conocer un fenómeno desde una perspectiva cualitativa compatible con los fundamentos teóricos que sustentan el marco comprensivo y descriptivo de nuestro estudio, donde, además, se asume como parte del trabajo de análisis de un investigador la intención de objetivar, en la medida de lo posible, un fenómeno constituyente de una realidad social. Así entonces, para los fines de nuestra propuesta de investigación se comparte lo enunciado por Manuel Antonio Baeza respecto a la objetivación entendida “–en un sentido simple- como un compromiso entre lo materialmente dado y lo subjetivamente entendido como dado; [y] – en un sentido complejo – como un esfuerzo intelectual riguroso para convertir en evidencias aspectos visibles y no visibles de la realidad” (2008: 45) […] realidad que – desde nuestro punto de vista – se hace presente en el discurso, o sea el discurso es un dispositivo que materializa el imaginario social en el entramado de relaciones sociales.

Unidad de información y corpus de análisis

Ahora bien, respecto a las unidades de información utilizadas en el marco de la presente propuesta, se establece que el diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina fueron seleccionados según los siguientes criterios:

Criterio 1 Por la cobertura nacional que alcanzan en Chile y Argentina.
Criterio 2 Por la importancia que tienen ambos diarios en la configuración de la opinión pública a nivel nacional y regional (América Latina).
Criterio 3 Por el número de venta de ejemplares[xv] que poseen ambos diarios en sus respectivos territorios.
Criterio 4 Por ser ambas empresas periodísticas las fundadoras en 1991 del “Grupo de Diarios América” (GDA). Consorcio mediático que en la actualidad reúne a 11 empresas periodísticas (específicamente del sector de prensa escrita) que poseen una gran influencia política y económica en sus respectivos mercados nacionales.

Por su parte, el material que fue analizado en este estudio estuvo conformado por un corpus de textos que corresponden a 40 editoriales publicadas por el diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina, entre el 1 de diciembre de 2001 y el 28 de febrero de 2002.


Criterios de selección del corpus.

Tipo de discurso mediático Todo discurso mediático que corresponda a una editorial.
Tópico o temática central Todo discurso editorial donde se hace referencia a la crisis argentina de 2001.
Tipo de medio de comunicación Todo discurso editorial producido por la prensa escrita donde se hace referencia a la crisis argentina de 2001.
Identificación de la prensa escrita Todo discurso editorial producido por el diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina, donde se hace referencia a la crisis argentina de 2001.
Temporalidad Todo discurso editorial producido por el diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina, a partir del 1 de diciembre de 2001 hasta el 28 de febrero de 2002, donde se hace referencia a la crisis argentina de 2001.

Descripción del modelo de análisis del corpus

Pues bien, con la finalidad de dar cumplimiento a los objetivos, en el presente artículo producto del proyecto de investigación antes mencionado (ver primera nota al pie), se ha elaborado un modelo de análisis del discurso sobre la base de un enfoque socio-crítico, y que es empleado particularmente para el análisis de discursos públicos. A continuación, se visualizan los componentes del Modelo de Análisis del Discurso:

Modelo de análisis del discurso

Nivel de análisis: estructura del discurso

Tópico(s) Figuras / Rol Valores Temáticos
Es el tema que engloba el sentido de un discurso o parte de él y que, a su vez, posee una lógica interna en relación al contexto. Consiste en identificar las distintas figuras (actores, instituciones, tiempo(s), lugar(es), que aparecen en el discurso y el papel que se les asigna a cada uno en el relato. Es el sentido que se construye a partir de las relaciones entre las figuras y sus recorridos figurativos. Por lo tanto, las figuras tienen un valor a partir de su relación con otras figuras.
Posición de Poder Modos de objetivación Contexto(s)
Corresponde a la identificación de la posición del hablante (en el discurso) en relación con un sujeto/institución/objeto existente en la dinámica de la realidad social. Consiste en identificar las prácticas divisorias presentes en el discurso. Estas prácticas se reconocen en dinámicas de oposición (por ejemplo: normal/anormal) relacionadas con determinados sujeto(s)/institución(es)/objeto(s) existente(s) en la dinámica de la realidad social. Corresponde a la acción de identificar el contexto(s) en el que se desarrollan los elementos constituyentes del discurso y que determinan la adscripción de un significado en relación a una situación o hecho.
Nivel de análisis: estructura de la significación Relaciones de contrariedad Relaciones de contradicción Relaciones de complementariedad
Relación lógica entre A y B, y entre NO B y NO A. Relación lógica entre A y NO A, y entre B y NO B. Relación lógica entre A y NO B, y B y NO A.
A NO A B NO B
Representación lógica del SER. Representación lógica del NO SER. Representación lógica del PARECER. Representación lógica del NO PARECER.


Conclusiones.

En definitiva, el modelo de análisis propuesto nos permite estudiar –en general- el discurso mediático y –en particular- el discurso editorial producido por el diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina, con la intención de describir el imaginario social construido por ambas empresas periodísticas fundadoras de la GDA (Consorcio Latinoamericano “Grupo de Diarios América”). Por consiguiente, en el modelo de análisis del discurso propuesto se establece un conjunto de categorías afines con la intención de identificar, describir y comparar aquellos elementos discursivos y las relaciones de significación que sustentan los constructos de sentido acerca de los imaginarios sociales de la acción colectiva de protesta en el discurso editorial del diario El Mercurio de Chile y La Nación de Argentina en el marco de la crisis económica, política y social de diciembre de 2001 en Argentina.

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LA FORMACIÓN DEL PERIODISTA. REFLEXIONES SOBRE LA CONVENIENCIA DE LOS DIVERSOS MODELOS EN LA ERA DIGITAL

Introducción

Uno de los factores que más influyen en la manera en que un periodista desempeña su labor, es la formación previa que haya recibido. Sin embargo, a lo largo de la historia han surgido diferentes modelos educativos para impartir esa enseñanza, algo que, a su vez, ha condicionado los contenidos -en particular, el porcentaje de elementos prácticos y teóricos-, la duración, e incluso el perfil del profesorado encargado de impartir los planes de estudio. De este modo, en síntesis, puede hablarse de tres grandes modelos básicos de formación para el futuro periodista[i]:

a)     Los estudios universitarios de Periodismo/Comunicación.

b)    La formación ofrecida por las escuelas profesionales.

c)     La formación continua y los programas ofrecidos por los propios medios de comunicación.

El debate sobre la mayor o menor idoneidad de unos u otros no es nuevo y ha emergido con fuerza en más de una ocasión[ii]. Sin embargo, el panorama actual de transformaciones de ese proceso formativo y de la propia actividad periodística muestra sus consecuencias, a causa principalmente de la entrada en escena de las nuevas tecnologías e Internet y de la progresiva consolidación del periodismo digital. Como es sabido, estas situaciones implican modificaciones tanto en las rutinas productivas como en las destrezas y conocimientos necesarios para desarrollarlas, como a su vez exigen un replanteamiento de la cuestión. Para ello, como paso previo, parece pertinente repasar las características más importantes de cada una de las tres opciones expuestas.

Modelos básicos de enseñanza del periodismo

La formación universitaria.

Este sistema es el primero que aparece en el tiempo, en concreto en Leipzig (Alemania) en el siglo XVIII, comenzando una trayectoria que continúan otras universidades alemanas, si bien al principio del siglo XIX deciden modificar su orientación, razón por la cual, a menudo, se habla de la enseñanza en escuelas profesionales surgida a principios del siglo XX como la primera en el tiempo, al menos con carácter reglado[iii].

La principal acusación que ha venido recibiendo la formación universitaria por parte de los representantes de las empresas periodísticas ha sido que sus contenidos prestan demasiada importancia a los aspectos teóricos y a los conocimientos de carácter general, olvidando los elementos más técnicos y especializados y obviando, por ende, las que a su juicio constituyen las necesidades reales de los futuros periodistas.

Es cierto que los programas universitarios, en consonancia con el propio origen de la institución académica, han apostado siempre por la importancia de la capacidad para el análisis y el espíritu crítico. Ellos intentan proporcionar un alto bagaje intelectual, apoyándose en la creencia de que las cuestiones técnicas han de aprenderse en la propia redacción, y que ofrecer una formación práctica no es su principal misión. En consecuencia, los contenidos han ido más allá del campo del Periodismo hasta extenderse al ámbito más amplio de la Comunicación. De ahí que muchos de ellos se enmarquen en encabezamientos tales como Ciencias de la Comunicación o Ciencias de la Información. Los procesos comunicativos, los efectos de la acción de los medios, las ciencias sociales, y asignaturas como la Historia, el Derecho o la Ética han recibido una importancia fundamental.

Sin embargo, en los últimos años se observa una progresiva tendencia a otorgar cada vez más importancia a la formación práctica, lo que se traduce, entre otras cosas, en la implantación de períodos obligatorios de estancias en medios de comunicación, algo que hasta no hace mucho estaba limitado a las escuelas. En este sentido, la colaboración entre el mundo académico y el colectivo periodístico, que históricamente han estado enfrentados respecto a esta cuestión, es un hecho cada vez más palpable, consecuencia, entre otros motivos, de la presencia cada vez mayor de graduados en las redacciones.

Los programas universitarios de Periodismo suelen tener una duración de cuatro años, los primeros de los cuales se centran normalmente en los conocimientos de carácter más general, dejando para la parte final los contenidos más técnicos, los más específicamente periodísticos y las prácticas.

En cuanto al profesorado, la mayoría procede del propio mundo académico, algo que muchos consideran la raíz de las tensiones con los medios, que han protestado a menudo por su participación escasa, si no nula, en la elaboración de los planes de estudio. La ventaja obvia de este profesorado es su formación humanística, así como un presunto mayor conocimiento de las técnicas pedagógicas, mientras que un posible inconveniente sería, en ciertos casos, la ausencia de relación o experiencia directa en el mundo del Periodismo. En este sentido, en los últimos años se ha convertido en cada vez más habitual en muchos centros universitarios la contratación de periodistas en activo en calidad de profesores adjuntos y/o ayudantes.

Las escuelas profesionales.

Estos centros surgieron, salvo iniciativas concretas, a principios del siglo XX, y, si bien sus orígenes son diversos, se trata en general de proyectos de naturaleza privada y más comunes en el Norte que en el Sur de Europa (Mory, Stephenson y l´AEFJ, 1991: 19). Profundizando en esta cuestión, Ángel Benito señala que nacieron para “perfeccionar el trabajo de los periodistas, con objeto de adecuarlos (a los periodistas) a los sucesivos inventos técnicos que se van aplicando al periodismo, y también para dotar a los profesionales de un mayor sentido de responsabilidad ante la peligrosidad advertida en la función pública de los periódicos” (1982: 220).

Este tipo de programas ha venido contando con el beneplácito y la colaboración de los representantes de los medios, debido a que han tratado de prestar una mayor atención a los aspectos específicamente periodísticos y, en concreto, a las técnicas y rutinas relativas a la redacción, reportaje, entrevista, o edición. De hecho, el aspecto más valorado por las empresas son las numerosas prácticas ofertadas, bien a través de estancias en los propios medios, o bien en las aulas, intentando reproducir al máximo las condiciones de una redacción, por lo que la enseñanza en pequeños grupos es primordial para que se den las condiciones ideales. En el otro lado de la balanza, la acusación más repetida es que las asignaturas teóricas y los conocimientos generales han quedado relegados a un segundo plano o, simplemente, no han existido.

La duración de los programas es mucho más variable que en el caso de la formación universitaria, puesto que va desde unas semanas hasta un año o varios. Muchos de ellos están planteados, al igual que los segundos ciclos universitarios, para personas que cuentan con estudios previos en otra especialidad. Por otro lado, en la línea de buscar un número bajo de alumnos, algunos de estos centros realizan un examen de ingreso. Finalmente, también existe una gran variedad -mayor que en el caso de la formación universitaria- en el reconocimiento del título o diploma correspondiente.

La naturaleza del profesorado es muy distinta a la de las universidades, ya que la mayoría suelen ser periodistas en activo. A primera vista, este hecho siempre ha sido juzgado positivamente por los medios. Sin embargo, entre los posibles inconvenientes de esta situación cabe señalar que ello puede redundar en que se releguen los aspectos analíticos debido a la propia formación previa, experiencia, y posibles carencias pedagógicas del educador.

Por otro lado, de la misma manera que la universidad ha ido dando cabida a los elementos prácticos, las escuelas también están otorgando una mayor atención a los elementos teóricos, relativos al proceso comunicativo que también está pasando poco a poco a formar parte de sus currículos.

Por último, en este apartado, hay que mencionar un tipo de institución que supone una especie de punto intermedio entre la universidad y la escuela profesional. Se trata de las llamadas trade schools, polytechnics o hogescholen, según las diferentes denominaciones, cuyos títulos suelen contar con un reconocimiento similar a los universitarios, y en los que se encuadra, en los países que cuentan con este tipo de centros, como Gran Bretaña, Francia u Holanda, a aquellas disciplinas cuyo carácter se considera eminentemente práctico

La formación continua y los programas ofrecidos por los medios de comunicación.

Esta opción es la más reciente de las tres cronológicamente hablando, si bien las fechas de sus inicios varían sensiblemente de unos países a otros, y corresponde a una oferta educativa muy diversa, que abarca desde ciclos de formación completos hasta cursos intensivos de corta duración. Del mismo modo, en este caso no existe un único tipo de centros encargado de su puesta en marcha, ya que tanto universidades como escuelas, sin olvidar a las propias empresas periodísticas, ofrecen cursos que pueden ser encuadrados bajo este epígrafe.

En este sentido, estos programas suponen la máxima expresión de la colaboración entre las instituciones educativas y los medios. Al mismo tiempo, constituyen una reacción por parte de estos últimos a la acusación de que la formación in situ no resultaba suficiente. Para ello, a menudo, organizan estos programas conjuntamente con alguna institución educativa y reclutan para las labores docentes tanto a profesores universitarios como a periodistas en activo.

Sin embargo, la pregunta que surge inmediatamente es si el contenido de estos cursos es el más adecuado. Uno de los peligros más claros que entraña este tipo de formación, patrocinada por un medio de comunicación, es que derive en un intento de proceso de ideologización de los alumnos, esto es, que la empresa intente moldear un empleado haciendo primar sus propios objetivos por encima de otros factores más importantes. De hecho, el éxito de estos programas, por lo general de un costo más alto que los anteriores, reside en la teórica mayor posibilidad de encontrar un puesto de trabajo, especialmente en algún medio perteneciente a la empresa organizadora (Mory, Stephenson y l´AEFJ, 1991: 23).

Por otro lado, las motivaciones de facultades y escuelas son muy distintas a la de las empresas, que pueden caer en la tentación de buscar el beneficio mayor y más rápido posible y olvidar algunas de las necesidades reales del empleado. Así, en un reciente estudio sobre formación continua para periodistas en la UE, en el apartado relativo a este tipo de programas, Mory y Stephenson destacan la inexistencia de cursos de larga duración, y que los contenidos suelen basarse en el aprendizaje de habilidades prácticas y, en concreto, en el manejo de las últimas novedades tecnológicas, para concluir que las prioridades formativas se sitúan “en facetas muy concretas, que repercutirán en beneficios a corto plazo, obviando totalmente otro tipo de elementos que proporcionen al periodista estimulación intelectual o desarrollo profesional y personal” (1991: 23).

Por ello, la colaboración entre instituciones educativas y medios resulta aconsejable para que los intereses de unos y otros se equilibren y los programas cuenten con el componente práctico tan reclamado por editores y periodistas, pero también con un mínimo de aspectos teóricos. Por otro lado, este tipo de formación, especialmente cuando parte del ámbito académico, constituye una gran oportunidad para responder a la demandada especialización, de la que hablaremos a continuación y que es más discutible que pueda y/o deba buscarse en los programas de licenciatura.

Formación generalista y formación especializada.

Con todo, el debate sobre la formación del periodista no sólo se refiere a cuál es la institución educativa que debe encargarse de ello, sino también a los contenidos de los programas y, más concretamente, al grado de especialización necesaria. Es obvio que, por la propia naturaleza de su actividad, el periodista acaba especializándose en cuanto al medio (prensa escrita, radio, televisión, Internet, redes sociales); al ámbito geográfico (local, regional, nacional); al temporal (publicaciones diarias, semanales, mensuales,); y por supuesto a los contenidos (política, economía, cultura, deportes). En este sentido, la especialización periodística es el resultado, entre otros factores, de la complejidad del mundo actual y de la consecuente mayor exigencia del público; así como de la desregulación del sector audiovisual de varios países hace unos años, sin olvidar, por supuesto, la aparición de las nuevas tecnologías e Internet. La suma de todos estos factores ha provocado que, como apuntan Fröhlich y Holtz-Bacha se haya incrementado la demanda de periodistas altamente especializados (2003: 316).

Sin embargo, a partir de esta realidad, surge la pregunta de hasta qué punto los planes de estudio deben dar cabida a estas necesidades y dejar de lado los contenidos humanistas, que suelen ser los grandes damnificados. Pues bien, parece claro que hoy en día, en un mundo muy complejo de analizar e interpretar, la sociedad espera del periodista, entre otras cosas, un alto nivel intelectual, capacidad analítica y espíritu crítico. Sin un conocimiento general del marco social, económico y cultural que le rodea, será difícil llevar a cabo una labor adecuada ni, mucho menos, responsable.

En este sentido, valgan dos afirmaciones sobre qué es un buen periodista. Uno de los mayores conocedores del sistema británico de enseñanza del Periodismo, Plant afirmaba que “si posee buenos conocimientos generales, ya le faltará poco (para serlo)” (1967: 143), mientras que, en una encuesta realizada entre directivos de medios de comunicación, Diezhandino, Bezunartea y Coca obtenían la siguiente respuesta: “El buen periodista es ese señor que tiene que estar en condiciones de poder hacer de todo” (1994: 149).

A pesar de ello, la tendencia hacia la especialización deriva incluso en ocasiones en la denominada hiperespecialización. De este modo, muchos programas acaban convirtiéndose en una mera acumulación de conocimientos técnicos, algo que ya denunciaba, por ejemplo, Ortega y Gasset (1998: 26-27), en su análisis de la universidad española de principios del siglo XX, al distinguir conceptualmente entre “sabio” (el que sabe mucho de un área especializada) y “culto” (el que cuenta con un conocimiento integral).

La tendencia a la hiperespecialización se convierte en un peligro real al que deben hacer frente los responsables de los centros educativos. Sin duda, cierto grado de especialización es necesario porque, como hemos visto, es una característica intrínseca a la propia actividad periodística. No obstante, la gran responsabilidad que encierra la misma exige que, siguiendo la terminología orteguiana, el objetivo sea formar a “sabios” más que a “cultos”. De otro modo, como señala De Stexhe, el riesgo es claro para los futuros periodistas: “el tipo de educación que reciben los lleva a identificar la responsabilidad que ejercen con su competencia técnica” (2000: 6).

Por tanto, un buen programa de enseñanza debe conjugar ambos aspectos, culminando así el ideal de formación integral, que ya reclamaba, a principios de siglo, el propio Pulitzer, quien, junto al olfato para la noticia o la firmeza moral, la enseñanza del periodista debería atender también la demanda de especialización (1904: 641-680). Así lo han parecido entender escuelas profesionales y facultades universitarias, que, como señalan Mory y Stephenson, incluyen ambos elementos, si bien tanto la proporción de uno y otro, como la forma en que se combinan son variables dependiendo del tipo de centro (1991: 24).

Y es que, sin duda, antes de formar un periodista especializado, el primer objetivo debe ser formar un buen periodista, a secas. La especialización constituye, podríamos decir, una vía complementaria, para la que precisamente la formación continua supone un escenario ideal.

El reto de las nuevas tecnologías.

La aparición de las nuevas tecnologías y su aplicación al mundo del periodismo, con las ediciones digitales, ha supuesto una revolución de consecuencias mucho mayores que, por ejemplo, las que plantearon en su momento la radio y la televisión. Las limitaciones espacio-temporales comienzan a ser muy relativas, cuando no desaparecen, y la posibilidad de interacción con el público ya es una realidad. En definitiva, la naturaleza misma del proceso comunicativo ha cambiado.

Todo ello ha supuesto un nuevo debate sobre la especialización y la enseñanza que reciben los futuros periodistas que, a partir de ahora, se encontrarán con una redacción totalmente distinta a la de hace unos años. La necesidad de interactividad, las constantes actualizaciones, los enlaces múltiples y, en definitiva, la elaboración, más que nunca, de una información a la carta, imponen unos esquemas de trabajo distintos y, por ende, unos procesos educativos adaptados a esa nueva situación.

La principal característica requerida ante este nuevo panorama es, sin duda, la flexibilidad, para adaptarse a las demandas de los medios que buscan especialistas, pero al mismo tiempo, requieren del periodista un abanico de cualidades y tareas cada vez más amplias. En concreto, Bierhoff habla de estar abierto al diálogo con el lector por la nueva posibilidad de interactividad; ser capaz de organizar amplias piezas de información, incorporando los enlaces más adecuados; y trabajar en equipo en las diversas fases del nuevo proceso informativo (1996: 40-41).

Por otro lado, las constantes innovaciones tecnológicas exigen una actualización permanente, tanto de profesores como de alumnos, una capacidad para asimilar unos cambios que, en un plazo muy breve de tiempo, quedarán obsoletos. En consecuencia, el perfil laboral demandado también puede verse alterado una y otra vez.

En ese sentido, uno de los autores que más en profundidad ha estudiado esta cuestión, Santiago Tejedor (2008), ofrece el siguiente elenco:

  • Conocer a la perfección la estructura de los medios digitales.
  • Ser capaz de producir información en tiempo real, una de las características diferenciales respecto a otros medios de comunicación, con un perfil más cercano, en todo caso, al profesional radiofónico que debe cubrir en ocasiones eventos de última hora.
  • Compaginar el rol de emisor de mensajes informativos con el de filtro de la información y orientador de los usuarios.
  • Dominar las redes telemáticas, sobre todo Internet, especialmente como fuente de noticias.
  • Gestionar la información, sabiendo cómo clasificarla, almacenarla, etc.
  • Generar mensajes informativos adaptados a las características de Internet y hacerlo de acuerdo a las rutinas de producción propias de este soporte.
  • Familiarizarse con las herramientas y programas de software propias del ciberperiodismo, si bien no tiene que ser necesariamente un especialista y/o experto en ellas.
  • Contar con gran capacidad creativa.
  • Trabajar en equipo, utilizando para ello adecuadamente las dinámicas propias de ese tipo de labor.
  • Aplicar constantemente las posibilidades que ofrece el medio para interactuar con sus usuarios.
  • Estar abierto a la renovación o reciclaje continuo de sus conocimientos.

Sin embargo, es razonable pensar que, paradójicamente, para que el periodista llegue preparado para enfrentarse a este nuevo estado de cosas, los contenidos de los procesos formativos no deberían olvidarse de los aspectos más teóricos. Y es que, por un lado, la vertiginosa velocidad de trabajo que suponen las ediciones digitales con sus actualizaciones cada vez más constantes; y por otro, la mera necesidad de entender adecuadamente la realidad de un mundo en permanente cambio, para a su vez poder analizarla y transmitirla lo mejor posible al público exige, entre otras cosas, una gran capacidad de análisis. Además, en el fondo, como añade Ewers, hay una parte esencial de la labor periodística que, ocurra lo que ocurra, nunca cambiará: hacer un buen trabajo, buscar la credibilidad y, en definitiva, luchar por la libertad de expresión, seguirán siendo siempre los objetivos básicos del buen periodista (1996: 10).

De hecho, es evidente que la aparición de Internet ha supuesto muchos cambios en la manera en la que el profesional de la información desarrolla su labor, y resulta indudable que el ciberperiodista debe recibir una formación específica de modo que si nos preguntamos, tal y como hacen Verón y Sabes, si el conocimiento de las nuevas tecnologías es imprescindible para el periodista del siglo XXI, la respuesta no puede ser más rotunda: “Sí” (2008: 106). Ahora bien, a renglón seguido, se plantearía una segunda cuestión, si es suficiente el dominio de las nuevas tecnologías para poder trabajar en un medio de comunicación digital, a la que, como señalan acertadamente los mismos autores, contestaríamos de un modo todavía más tajante: “No”.

Conclusión

Las escuelas, las universidades y los propios medios de comunicación han compartido y comparten protagonismo en el ámbito de la enseñanza del Periodismo y la Comunicación. Los tres han demostrado históricamente su validez y conviven hoy en día en muchos países, incluso en aquellos que venían apostando de manera clara por uno de ellos. Del mismo modo, las divergencias entre los contenidos también se estrechan cada vez más. Por tanto, intentar inclinarse por una de las opciones parece absurdo. Más útil puede resultar una búsqueda de los elementos esenciales que debería cumplir cualquier plan de estudios. Un programa que combinara la formación humanista con los aspectos prácticos, dando cabida a la necesaria especialización, un programa que, Gaunt define estableciendo seis niveles (1992: 18-19):

  1. Orientación. Entender el sistema general de los medios de comunicación en el que los periodistas desempeñan su labor.
  2. Habilidades básicas. Redacción, edición y otras capacidades relativas al manejo del lenguaje.
  3. Habilidades técnicas. Manejo de los distintos equipos y aparatos.
  4. Puesta al día de las habilidades. Dirigido especialmente a periodistas en activo (y centrado en las habilidades técnicas).
  5. Conocimientos generales. Entender la realidad social, cultural y económica de la sociedad actual.
  6. Conocimientos especializados.

El programa que aúne estos seis elementos, cubrirá las necesidades más esenciales del periodista pero, a partir de ahí, resultará igualmente imprescindible buscar la manera de introducir las competencias y conocimientos específicos del ciberprofesional de la información, partiendo del reconocimiento de que requieren una formación específica, para lo cual es evidente que no bastaría con una asignatura específica como las que aparecen en muchos planes de estudio bajo denominaciones como Periodismo Digital, Ciberperiodismo, Comunicación Mediática o Nuevas Tecnologías de la Información, entre otras. Y es que, antes que optar por la introducción de materias concretas, parece muy razonable la propuesta de Tejedor  por la transversalidad mixta (2006: 219-239), es decir, otorgar a Internet idéntica consideración que al resto de soportes -prensa, radio y televisión- con materias específicas en cada uno de los cursos del programa de estudios pero sin olvidar las referencias en el resto de asignaturas, en especial las de carácter más general o teórico, como puedan ser la Historia, la Economía o el Derecho, por citar algunas.

En ese sentido, saber adaptar los mensajes al nuevo soporte, conocer la estructura y los métodos de trabajo propios de los medios digitales, aprovechar Internet como fuente de información y, por supuesto, manejar con suficiencia los programas informáticos necesarios para la elaboración, diseño y edición de contenidos multimedia, son algunas de esas competencias imprescindibles para el periodista en esta nueva era digital.

No obstante, teniendo presentes esas características e incorporándolas a los diversos planes de estudio, la conclusión final es que la calidad del programa educativo dependerá sobre todo de sus contenidos, con independencia de la forma que adopte la institución que lo imparta. Para ello, sería conveniente como primer paso que el mundo académico y el profesional acercarán posturas y dejaran de considerarse mutuamente como elementos antagónicos.

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Prensa regional y cobertura mediática de la temática mapuche en Chile (1)

1.- Naturaleza de las relaciones interculturales. Sobre el caso chileno.

El contacto entre culturas es de sumo antiguo y puede remitirse a un ancestral deseo de búsqueda de nuevos rumbos y territorios que conquistar. De modo que la interculturalidad como condición humana, es decir como contacto entre culturas, no es en última instancia un objeto de estudio (al menos desde la comunicación) y se torna un campo complejo de definir en sus utilidades prácticas. Pareciera que más bien el objeto abordable lo constituyen los procesos comunicativos que se dan en esta interculturalidad (Rodrigo, 1997) Ahora bien, es interesante, en este punto, notar la diferencia entre multiculturalismo e intercutluralidad, términos que suelen usarse indistintamente. Rodrigo (1997: 4) señala que lo multicultural sería un estado de coexistencia de culturas diversas en un mismo espacio, mientras lo intercultural corresponde a las relaciones que se establecen en esta coexistencia. Mientras la primera es una condición, la segunda nos habla más bien de dinámicas sociales.

Esto es relevante cuando agregamos que en estas dinámicas socioculturales particulares, surge la producción discursiva como una praxis donde se generan una serie de productos/discursos, ya sea en el plano conversacional (interpersonal) como en el institucional (mass media). La práctica discursiva se nutre entonces, en un nivel cognitivo, de este sustrato de imágenes y estereotipos profundamente culturales, que se patentizan en el texto como construcciones narrativas de personajes fuertemente cargados de valores que la ideología hegemónica considera como los relevantes.

Ahora bien, importante es notar que la interculturalidad chilena se encuentra marcada por el  conflicto. Esta situación, es lógico pensar, genera un discurso mediático como una acción inherente al conflicto intercultural y tiene como finalidad, en una dimensión manifiesta, comunicar las propuestas y demandas propias de la negociación entre los distintos grupos involucrados en esta relación intercultural.

Por otro parte, en el caso del discurso público mapuche, esta cultura minoritaria, junto con demandar y reclamar, también expone/narra su propia ancestralidad reafirmando con ello su identidad. Para esta última temática se hace interesante revisar los trabajos que desde la Universidad de La Frontera desarrolla Carrasco et al. (Carrasco, 2002, 2000, 1998, 1996).

Así entonces, en las relaciones interculturales podemos evidenciar que la naturaleza del lenguaje, entendida como forma de expresión humana, permite la creación de mundos contribuyendo a formar una realidad determinada y  a generar pertenencia.

Por ende, el discurso mediático, entendido como un articulador de significaciones, tiene la función, por una parte, de expresar la lucha existente entre sujetos de diversas culturas y, por otra, ser la esfera concreta donde se lleva a cabo dicho conflicto que, a su vez, permite a los respectivos entes emisores la construcción de una realidad social vinculada a las preconfiguraciones del mundo existente en toda persona o colectivo.

Podemos señalar asimismo que junto con este sustrato sociocultural preconfigural, los procesos de construcción textual se encuentran sustentados por una lógica narrativa fundamentalmente fosilizada, entre otras, en la estructura de la “pirámide invertida” (Abril, 1997) y en procedimientos simplificados de rutina periodística que conllevan a la reducción/simplificación de las construcciones del mundo y de los hechos del mundo (Potter, 1998).

En virtud de lo anterior, el análisis de los discursos mediáticos que se circunscriben al fenómeno de la interacción social existente en las relaciones entre el pueblo mapuche y los miembros de la sociedad chilena que no pertenecen al mencionado grupo étnico, permite abordar la noción de discurso como una producción social que forma parte de un proceso donde se interrelacionan diversos grupos sociales para el intercambio/confrontación de sus realidades consolidadas a través de las concepciones preexistentes. Pareciera que los discursos mediáticos se construyen a partir de “elaboraciones de tipo abductivas” en la medida que los textos se construyen para validar formas estereotipadas de observar ciertos grupos sociales.

Así entonces, en este contexto político que se vislumbra complejo por el camino que han tomado las relaciones entre el pueblo mapuche y el Estado de Chile, el presente trabajo muestra algunos resultados  (Estudio analítico descriptivo) obtenidos del análisis[1] de las noticias vinculadas a la temática mapuche y que fueron publicadas por el diario El Sur[2] (Región del Bío Bío) desde el 2 de Enero del 2000, hasta el 31 de Diciembre del 2006.

Por consiguiente, el análisis de la cobertura periodística del diario El Sur, nos permite evidenciar que el discurso mediático dominante en la región del Bío Bío se posiciona como legitimador de ideologías hegemónicas, ya que instaura normas y valores para ambos grupos culturales. Pero, a su vez contempla un proceso complementario donde la legitimación de No(s)otros busca deslegitimar a los Otros, es decir, en el conflicto intercultural se considera como una estrategia discursiva utilizada por los grupos de poder para producir un deterioro social de las demás ideologías presente en el campo de la diversidad.

2.- Discurso y Hegemonía: La presencia de prácticas divisorias contemporáneas en la prensa regional.

El análisis de la cobertura periodística del diario El Sur, desde el 2 de Enero del 2000 hasta el 31 de Diciembre del 2006, nos permite describir el discurso de la prensa regional como una acción social ejecutada por los grupos de poder para llevar a cabo una focalización hacia el valor temático de la violencia, como tópico recurrente, en el marco de los acontecimientos que configuran el conflicto Estado/Pueblo Mapuche. Por lo tanto, se estaría produciendo una imposición de interpretaciones y una resemantización de “los otros” que obedecerían a una lógica de los “violentos subversivos”.

La perspectiva crítica que se asume en el presente trabajo logra darnos una aproximación descriptiva para la evaluación de los variados eventos y discursos constituyentes del conflicto intercultural/discursivo que son vistos como problemas sociales capaces de desfragmentar el campo de significación colectivo para institucionalizar un sentido común sobre la base de códigos dominantes, lógicamente no compartidos por los miembros de la cultura minoritaria.

Además, es posible observar que en esta relación intercultural se produce una gran cantidad de discursos por parte de las autoridades del gobierno y de los diversos actores políticos de relevancia nacional que representan a la sociedad mayoritaria y por las nuevas generaciones de líderes mapuches que han gestado un nuevo ciclo reivindicativo de este pueblo, a partir del cambio en las relaciones con los poderes y miembros del Estado de Chile, por un lado, pero también con la generación de discursos mediáticos, replicando con ellos las lógicas de los dominantes. “Esta producción de discurso a dos niveles, es posible entenderlo como parte de un proceso de aprendizaje que forma parte de la lógica productiva de los medios” (Del Valle, 2004: 188). Esto debe hacer pensar en lo que Del Valle (2005, 2004a, 2004b, 2003) señala, tomando el concepto de Sloterdijk (1983) de cinismo, del modo en que las comunidades indígenas han tomado las prácticas mediáticas.

Ahora bien el discurso para la prensa y el discurso político, como tipos de discursos que conforman el discurso público, se generan dentro del marco de categorías ajenas a la cultura indígena, lo que conlleva a la constante interacción textual de carácter conflictiva con los discursos que surgen desde el colectivo dominante.

Por otro lado, debemos tener claridad que el discurso generado en las relaciones interculturales no está únicamente constituido por un conjunto determinado de proposiciones que se sustentan en abstracciones complejas de sentido sino que, además, se configura a partir de una secuencia – a modo de efecto dominó – de acciones civiles en el marco de la interacción discursiva generada tanto por el sujeto como por el colectivo de ambos círculos sociales. Es decir, que sobre la base de las relaciones conflictivas entre diversas culturales, hay un inevitable contacto a través del mutuo afectarse.

Al observar la interacción textual que se produce en el conflicto intercultural entre la sociedad chilena y el pueblo mapuche, se puede identificar la presencia mayoritaria de elementos propios de la cultura dominante en los respectivos discursos, lo que tiene por finalidad poner de manifiesto la acción inherente de los grupos de poder a partir de los significados subyacentes en todo discurso intercultural y que dan cuenta del control aplicado por el sistema político-económico dominante, donde la figura “activo-consensuador” de los agentes políticos y mediáticos de la sociedad mayoritaria buscan definir un marco referencial óptimo para la acción comunicativa intercultural.

Al mismo tiempo, los discursos mediáticos traen como consecuencia la producción de una otredad que se entiende como el “activo-subversivo” que jamás – desde la lógica del discurso público dominante – podrá ser imaginado desde un punto de referencia histórico-trascendental sino mas bien mediático-simulado, lo que fortalece la discriminación de toda cultura indígena y justifica el accionar de los agentes dominantes para dar paso a un proceso de asimilación cultural por medio de políticas públicas descontextualizadas a partir de una falta de entendimiento sobre los elementos que forman parte de las diversas comunidades indígenas.

Lo anterior nos permite establecer que en el marco de las relaciones discursivas interculturales, la representación del mundo indígena, particularmente del pueblo mapuche, ha sido construida sobre la base de elementos de significación discriminatorios que producen una representación textual de intolerancia acerca del movimiento indígena que es vinculado con implicaciones de carácter negativo para el desarrollo del país.

De este modo, la cobertura de la prensa regional gesta un sistema ordenado de referencia dominante que pretende otorgar un sentido homogéneo al mundo social para instaurar nuevas categorías acerca de la realidad indígena en Chile, lo que conlleva una ultra simplificación sígnica/cinica del conflicto intercultural como mecanismo productor de esquemas interpretativos capaces de facilitar al colectivo dominante la distinción entre el “No(s)otros” y los “Otros”.

Por ello, es factible observar – a partir de la cobertura mediática de la temática mapuche – la producción de un discurso de prensa configurado sobre la base de una lógica triádica presencia-violencia-inestabilidad capaz de construir una imagen distorsionada de la realidad donde la dimensión ultra simplificadora de la representación mediática impone – desde las ideas planteadas por LEFEBVRE (1983) – la presencia identitaria incorrecta en ausencia del objeto que se advierte. Esto quiere decir, que el discurso sobre el conflicto indígena asienta su mímesis o representación del Otro sobre la justificación histórica transcendental que se vincula con el sentido que se adscribe a las relaciones triádicas entre progreso-desarrollo-nación versus diversidad-diferencia-indígena.

Fig. 1 – Relaciones triádicas

De esta manera, es factible considerar al discurso público (mediático) dominante como legitimador de ideologías hegemónicas, ya que instaura normas y valores para cada grupo social. Pero, a su vez contempla un proceso complementario donde la legitimación de “Nosotros” busca deslegitimar a los “Otros”.

Además, el discurso público que producen las instituciones dominantes tiende, en la mayoría de los casos y de manera sutil, a ejercer una deslegitimación que se fortalece con la acción de los medios de comunicación que difunden las normas y los valores considerados correctos y cierran los espacios de cobertura mediática para las opiniones de los grupos que se desvían de las normas hegemónicas, produciéndose una homogeneidad significativa de unidades de sentido que promueven la invisibilidad de la diferencia como elemento clave en el proceso de exclusión ciudadana (Hopenhayn, 2005).

En consecuencia, en palabras de Hopenhayn:

“El excluido de todos los beneficios de la modernidad ha sido por mucho tiempo el privado de los derechos ciudadanos. El blanco – primero conquistador, luego colonizador, luego patrón de fundo o dirigente republicano – estableció la diferencia y, al mismo tiempo, la jerarquía en la diferencia. Convertido en juez y parte, dispuso una jerarquía de derechos que por mucho tiempo estuvo correlacionado con el color de la piel, el género, los códigos culturales y al propiedad sobre el trabajo y el capital” (2005: 241).

3.- Breve descripción de la estrategia metodológica

El objetivo central del trabajo es describir la cobertura y el tratamiento de la temática mapuche generada por el Diario El Sur, durante los años 2000 – 2006. Por lo tanto, los discursos mediáticos asociados a la temática mapuche y publicados por el diario El Sur, fueron seleccionados según criterios establecidos para posteriormente ser ingresados y gestionados en el sistema computacional SPSS, con la finalidad de obtener los resultados necesarios para una interpretación y lectura coherente en virtud de nuestro objetivo.

La revisión de 2541 ejemplares del medio de comunicación regional – que corresponde al total de diarios (unidades) que se recopilaron en el marco de tiempo indicado – arrojó un saldo de 758 noticias vinculadas a la temática mapuche. Las noticias fueron ingresadas a una matriz de análisis, donde se clasificaron los discursos de la prensa sobre la base de las siguientes categorías:


Las noticias publicadas en las diferentes secciones del diario El Sur en el periodo que abarca desde el 2 de Enero del año 2000 al 31 de Diciembre del año 2006, fueron seleccionadas de acuerdo a la siguiente tabla de criterios de selección.

A su vez, las noticias fueron clasificadas según los siguientes tópicos:

4.- Algunos resultados

A continuación, se presenta un cuadro resumen donde se identifican la cantidad de noticias asociadas a comunidades mapuche y que fueron publicadas en las diversas secciones del diario El Sur.

Los datos obtenidos en la presente investigación, nos permiten establecer (Tabla 1.0) que el diario El Sur ejecutó una mayor cobertura y publicación de informaciones periodísticas vinculadas a comunidades mapuche entre los años 2000 y 2003. Así entonces, durante estos tres años, el medio de comunicación emitió el 66, 1 por ciento de las noticias asociadas al tema mapuche, siendo el año 2001 el periodo de tiempo que concentra la mayor cobertura realizada por la empresa periodística (23,5 por ciento).

Tabla 1.0


A su vez, si observamos los datos (Gráfico 1.0) se evidencia que la sección “crónica local” del diario El Sur, concentró la mayor cantidad de noticias vinculadas a la comunidad mapuche. Es decir, de las 758 noticias publicadas por este medio de comunicación, 305 informaciones periodísticas (40,2 por ciento) fueron incluidas en la sección “crónica local”. Además, “portada y portadas de los cuerpos” (12,5 por ciento) y “comunidad” (13,9 por ciento) serían las otras secciones que poseen porcentajes altos de concentración de noticias publicadas por este medio impreso.

Gráfico 1.0

Asimismo, podemos constatar que en el cuerpo 1 (Portada, Comunidad, Crónica Local, Opinión y Editorial, Política) del diario El Sur se publicaron 673 informaciones de prensa entre los años 2000 y 2006 relacionadas con la comunidad mapuche, es decir que el 88,8 por ciento del total de notas informativas producidas por el medio de comunicación durante el periodo señalado fueron ubicadas en el cuerpo 1.

Tabla 2.0 CUERPO

Por último, es necesario especificar que según los datos entregados en la tabla 3.0, se observa que en el marco del análisis de la cobertura de prensa efectuada por el diario El Sur entre los años 2000 y 2006, el tópico “conflicto” posee un valor del 37,2 por ciento de presencia en los discursos periodísticos estudiados. Al utilizar una codificación binaria (tópico positivo – tópico negativo) estructurada sobre la base situacional del enunciado de cada noticia, se puede apreciar que los tópicos negativos de “conflicto” (37,2 por ciento), “denuncia” (1,1 por ciento), “judicial” (10 por ciento), “declaración” (2,2 por ciento) y “crítica” (1,6 por ciento), son identificados en un porcentaje superior al 50 por ciento del total de tópicos existentes en las 758 noticias.

Tabla 3.0 TÓPICOS

5.- Consideraciones finales

El trabajo analítico que se desarrolla en el presente artículo sobre la base de los resultados obtenidos a través del análisis realizado a los datos extraídos de la clasificación y categorización aplicada para organizar el estudio de los discursos mediáticos de la prensa local (diario El Sur), nos permite entender el rol que cumplen los medios de comunicación como mediadores y agentes sociales capaces de generar un intercambio discursivo donde se evidencia una dinámica sociocultural que permite el establecimiento de un control de la información y donde se asume – por parte de los medios – un papel fundamental en el quehacer del discurso en relación a los posibles mundos que se configuran.

Por consiguiente, surgen propuestas teóricas que nos incentivan ha reflexionar acerca del actual rol adscrito a la figura de los medios de comunicación social en el marco de las nuevas lógicas económicas y políticas que se construyen sobre la base de una ciudadanía debilitada y un espacio público desfragmentado. Por ende, parece fundamental centrar el interés en la relación que se instaura entre el sistema de medios de comunicación, el Estado, la ciudadanía y el mercado, donde se observa la acción mediadora de un discurso político que apunta – con el apoyo de una producción discursiva mediática permanente – a la obtención de consensos en la sociedad como estrategia de poder legítima para el control de los posibles espacios de fractura (conflicto-disenso) producto de la reproducción permanente, por parte del mercado, de la diferenciación social.

De esta forma, tenemos la iniciativa de contribuir al diálogo acerca de la importancia de comprender el papel que juegan los medios de comunicación social a la hora de configurar una representación determinada, tanto dentro como fuera del país, acerca de procesos económicos, políticos, sociales y en el caso de esta investigación lo que sucede con la comunidad mapuche y la cobertura que se hace del mencionado grupo étnico a través del diario El Sur. Si bien podríamos señalar algunas características que dan validez hoy en día a los medios de comunicación en la sociedad, debemos decir que la principal de ellas, y que concuerda y se ajusta a cabalidad a nuestro marco teórico, es que los medios de comunicación son los principales agentes mediadores de la realidad y protagonistas primordiales en el proceso de socialización.